La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
En total, Litvak tena a sus rdenes nueve hombres y cuatro mujeres. Ms le hubiera gustado tener a diecisis personas, pero no se quejaba. Le gustaban los buenos despliegues, y la tensin siempre le produca sensacin de bienestar. Para esto nac, pensaba Litvak. S, cuando se dispona a actuar, Litvak siempre pensaba esto, Litvak se senta calmo, con el cuerpo y la mente en un sueo profundo, y su equipo descansaba soando en muchachas y muchachos, y en veraniegas excursiones en Galilea. Sin embargo, bastaba el ms leve rumor de una brisa para que todos los miembros del equipo pasaran a ocupar sus puestos, antes de que la brisa tocara las velas.
Litvak murmur una rutinaria contrasea en el aparato transmisor receptor que llevaba en la cabeza, y recibi la pertinente contestacin. Para llamar menos la atencin, hablaban en alemn. A veces, fingan ser miembros de una empresa de radio-taxis de Graz, y en otras ocasiones de un servicio de helicpteros de rescate, con base en Innsbruck. Cambiaban de frecuencia a menudo, y utilizaban una amplia variedad de seales conducentes a la confusin.
A las cuatro de la tarde, Charlie entr despacio en la plaza, a bordo del Mercedes, y uno de los vigilantes situados en el aparcamiento, transmiti tres alegres notas de una marcha triunfal. Charlie tuvo problemas para encontrar sitio en el que aparcar el automvil, debido a que Litvak haba ordenado terminantemente que ninguna ayuda se le diera en este aspecto. Charlie deba tropezarse con las dificultades normales en estos casos, nada de mimos. Un espacio qued vacante, Charlie lo ocup, sali del coche, se desperez y se frot la espalda. Del portamaletas sac su bolsa de viaje y la guitarra. Lo hace muy bien, pens Litvak, quien la contemplaba con prismticos. Es innato en ella. Ahora cierra con llave el automvil. Y, ahora, mete las llaves en el tubo de escape. Esto ltimo Charlie lo hizo con un movimiento realmente natural, en el momento en que sacaba su equipaje. Despus emprendi cansinamente el camino hacia la estacin ferroviaria, sin mirar a derecha ni a izquierda. Litvak se dispuso a esperar. La cabra ya est atada, pens Litvak recordando una frase favorita de Kurtz. Ahora, lo nico que necesitamos es un len. Litvak habl por el receptor-transmisor y escuch la confirmacin de su orden. Imagin a Kurtz en su piso de Munich, inclinado sobre el teletipo, mientras la camioneta de comunicaciones imprima el mensaje. Imagin el movimiento inconsciente de los gruesos dedos de Kurtz al secarse los labios nerviosamente, mientras mantena en ellos su constante sonrisa. Imagin como Kurtz levantaba su recio antebrazo para consultar el reloj, sin verlo. Por fin estamos penetrando en la oscuridad, pens Litvak mientras contemplaba los primeros indicios del temprano ocaso. Durante todos estos meses hemos estado buscando la oscuridad.
Pas una hora y el buen sacerdote Udi pag su mdica factura y desapareci con paso piadoso, para penetrar en una calleja secundaria, a fin de descansar y de cambiar su imagen en un piso franco. Las dos muchachas haban terminado su carta por fin y pidieron un sello. Despus de conseguirlo, se fueron por las mismas razones por las que se haba ido Udi. Con satisfaccin, Litvak observ como los relevos de los anteriores ocupaban sus posiciones: una tronada camioneta de lavandera, dos auto-stopistas que deseaban almorzar tardamente, y un trabajador inmigrante italiano que pidi un caf y los peridicos de Miln. Un automvil de la polica penetr en la plaza y dio tres vueltas de honor, pero ni el conductor ni su acompaante prestaron la menor atencin al Mercedes rojo aparcado, con las llaves escondidas en el tubo de escape. A las siete y cuarenta minutos, con el consiguiente inters de todos los espectadores, una mujer gorda anduvo hacia la puerta del Mercedes correspondiente al conductor, intent meter la llavecilla, efectu unos cmicos movimientos de reconocimiento de su error, y se fue a bordo de un Audi. Si, se haba equivocado de marca. A las ocho, una potente motocicleta entr en la plaza, dio una vuelta muy de prisa, y se fue rugiendo, antes de que nadie pudiera fijarse en su matrcula. El que iba de paquete en la motocicleta llevaba el cabello muy largo y bien poda ser una mujer. Los dos causaban la impresin de ser un par de jovenzuelos corriendo una aventura.
Por la radio, Litvak pregunt:
-Contacto?
Haba divisin de opiniones. Una voz dijo que hablase dado cierta falta de cautela. Otra dijo que demasiado de prisa ya que, a santo de qu correr el riesgo de ser detenidos por la polica? La opinin de Litvak era diferente. Se trataba de un primer reconocimiento, y de ello tena plena seguridad, pero no lo dijo por temor a influenciar el parecer de los otros. Litvak se dispuso a esperar una vez ms. El len ya ha olfateado la presa. Volvera?
Eran las diez. Los restaurantes comenzaban a vaciarse. Un profundo silencio campesino se estaba adueando de la ciudad. Pero el Mercedes rojo segua intacto, y la motocicleta no regres.
Cuando uno ha contemplado un automvil vaco, uno se da cuenta de que contemplar un automvil vaco es algo absolutamente estpido, y Litvak haba contemplado muchos automviles vacos. Al paso del tiempo y manteniendo la vista fija en l, uno llega a darse cuenta de cun tonto es un automvil cuando no hay un ser humano que lo conduzca. Y tambin se da cuenta de cun tonto es el ser humano, por haber inventado el automvil. Al cabo de un par de horas, el automvil se transforma en el cacharro peor que uno haya contemplado en toda su vida. Uno comienza a soar en un mundo de peatones y caballos. En huir de la vida de retazos metlicos, y volver a la vida de la carne. A pensar en el propio kibbutz y sus huertos de naranjos. En el da en que el mundo entero se d cuenta de los riesgos que derramar sangre juda comporta.
Uno desea hacer volar por los aires, destrozados, todos los coches enemigos, y conseguir de una vez para siempre la libertad de Israel.
O uno se acuerda que es la fiesta del sbado, y que la ley dice que ms vale salvar un alma trabajando en sbado que observar la fiesta del sbado y no salvar el alma en cuestin.
0 que uno se ha comprometido a casarse con una muchacha poco atractiva y muy devota que a uno no le gusta demasiado, y a asentarse en Herzlia, con una hipoteca, y penetrar en la trampa de ser padre, sin emitir la ms leve protesta.
0 uno piensa en el Dios judo, y en ciertas situaciones bblicas que son paralelas a las de
uno.
Pero sea lo que fuere lo que uno piensa, y sea lo que fuere lo que uno hace, cuando uno es un hombre tan bien preparado como lo era Litvak, y si uno se encuentra en una posicin de mando, y si uno pertenece a aquella clase de gente para quien la perspectiva de actuar en contra de los verdugos de los judos es como una droga que jams le abandonar a uno, uno no aparta ni siquiera por un segundo la vista del automvil aparcado.