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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Hicieron entonces varios reconocimientos hasta las profundidades de los bosques del Par-West, donde los exploradores pod�an aventurarse sin temer el exceso de la temperatura, porque los rayos solares apenas pod�an penetrar por el espeso ramaje que se entrelazaba sobre sus cabezas. Visitaron tambi�n toda la orilla izquierda del r�o de la Merced, que bordeaba el camino que iba desde la dehesa a la desembocadura del r�o de la Cascada.

Pero durante estas excursiones los colonos tuvieron cuidado de ir bien armados, porque encontraron con frecuencia jabal�es muy salvajes y feroces, contra los cuales ten�an que defenderse.

Tambi�n se hizo en aquella estaci�n una guerra terrible a los jaguares. Gede�n Spilett les ten�a un odio invencible y su disc�pulo Harbert le secundaba perfectamente. Armados como iban, no tem�an al encuentro de aquellas fieras. La audacia de Harbert era admirable, y la serenidad del corresponsal, asombrosa, por lo que no tard� el sal�n del Palacio de granito en quedar adornado de unas veinte pieles magn�ficas, y por poco que aquello durase se pod�a prever que pronto quedar�a cumplido el objeto de los cazadores: extinguir la raza de los jaguares en la isla.

El ingeniero tom� parte algunas veces en diversos reconocimientos que se hicieron en los parajes desconocidos de la isla, observ�ndolo todo con minuciosa atenci�n. No eran huellas animales lo que buscaba en los sitios m�s espesos de aquellas vastas selvas, pero nada sospechoso se present� a su vista. Ni Top, ni Jup, que lo acompa�aban, dieron a entender por su actitud que hubiese nada extraordinario; y sin embargo, todav�a m�s de una vez el perro se puso a ladrar a la boca del pozo que el ingeniero hab�a explorado in�tilmente.

Por entonces, Gede�n Spilett, ayudado de Harbert, tom� varias vistas de los lugares m�s pintorescos de la isla por medio del aparato fotogr�fico hallado en el caj�n, y del cual hasta aquel momento no se hab�a hecho uso.

Aquel aparato, provisto de un poderoso objetivo, era muy completo. Nada le faltaba para la reproducci�n fotogr�fica, ni el colodi�n para preparar la placa de cristal, ni el nitrato de plata para sensibilizarla, ni el hiposulfito de sosa para fijar la imagen obtenida, ni el cloruro de amonio para ba�ar el papel destinado a la prueba positiva, ni el acetato de sosa y el cloruro de oro para impregnarla. Hab�a hasta papeles ya clorurados y bastaba ba�arlos por algunos minutos en el nitrato de plata disuelto en agua para ponerlos en el chasis sobre las pruebas negativas.

El periodista y su ayudante llegaron a ser en poco tiempo h�biles operadores y obtuvieron bonitas fotograf�as de paisajes, como el conjunto de la isla tomado desde la meseta de la Gran Vista con el monte Franklin al horizonte; la desembocadura del r�o de la Merced, tan pintorescamente encajonado entre sus altas rocas; la glorieta de la dehesa adosada a los primeros contrafuertes del monte, todo el curioso desarrollo del cabo de la Garra, de la punta del Pecio, etc.

Los fot�grafos no se olvidaron tampoco de hacer los retratos de todos los habitantes de la isla.

-�Esto es un pueblo -dec�a Pencroff.

Y el marino, encantado de ver su imagen fielmente reproducida adornando las paredes del Palacio de granito, miraba complacido aquella exposici�n como si hubiera estado delante de los m�s ricos escaparates de Broadway.

Hay que advertir que el retrato que mejor sali� fue sin duda el del orangut�n. Maese Jup se hab�a colocado dando a su fisonom�a una gravedad imposible de describir y su imagen estaba, como suele decirse, hablando.

-�Dir�ase que quiere hacernos una mueca.

Si maese Jup no hubiera estado satisfecho de su retrato, habr�a sido muy descontentadizo; pero en realidad lo estaba y contemplaba su imagen con aire sentimental, que dejaba traslucir cierta dosis de fatuidad.

Los grandes calores del est�o terminaron con el mes de marzo. El tiempo estuvo algunas veces lluvioso, pero la atm�sfera conservaba calor todav�a. Aquel mes de marzo, que corresponde al de septiembre de las latitudes boreales, no fue tan bueno como hubiera debido esperarse; tal vez anunciaba un invierno prematuro y riguroso. Pudo pensarse una ma�ana, la del 21, que hab�an hecho ya su aparici�n las primeras nieves, porque Harbert, habi�ndose asomado a la ventana, temprano, exclam�:

-��Calla! El islote est� cubierto de nieve.

-��Nieve en este tiempo! -dijo el corresponsal, que se acerc� al joven.

Sus compa�eros se asomaron y observaron que no s�lo el islote, sino toda la playa, el pie del Palacio de granito, estaba cubierta de una blanca s�bana, uniformemente extendida en el suelo.

-�En efecto, es nieve -dijo Pencroff.

-�Por lo menos se parece mucho -a�adi� Nab.

-�El term�metro marca cincuenta y ocho grados (14� cent�grados sobre cero) -observ� Gede�n Spilett.

Ciro Smith miraba aquella capa blanca sin dar su opini�n, porque realmente no sab�a c�mo explicar aquel fen�meno, en semejante �poca del a�o y con tal temperatura. -�Mil diablos! -exclam� Pencroff-, �se van a helar nuestras plantaciones!

Y el marino iba a bajar, cuando se le adelant� el �gil Jup, que se desliz� hasta el suelo. Apenas el orangut�n hab�a puesto los pies en tierra, cuando lo que parec�a una enorme

s�bana de nieve se levant� y se dispers� por el aire en copos tan innumerables, que ocultaron por algunos minutos la luz del sol. -�Aves! -exclam� Harbert.

Eran infinitas aves marinas de blanco y lustroso plumaje. Se hab�an abatido por centenares de millas por el islote y la costa y desaparecieron a lo lejos, dejando a los colonos con la boca abierta, como si hubieran asistido a una mutaci�n de decoraciones que hubiese hecho suceder el invierno al verano en alguna representaci�n de magia. Por desgracia el cambio fue tan repentino, que ni el periodista ni el joven lograron matar una, cuya especie no pudieron reconocer.

Pocos d�as despu�s, el 26 de marzo, se cumplieron dos a�os desde que los n�ufragos del aire hab�an sido arrojados a la isla.

19. Piensan en su futuro y antes quieren conocer la isla a fondo

�Dos a�os! �Y en dos a�os los colonos no hab�an tenido ninguna comunicaci�n con sus semejantes! Estaban sin noticias del mundo civilizado, perdidos en aquella isla, como si se hallasen en el m�s peque�o asteroide del mundo solar.

�Qu� pasaba en el pa�s? El recuerdo de la patria continuaba vivo en su mente, de aquella patria destrozada por la guerra civil, cuando salieron de ella, y tal vez se ver�a a�n ensangrendata por la rebeli�n del Sur. Este pensamiento era muy doloroso para los colonos, y muchas veces hablaban de ello, sin dudar jam�s, a pesar de todo, del triunfo de la causa del Norte, como lo exig�a el honor de la confederaci�n americana.

En aquellos dos a�os ni un buque hab�a pasado a la vista de la isla, al menos no hab�an percibido una vela. Era evidente que la isla Lincoln estaba fuera del rumbo acostumbrado de los buques y hasta era desconocida, lo cual, por otra parte, estaba demostrado por los mapas, porque, a falta de puerto, su aguada deb�a atraer a los barcos que tuviesen necesidad o deseo de renovar su provisi�n de agua. Pero el mar que la rodeaba continuaba desierto en toda la extensi�n a que alcanzaba la vista, y los colonos deb�an contar s�lo con ellos para volver a la patria.

Sin embargo, hab�a una probabilidad de salvaci�n, y �sta fue discutida precisamente un d�a de la primera semana de abril por los colonos reunidos en el Palacio de granito.

Acababan de hablar de Am�rica y del pa�s natal, el cual tan poca esperanza ten�an los colonos de volver a ver.

-�Decididamente -dijo Gede�n Spilett-no tendremos m�s que un medio, uno solo, de salir de la isla Lincoln: construir un buque bastante grande para poder hacer en �l una traves�a de muchos centenares de millas. Me parece que quien hace una chalupa, bien puede hacer un buque.

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