La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Pocos instantes despus, hallndose solo en la proa de la embarcacin con el periodista, se inclin a su odo y le dijo:
-Si hay algo cierto, Spilett, es que yo no he encendido hoguera ninguna en la noche del 19 al 20 de octubre, ni en la meseta del Palacio de granito ni en ninguna otra parte de la isla.
20. Pasan el nuevo invierno y en una fotografa descubren un lago
Las cosas pasaron como haba previsto Pencroff, porque sus presentimientos no podan engaarlo. El viento refresc y de brisa pas a estado de vendaval, es decir, que adquiri una celeridad de 40 a 45 millas por hora, viento con el cual un buque en alta mar hubiera navegado con los rizos bajos y los juanetes arriados. Ahora bien, como eran cerca de las seis cuando el Buenaventura lleg cerca del golfo, y en aquel momento se haca sentir el reflujo, le fue imposible entrar y tuvo que aguantarse al largo, porque aun cuando hubiera querido no habra podido llegar a la desembocadura del ro de la Merced. As, despus de haber instalado su foque en el palo mayor a guisa de trinquetillo, esper presentando la proa a tierra.
Por fortuna, si el viento fue muy fuerte, el mar, cubierto por la costa, no engros mucho y por lo tanto no haba que temer las oleadas, que son un gran peligro para las pequeas embarcaciones. El Buenaventura no habra zozobrado, porque tena buen lastre; pero cayendo a bordo grandes golpes de agua hubiera podido comprometerlo, si las escotillas no hubieran resistido. Pencroff, como buen marino, se prepar para todo evento. Tena confianza en su embarcacin, pero no dejaba de esperar el da con alguna ansiedad.
Durante la noche, Ciro Smith y Geden Spilett no tuvieron ocasin de hablar a solas; sin embargo, las frases pronunciadas por el ingeniero al odo del periodista, daban motivo a discutir otra vez aquella misteriosa influencia que pareca reinar sobre la isla Lincoln. Geden Spilett no ces de pensar en aquel incidente, nuevo e inexplicable, en aquella aparicin de una hoguera en la costa de la isla. Aquel fuego no era una ilusin, lo haba visto, y sus compaeros Harbet y Pencroff lo haban visto tan bien como l; les haba servido para reconocer la situacin de la isla en aquella noche tan oscura y no podan dudar que fuese la mano del ingeniero la que lo haba encendido. Ciro Smith, sin embargo, declaraba formalmente que no haba hecho semejante cosa! Geden Spilett se prometa volver a hablar sobre este incidente, cuando el Buenaventura estuviese de regreso, y excitar a Ciro Smith a que pusiera a sus compaeros al corriente de aquellos hechos extraordinarios. Tal vez entonces se acordara hacer por todos una investigacin completa de todas las partes de la isla Lincoln.
Aquella noche no se encendi ningn fuego en las playas desconocidas todava, que formaban la entrada del golfo, y la pequea embarcacin continu aguantndose durante toda la noche.
Cuando aparecieron las primeras claridades del alba en el horizonte, el viento, que se haba calmado ligeramente, gir en dos cuartos y permiti a Pencroff embocar ms fcilmente la estrecha entrada del golfo. Hacia las siete de la maana el Buenaventura, despus de haberse dejado llevar hacia el cabo Mandbula Norte, entraba prudentemente en el paso y se aventuraba por aquellas aguas encerradas en el ms extrao cuadro de lava.
-Vean -dijo Pencroff-una punta de mar que hara una rada admirable, donde podran moverse escuadras enteras a su placer.
-Lo curioso, sobre todo -observ Ciro Smith-, es que este golfo ha sido formado por dos corrientes de lava vomitadas por el volcn, que se han acumulado por erupciones sucesivas. De aqu resulta que est abrigado completamente por todos lados, y es de creer que en l, aun con los peores vientos, el mar estar tranquilo como un lago.
-Sin duda -repuso el marino-, pues el viento, para entrar aqu, no tiene ms que esa estrecha garganta abierta entre los dos cabos y el cabo del norte cubre el del sur, de manera que es dificilsima la entrada de las rfagas. En verdad, nuestro Buenaventura podra permanecer aqu todo un ao sin tesar sobre sus anclas.
-Ese golfo es un poco grande para l -observ el corresponsal.
-Convengo, seor Spilett -contest el marino-, en que es bastante grande para el Buenaventura, pero, si las escuadras de la Unin necesitan un abrigo seguro en el Pacfico, creo que no le pueden hallar mejor que en esta rada.
-Estamos en la boca del tiburn -observ Nab, aludiendo a la forma del golfo.
-En plena boca, mi valiente Nab -contest Harbert-, pero supongo que no tendr miedo de que se cierre y nos deje dentro.
-No, seor Harbert -contest Nab-; pero, de todos modos, este golfo no me gusta; tiene aspecto triste.
-Bueno -exclam Pencroff-, ah est Nab, que desprecia mi golfo, en el momento que yo pensaba regalrselo a Amrica.
-Pero, al menos, son bastante profundas sus aguas? -pregunt el ingeniero-. Pues lo que basta para la quilla del Buenaventura podra ser insuficiente para buques acorazados.
-Eso es fcil de averiguar -repuso Pencroff.
Y el marino ech a fondo una larga cuerda, que le serva de escandallo, a la cual haba atado un pedazo de hierro. Aquella cuerda meda unas cincuenta brazas y toda entr en el agua sin tocar el suelo.
-Vamos -dijo Pencroff-, nuestros acorazados pueden venir aqu sin temor de encallar.
-En efecto -repuso Ciro Smith-, es un verdadero abismo este golfo; pero teniendo en cuenta el origen plutnico de la isla, no hay que extraar que el fondo del mar presente depresiones semejantes.
-Parece -observ Harbert-que estas murallas han sido cortadas a pico y creo que con una sonda cinco o seis veces mayor Pencroff no encontrara fondo.
-Todo est muy bien -dijo el corresponsal-, pero debo hacer observar a Pencroff que falta una cosa importante para su rada.
-Cul, seor Spilett?
-Una cortadura, un sitio cualquiera que d acceso al interior de la isla. No veo un punto sobre el cual se pueda poner el pie.
Y en efecto, las altas lavas, muy acantiladas, no ofrecan en todo el permetro del golfo un solo paraje propicio para el desembarco. Era una cortina infranqueable, que recordaba, pero con ms aridez todava, los fiordos de Noruega. El Buenaventura, rasando aquellas altas murallas hasta tocarlas, no encontr una sola punta que pudiera permitir a los pasajeros desembarcar.
Pencroff se consol diciendo que por medio de una mina podra volar una parte de aquel muro cuando fuese necesario; y puesto que no tenan nada que hacer en aquel golfo, dirigi su embarcacin hacia la garganta y sali a las dos de la tarde.
-Uf! -dijo Nab, exhalando un suspiro de satisfaccin. Pareca verdaderamente que el honrado negro no se senta bien dentro de aquella enorme boca.
Desde el cabo Mandbula a la desembocadura del ro de la Merced no haba ms que unas ocho millas. Puso la proa hacia el Palacio de granito y el Buenaventura, largando sus velas, sigui la costa a una milla de distancia. A las enormes rocas de lava sucedieron pronto aquellas dunas caprichosas, entre las cuales el ingeniero haba sido hallado en circunstancias tan singulares, paraje frecuentado por centenares de aves marinas.
Hacia las cuatro, Pencroff, dejando a su izquierda la punta del islote, entraba en el canal que le separaba de la costa, y a las cinco el ancla del Buenaventura morda el fondo de arena en la desembocadura del ro de la Merced.
Haca tres das que los colonos haban dejado su vivienda. Ayrton les esperaba en la playa y maese Jup sali alegremente a recibirlos lanzando gruidos de satisfaccin.
La exploracin completa de la costa de la isla estaba hecha y nada sospechoso se haba observado. Si algn ser misterioso resida en ella, no poda habitar ms que los bosques impenetrables de la pennsula Serpentina, donde los colonos no haban hecho todava sus investigaciones.
Geden Spilett habl de estas cosas con el ingeniero y acordaron llamar la atencin a sus compaeros sobre el carcter extrao de ciertos incidentes que se haban producido en la isla y el ltimo de los cuales era el ms inexplicable.