La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Kurtz hizo callar la m�quina, y orden�:
-�Mostrad sus manos a la se�orita.
Cogiendo una de las manos de Michel, el muchacho con la cara afeitada la abri� r�pidamente y la mostr� a Charlie, cual si de una mercanc�a se tratara.
Mientras se acercaba al grupo, Kurtz explic�:
-�Mientras trabaj� la tierra, tuvo las manos endurecidas por el trabajo manual. Pero ahora es un gran intelectual. Tiene montones de dinero, montones de chicas, buena comida y tiempo que perder. �No es as�, muchacho?
Kurtz se acerc� al sof�, puso su recia mano sobre la cabeza de Michel y le dio una vuelta oblig�ndole a mirarle. Kurtz dijo: -�Eres un gran intelectual, verdad?
La voz de Kurtz no era cruel ni burlona. Parec�a que estuviera hablando con un travieso hijo suyo, y en su voz se daba tambi�n el mismo tono de triste cari�o. Kurtz dijo:
-�Y haces lo preciso para que tus chicas trabajen en vez de ser t� quien lo haga.
Dirigi�ndose a Charlie, Kurtz explic�:
-�En cierta ocasi�n, se sirvi� de una chica a modo de bomba. Embarc� a la chica en un avi�n, con bonito equipaje, y el avi�n estall�. Creo que la chica jam�s supo que fue ella la que hizo estallar el avi�n. Esto es de muy mala educaci�n muchachito. Tratar as� a una se�ora es de mal educado, muchachito.
Ahora, Charlie reconoci� el olor que no hab�a podido identificar anteriormente. Era el olor de la loci�n para despu�s del afeitado que Joseph hab�a dejado en todos los cuartos de ba�o que hab�an compartido. Seguramente hab�an rociado loci�n de esta clase a Michel, para la presente ocasi�n. Kurtz pregunt� a Micheclass="underline"
-��No quieres hablar con esta se�ora? �No quieres darle la bienvenida a nuestra villa de recreo? Comienzo a preguntarme a qu� se deber� que no quieres seguir cooperando con nosotros.
Poco a poco, al influjo de la persistencia de Kurtz, los ojos de Michel despertaron, y su cuerpo, obediente, se enderez�. Kurtz le dijo:
-��Quieres saludar correctamente a esta se�ora tan linda? �Quieres desearle buenos d�as? �Quieres decirle buenos d�as, muchachito?
Y as� lo hizo, desde luego. En una �tona versi�n de la voz grabada en el magnet�fono, Michel dijo:
-�Buenos d�as.
Sin que apareciera la nota del rencor en su voz, Kurtz insisti�: -Se dice �Buenos d�as, se�ora�.
Joseph, en voz baja, dijo a Charlie:
-�No contestes.
Michel dijo:
-�Se�ora.
Kurtz orden�:
-�Hacedle escribir algo.
Y solt� a Michel. Sentaron a �ste ante una mesa, colocando en ella papel y pluma, pero Michel poco pudo hacer. A Kurtz esto �ltimo le import� muy poco. Dec�a: �Mira c�mo coge la pluma, c�mo de una manera natural se le curvan los dedos para trazar los signos �rabes.� A�adi�:
-�Quiz� una noche te despertaste y le encontraste despierto, haciendo cuentas. �Comprendes? En este caso, ten�a ese aspecto.
Mentalmente, Charlie hablaba a Joseph. �S�came de aqu�. Me parece que me voy a morir.� Oy� el pesado sonido de los pies de Michel, mientras le hac�an subir la escalera quit�ndole del alcance de la vista y del o�do de los presentes. Pero Kurtz no dio respiro a Charlie, tal como tampoco se lo conced�a a s� mismo:
-�Charlie, tenemos que hacer otra cosa, dentro de esta campa�a. Y creo que m�s vale que nos ocupemos de ello ahora mismo, incluso si ello resulta un poco pesado. Ya sabes, hay ciertas cosas que deben hacerse.
En el cuarto hab�a silencio, igual que en cualquier otro cuarto de estar normal y corriente. Cogida al brazo de Joseph, Charlie subi� la escalera, siguiendo a Kurtz. Sin saber exactamente por qu�, a Charlie le pareci� m�s c�modo arrastrar un poco los pies, igual que Michel.
El sudor hab�a dejado pegajosa la barandilla de madera. En los pelda�os hab�a tiras de color que parec�an papel de lija, pero Charlie, al pisarlas, no oy� el sonido rasposo que l�gicamente cab�a esperar. Charlie se fij� atentamente en estos detalles debido a que hay momentos en que los detalles son lo �nico que nos vincula con la realidad. Vio un retrete con la puerta abierta, pero cuando se fij� m�s advirti� que no hab�a tal puerta, sino solamente el vano, y que de la cisterna no colgaba cadena alguna. Charlie supuso que, cuando uno est� obligado a ir arrastrando a un preso de un lado para otro durante todo el d�a, incluso en el caso de que el prisionero est� tan drogado que no sepa lo que hace, uno tiene que pensar en estos detalles, s�, uno tiene que conservar la casa en buen orden. Hasta que no hubo meditado debidamente estos importantes detalles, Charlie se neg� a reconocer ante s� misma que acababa de entrar en un cuarto acolchado, con una sola cama, adosada a la pared del fondo. Y en la cama, sentado, estaba de nuevo Michel, desnudo, con la �nica salvedad de su medall�n de oro, con las manos en el sexo, y sin apenas una arruga en barriga o vientre. Los m�sculos de sus hombros eran s�lidos y redondeados, los del pecho eran planos y anchos, y las sombras que hab�a abajo eran l�mpidas como rayas trazadas con tinta china. En obediencia a una orden dada por Kurtz, los dos muchachos pusieron en pie a Michel y apartaron del sexo las manos. El sexo era bien desarrollado, circunciso y hermoso. Silenciosamente, con las cejas fruncidas en expresi�n de desaprobaci�n, el muchacho con barba indic� una blanca mancha de nacimiento, como una mancha de leche, en un flanco, despu�s la marca oscura de una cicatriz resultante de una herida con arma blanca en el hombro derecho, y luego el tierno arroyuelo de vello negro que descend�a desde el ombligo. En silencio, obligaron a Michel a dar media vuelta sobre s� mismo, y Charlie se acord� de Lucy y de la clase de espalda que m�s le gustaba a su amiga, una espalda con la columna vertebral profundamente hendida entre los m�sculos. Pero en aquella espalda no hab�a orificios de bala, no hab�a nada que menguase su pura belleza.
Kurtz dijo:
-�Mostradle los pies.
Tumbaron a Michel de espaldas y le levantaron los pies para que Charlie los viera. Charlie vio las cicatrices producidas por los azotes que los jordanos propinaron a Michel, cuando a�n era un ni�o. Eran extra�os surcos en las plantas que terminaban en manchas blancas, en los extremos del puente del pie. Comenzaron a poner de nuevo en pie a Michel, pero Joseph pareci� haber llegado a la conclusi�n de que Charlie ya hab�a gozado durante demasiado tiempo del espect�culo, y Joseph ya la estaba conduciendo de prisa, escaleras abajo, sosteni�ndola con un brazo alrededor de la cintura, y cogi�ndole con la otra mano la mu�eca, con tal fuerza que causaba dolor a la muchacha. En el lavabo junto al vest�bulo, Charlie se detuvo el tiempo suficiente para vomitar, pero lo que m�s ardientemente deseaba era irse. Salir de aquel piso, apartar de su vista a aquellos hombres, apartarlos de su mente y de su piel.
Charlie corr�a. Si, era una jornada deportiva. Corr�a a cuanta velocidad pod�a. La dentadura de cemento formada por los l�mites superiores de los edificios, dentadura que mord�a el cielo, pasaba veloz bambole�ndose, procedente de la direcci�n contraria a la que Charlie segu�a. A la vista de Charlie, los jardines de las azoteas estaban unidos por estrechos senderos con el piso de ladrillos, carteles de ciudad de juguete le indicaban lugares cuyos nombres no pod�a leer, y sobre su cabeza, en lo alto, tuber�as de pl�stico azul y amarillo trazaban rayas de colores. Charlie corr�a tan de prisa como pod�a, subiendo y bajando escaleras, y tomando una especie de inter�s hort�cola en las variedades de vegetaci�n que encontraba a su paso, en los alegres geranios, en los arbustos cuajados de flores, en las colillas de cigarrillos y en las zonas de tierra pelada, cual tumbas sin l�pida. Joseph iba a su lado, y Charlie le gritaba que se fuera, que se alejara de ella. Una pareja entrada en a�os les sonri� nost�lgicamente imaginando que era una pelea entre enamorados. Charlie recorri� dos manzanas de esta manera, hasta que lleg� a una barandilla y un precipicio con un aparcamiento abajo. Y Charlie no se suicid� debido a que anteriormente hab�a ya decidido que su tipo humano no era el del suicida, y, adem�s, quer�a vivir con Joseph, en vez de morir con Michel. Charlie se detuvo, y descubri� que apenas jadeaba. La carrera le hab�a sentado bien. Debiera correr m�s a menudo. Pidi� un cigarrillo a Joseph, pero �ste no llevaba cigarrillos. Joseph la llev� a un banco, en el que Joseph la sent�, pero Charlie se puso inmediatamente en pie, en un acto de afirmaci�n de su personalidad. Por otra parte, Charlie hab�a aprendido que las escenas con fuertes juegos de emoci�n no pueden representarse eficazmente entre personas que caminan, por lo que se qued� quieta.