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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-�Y puede ir a las islas Pomot� -a�adi� Harbert-el que ha llegado hasta Tabor.

-�No digo que no -repuso Pencroff, que ten�a siempre voto preferente en las cuestiones mar�timas-; no digo que no, aunque no es lo mismo hacer una traves�a corta que hacerla larga. Si nuestra chalupa se hubiera visto amenazada de alg�n mal golpe de viento en su viaje a Tabor, sabr�amos que el puerto no estaba lejos, pero mil doscientas millas son mucha distancia. Eso hay que andar al menos para llegar a la tierra m�s pr�xima.

-�Y en caso necesario, Pencroff, �no intentar�a esa aventura? -pregunt� el periodista.

-�Yo soy capaz de intentar todo lo que se quiera, se�or Spilett -contest� el marino-, y sabe muy bien que no me tiro para atr�s.

-�Ten presente tambi�n -observ� Nab- que ahora contamos con otro marino. -�Qui�n? -pregunt� Pencroff. -Ayrton.

-�Justo -dijo Harbert. -�Si consiente en venir! -observ� Pencroff.

-��Bueno! -dijo Spilett-, �cree que, si el yate de lord Glenarvan se hubiera presentado en la isla Tabor, cuando Ayrton la habitaba todav�a, se habr�a negado nuestro compa�ero a marchar?

-�Olvidan, amigos m�os -dijo entonces Ciro Smith-, que Ayrton, durante los �ltimos a�os de su estancia en aquel islote, hab�a perdido la raz�n. Pero la cuesti�n no es �sa: la cuesti�n es si debemos contar, entre las probabilidades que tenemos de salvaci�n, con la vuelta del buque escoc�s. Ahora bien, lord Glenarvan prometi� a Ayrton venir a recogerlo a la isla Tabor, cuando creyera expiados sus cr�menes. Creo que vendr�.

-�S� -dijo el corresponsal-. A�adir� que vendr� pronto, porque hace doce a�os que Ayrton fue abandonado.

-��Ah! -exclam� Pencroff-, estoy de acuerdo en que ese lord volver� y hasta en que volver� pronto. Pero �ad�nde arribar�? �A la isla Tabor o a la Lincoln?

-�Ah� est�, sobre todo porque la isla Lincoln no est� en ning�n mapa dijo Harbert.

-�Por eso, amigos m�os -observ� el ingeniero-, debemos tomar las precauciones necesarias para poner en la isla Tabor una se�al que indique nuestra existencia y la de Ayrton en Lincoln.

-�Evidentemente -repuso el periodista-, y nada m�s f�cil que depositar en aquella caba�a, que fue morada del capit�n Grant y de Ayrton, una nota que d� la situaci�n de nuestra isla, noticia que lord Glenarvan o su tripulaci�n no puede menos de encontrar.

-�Es una l�stima -dijo el marino-que olvid�semos esa precauci�n en nuestro primer viaje a la isla Tabor.

-��Y c�mo la �bamos a tomar? -repuso Harbert-. No conoc�amos en aquel momento la historia de Ayrton; ignor�bamos que alg�n d�a ir�an en su busca y, cuando hemos conocido esta historia, la estaci�n estaba muy avanzada y no nos ha permitido volver a la isla Tabor.

-�S� -dijo Ciro Smith-, es demasiado tarde, y habr� que aplazar esa traves�a para la primavera pr�xima. -�Y si entretanto viniera el yate escoc�s? -dijo Pencroff.

-�No es probable -repuso el ingeniero-, porque lord Glenarvan no elegir� el invierno para aventurarse en estos mares lejanos. O ha venido a la isla Tabor desde que Ayrton est� con nosotros, es decir, desde hace cinco meses, y se ha marchado ya, o vendr� m�s tarde, y habr� tiempo, cuando lleguen los primeros d�as buenos de octubre, de ir a la isla Tabor para dejar all� esa nota.

-�Ser�a una verdadera desgracia -dijo Nab-que el Duncan se hubiese presentado en estos mares durante esos cinco meses.

-�Espero que no -dijo Ciro Smith-, y que el cielo no nos haya privado de la mejor probabilidad de salvaci�n que nos queda.

-�Creo -observ� Spilett-que de todos modos sabremos a qu� atenernos, cuando hayamos vuelto a la isla Tabor, porque, si los escoceses han estado en ella, necesariamente habr�n dejado huellas de su paso.

-�Es evidente -contest� el ingeniero-. As�, pues, amigos m�os, ya que tenemos esta probabilidad de volver a nuestra patria, esperemos con paciencia. Si falla, entonces veremos lo que hemos de hacer.

-�En todo caso -dijo Pencroff-, quede sentado que, si salimos de la isla Lincoln de una manera o de otra, no ser� porque en ella nos haya ido mal.

-�No, Pencroff -repuso el ingeniero-; ser� porque aqu� estamos lejos de todo lo que m�s ama el hombre en el mundo: su familia, sus amigos, su pa�s natal.

Resuelto as� el asunto, no se volvi� a tratar de emprender la construcci�n de un buque bastante grande para aventurarse a un viaje en direcci�n de los archipi�lagos, hacia el norte, o de Nueva Zelanda, hacia el oeste. Ocup�ronse �nicamente los colonos en las tareas acostumbradas para prepararse a pasar el tercer invierno en el Palacio de granito.

Sin embargo, se acord� tambi�n que antes que llegara el mal tiempo se emplear�a la chalupa en un viaje alrededor de la isla. No estaba terminado todav�a el reconocimiento completo de las costas, era muy imperfecta la idea que ten�an los colonos del litoral al oeste y al norte, desde la desembocadura del r�o de la Cascada hasta el cabo Mand�bula, as� como de la estrecha bah�a que se abr�a entre ellos como una quijada de tibur�n.

Pencroff propuso aquella excursi�n. Ciro Smith la aprob�, porque quer�a examinar por s� mismo toda aquella parte de sus dominios.

El tiempo estaba entonces variable, pero el bar�metro no oscilaba con movimientos bruscos y pod�a contarse con poder hacer una navegaci�n feliz. Precisamente en la primera semana de abril, despu�s de una baja barom�trica, se se�al� la subida por un fuerte viento del oeste, que dur� cinco o seis d�as; despu�s la aguja del instrumento volvi� a quedar fija en una altura de veintinueve pulgadas y nueve d�cimas (759 mm., 45), y las circunstancias parecieron propicias para la exploraci�n.

Se fij� la partida para el d�a 16 de abril, y se transportaron al Buenaventura, que estaba anclado en el puerto del Globo, las provisiones necesarias para un viaje de alguna duraci�n.

Ciro Smith anunci� a Ayrton la expedici�n proyectada, invit�ndole a tomar parte en ella, pero �ste opt� por establecerse en el Palacio de granito durante la ausencia de sus compa�eros. Maese Jup deb�a hacerle compa��a, a lo cual no opuso ninguna objeci�n.

El 16 de abril, por la ma�ana, todos los colonos, acompa�ados de Top, se embarcaron. El viento soplaba del sudoeste: era una brisa, y el Buenaventura, al salir del puerto del Globo, tuvo que voltejear para tomar el promontorio del Reptil.

De las noventa millas que med�a el per�metro de la isla, unas veinte pertenec�an a la costa del sur, desde el puerto hasta el promontorio. De aqu� la necesidad de andar esas veinte millas navegando de bolina, porque el viento era absolutamente de proa.

Hubo que emplear todo el d�a para llegar al promontorio, porque la embarcaci�n, al salir del puerto, no encontr� m�s que dos horas de flujo, que le fue muy dif�cil de aguantar. La noche hab�a llegado ya cuando el Buenaventura dobl� el promontorio.

Pencroff propuso entonces al ingeniero continuar el viaje lentamente con dos rizos de la vela, pero Ciro Smith prefiri� fondear a pocos cables de tierra, a fin de examinar aquella parte de la costa cuando llegara el d�a. Se acord� tambi�n que, puesto que se trataba de una exploraci�n minuciosa del litoral, no se navegar�a durante la noche y que, al atardecer, se anclar�a cerca de tierra, mientras el tiempo lo permitiese.

Pasaron la noche al abrigo del promontorio y, habiendo ca�do el viento con la bruma, no se turb� el silencio de las horas nocturnas. Los pasajeros, a excepci�n del marino, durmieron quiz� algo peor a bordo del Buenaventura, de lo que habr�an dormido en sus habitaciones del Palacio de granito, pero durmieron.

Al d�a siguiente, 17 de abril, al amanecer, aparej� Pencroff, y con viento largo y amuras a babor, pudo abarloarse a la costa occidental.

Los colonos conoc�an aquella costa frondosa, puesto que hab�an recorrido a pie sus orillas; sin embargo, excit� de nuevo toda su admiraci�n. Iban costeando lo m�s cerca posible de tierra, moderando la velocidad del buque para poder observarlo todo y teniendo solamente cuidado de no chocar con algunos troncos de �rboles que flotaban ac� y all�. Muchas veces echaron el ancla para que Gede�n Spilett tomara varias vistas fotogr�ficas de aquel magn�fico litoral.

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