La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
No, no pod�an conservar ninguna esperanza de salvaci�n, y una horrible muerte, la muerte de hambre y sed, les esperaba en aquella roda. Estaban tendidos sobre ella, casi inanimados, no ten�an conciencia de lo que pasaba en torno suyo. S�lo Ayrton, por un supremo esfuerzo, levantaba todav�a la cabeza y dirig�a miradas de desesperaci�n a aquella mar desierta�
En la ma�ana del 24 de marzo, Ayrton extendi� los brazos hacia un punto del espacio, se incorpor�, se puso de rodillas, despu�s en pie, y pareci� que hac�a una se�al con la mano� �Un buque estaba a la vista de la isla!� Aquel buque no navegaba a la ventura: el arrecife era para �l un punto de mira hacia el cual se dirig�a en l�nea recta forzando su m�quina, y los desgraciados colonos le habr�an visto muchas horas antes si hubiesen tenido fuerzas para observar el horizonte.
-��El Duncan! -murmur� Ayrton y cay� de nuevo.
Cuando Ciro Smith y sus compa�eros hubieron vuelto en s� gracias a los cuidados que les prodigaron, se encontraron en la c�mara de un barco, sin poder comprender c�mo se hab�an librado de la muerte.
Una palabra de Ayrton bast� para enterarles de todo. -�El Duncan! -murmur�. -�El Duncan! -repiti� Ciro Smith. Y levantando los brazos al cielo, exclam�:
-��Ah, Dios todopoderoso, t� has querido que nos salv�semos!
Era el Duncan, en efecto, el yate de lord Glenarvan, mandado entonces por Robert, hijo del capit�n Grant, enviado a la isla Tabor para buscar a Ayrton y devolverlo a su patria, despu�s de doce a�os de expiaci�n. Los colonos se hab�an salvado y estaban camino de su pa�s.
-�Capit�n Robert -pregunt� Ciro Smith-, �qui�n le ha inspirado el pensamiento de andar cien millas m�s hacia el nordeste, despu�s de haber dejado la isla Tabor, donde no pudo encontrar a Ayrton?
-�Se�or Smith -respondi� Robert Grant-, iba no s�lo a buscar a Ayrton, sino tambi�n a usted y a sus compa�eros.
-��A m� y a mis compa�eros?
-�S�, iba a la isla Lincoln.
-��A la isla Lincoln! -exclamaron a la vez Gede�n Spilett, Harbert, Nab y Pencroff, sumamente admirados.
-��C�mo conoc�a la isla de Lincoln -pregunt� Ciro Smith-, no estando ni siquiera mencionada en las cartas?
-�La he conocido por la noticia que ustedes dejaron en la isla Tabor contest� Robert Grant.
-��Una noticia! -exclam� Gede�n Spilett.
-�S�, aqu� la tiene -repuso el joven capit�n, presentando un documento que indicaba la situaci�n de la isla Lincoln en latitud y longitud, y a�ad�a: Residencia actual de Ayrton y de cinco colonos norteamericanos.
-��El capit�n Nemo!� -dijo Ciro Smith, despu�s de haber le�do la nota y visto que era de la misma mano que hab�a escrito el documento hallado en la dehesa.
-��Ah! -exclam� Pencroff-. El tom� nuestro Buenaventura y se aventur� solo hasta la isla Tabor.
-�Para dejar all� esa nota -dijo Harbert.
-�Bien dec�a yo -a�adi� el marino-que, aun despu�s de su muerte, el capit�n nos hab�a de hacer otro servicio.
-�Amigos m�os -dijo Ciro Smith, con voz profundamente conmovida-, roguemos al Dios de todas las misericordias que reciba el alma del capit�n Nemo, nuestro salvador.
Los colonos se hab�an descubierto, al o�r esta �ltima frase de Ciro Smith, y murmuraron el nombre del capit�n. En aquel momento, Ayrton, acerc�ndose al ingeniero, le dijo sencillamente:
-��D�nde pongo este cofrecito?
Era el cofrecito que Ayrton hab�a salvado con peligro de su vida, en el momento en que la isla se hund�a bajo los mares, y que entregaba fielmente al ingeniero. -�Ayrton, Ayrton! -dijo Ciro Smith, hondamente conmovido. Despu�s, dirigi�ndose a Robert Grant, a�adi�:
-�Se�or, donde dejaron al culpable encuentran ahora un hombre a quien la expiaci�n ha devuelto la honradez y a quien doy mi mano con orgullo.
Robert Grant fue puesto al corriente de la extra�a historia del capit�n Nemo y de los colonos de la isla Lincoln. Despu�s, hecho el plano de lo que quedaba en aquel escollo, que en adelante deb�a figurar en los mapas del Pac�fico, el capit�n dio orden de virar de bordo.
Quince d�as despu�s los colonos desembarcaban en Am�rica y hallaban pacificada su patria, terminada aquella terrible guerra por el triunfo de la justicia y del derecho.
La mayor parte de las riquezas contenidas en el cofrecillo legado por el capit�n Nemo a los colonos de la isla Lincoln se emple� en la adquisici�n de una gran propiedad en el estado de Iowa. Una sola perla, la m�s hermosa, fue separada de aquel tesoro y enviada a lady Glenarvan, en nombre de los n�ufragos devueltos por el Duncan a su patria.
En aquella propiedad, los colonos llamaron al trabajo, es decir, a la fortuna y a la felicidad, a todos aquellos a quienes pensaban ofrecer hospitalidad en la isla Lincoln. Se fund� una gran colonia a la cual dieron el nombre de la isla que hab�a desaparecido en las profundidades del Pac�fico. Se ve�a un r�o que se llamaba de la Merced, un monte que tom� el nombre de Franklin, un peque�o lago que fue el lago Grant y bosques que recibieron la denominaci�n de Far-West. Era como una isla en tierra firme. En ella, bajo la mano inteligente del ingeniero y de sus compa�eros, todo prosper�. Ni uno solo de los antiguos colonos de la isla Lincoln faltaba, porque hab�an jurado vivir siempre juntos. Nab estaba siempre donde su amo; Ayrton, dispuesto a sacrificarse en toda ocasi�n; Pencroff, m�s labrador que marino; Harbert termin� sus estudios bajo la direcci�n de Ciro Smith, y el mismo Gede�n Spilett, que fund� el "New Lincoln Herald", el peri�dico mejor informado del mundo entero.
Ciro Smith y sus compa�eros recibieron muchas veces la visita de lord y lady Glenarvan, del capit�n John Mangles y de su mujer, hermana de Robert Grant, del mismo Robert Grant, del mayor MacNabbs y de todos los que hab�an figurado en las dos historias del capit�n Grant y del capit�n Nemo.
All�, en fin, todos fueron felices viviendo unidos en lo presente como lo hab�an estado en lo pasado; pero jam�s olvidaron aquella isla a la cual hab�an llegado pobres y desnudos, aquella isla que durante cuatro a�os hab�a satisfecho sus necesidades y de la cual no quedaba m�s que un trozo de granito combatido por las olas del Pac�fico, tumba del que hab�a sido capit�n Nemo.
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