La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
�Sigue adelante, muchacha -se repet�a en tono decidido una y otra vez, en ocasiones en voz alta-. Es un d�a soleado y eres una rica fulana que conduce el Mercedes de su amante.� Recitaba versos de Como gust�is, recitaba p�rrafos de su primera y m�s importante representaci�n, recitaba p�rrafos de Santa Juana. Pero, Charlie no pensaba jam�s en Joseph. Charlie en su vida hab�a conocido a un israel�, jam�s has deseado a ese israel�, jam�s cambi� sus puntos de vista y su religi�n por culpa del tal israel�, jam�s se convirti� en creaci�n de dicho israel� fingiendo ser creaci�n de su enemigo, jam�s se maravill� e inquiet� ante las secretas guerras que se desarrollaban en el fuero interno de tal hombre.
A las seis de la tarde, a pesar de que Charlie bien hubiera querido conducir durante toda la noche, vio el cartel que nadie le hab�a dicho que esperase ver, y dijo: �Bueno, parece un sitio agradable, vamos a probarlo.� As� de sencillo. Y Charlie lo dijo en voz alta, con gran optimismo, probablemente a su madre, a su maldita madre. Recorri� una milla m�s, seg�n indicaba el cartel, penetrando en la zona monta�osa, y all� estaba, exactamente igual que lo hab�a descrito aquella inexistente persona. Se trataba de un hotel, construido en el interior de unas ruinas, con un campo de golf en miniatura y una piscina. Y s�lo entrar en el vest�bulo, �a qui�n encontr� Charlie sino a sus viejos amigos Dimitri y Rose, a quienes hab�a conocido en Mikonos? �Santo Dios, mira qu� coincidencia querido, es Charlie! �Y por qu� no cenamos juntos? Para cenar comieron carne asada junto a la piscina y nadaron. Luego la piscina se cerr� al p�blico, y como que Charlie padec�a insomnio, jugaron con ella al juego de formaci�n de palabras a�adiendo cada cual, por turno, una letra, igual que carceleros en la noche anterior a la ejecuci�n de un condenado. Charlie dormit� durante unas poqu�simas horas, y a las seis de la ma�ana estaba de nuevo en la carretera. A media tarde lleg� a la frontera austr�aca, en cuyo momento el aspecto exterior de Charlie lleg� a ser, de una forma brusca, terriblemente importante para ella.
Llevaba una blusa sin mangas, procedente de la generosidad de Michel, se hab�a peinado hacia atr�s, y estaba impresionante en los tres espejos de que dispon�a. A la mayor�a de los autom�viles les daban la entrada sin tr�mite alguno, pero Charlie no contaba con tener tanta suerte una vez m�s. A otros automovilistas les ped�an la documentaci�n, y a unos pocos les ordenaban que aparcaran a un lado para proceder a una detenida inspecci�n. Charlie se pregunt� si esa selecci�n se hac�a al azar o si la polic�a hab�a recibido informaci�n de antemano, o bien si se guiaban por invisibles indicios. Dos hombres vestidos de uniforme avanzaban despacio por la carretera, deteni�ndose ante las ventanillas de los autom�viles. Uno de ellos iba de verde y el otro vest�a uniforme azul. El que iba de azul hab�a inclinado la visera de su gorra de tal manera que parec�a un as de la aviaci�n. Los dos miraron a Charlie y dieron un paseo alrededor del autom�vil, muy despacio, Charlie oy� que uno de ellos propinaba una patada a un neum�tico trasero, y Charlie tuvo tentaciones de exclamar, ��Huy, qu� da�o!�, pero se contuvo debido a que Joseph, en quien no quer�a pensar, le hab�a dicho no les des confianzas, mant�n las distancias, decide que es lo que debes hacer, y haz la mitad de lo que hayas decidido. El hombre vestido de verde le pregunt� algo en alem�n, y Charlie le contest� en ingl�s, �Sorry?� Charlie le mostraba su pasaporte ingl�s, en el que se dec�a que su profesi�n era la de actriz. El polic�a cogi� el pasaporte, lo examin� y lo entreg� a su compa�ero. Los dos eran muchachos bien parecidos. Hasta el momento, Charlie no se hab�a dado cuenta de lo muy j�venes que eran. Rubios, rebosantes de vida, con la mirada clara, y la piel con el permanente tostado propio de las gentes de monta�a. Charlie, de buena gana les hubiera dicho, en un arranque directamente encaminado hacia su propia extinci�n: Me llamo Charlie, por si quieren probarme.
Los cuatro ojos estuvieron fijos en ella, mientras le formulaban preguntas: ahora t�, ahora yo. Charlie dijo que no, s�lo unos cien cigarrillos griegos y una botella de ouzo. No, dijo, nada de regalos, de verdad. Apart� la vista de ellos, resistiendo la tentaci�n de coquetear. Bueno, s�, una chucher�a para su madre, pero carente de valor. Digamos que unos diez d�lares. Abrieron la puerta y le pidieron que les mostrase la botella de ouzo, aunque Charlie ten�a la astuta sospecha de que los dos polic�as, despu�s de haber lanzado una profunda mirada a su escote, ansiaban ver sus piernas para tener una visi�n del conjunto. El ouzo se encontraba en un cesto al lado de Charlie, en el suelo. Inclin�ndose sobre el asiento contiguo, Charlie cogi� el ouzo, de manera que su falda se abri�, lo cual fue accidental en un noventa por ciento, aunque por un instante su muslo izquierdo qued� al descubierto hasta la cadera. Charlie levant� la botella para mostrarla a los polic�as, y, en el mismo instante sinti� que algo fr�o y h�medo golpeaba su carne desnuda. ��Dios m�o, me han apu�alado!� Charlie solt� una exclamaci�n y se llev� la mano al punto en cuesti�n, y qued� pasmada al ver, estampado en su muslo, el sello de goma, en tinta azulenca, que daba constancia de su entrada en Austria. Se enoj� tanto que poco falt� para que atacara a los polic�as. Pero, al mismo tiempo, se sinti� tan aliviada que poco le falt� para echarse a re�r a grandes carcajadas. Si las palabras de cautela de Joseph no la hubieran detenido, Charlie hubiera abrazado a los dos polic�as por su incre�ble, adorable e inocente generosidad.
Charlie hab�a cruzado la frontera y se sinti� maravillosa. Alz� la vista al espejo retrovisor y vio a los dos simp�ticos muchachos despidi�ndola con la mano, en t�mido adem�n, lo cual hicieron durante treinta y cinco minutos, sin prestar la menor atenci�n a los restantes autom�viles que esperaban.
Charlie jam�s hab�a amado tanto a los representantes de la autoridad.
La larga espera de Shimon Litvak comenz� a primera hora de la ma�ana, ocho horas antes de que se diera la noticia de que Charlie hab�a cruzado felizmente la frontera, y dos noches y un d�a despu�s de que Joseph, actuando en representaci�n de Michel, hubiera mandado los telegramas duplicados al abogado de Ginebra, para su transmisi�n al cliente de �ste. Ahora era media tarde y Litvak hab�a cambiado la guardia tres veces, pero nadie se aburr�a, y todos estaban muy alerta. El problema de Litvak no consist�a en mantener a su equipo alerta, sino en convencer a sus miembros que deb�an descansar debidamente, durante las horas libres.
Desde su puesto de mando en la suite nupcial de un viejo hotel, Litvak contemplaba una linda plaza de mercado, de Carintia, principalmente caracterizada por dos posadas tradicionales, con mesas en el exterior, un peque�o aparcamiento, y una antigua y simp�tica estaci�n ferroviaria, en la que la caseta del jefe de estaci�n estaba coronada con una c�pula en forma de cebolla. La posada que m�s cerca de Litvak se hallaba ten�a el nombre de �El Cisne Negro�, y contaba orgullosamente con un acordeonista, p�lido y retra�do muchacho que tocaba demasiado bien para sentirse feliz, y lanzaba furiosas miradas a los autom�viles, cuando pasaban ante �l, lo cual hac�an con excesiva frecuencia. La segunda posada se llamaba �Las Armas del Carpintero�, y ten�a un cartel dorado, muy bello, con representaciones de las herramientas del oficio. �Las Armas del Carpintero� ten�a clase: manteles blancos y truchas que se pod�an elegir en un tanque al aire libre. En aquella hora del d�a pasaban pocos viandantes. Y un calor denso y polvoriento sum�a el paraje en una agradable somnolencia. En la parte exterior del �Cisne� dos muchachas tomaban t� y soltaban risitas mientras conjuntamente escrib�an una carta, siendo su tarea la de formar una lista de las matr�culas de todos los veh�culos que entraban o sal�an de la plaza. En la parte exterior de �Las Armas del Carpintero�, un joven y grave sacerdote beb�a sorbitos de vino y le�a su breviario, y en el sur de Austria nadie pide a un sacerdote que se vaya por pelmazo que sea. El verdadero nombre del sacerdote era Udi, abreviaci�n de Ehud, el zurdo asesino del rey de Moab. Lo mismo que su tocayo, el joven sacerdote iba armado hasta los dientes y tambi�n era zurdo, y se encontraba all� por si acaso fuese preciso luchar. En retaguardia el sacerdote ten�a a una pareja de ingleses de media edad sentados en su Rover, en el aparcamiento, que, al parecer dorm�an para superar los efectos de un excelente almuerzo. De todas maneras, ten�an entre los pies armas de fuego, y otras armas de diversas clases al alcance de la mano. Su radio estaba sintonizada con la camioneta de comunicaciones aparcada a doscientos metros, en la carretera de Salzburgo.