La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
La motocicleta hab�a regresado.
Hab�a estado en la estaci�n ferroviaria durante cinco minutos y medio, que parecieron una eternidad, de acuerdo con el reloj luminoso de Litvak. Desde la ventana de la oscura habitaci�n del hotel, situada, en l�nea recta, a menos de veinte yardas, Litvak hab�a estado observando sin descanso. Se trataba de una motocicleta de la m�s alta cilindrada, japonesa, con matr�cula de Viena, y un manillar alto especialmente incorporado. Hab�a dado la vuelta a la plaza con el motor parado, como un fantasma, teniendo como conductor a un ser de sexo todav�a indeterminado, con vestido de cuero y casco, y un pasajero o paquete, del sexo masculino y anchos hombros, que recibi� al instante el apodo de Melenas, con tejanos y zapatillas de lona, y un pa�uelo al cuello, heroicamente anudado en el cogote. La motocicleta aparc� cerca del Mercedes, aunque no tan cerca que pudiera parecer que los motociclistas tuvieran inter�s alguno en el coche. Si hubiera estado en su lugar, Litvak hubiera hecho lo mismo.
En voz baja, Litvak dijo por la radio:
-�Los socios se han reunido.
E inmediatamente recibi� cuatro asentimientos. Litvak estaba tan seguro del terreno que pisaba que si en aquel instante los dos motoristas se hubieran atemorizado y se hubiesen dado a la fuga, Litvak hubiera dado la orden sin pensarlo un instante, a pesar de que ello hubiera significado el fin de la operaci�n. Aar�n, desde la camioneta de la lavander�a se hubiera puesto en pie y les hubiera asado a tiros en la misma plaza. Luego el propio Litvak hubiera bajado y hubiera vaciado un cargador, para mayor seguridad. Pero los dos motoristas no echaron a correr, lo cual fue mucho mejor. Se quedaron montados en la moto, toqueteando el barboquejo del casco y las hebillas de las correas, sin hacer nada durante horas, como suelen hacer los motoristas, aunque en realidad s�lo pasaron dos minutos. Siguieron haci�ndose cargo de la situaci�n, mirando entradas y salidas, autom�viles aparcados y altas ventanas, tales como aquella en la que se encontraba Litvak, aun cuando el equipo de �ste hab�a tomado todas las medidas precisas, desde hac�a ya largo tiempo, para que no se viera absolutamente nada.
Pasado este per�odo de meditaciones, Melenas se baj� de la moto en l�nguidos movimientos, y pas� junto al Mercedes, con la cabeza inocentemente inclinada a un lado, mientras cab�a presumir que se percataba de la presencia de la llave de contacto en el interior del tubo de escape. Pero no intent� apoderarse de ella, lo cual mereci� la aprobaci�n de Litvak, en su calidad de colega. Despu�s de rebasar el Mercedes, Melenas se dirigi� hacia la estaci�n, entrando en el lavabo p�blico, del que sali� inmediatamente, con la finalidad de poner en peligrosa situaci�n a cualquier persona que hubiera tenido la temeraria idea de seguirle. Pero nadie le segu�a. Las muchachas no pod�an seguirle, y los chicos ten�an la astucia suficiente para no hacerlo. Melenas pas� junto al autom�vil por segunda vez, y Litvak dese� ardientemente que Melenas se inclinara y cogiera la llave, debido a que Litvak necesitaba un movimiento decisivo. Pero Melenas no quiso complacer a Litvak. Volvi� junto a la motocicleta y a su compa�ero, quien se hab�a quedado sentado en el sill�n, con la finalidad, sin duda, de poder salir pitando y sin dificultades, si fuere preciso. Melenas dijo algo a su compa�ero; acto seguido se quit� el casco y, en un brusco movimiento de la cabeza, puso la cara a la luz.
Dando el nombre en clave previamente acordado, Litvak dijo por la radio:
-�Luigi.
Y, al hacerlo, Litvak experiment� la rara e intemporal bendici�n de la satisfacci�n pura y simple. Con calma, pens�: Eres t�, Rossino, el ap�stol de la soluci�n pac�fica. S�, Litvak le conoc�a muy bien. Sab�a los nombres y las se�as de las amigas y amigos de aquel hombre, sab�a qui�nes eran sus derechistas padres con residencia en Roma, y sab�a qui�n era su izquierdista mentor en la academia de m�sica de Mil�n. Conoc�a el peri�dico napolitano que publicaba todav�a los art�culos, con aire de serm�n, en los que aquel hombre insist�a en que el �nico camino aceptable era el de la no-violencia. Sab�a que Jerusal�n llevaba largo tiempo sospechando de aquel hombre, y asimismo estaba al tanto de la historia de los reiterados y vanos intentos de conseguir pruebas condenatorias. Sab�a c�mo ol�a y qu� n�mero de zapatos calzaba. Y, ahora, Litvak comenzaba a sospechar la funci�n que hab�a desempe�ado en Bad Godesberg y en otros lugares. Asimismo Litvak, al igual que sus compa�eros, ten�a ideas muy claras acerca de qu� era lo mejor que se pod�a hacer con aquel hombre. Aunque todav�a no se le pod�a hacer. Y no se le podr�a hacer durante bastante tiempo. No, las cuentas no podr�an saldarse hasta que todos hubieran recorrido �ntegramente el sinuoso camino que les esperaba.
La muchacha ha dado el rendimiento esperado, pens� Litvak. S�lo gracias a esta identificaci�n, el largo viaje que la muchacha ha hecho hasta aqu� ha sido rentable. La muchacha era una gentil justa, lo cual, en opini�n de Litvak, resultaba muy raro.
Por fin, ahora el conductor de la moto desmontaba. Desmont�, se desperez� y se desabroch� el barboquejo, mientras Rossino le sustitu�a en el asiento del conductor.
Pero quien hab�a conducido la moto hasta el momento era una muchacha.
Si, se trataba de una muchacha rubia, esbelta, seg�n pudo ver Litvak a trav�s de sus prism�ticos con dispositivo de intensificaci�n de las luces, muchacha con delicadas facciones delgadas y con aire et�reo, a pesar de su dominio en la conducci�n de motocicletas. Y Litvak, en aquel instante cr�tico, se neg� terminantemente a preocuparse de intentar averiguar si los viajes de aquella muchacha la hab�an llevado de Orly a Madrid, o si se hab�a dedicado a transportar maletas con discos para entregarlas a amigas suecas. No, ya que si su mente hubiera seguido este rumbo, el odio acumulado entre los miembros del equipo hubiera podido superar su sentido de la disciplina. La mayor�a de los miembros del equipo hab�an matado, y en casos como el presente no tendr�an el menor inconveniente en volverlo a hacer. En consecuencia, Litvak nada dijo por la radio. Dej� que cada cual hiciera su identificaci�n aproximativa y nada m�s.
Ahora, a la muchacha rubia le toc� el turno de visitar el retrete. Despu�s de sacar una bolsita de la bolsa de equipaje y de entregar el casco a Rossino, la chica, con la cabeza descubierta, cruz� la plaza y penetr� en la estaci�n, en donde, a diferencia de su compa�ero, se qued�. Una vez m�s, Litvak dese� que la muchacha cogiera la llave del contacto, pero no lo hizo. Al igual que Rossino, la chica caminaba con decisi�n, decisi�n que no vacil� ni un instante. Sin duda alguna, era una chica sumamente atractiva. No era de extra�ar que el desdichado agregado laboral se sintiera atra�do hacia ella. Litvak enfoc� los prism�ticos en Rossino. Alz�ndose un poco en la parte delantera del sill�n, Rossino hab�a inclinado la cabeza a un lado, como si aguzara el o�do en espera de o�r algo. Naturalmente, pens� Litvak, mientras tambi�n aguzaba el o�do en espera de o�r el mismo murmullo, el del tren procedente de Klagenfurt, que estaba a punto de llegar. Y lleg� el tren que, con un leve estremecimiento, se detuvo ante el and�n. Los primeros pasajeros de cansada expresi�n bajaron al and�n. Un par de taxis avanzaron unos metros y volvieron a detenerse. Apareci� un fatigado grupo de excursionistas, suficientes para llenar un vag�n, todos ellos con la misma etiqueta en sus maletas.
Litvak rog�: �Hacedlo ahora, agarrad el coche y largaos aprovechando el tr�nsito m�s denso, actuad tal como deb�is.�
Litvak no estaba a�n preparado para lo que realmente hicieron. Un hombre y una mujer entrados en a�os se encontraban en la parada de taxis y detr�s de ellos hab�a una muchacha de modesto aspecto, como una ni�era o una acompa�ante. La chica iba con un vestido de color casta�o y un sombrerito, tambi�n casta�o, con el ala baja. Litvak se fij� en ella, tal como se fij� en muchas otras personas que se hallaban en el mismo lugar, se fij� con su visi�n adiestrada y clara, a la que la tensi�n daba a�n m�s claridad. Una linda muchacha que llevaba una peque�a bolsa de viaje. La pareja entrada en a�os llam� a un taxi, lo cual hicieron los dos a la vez, en tanto que la muchacha se manten�a detr�s, cerca de ellos, observando c�mo el taxi se acercaba. La pareja entrada en a�os subi� al taxi, y la muchacha les ayud�, entreg�ndoles maletas y paquetes. Se trataba evidentemente de la hija de los otros dos. Litvak volvi� a observar el Mercedes, y, a continuaci�n, la motocicleta. Si alg�n pensamiento dedic� a la muchacha vestida de casta�o, este pensamiento le dijo que seguramente hab�a subido en el taxi alquilado por sus padres. Era lo natural. Y no fue hasta el momento en que Litvak prest� atenci�n al fatigado grupo de excursionistas que avanzaban por la acera en direcci�n a dos autocares que Litvak, con un sobresalto de pura alegr�a, se dio cuenta de que aquella chica era su chica, nuestra chica, la chica de la motocicleta. Si, la muchacha se hab�a cambiado las ropas muy de prisa en los retretes y hab�a conseguido de esta manera enga�ar por el momento a Litvak. Y luego se hab�a unido al grupo de excursionistas para cruzar con ellos la plaza. Litvak estaba todav�a embargado por la alegr�a, cuando la muchacha abri� la puerta del autom�vil con su propia llave, arroj� dentro la bolsa de viaje, y se aposent� ante el volante en movimientos tan castos que parec�a se dispusiera a ir a la iglesia. As� se alej�, mientras la cadena de la llave de contacto todav�a lanzaba destellos en la salida del tubo de escape. Este detalle tambi�n hizo las delicias de Litvak. �Cu�n evidente, cu�n l�gico! Telegramas duplicados, llaves duplicadas: nuestro jefe tiene fe en multiplicar por dos sus oportunidades.