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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-�Hay que avisar a Ayrton -dijo Gede�n Spilett-para que venga inmediatamente. S�lo �l puede decimos si ese buque es el Duncan.

Tal fue tambi�n el parecer de todos, y el periodista, acerc�ndose al aparato telegr�fico que pon�a en comunicaci�n la dehesa con el Palacio de granito, expidi� el siguiente telegrama:

-�Venga en seguida. Pocos instantes despu�s reson� el timbre. -All� voy -contest� Ayrton.

Los colonos, entretanto, continuaron observando la nave.

-�Si es el Duncan -dijo Harbert-, Ayrton le reconocer� en seguida, pues ha navegado a bordo durante alg�n tiempo. -Y si lo reconoce -a�adi� Pencroff-, experimentar� una terrible emoci�n.

-�S� -dijo Ciro Smith-, pero ahora Ayrton es digno de subir a bordo del Duncan, y plegue al cielo que, en efecto, sea el yate de lord Glenarvan, porque cualquier otro buque me parecer�a sospechoso. Estos mares son poco frecuentados y temo la visita de piratas malayos en nuestra isla.

-��La defender�amos! -exclam� Harbert.

-�Sin duda, hijo m�o -repuso el ingeniero sonri�ndose-, pero es preferible no tener que defenderla.

-�Una observaci�n sencilla -dijo Gede�n Spilett-. La isla Lincoln es desconocida de los navegantes, pues no est� indicada ni en las cartas m�s modernas. �No ve usted, Ciro, en esto, un motivo para que cualquier buque que inopinadamente se hallase a la vista de esta nueva tierra tratase de visitarla en vez de huir de ella?

-�Cierto -repuso Pencroff.

-�As� lo creo yo tambi�n -a�adi� el ingeniero-, y puedo asegurar que es el deber de todo capit�n de buque: se�alar y, por consiguiente, reconocer toda la tierra o isla no registrada, no catalogada todav�a, en cuyo caso se encuentra Lincoln.

-�Pues bien -dijo Pencroff-, admitamos que ese buque se acerca a tierra, que fondea a pocos cables de nuestra isla. �Qu� haremos entonces?

Esta pregunta, bruscamente hecha, qued� al principio sin respuesta, pero Ciro Smith, despu�s de haber reflexionado, contest� con el tono tranquilo y reposado que le era habituaclass="underline"

-�Lo que haremos, amigos m�os, lo que deberemos hacer es lo siguiente: nos pondremos en comunicaci�n con el buque, tomaremos pasaje a bordo, dejaremos la isla, despu�s de haber tomado posesi�n de ella en nombre de los Estados de la Uni�n. Despu�s volveremos aqu� con todos los que quieran seguirnos para colonizarla definitivamente y dotar a la Rep�blica Norteamericana de una estaci�n tan �til en esta parte del oc�ano Pac�fico.

-��Hurra! -exclam� Pencroff.

-��No es un peque�o regalo el que vamos a hacer a nuestro pa�s! La colonizaci�n est� casi concluida; se han dado nombres a todas las partes de la isla; hay un puerto natural, una aguada, caminos, una l�nea telegr�fica, un arsenal, una herrer�a; no falta m�s que inscribir la isla Lincoln en los mapas.

-��Mil diablos! -exclam� el marino-. Prefiero quedarme solo para guardarla. A fe de Pencroff, no me la robar�n como se roba un reloj del bolsillo de un tonto.

Durante una hora fue imposible decir con certeza si el buque que los colonos hab�an visto iba o no rumbo a la isla Lincoln. Se hab�a acercado, pero �hacia d�nde navegaba? Es lo que Pencroff no pudo reconocer. Sin embargo, como el viento soplaba del nordeste, era veros�mil que el buque navegase amuras a estribor. Por lo dem�s, la brisa era buena para impulsarlo a tierra, y en aquella mar tranquila no pod�a temer acercarse a la isla, aunque no hubiera carta que determinase las diversas profundidades del agua.

Hacia las cuatro, una hora despu�s de haberlo llamado, lleg� Ayrton al Palacio de granito, y entr� en el sal�n.

-�Estoy a sus �rdenes, se�ores. Ciro Smith le tendi� la mano como ten�a costumbre y, llev�ndole a la ventana, le dijo:

-�Ayrton, le hemos llamado por motivo muy grave. Tenemos un buque a la vista de la isla.

Ayrton se puso muy p�lido y su vista se turb� un instante. Se asom� a la ventana, recorri� el horizonte, pero no vio nada.

-�Tome el catalejo -dijo Ciro Smith-y mire bien, Ayrton, porque ser�a posible que este buque fuese el Duncan, que viene a estos parajes para repatriarlo.

-��El Duncan! -murmur� Ayrton-. �Ya!

Esta �ltima palabra se escap� como involuntariamente de los labios de Ayrton, que inclin� la cabeza y se cubri� el rostro con las manos.

Doce a�os de abandono en un islote desierto, �no le parec�an quiz� expiaci�n suficiente? �El culpado arrepentido no se sent�a a�n perdonado a sus propios ojos o a los de los dem�s?

-�No -dijo-, no, no puede ser el Duncan.

-�Mire usted, Ayrton -insisti� el ingeniero-, porque importa que sepamos de antemano a qu� atenemos.

Ayrton tom� el catalejo y lo asest� en la direcci�n indicada. Durante algunos minutos observ� el horizonte sin pesta�ear ni pronunciar una palabra. Despu�s dijo: -En efecto, es un buque, pero no creo que sea el Duncan. -�Por qu� no lo cree? -pregunt� Gede�n Spilett.

-�Porque el Duncan es un yate de vapor y no veo ninguna se�al de humo.

-�Tal vez navega s�lo a vela -observ� Pencroff-. El viento es bueno para el rumbo que parece llevar y debe tener inter�s en ahorrar su carb�n hall�ndose tan lejos de tierra.

-�Es posible que tenga usted raz�n, se�or Pencroff -respondi� Ayrton-, y que el buque haya apagado sus fuegos. Dej�moslo llegar a la costa y pronto lo sabremos.

Dicho esto, Ayrton fue a sentarse a un extremo del sal�n y all� permaneci� silencioso. Los colonos discutieron todav�a acerca de la nave desconocida, pero sin que Ayrton tomase parte.

Todos se hallaban entonces en una disposici�n de �nimo que no les permit�a continuar sus tareas. Gede�n Spilett y Pencroff estaban singularmente nerviosos, yendo y viniendo sin poder estar quietos un minuto; Harbert experimentaba gran curiosidad; s�lo Nab conservaba su calma habitual. �No era acaso su pa�s donde estuviese su amo? En cuanto al ingeniero, estaba absorto en sus pensamientos, y, en el fondo, m�s tem�a que deseaba la llegada del buque.

Este, entretanto, se hab�a acercado un poco a la isla y con el auxilio del anteojo hab�a sido posible distinguir que era un bergant�n y no uno de esos praos malayos de que se sirven habitualmente los piratas del Pac�fico. Era de suponer que no se justificar�an los temores del ingeniero y que la presencia de aquel buque en las aguas de la isla Lincoln no constitu�a un peligro. Pencroff, despu�s de un examen minucioso, crey� poder afirmar que aquel buque estaba aparejado como un brick, que corr�a oblicuamente a la costa con amuras a estribor, con sus velas bajas, gavias y juanetes. Ayrton confirm� esta observaci�n.

Pero si continuaba en este rumbo, deb�a desaparecer pronto detr�s de la punta del cabo de la Garra, porque marchaba hacia el sudoeste, y, para observarlo, ser�a entonces necesario situarse en las alturas de la bah�a de Washington, cerca del puerto del Globo; circunstancia desagradable, porque eran ya las cinco de la tarde y el crep�sculo no tardar�a en dificultar toda observaci�n.

-��Qu� haremos si llega la noche? -pregunt� Gede�n Spilett-. �Encenderemos fuego para se�alar nuestra presencia en la costa?

La cuesti�n era grave y, a pesar de los presentimientos del ingeniero, se resolvi� afirmativamente. Durante la noche el buque pod�a desaparecer, alejarse para siempre. Si desaparec�a, �cu�ndo volver�a otro a las aguas de la isla Lincoln? �Qui�n pod�a prever lo que reservaba el futuro a los colonos?

-�S� dijo el periodista-, debemos dar a entender a ese buque, cualquiera que sea, que la isla est� Habitada. Perder esta ocasi�n que se nos ofrece ser�a causamos un remordimiento para lo futuro.

Se decidi�, por lo tanto, que Nab y el marino ir�an al puerto del Globo y, cuando llegara la noche, encender�an una hoguera, cuyo resplandor deber�a atraer necesariamente la atenci�n de la tripulaci�n del brick.

Pero, en el momento en que Nab y el marino se preparaban a salir del Palacio de granito, el buque cambi� su marcha y se dirigi� francamente hacia la isla, haciendo rumbo a la bah�a de la Uni�n. Aquel brick andaba mucho, pues se acerc� r�pidamente.

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