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La chica del tambor

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La chica del tambor
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Joseph, cortando con calma los primeros impulsos agresivos de Charlie, advirti� a �sta:

-�Te recomiendo que reserves tus simpat�as para los inocentes.

-��Este hombre era inocente hasta que os lo inventasteis!

Confundiendo el silencio de Joseph con el desconcierto y confundiendo el desconcierto con la debilidad, Charlie hizo una pausa y fingi� observar la monstruosa l�nea formada por las azoteas contra el cielo. En tono mordaz, Charlie dijo:

-��Es necesario. No estar�a aqu� si no fuese necesario.� Es una cita. �Ning�n juez sensato del mundo nos condenar�a en m�ritos de lo que te pedimos.� Tambi�n es una cita. Son tus propias palabras. �Quieres desmentirlas ahora?

-�No, me parece que no.

-�Me parece que no. Pues m�s valdr� que est�s absolutamente seguro, �no te parece? S�, ya que en el caso de que en los presentes momentos haya dudas, preferir�a mil veces que fuera yo quien las tuviera.

Manteni�ndose en pie, Charlie traslad� su atenci�n a un punto que se encontraba directamente ante ella, en la parte media del edificio frontero, edificio que Charlie, ahora, estudiaba con el inter�s de un presunto comprador. Pero Joseph segu�a sentado, con lo cual estropeaba el desarrollo de la escena. Hubieran debido estar los dos cara a cara y muy cerca el uno del otro. 0 bien Joseph a la espalda de Charlie, mirando el mismo distante punto que �sta.

Charlie pregunt�:

-��Te molestar�a mucho que,sacara unas cuantas conclusiones l�gicas?

-�Adelante, por favor.

-�Ha matado jud�os.

-�Ha matado jud�os y ha matado a inocentes que se encontraban en las cercan�as, que no eran jud�os y que no hab�an adoptado postura alguna en el conflicto.

-�Me gustar�a escribir un libro acerca de la culpabilidad de estos inocentes que se encontraban en las cercan�as, y de los que t� tanto hablas. Comenzar�a con vuestros bombardeos del L�bano, y, a partir de aqu�, me ir�a extendiendo.

Prescindiendo del hecho consistente en que Joseph estaba sentado, lo cierto es que reaccion� con m�s dureza y rapidez de lo que Charlie esperaba:

-�Este libro ya ha sido escrito, Charlie, y se llama Holocausto. Con �ndice y pulgar, Charlie imit� una lente y al trav�s de esta lente mir� un distante balc�n. Dijo:

-�Pero, por otra parte, me parece que t� has matado �rabes, personalmente.

-�Desde luego.

-��Muchos?

-�Los suficientes.

-�Aunque s�lo en leg�tima defensa. S�, los israelitas s�lo matan en leg�tima defensa.

Joseph no contest�. Charlie a�adi�:

-��He matado los �rabes suficientes�, firmado �Joseph�. Tampoco con estas palabras consigui� Charlie una reacci�n. Charlie dijo:

-�Pues me parece que �ste ser�a un interesante punto en el libro en cuesti�n. Un israelita ha matado los �rabes suficientes.

La falda de tart�n que llevaba Charlie pertenec�a a las ropas regaladas por Michel. Esta falda ten�a bolsillos a los lados, lo cual Charlie acababa de descubrir. Meti� las manos en los bolsillos, y con ellas imprimi� un movimiento de balanceo a la falda, que Charlie fingi� estudiar. Sin dar la menor importancia a sus palabras, Charlie dijo:

-�Sois unos hijos de puta, �verdad? Sois, rotundamente, unos hijos de puta. �No crees?

Charlie segu�a mirando su falda, realmente interesada en la manera en que se hinchaba y se balanceaba. A�adi�:

-�Y entre todos los hijos de puta, t� eres el m�s hijo de puta, �verdad? S�, porque juegas a las dos barajas. En un momento determinado eres el piados�simo caballero, y en el instante siguiente eres el sanguinario guerrero. Cuando en realidad, en �ltima instancia, no eres m�s que el peque�o jud�o ladr�n de tierras y sediento de sangre.

Joseph no s�lo se levant� sino que golpe� a Charlie. Dos veces, aunque primero le quit� las gafas de sol. Jam�s hab�an pegado a Charlie tan fuerte y tan de prisa, y, ambas veces, en el mismo lado de la cara. El primer golpe fue tan fuerte debido a que una malhadada sensaci�n de triunfo indujo a Charlie a mover la cara en direcci�n contrapuesta a la seguida por la mano de Joseph. Me he vengado, pens� Charlie, acord�ndose de Atenas. El segundo golpe fue una nueva erupci�n en el mismo cr�ter, y, terminada la explosi�n, Joseph empuj� a Charlie oblig�ndola a sentarse en el banco, en donde Charlie hubiera podido llorar todo lo que hubiese querido, pero su orgullo le impidi� derramar ni una sola l�grima. �Me ha abofeteado en defensa propia o en defensa de m� misma?, se pregunt� Charlie. Albergaba ansiosas esperanzas de que la hubiera golpeado en defensa de s� mismo, esperanzas de que en la �ltima hora de su loco maridaje, ella hubiera conseguido por fin avasallar las defensas de aquel hombre. Pero le bast� una sola mirada al rostro herm�tico y flaco de Joseph para saber que era ella, y no Joseph, el sujeto paciente. Joseph le ofrec�a un pa�uelo, pero Charlie, en vago adem�n, lo rechaz�.

Charlie murmur�:

-�Olv�dalo.

Charlie se cogi� del brazo de Joseph, y �ste la llev� despacio hacia la zona de cemento por la que circulaban los peatones. La misma pareja entrada en a�os volvi� a sonre�r cuando los vio pasar. En un instante se peleaban como bandidos, pero en el instante siguiente estar�an juntos en cama, pas�ndolo todav�a mejor.

El piso inferior era muy parecido al superior, con la diferencia de que no ten�a balc�n y que en �l no hab�a un prisionero. A veces, mientras le�a o escuchaba, Charlie consegu�a llegar al convencimiento de que jam�s hab�a estado en el piso superior. El piso superior era la c�mara de los horrores, en las oscuras buhardillas de su mente. De vez en cuando, Charlie o�a el sordo sonido del golpe de una caja de embalaje, al trav�s del techo, mientras los muchachos empacaban su equipo fotogr�fico, preparando con ello su final de temporada, y, entonces, Charlie ten�a que reconocer que el piso superior era tan real como el piso inferior, a fin de cuentas. M�s real todav�a, ya que las cartas eran ficticias, en tanto que Michel era de carne y hueso.

Se sentaron los tres formando tres puntos de una rueda, y Kurtz comenz� con uno de sus pre�mbulos. Pero el estilo de Kurtz era ahora mucho m�s seco y menos indirecto de lo habitual en �l, debido quiz� a que Charlie ya era, ahora, un soldado con valor demostrado, y no meramente supuesto, es decir una veterana, �que ha conseguido el prestigio de obtener un mont�n de nuevas informaciones importantes�, tal como dijo Kurtz. Las cartas se encontraban dentro de una cartera de hombre de negocios situada sobre la mesa, y antes de abrir la cartera Kurtz dijo a Charlie la �ficci�n�, palabra que utilizaba a menudo y que compart�a con Joseph. La ficci�n consist�a no s�lo en que Charlie era una apasionada amante, sino tambi�n una apasionada cultivadora del g�nero epistolar, g�nero que, en las ausencias de Michel, constitu�a la �nica v�a de expansi�n de Charlie. Mientras explicaba lo anterior, Kurtz se puso un par de baratos guantes de algod�n. En consecuencia, las cartas no s�lo eran una ilustraci�n de las relaciones entre los dos, sino tambi�n �el �nico lugar en el que pod�as manifestar tu vida, querida Charlie�. En las cartas constaba el crecientemente obsesivo amor de Charlie hacia Michel -a veces con inaudita franqueza-, pero tambi�n en ellas se demostraba el nuevo despertar pol�tico de la muchacha y su transici�n a un �activismo global� que se basaba, d�ndola por supuesta, en la vinculaci�n que se daba entre todas las luchas antirepresivas del mundo. Conjuntamente consideradas, las cartas constitu�an el diario de �una persona emotiva y sexualmente excitada�, a medida que la autora de las cartas avanzaba desde una actitud protestaria vagamente definida a un activismo general, con la impl�cita aceptaci�n de la violencia.

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