La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Litvak dio la orden expresada con una sola palabra, y vio como los seguidores se pon�an en marcha: las dos muchachas a bordo de un Porsche, Udi en un Opel grande con la bandera de Europa, pegada por el propio Udi en la parte trasera, despu�s el acompa�ante de Udi, a bordo de una motocicleta menos llamativa que la de Rossino. Desde la ventana, Litvak vio como la plaza se iba vaciando despacio, cual la gente abandona un teatro. Se fueron los autom�viles, se fueron las camionetas, se fueron los peatones, las luces se apagaron en los alrededores de la estaci�n, y a los o�dos de Litvak lleg� el met�lico golpe de alguien que cerraba una puerta, por haber llegado ya la noche. S�lo en las dos posadas quedaban restos de vida.
Por fin, la contrase�a que Litvak esperaba son� en su radio:
-�Ossian.
El autom�vil se dirig�a hacia el norte. Litvak pregunt�:
-��Y a d�nde va Luigi?
-�Camino de Viena.
Litvak dijo:
-�Espera.
Y se quit� los auriculares para poder pensar m�s c�modamente y con mayor claridad.
Ten�a que tomar una decisi�n inmediata, y, a fin de cuentas, lo m�s importante que le
hab�a ense�ado la educaci�n recibida era precisamente tomar decisiones r�pidas. Seguir a Rossino y a la chica al mismo tiempo era imposible. Litvak carec�a de los recursos pertinentes para ello. En teor�a, deb�a seguir a los explosivos, y, en consecuencia, seguir a la muchacha, pero Litvak dudaba, debido a que Rossino era escurridizo y, con mucho, la pieza m�s importante, en tanto que el Mercedes era notorio por definici�n, y su destino casi cierto. Litvak dud� durante unos instantes m�s. Ov� unos sonidos en los auriculares, pero Litvak hizo caso omiso, y sigui� repasando la hilaci�n l�gica de la ficci�n. La idea de dejar escapar a Rossino era casi superior a sus fuerzas. Y Rossino era, sin la menor duda, un importante eslab�n en la cadena de la oposici�n. Y, adem�s, tal como hab�a dicho Kurtz, si la cadena no se conoc�a en su integridad, �c�mo iba Charlie a poder penetrar en ella? Rossino regresar�a a Viena convencido de que, hasta el momento, nada hab�a quedado en situaci�n comprometida. Rossino era un eslab�n esencial, pero, al mismo tiempo, era un esencial testigo. Por otra parte, la muchacha no era m�s que un ser subalterno, un conductor de veh�culos, un ser que colocaba las bombas, la infanter�a siempre sacrificable del gran movimiento de la oposici�n. Adem�s, Kurtz ten�a planes de vital importancia con respecto a la muchacha, en tanto que Rossino pod�a esperar.
Litvak se volvi� a poner los auriculares:
-�Seguid el autom�vil. Dejad a Luigi.
Tomada la decisi�n, Litvak se permiti� esbozar una satisfecha sonrisa. Sab�a con exactitud el orden de marcha. Primero Udi en su moto, luego la rubia en el Mercedes rojo, y despu�s de �sta el Opel. Y despu�s del Opel, rezagadas con respecto a todos, las dos muchachas en el Porsche de reserva, dispuestas a relevar a quien fuera tan pronto se les ordenara. Litvak se repiti� in mente los puestos est�ticos que vigilar�an el Mercedes hasta la frontera con Alemania. Imagin� las fantasiosas historias que Alexis se habr�a inventado con el fin de tener la certeza de que permitieran la entrada sin complicaciones a la muchacha.
Echando una ojeada a su reloj, Litvak pregunt�:
-��Velocidad?
Le contestaron que Udi comunicaba que la velocidad a que iba la muchacha era muy moderada. La se�orita no quer�a complicaciones con los representantes de la ley. La carga que llevaba la hab�a puesto nerviosa.
Y as� deb�a ser, pens� Litvak mientras se quitaba los auriculares. Si yo fuera una chica, esa carga me aterrar�a.
Litvak baj� la escalera con una cartera en la mano. Ya hab�a pagado la cuenta pero si se la hubieran presentado de nuevo la hubiese pagado por segunda vez. S�, Litvak estaba enamorado del mundo entero, en aquellos instantes. Su autom�vil, el autom�vil de mando, un nervioso BMW, le esperaba en el aparcamiento del hotel. Con un dominio de s� mismo nacido de la experiencia, Litvak se dispuso a seguir con calma el convoy. �Qu� era lo que aquella muchacha sab�a? �Cu�nto tiempo tardar�an en sonsac�rselo? Litvak pens�: ten calma, primero hay que atar a la cabra. Pens� en Kurtz, y, con una punzada de placer, Litvak imagin� o�r la voz autoritaria e inagotable de Kurtz amontonando elogios sobre su cabeza, en un hebreo horroroso. Y complac�a en gran manera a Litvak pensar que iba a ofrecer un sacrificio tan sustancioso a Kurtz.
El verano todav�a no hab�a llegado a Salzburg. Un fresco aire de primavera soplaba procedente de las monta�as, y el r�o Salzach ol�a a mar. C�mo hab�an llegado all� segu�a siendo un misterio para Charlie, debido a que pas� gran parte del trayecto durmiendo. Desde Graz fueron en avi�n a Viena, pero el viaje dur� unos cinco segundos, ya que Charlie seguramente durmi� en el avi�n. En viena, Michel ya ten�a un coche de alquiler esper�ndole, un elegante BMW. Charlie volvi� a dormir, y cuando penetraron en la ciudad la muchacha tuvo la impresi�n de que el autom�vil se hab�a incendiado, pero se trataba solamente de los rayos del sol poniente reflejados en la pintura, en el momento en que Charlie abri� los ojos.
Charlie pregunt�:
-��Y por qu� Salzburgo precisamente?
Oy� la respuesta, seg�n la cual ello se deb�a a que era una de las ciudades de Michel, y a que se encontraba en el camino. Charlie pregunt�:
-��En el camino a d�nde?
Pero una vez m�s se tropez� con la reserva de su compa�ero.
El hotel ten�a un patio interior cubierto, con viejas barandas doradas y plantas en macetas de m�rmol. Las ventanas de su suite daban directamente a un r�o de aguas barrosas y muy r�pido curso, y al otro lado del r�o se alzaban m�s c�pulas que las que pueda haber en los cielos. M�s all� de las c�pulas se levantaba un castillo, con un telef�rico que ascend�a por la ladera de la monta�a.
Charlie dijo:
-�Necesito caminar.
Se meti� en la ba�era y se durmi� en ella, y Michel tuvo que golpear la puerta para despertarla. Charlie se visti� y Michel, una vez m�s, demostr� saber cu�les eran los lugares que deb�a mostrar a la muchacha y cu�les eran las cosas que m�s le gustar�an.
Charlie pregunt�:
-��Es nuestra �ltima noche, verdad?
Y, en esta ocasi�n, Joseph no se ocult� detr�s de Micheclass="underline"
-�Si, es nuestra �ltima noche, Charlie. Ma�ana tenemos que hacer una visita, y luego regresar�s a Londres.
Cogiendo con ambas manos el brazo de Joseph, Charlie anduvo con �l por estrechas callejas y por plazuelas que comunicaban entre s�, igual que salones. Se detuvieron ante la casa en que naci� Mozart, y, para Charlie, los turistas fueron como el alegre y distra�do p�blico teatral de los s�bados por la tarde.