La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-�Aqu�, Ayrton, quedar� alejado de toda tierra y sin comunicaci�n posible con sus semejantes. No podr� huir de este islote, donde el Duncan le deja; estar� solo, bajo la mirada de un Dios que lee en lo m�s profundo de los corazones, pero no estar� ni perdido ni ignorado como estuvo el capit�n Grant. Por indigno que sea del recuerdo de los hombres, �stos se acordar�n de usted; ya que s� d�nde est� y, sabi�ndolo, sabr� d�nde encontrarlo. No lo olvidar� jam�s. El Duncan aparej� y desapareci�.
Era el 18 de marzo de 1855.
Ayrton estaba solo, pero no le faltaban ni municiones, ni armas, ni instrumentos. El bandido pod�a disponer de la casa construida por el honrado Grant; no ten�a que hacer m�s que vivir y expiar en la soledad los cr�menes que hab�a cometido.
Se�ores, se arrepinti�, se avergonz� de sus cr�menes y fue muy desgraciado. Pens� que, si los hombres volv�an a recogerlo a aquel islote, deb�an encontrarlo digno de volver a vivir entre ellos. �C�mo sufri� el miserable! �Cu�nto se esforz� para regenerarse por el trabajo! �Cu�nto rez� para hacerse otro por la oraci�n!
Durante dos o tres a�os continu� as�, pero despu�s, abatido por su aislamiento, mirando siempre si aparec�a alg�n buque por el horizonte de su isla, pregunt�base si acabar�a pronto la expiaci�n, sufri� como nadie ha sufrido jam�s. �Qu� dura es la soledad para un alma ro�da por el remordimiento!
Pero sin duda el cielo no le consideraba bastante castigado, porque el desdichado sinti� poco a poco que se iba convirtiendo en salvaje. El embrutecimiento le iba invadiendo lentamente.
No puedo decir si tard� dos a�os o cuatro, pero, en fin, lleg� a ser el miserable que ustedes encontraron.
No necesito decir a ustedes, se�ores, que Ayrton o Ben Joyce y yo somos una misma persona.
Ciro Smith y sus compa�eros se hab�an levantado, al terminar esta narraci�n, y habr�a sido dif�cil decir hasta qu� punto les hab�a conmovido el espect�culo de tanta miseria, tantos dolores y tal desesperaci�n.
-�Ayrton -dijo Ciro Smith-, ha sido usted un criminal, pero sin duda el cielo cree que ha expiado sus cr�menes y as� lo ha demostrado devolvi�ndolo a la sociedad de sus semejantes. Ayrton, est� perdonado, y ahora, �quiere ser nuestro compa�ero?
Ayrton retrocedi� unos pasos.
-�Esta es mi mano -dijo el ingeniero.
Ayrton se precipit� sobre la mano que le tend�a Ciro Smith y unas l�grimas corrieron por sus mejillas.
-��Quiere vivir con nosotros? -pregunt� de nuevo el ingeniero.
-�Se�or Smith, d�jeme tiempo todav�a -contest� Ayrton-, d�jeme solo en esa habitaci�n de la dehesa.
-�Como desee -repuso Ciro Smith.
Ayrton iba a retirarse, cuando el ingeniero le dirigi� otra pregunta.
-�Una palabra m�s, amigo m�o. Puesto que su intenci�n era vivir aislado, �por qu� ech� al mar el documento que nos hizo saber d�nde se hallaba?
-��Un documento? -pregunt� Ayrton, que parec�a no saber lo que se le preguntaba.
-�S�, el papel encerrado en una botella que nosotros encontramos y que daba la situaci�n exacta de la isla Tabor.
Ayrton se pas� la mano por la frente y, despu�s de haber reflexionado, dijo:
-�Yo no he echado ning�n documento al mar. -�Nunca?
-�Nunca.
Y Ayrton, haciendo una reverencia, se fue hacia la puerta y se march�.
18. Establecen el tel�grafo en la isla
-��Pobre hombre! -dijo Harbert, volviendo donde estaban los dem�s colonos, despu�s de haber corrido a la puerta y visto a Ayrton deslizarse por la cuerda del ascensor y desaparecer en la oscuridad.
-�Volver� -dijo Ciro Smith.
-��Pero qu� significa esto, se�or Ciro? -exclam� Pencroff-�No es Ayrton el que ech� la botella al mar! Entonces, �qui�n puede haber sido?
La pregunta no pod�a estar m�s a tono. -El -contest� Nab-, pero el infeliz estaba ya medio loco.
-�S� -dijo Harbert-y no sab�a lo que hac�a.
-�Eso no puede explicarse sino de ese modo, amigos m�os -respondi� Ciro Smith-, y ahora comprendo que Ayrton haya podido explicar exactamente la situaci�n de la isla Tabor, puesto que se la hab�an dado a conocer los sucesos mismos que le abandonaron en la isla.
-�Sin embargo -observ� Pencroff-, si no se hab�a embrutecido todav�a en el momento en que escrib�a el papel y, por consiguiente, si hace siete u ocho a�os que lo arroj� al mar, �c�mo no ha sido alterado por la humedad?
-�Eso prueba -dijo Ciro Smith-que Ayrton no perdi� su inteligencia sino en �poca mucho m�s reciente de lo que �l cree.
-�As� debe ser -contest� Pencroff-, pues de lo contrario la cosa ser�a inexplicable.
-�Inexplicable -repuso el ingeniero, que al parecer no quer�a prolongar aquella conversaci�n.
-��Pero ha dicho Ayrton la verdad? -pregunt� el marino.
-�S� -contest� el periodista-, la historia referida es verdadera en todas sus partes. Recuerdo muy bien que los peri�dicos contaron la tentativa hecha por lord Glenarvan y dieron noticia del resultado que hab�a obtenido.
-�Ayrton ha dicho la verdad -a�adi� Ciro Smith-, no lo dude, Pencroff, porque esa verdad era demasiado cruel para �l y, cuando un hombre se acusa de esa manera, es imposible que mienta.
Al d�a siguiente, 21 de diciembre, los colonos bajaron a la playa y, habiendo subido despu�s a la meseta, no encontraron a Ayrton. Este, durante la noche, se hab�a retirado de la casa de la dehesa, y los colonos creyeron que no deb�an importunarlo con su presencia. El tiempo har�a sin duda lo que no hab�an podido hacer los esfuerzos empleados para darle �nimo.
Harbert, Pencroff y Nab volvieron a sus ocupaciones acostumbradas. Precisamente aquel d�a la misma tarea reuni� al ingeniero y al periodista en el taller de las Chimeneas.
-��Sabe usted, querido Ciro -dijo el corresponsal-, que no me satisfizo la explicaci�n que dio ayer del incidente de la botella? �C�mo admitir que ese desdichado pudiera escribir aquel papel y arrojar la botella al mar, sin conservar memoria del hecho?
-�No es �l quien la arroj�, mi querido Spilett. -�Entonces, cree que�?
-�Yo no creo nada ni s� nada -dijo Ciro Smith, interrumpiendo a Spilett-. Me limito a clasificar este incidente entre los que hasta ahora no he podido explicar.
-�Es verdad, Ciro -dijo el periodista-, que hay cosas incre�bles. Su salvaci�n, ese caj�n encallado en la arena, las aventuras de Top, esa botella, en fin� �No tendremos nunca la clave de estos enigmas?
-�S� -contest� con viveza el ingeniero-, s�, aun cuando tuviera que registrar las mismas entra�as de esta isla.
-�La casualidad nos aclarar� tal vez el misterio.
-��La casualidad, Spilett! No creo en la casualidad, como tampoco en los misterios de este mundo. Hay una causa para todo lo inexplicable que pasa y la descubrir�. Pero, entretanto, observemos y trabajemos.
Lleg� el mes de enero y comenz� el a�o de 1867; llevaron adelante con asiduidad los trabajos de verano. Durante los d�as que siguieron, Harbert y Gede�n Spilett, que en sus excursiones pasaron por las cercan�as de la dehesa, pudieron observar que Ayrton hab�a tomado posesi�n de la vivienda que le hab�an preparado. Cuidaba del numeroso reba�o confiado a su cargo y ahorraba a sus compa�eros el trabajo de ir cada dos o tres d�as a visitar la dehesa. Sin embargo, para no dejarlo mucho tiempo solo, le hac�an de cuando en cuando una visita.
Era tambi�n conveniente, dadas ciertas sospechas que ten�an Ciro Smith y Gede�n Spilett, que aquella parte de la isla estuviese sometida a alguna vigilancia; y Ayrton, si ocurr�a alg�n accidente, no dejar�a de comunicarlo a los habitantes del Palacio de granito.
Sin embargo, pod�a suceder tambi�n que el incidente fuese repentino y exigiera ser puesto inmediatamente en conocimiento del ingeniero. Adem�s de los que pudieran referirse al misterio de la isla Lincoln, pod�an surgir otros muchos sucesos que exigieran una pronta intervenci�n de los colonos, como la aparici�n de un buque que pasara a la vista de la costa occidental, un naufragio en las playas del oeste, la llegada posible de piratas, etc.