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La chica del tambor

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La chica del tambor
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Charlie pregunt�:

-�Lo hice bien, �verdad, Joseph? Anda, dilo.

-�Excelentemente.

Pero, para Charlie, las reservas de Joseph ten�an m�s significado que sus elogios.

Las peque�as iglesias, como casas de mu�ecas, fueron para Charlie m�s bellas que cualquier sue�o, con dorados altares de curvas l�neas, con �ngeles voluptuosos, y con tumbas en las que los muertos parec�an tener placenteros sue�os. Un jud�o que se finge musulm�n me muestra mi legado cristiano, pens� Charlie. Pero cuando Charlie le pidi� informaci�n, Joseph se limit� a comprar una gu�a de relucientes tapas y a meterse el recibo en el billetero. Secamente, Joseph dijo:

-�Mucho me temo que Michel todav�a no ha tenido tiempo de estudiar el barroco.

Pero Charlie percibi� en estas palabras las sombras de un obst�culo no explicado. Joseph

dijo:

-��Volvemos a casa?

Charlie mene� negativamente la cabeza. Quer�a que aquello durase m�s. Entr�se la noche, las muchedumbres desaparecieron, y de las m�s insospechadas puertas surg�an voces de coros infantiles. Se sentaron junto al r�o y escucharon las viejas campanas de sordo sonido contest�ndose las unas a las otras en tozuda competencia. Volvieron a caminar, y s�bitamente Charlie se sinti� tan lacia que tuvo que poner un brazo alrededor de la cintura de Joseph, para sostenerse.

Mientras Joseph la llevaba hacia el ascensor, Charlie dijo:

-�Comida. Champa�a. M�sica.

Pero apenas Joseph hubo llamado al servicio de las habitaciones, Charlie ya estaba en cama, profundamente dormida, y nada en el mundo entero, ni siquiera Joseph, hubiera podido despertarla.

Charlie yac�a tal como hab�a yacido en Mikonos, con el brazo izquierdo doblado y la cara apoyada en �l, mientras Becker, sentado en un sill�n, la contemplaba. La primera luz gris�cea del alba colaba por las cortinas. Al olfato de Becker llegaba un aroma a madera y hojas verdes. Durante la noche hab�a ca�do un chaparr�n con gran aparato el�ctrico, tan ruidoso que causaba la impresi�n del paso de un rugiente tren por el valle. Desde la ventana, Becker hab�a contemplado la ciudad estremeci�ndose bajo los ataques de los rayos, y la lluvia bailando en las brillantes y resbaladizas c�pulas. Pero Charlie hab�a seguido tan quieta que Becker se inclin� sobre ella y puso una oreja junto a la boca de la muchacha, para comprobar que segu�a respirando.

Becker mir� el reloj. Pens�: planea, act�a. Deja que la acci�n mate las dudas. Junto a la ventana estaba la mesa con la comida intacta, y el cubo con la botella de champa�a sin abrir. Utilizando, alternativamente, los dos tenedores, Becker comenz� a sacar de la c�scara la carne de langosta y a ensuciar platos, mezclando la ensalada, estropeando las fresas, a�adiendo, en suma, una ficci�n m�s a las muchas que ya hab�an representado. Si, el gran banquete de Salzburgo, en el que Charlie y Michel celebraron el �xito con que Charlie coron� su primera misi�n en pro de la revoluci�n. Llev� la botella de champa�a al cuarto de ba�o y cerr� la puerta, no fuera que el sonido del descorche despertara a Charlie. Derram� el champa�a en la pileta, y luego abri� el grifo de agua. Arroj� la carne de langosta y las fresas al retrete, y tuvo que vaciar la cisterna un par de veces, debido a que en la primera vez no desapareci� todo lo all� arrojado. Dej� un poco de champa�a para verterlo en su copa. Luego extrajo el l�piz de labios del bolso de la muchacha y embadurn� un poco el borde de la copa de la chica, antes de arrojar a ella los �ltimos restos del champa�a. Despu�s, volvi� a la ventana en la que hab�a pasado la mayor parte de la noche, y contempl� las azules monta�as empapadas de lluvia. Pens�: soy un escalador harto de monta�as.

Se afeit� y se puso el blazer rojo. Se acerc� a la cama, alarg� la mano para despertar a Charlie, pero la retrajo al instante. Sinti� una desgana parecida a un pesado cansancio. Volvi� a sentarse en el sill�n, en donde se le cerraron los ojos. Con un esfuerzo los volvi� a abrir. Se despert� con un sobresalto, sintiendo el peso del roc�o del desierto en su uniforme de combate, y percibiendo el aroma de la arena mojada antes de que el sol la secara dej�ndola ardiente.

-��Charlie?

Volvi� a alargar la mano, con la intenci�n de tocar la mejilla de la muchacha, pero le toc� el brazo. Charlie, ha sido un �xito. Charlie, Marty dice que eres una gran estrella, y que le has regalado todo un reparto de nuevos personajes. Me llam� por la noche, pero no te despertaste. Dice que eres mejor que la Garbo. Dice que, juntos, somos capaces de conseguirlo todo. Charlie, despierta. Charlie, tenemos que trabajar.

Pero, en voz alta, Becker se limit� a pronunciar una vez m�s el nombre de Charlie, y baj� al vest�bulo, en donde pag� la factura y se guard� el �ltimo recibo. Se dirigi� a la parte trasera del hotel para hacerse cargo del BMW, y el alba era igual que hab�a sido el ocaso, fresca, sin ser todav�a veraniega.

Becker dijo a Charlie:

-�Ahora debes despedirme agitando la mano. Luego date un paseo. Dimitri te llevar� a Munich.

El ascensor ol�a a desinfectante, y los dibujos y frases de los artistas espont�neos estaban profundamente hendidos en el vinilo gris. Charlie penetr� en silencio en el ascensor. Charlie hab�a colocado su forma de ser dura en primera fila, al exterior, tal como sol�a hacer en las manifestaciones, en las sentadas y en otras actividades de parecido tenor. Estaba excitada. Ten�a una sensaci�n de inminente logro final. Dimitri puls� el timbre y el propio Kurtz abri� la puerta. Detr�s de Kurtz estaba Joseph y detr�s de Joseph colgaba una placa de bronce con un San Crist�bal y un Ni�o.

Oprimiendo prietamente a Charlie contra su pecho, Kurtz dijo con voz baja y tensa:

-�Charlie, has estado maravillosa, realmente maravillosa. Charlie, has estado incre�ble.

Sin mirar a Joseph, sino m�s all� del lugar en que �ste se encontraba, a la puerta cerrada, Charlie pregunt�:

-��D�nde est�?

Dimitri no hab�a entrado. Despu�s de entregar a Charlie, hab�a bajado en el mismo ascensor.

Hablando todav�a como si estuvieran en la iglesia, Kurtz solt� a Charlie, y contest� a Charlie como si �sta le hubiera formulado una pregunta de simple cortes�a:

-�Est� bien. Un poco fatigado de tanto viajar, lo cual me parece l�gico.

Despu�s de hacer una pausa, dijo:

-�Gafas oscuras, Joseph. Dale unas gafas oscuras. �No tienes unas gafas oscuras, Charlie, querida? �Y un pa�uelo para ponerte en la cabeza y ocultar tu adorable cabellera? Toma, ah� tienes un pa�uelo. Puedes quedarte con �l.

Se trataba de un bonito pa�uelo de seda verde. Kurtz lo llevaba guardado en el bolsillo, para d�rselo a Charlie. Los dos hombres, muy juntos, contemplaron a Charlie, mientras �sta ante el espejo se colocaba el pa�uelo, anud�ndoselo en la nuca. Kurtz explic�:

-�Se trata s�lo de una precauci�n. En esta clase de asuntos, toda precauci�n es poca. �No es as�, Joseph?

Charlie extrajo del bolso la polvera con polvos nuevos y se retoc� el maquillaje. Kurtz le advirti�:

-�Charlie, este asunto en el que estamos puede tener ciertos matices emotivos.

Charlie guard� la polvera y sac� el l�piz de labios. Kurtz le advirti�:

-�Si en alg�n momento lo que estamos haciendo te impresiona, debes recordar que este hombre ha dado muerte a muchos inocentes. Todos tenemos rostro humano, y este muchacho no constituye una excepci�n. El chico es muy apuesto, tiene talento y muchas aptitudes jam�s utilizadas. El espect�culo no es agradable. Y tan pronto comencemos, quiero que guardes silencio. Yo me encargar� de decir cuanto haya que decir. Acu�rdate de esto. Deja que sea yo, y solo yo, quien hable.

Kurtz abri� la puerta, diciendo:

-�Le encontrar�is d�cil. Tuvimos que infundirle esa docilidad durante el trayecto hasta aqu�, y, luego, durante su estancia entre nosotros. Por lo dem�s, se encuentra en perfecto estado. No hay problemas. Ahora bien, no hables con �l.

Autom�ticamente, Charlie se dijo: Estoy en un d�plex que en otros tiempos fue elegante pero que ahora est� en desastrosa decadencia, con una bonita escalera interior, una galer�a alta en el nivel superior, de estilo r�stico, y con una barandilla de hierro forjado. Un hogar de estilo ingl�s, con le�os pintados en lienzo. Se ven focos de fot�grafo e impresionantes c�maras en tr�podes. Un gran magnet�fono en su propio mueble independiente, un gracioso sof� curvo, de estilo Marbella, con relleno de espuma de nylon, y m�s duro que el hierro. Charlie se sent� en este sof� y Joseph lo hizo a su lado. Charlie pens�: Joseph y yo debi�ramos estar cogiditos de la mano. Kurtz hab�a cogido un tel�fono gris, y oprimi� el bot�n de la extensi�n. Dijo algo en hebreo, teniendo la vista levantada a la galer�a. Dej� el tel�fono y dirigi� una tranquilizadora sonrisa a Charlie. Al olfato de Charlie llegaba olor a cuerpos masculinos, a polvo, a caf� y a salchichas. Y a millones de colillas muertas. Not� otro olor diferente, pero no pudo identificarlo debido a que ten�a en la mente demasiadas posibilidades, desde la silla de su primera jaca al sudor de su primer amante.

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