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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Pocos instantes despu�s, hall�ndose solo en la proa de la embarcaci�n con el periodista, se inclin� a su o�do y le dijo:

-�Si hay algo cierto, Spilett, es que yo no he encendido hoguera ninguna en la noche del 19 al 20 de octubre, ni en la meseta del Palacio de granito ni en ninguna otra parte de la isla.

20. Pasan el nuevo invierno y en una fotograf�a descubren un lago

Las cosas pasaron como hab�a previsto Pencroff, porque sus presentimientos no pod�an enga�arlo. El viento refresc� y de brisa pas� a estado de vendaval, es decir, que adquiri� una celeridad de 40 a 45 millas por hora, viento con el cual un buque en alta mar hubiera navegado con los rizos bajos y los juanetes arriados. Ahora bien, como eran cerca de las seis cuando el Buenaventura lleg� cerca del golfo, y en aquel momento se hac�a sentir el reflujo, le fue imposible entrar y tuvo que aguantarse al largo, porque aun cuando hubiera querido no habr�a podido llegar a la desembocadura del r�o de la Merced. As�, despu�s de haber instalado su foque en el palo mayor a guisa de trinquetillo, esper� presentando la proa a tierra.

Por fortuna, si el viento fue muy fuerte, el mar, cubierto por la costa, no engros� mucho y por lo tanto no hab�a que temer las oleadas, que son un gran peligro para las peque�as embarcaciones. El Buenaventura no habr�a zozobrado, porque ten�a buen lastre; pero cayendo a bordo grandes golpes de agua hubiera podido comprometerlo, si las escotillas no hubieran resistido. Pencroff, como buen marino, se prepar� para todo evento. Ten�a confianza en su embarcaci�n, pero no dejaba de esperar el d�a con alguna ansiedad.

Durante la noche, Ciro Smith y Gede�n Spilett no tuvieron ocasi�n de hablar a solas; sin embargo, las frases pronunciadas por el ingeniero al o�do del periodista, daban motivo a discutir otra vez aquella misteriosa influencia que parec�a reinar sobre la isla Lincoln. Gede�n Spilett no ces� de pensar en aquel incidente, nuevo e inexplicable, en aquella aparici�n de una hoguera en la costa de la isla. Aquel fuego no era una ilusi�n, lo hab�a visto, y sus compa�eros Harbet y Pencroff lo hab�an visto tan bien como �l; les hab�a servido para reconocer la situaci�n de la isla en aquella noche tan oscura y no pod�an dudar que fuese la mano del ingeniero la que lo hab�a encendido. �Ciro Smith, sin embargo, declaraba formalmente que no hab�a hecho semejante cosa! Gede�n Spilett se promet�a volver a hablar sobre este incidente, cuando el Buenaventura estuviese de regreso, y excitar a Ciro Smith a que pusiera a sus compa�eros al corriente de aquellos hechos extraordinarios. Tal vez entonces se acordar�a hacer por todos una investigaci�n completa de todas las partes de la isla Lincoln.

Aquella noche no se encendi� ning�n fuego en las playas desconocidas todav�a, que formaban la entrada del golfo, y la peque�a embarcaci�n continu� aguant�ndose durante toda la noche.

Cuando aparecieron las primeras claridades del alba en el horizonte, el viento, que se hab�a calmado ligeramente, gir� en dos cuartos y permiti� a Pencroff embocar m�s f�cilmente la estrecha entrada del golfo. Hacia las siete de la ma�ana el Buenaventura, despu�s de haberse dejado llevar hacia el cabo Mand�bula Norte, entraba prudentemente en el paso y se aventuraba por aquellas aguas encerradas en el m�s extra�o cuadro de lava.

-�Vean -dijo Pencroff-una punta de mar que har�a una rada admirable, donde podr�an moverse escuadras enteras a su placer.

-�Lo curioso, sobre todo -observ� Ciro Smith-, es que este golfo ha sido formado por dos corrientes de lava vomitadas por el volc�n, que se han acumulado por erupciones sucesivas. De aqu� resulta que est� abrigado completamente por todos lados, y es de creer que en �l, aun con los peores vientos, el mar estar� tranquilo como un lago.

-�Sin duda -repuso el marino-, pues el viento, para entrar aqu�, no tiene m�s que esa estrecha garganta abierta entre los dos cabos y el cabo del norte cubre el del sur, de manera que es dificil�sima la entrada de las r�fagas. En verdad, nuestro Buenaventura podr�a permanecer aqu� todo un a�o sin tesar sobre sus anclas.

-�Ese golfo es un poco grande para �l -observ� el corresponsal.

-�Convengo, se�or Spilett -contest� el marino-, en que es bastante grande para el Buenaventura, pero, si las escuadras de la Uni�n necesitan un abrigo seguro en el Pac�fico, creo que no le pueden hallar mejor que en esta rada.

-�Estamos en la boca del tibur�n -observ� Nab, aludiendo a la forma del golfo.

-�En plena boca, mi valiente Nab -contest� Harbert-, pero supongo que no tendr� miedo de que se cierre y nos deje dentro.

-�No, se�or Harbert -contest� Nab-; pero, de todos modos, este golfo no me gusta; tiene aspecto triste.

-�Bueno -exclam� Pencroff-, ah� est� Nab, que desprecia mi golfo, en el momento que yo pensaba regal�rselo a Am�rica.

-�Pero, al menos, �son bastante profundas sus aguas? -pregunt� el ingeniero-. Pues lo que basta para la quilla del Buenaventura podr�a ser insuficiente para buques acorazados.

-�Eso es f�cil de averiguar -repuso Pencroff.

Y el marino ech� a fondo una larga cuerda, que le serv�a de escandallo, a la cual hab�a atado un pedazo de hierro. Aquella cuerda med�a unas cincuenta brazas y toda entr� en el agua sin tocar el suelo.

-�Vamos -dijo Pencroff-, nuestros acorazados pueden venir aqu� sin temor de encallar.

-�En efecto -repuso Ciro Smith-, es un verdadero abismo este golfo; pero teniendo en cuenta el origen plut�nico de la isla, no hay que extra�ar que el fondo del mar presente depresiones semejantes.

-�Parece -observ� Harbert-que estas murallas han sido cortadas a pico y creo que con una sonda cinco o seis veces mayor Pencroff no encontrar�a fondo.

-�Todo est� muy bien -dijo el corresponsal-, pero debo hacer observar a Pencroff que falta una cosa importante para su rada.

-��Cu�l, se�or Spilett?

-�Una cortadura, un sitio cualquiera que d� acceso al interior de la isla. No veo un punto sobre el cual se pueda poner el pie.

Y en efecto, las altas lavas, muy acantiladas, no ofrec�an en todo el per�metro del golfo un solo paraje propicio para el desembarco. Era una cortina infranqueable, que recordaba, pero con m�s aridez todav�a, los fiordos de Noruega. El Buenaventura, rasando aquellas altas murallas hasta tocarlas, no encontr� una sola punta que pudiera permitir a los pasajeros desembarcar.

Pencroff se consol� diciendo que por medio de una mina podr�a volar una parte de aquel muro cuando fuese necesario; y puesto que no ten�an nada que hacer en aquel golfo, dirigi� su embarcaci�n hacia la garganta y sali� a las dos de la tarde.

-��Uf! -dijo Nab, exhalando un suspiro de satisfacci�n. Parec�a verdaderamente que el honrado negro no se sent�a bien dentro de aquella enorme boca.

Desde el cabo Mand�bula a la desembocadura del r�o de la Merced no hab�a m�s que unas ocho millas. Puso la proa hacia el Palacio de granito y el Buenaventura, largando sus velas, sigui� la costa a una milla de distancia. A las enormes rocas de lava sucedieron pronto aquellas dunas caprichosas, entre las cuales el ingeniero hab�a sido hallado en circunstancias tan singulares, paraje frecuentado por centenares de aves marinas.

Hacia las cuatro, Pencroff, dejando a su izquierda la punta del islote, entraba en el canal que le separaba de la costa, y a las cinco el ancla del Buenaventura mord�a el fondo de arena en la desembocadura del r�o de la Merced.

Hac�a tres d�as que los colonos hab�an dejado su vivienda. Ayrton les esperaba en la playa y maese Jup sali� alegremente a recibirlos lanzando gru�idos de satisfacci�n.

La exploraci�n completa de la costa de la isla estaba hecha y nada sospechoso se hab�a observado. Si alg�n ser misterioso resid�a en ella, no pod�a habitar m�s que los bosques impenetrables de la pen�nsula Serpentina, donde los colonos no hab�an hecho todav�a sus investigaciones.

Gede�n Spilett habl� de estas cosas con el ingeniero y acordaron llamar la atenci�n a sus compa�eros sobre el car�cter extra�o de ciertos incidentes que se hab�an producido en la isla y el �ltimo de los cuales era el m�s inexplicable.

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