La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Hacia las doce de la maana el Buenaventura lleg a la desembocadura del ro de la Cascada. Al otro lado, en su orilla derecha, volvan a presentarse los rboles, pero ms esparcidos, y tres millas ms lejos no formaban ms que pequeos grupos aislados, entre los contrafuertes occidentales del monte, cuya rida ladera se prolongaba hasta el litoral.
Qu contraste entre la parte sur y la parte norte de aquella costa! Tan frondosa y verde como era aqulla, era sta spera y escarpada. Pareca como una de esas costas de hierro, como las llaman en ciertos pases, y su violenta contextura indicaba que se haba producido una verdadera cristalizacin en el basalto, an hirviente, de las pocas geolgicas: amontonamiento de aspecto terrible, que hubiera espantado a los colonos si la casualidad les hubiese arrojado sobre aquella parte de la isla. Cuando estaban en la cima del monte Franklin, no haban podido reconocer el aspecto profundamente siniestro de aquella playa, porque la dominaban desde un punto demasiado alto; pero visto desde el mar, se presentaba aquel litoral con un carcter tan extrao, que no era fcil encontrar otro equivalente en ningn rincn del mundo.
El Buenaventura pas por delante de aquella costa, siguindola por espacio de media milla, y entonces fue fcil ver que se compona de bloques de todas dimensiones, desde veinte hasta trescientos pies de altura y de todas formas, cilndricos como torres, prismticos como campanarios, piramidales como obeliscos, cnicos como chimeneas de fbrica. Un ventisquero de los mares glaciales no se hubiera dibujado ms caprichosamente en su sublime horror. Aqu puentes arrojados de una roca a otra; all arcos dispuestos como los de una nave, cuya profundidad no poda descubrir la mirada; en un sitio grandes excavaciones, cuyas bvedas presentaban un aspecto monumental; en otros un verdadero caos de puntas, de pirmides pequeas y de flechas, como jams
ha contado ninguna catedral gtica. Todos los ms variados caprichos de la naturaleza contribuan a formar aquel litoral grandioso que se prolongaba en una longitud de ocho a nueve millas.
Ciro Smith y sus compaeros le miraban con una sorpresa que rayaba en la estupefaccin; pero si permanecan mudos, Top, por su parte, no dejaba de lanzar ladridos, que eran repetidos por los mil ecos de la muralla basltica. El ingeniero lleg a observar que aquellos ladridos tenan algo raro, como los que el perro lanzaba a la boca del pozo del Palacio de granito.
-Atraquemos! -dijo.
Y el Buenaventura vino a pasar rasando todo lo posible las rocas del litoral. Existira alguna gruta que conviniese explorar? Ciro Smith no vio nada, ni una caverna, ni una anfractuosidad, que pudieran servir de retiro a un ser cualquiera, porque el pie de las rocas se baaba en la resaca misma de las aguas. Pronto cesaron los ladridos de Top y la embarcacin recobr la distancia que antes llevaba a pocos cables del litoral.
En la parte noroeste de la isla la playa volvi a presentarse llana y arenosa. Algunos rboles raros se levantaban sobre una tierra baja y pantanosa, que los colonos haban entrevisto ya; y contrastando violentamente con la otra costa tan desierta, la vida se manifestaba all por la presencia de miradas de aves acuticas.
Por la tarde el Buenaventura fonde en una pequea ensenada del litoral, al norte de la isla y bastante cerca de tierra, pues las aguas eran muy profundas en aquel sitio. La noche transcurri pacficamente, porque la brisa se extingui, por decirlo as, con los ltimos resplandores del da y no volvi a presentarse hasta las primeras claridades del alba.
Como era fcil acercarse a tierra, aquella maana los cazadores oficiales de la colonia, es decir, Harbert y Geden Spilett, fueron a dar un paseo de dos horas y volvieron con muchas sartas de patos y becasinas. Top haba hecho maravillas y no haba perdido ni una pieza, gracias a su celo y actividad.
A las ocho de la maana el Buenaventura aparejaba y navegaba rpidamente subiendo hacia el cabo Mandbula Norte, porque llevaba viento en popa y la brisa tenda a refrescar.
-Por lo dems -dijo Pencroff-, no me admirara que se preparase alguna racha del oeste. Ayer el sol se puso detrs de un horizonte rojo y esta maana he visto colas de gato, que no me presagiaban nada bueno.
Aquellas colas de gato eran cirros esparcidos por el cenit y cuya altura no es nunca inferior a cinco mil pies sobre el nivel del mar. Parecan ligeros copos de algodn, cuya presencia anuncia ordinariamente alguna prxima alteracin de los elementos.
-Pues bien -dijo Ciro Smith-, despleguemos toda la tela que se pueda y vamos a buscar refugio al golfo del Tiburn. Creo que all el Buenaventura estar seguro.
-Perfectamente -respondi Pencroff-; por otra parte, la costa del norte no tiene ms que dunas insignificantes.
-No me desagradara -aadi el ingeniero-pasar la noche y tambin el da de maana en esa baha, que merece una exploracin detenida.
-Creo que, queramos o no, tendremos que detenemos en ella -repuso Pencroff-, porque el horizonte empieza a presentarse amenazador por la parte oeste. Vea cmo se va cubriendo!
-En todo caso tendremos buen viento para llegar al cabo Mandbula observ el periodista.
-Muy bueno -contest el marino-, mas para entrar en el golfo ser necesario dar bordadas y preferira ver claro en estos parajes que no conozco.
-Parajes que deben estar sembrados de escollos -observ Harbert-, si se ha de juzgar por lo que hemos visto en la costa meridional del golfo del Tiburn.
-Pencroff -dijo entonces Ciro Smith-, haga lo que mejor le parezca. Tenemos confianza en usted.
-Est tranquilo, seor Ciro -respondi el marino-, que no me expondr sin necesidad. Preferira una cuchillada en mis obras vivas a una pedrada en mi Buenaventura.
Lo que Pencroff llamaba obras vivas era la parte sumergida de la quilla de su embarcacin, a la cual cuidaba ms que a su propia piel.
-Qu hora es? -pregunt el marino. -Las diez -contest Geden Spilett. -Y a qu distancia estamos del cabo, seor Ciro?
-A unas quince millas -repuso el ingeniero.
-Es cuestin de dos horas y media -dijo entonces el marino-, y estaremos en el cabo entre las doce y la una. Por desgracia la marea estar bajando en ese momento y habr en el golfo una corriente de reflujo. Temo que sea difcil entrar teniendo viento y mar contra nosotros.
-Tanto ms -observ Harbert-que hoy es luna llena y estas mareas de abril son peligrosas.
-Y bien, Pencroff -pregunt Ciro Smith-, no puede usted fondear en la punta del cabo?
-Fondear cerca de tierra con mal tiempo en perspectiva! -exclam el marino-. Lo ha pensado bien, seor Ciro? Eso sera querer estrellarse voluntariamente contra la costa. -Entonces, qu va a hacer?
-Tratar de mantenernos al largo hasta la hora del flujo, es decir, hasta las siete de la tarde, y, si entonces hay posibilidad, intentar entrar en el golfo; si no, continuaremos corriendo bordadas durante toda la noche y entraremos maana al salir el sol.
-Ya le he dicho, Pencroff, que confiamos en su experiencia -respondi Ciro Smith.
-Ah! -dijo Pencroff-, si al menos hubiese un faro en esa costa! Sera ms cmodo para los navegantes.
-S -aadi Harbert-, tanto ms que esta vez no tendremos un ingeniero previsor que encienda una hoguera para guiamos al puerto.
-A propsito, mi querido Ciro -dijo Geden Spilett-, no le hemos dado las gracias por aquel fuego que encendi; pero la verdad es que, si no se le hubiera ocurrido encenderlo, jams habramos podido llegar
-Un fuego? -pregunt Ciro Smith, muy admirado de las palabras del periodista.
-Aludimos, seor Ciro -dijo Pencroff-, a la situacin embarazosa en que nos vimos a bordo del Buenaventura en las ltimas horas que precedieron a nuestro regreso; porque habramos pasado a sotavento de la isla sin la precaucin que usted tom de encender una hoguera en la noche del 19 al 20 de octubre en la meseta del Palacio de granito.
-S, s! Fue una idea feliz -repuso el ingeniero.
-Y ahora -aadi el marino-, a no ser que a Ayrton se le ocurra la misma idea, no habr nadie que pueda hacernos este pequeo servicio. -No, nadie -contest Ciro Smith.