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La chica del tambor

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La chica del tambor
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-�Mira los papeles una vez m�s.

Con la vista fija al frente, Charlie repuso:

-�No hace falta.

-��N�mero de la matr�cula del autom�vil?

Charlie lo dijo.

-��Fecha de registro?

Tambi�n lo dijo. Lo dijo todo, todas las invenciones dentro de otras invenciones, dentro de otras invenciones. El autom�vil era propiedad de un m�dico de Munich que estaba de moda y que era el actual amante de Charlie, cuyo nombre Charlie dio con seguridad. El autom�vil estaba registrado y asegurado a nombre de dicho doctor. O si no, vean los papeles falsificados.

-��Y por qu� no est� contigo este diligente m�dico? Esta pregunta te la hace Michel, �comprendes?

Si, Charlie comprend�a. Repuso:

-�Esta ma�ana tuvo que regresar desde Tesal�nica para atender un caso urgente. Acced� a conducir el autom�vil, en su lugar. El m�dico se encontraba en Atenas para dar una conferencia. Hemos hecho turismo juntos.

-��Y cu�ndo conociste al m�dico ese?

-�En Inglaterra. Es amigo de mis padres. Les cura las resacas. Mis padres son inmensamente ricos.

-�Para un caso extremo, para un caso de necesidad, llevas en el bolso los mil d�lares que Michel te prest� para el viaje. Tambi�n cabe la posibilidad de que esa gente, teniendo en cuenta las molestias que le has causado y el tiempo que te ha tenido que dedicar, acepte elegantemente cierta ayuda econ�mica por tu parte. �C�mo se llama la esposa?

-�Renate, y la odio.

-��Los hijos?

-�Christoph y Dorotea. Y yo ser�a una madre para ellos si Renate hiciera el favor de no entrometerse en mis relaciones con ellos. Y ahora quiero irme. �Algo m�s?

-�S�.

Mentalmente, Charlie se pregunt� �c�mo, por ejemplo, que me amas? �C�mo, por ejemplo, que te sientes un poco culpable por mandarme a cruzar media Europa con un autom�vil cargado de explosivos rusos de alta calidad?

Con la misma pasi�n que emplear�a para examinar su carnet de conducir, Joseph le aconsej�:

-�No te conf�es en exceso. No todos los polic�as fronterizos son tontos u obsesos sexuales.

Charlie se hab�a prometido no decir frase alguna de despedida, y era posible que Joseph hubiera hecho lo mismo. Charlie dijo:

-�Bueno, pues adelante, Charlie.

Y puso en marcha el motor.

Joseph no agit� la mano ni sonri�, aunque quiz� Joseph repiti�:

-�Adelante Charlie.

Pero si as� lo hizo, la muchacha no lo oy�. Lleg� a la carretera principal y el monasterio con sus temporales habitantes desapareci� del espejo retrovisor. Recorri� de prisa un par de kil�metros, y lleg� ante un viejo cartel indicador, con una flecha, que dec�a Yugoslawien. Condujo despacio, a la par que el resto del tr�nsito. La carretera se ensanch�, convirti�ndose en una zona de aparcamiento. Vio una fila de camionetas y una fila de autom�viles, y las banderas de todas las naciones cocidas por el sol hasta haberles dado tonalidades pastel. Soy ingl�s, soy alem�n, soy israelita, soy �rabe. Charlie puso su autom�vil detr�s de un coche deportivo. En el deportivo iban dos muchachos sentados delante y dos chicas detr�s. Charlie se pregunt� si acaso ser�an miembros del equipo de Joseph. O de Michel. O polic�as de alg�n tipo u otro. Charlie comenzaba a ver el mundo de esta manera: todas las personas formaban parte de un grupo u otro. Un funcionario con uniforme gris le indic� con un impaciente adem�n que avanzara. Charlie lo ten�a todo dispuesto. Documentos falsos, explicaciones falsas. Nadie le pidi� los unos o las otras. Y pas� la frontera.

Joseph, en lo alto de la colina, baj� los prism�ticos, y regres� a la camioneta que le esperaba.

Dirigi�ndose a David, el muchacho que tecleaba obedientemente palabras con la m�quina, Joseph dijo:

-�El paquete ha sido enviado.

David tecle� estas palabras. En obediencia a Becker, el muchacho hubiera tecleado cualquier cosa, se hubiera arriesgado a todo, hubiera matado a gente. Para �l, Becker era una leyenda viviente, un ser perfecto, alguien a quien el muchacho intentar�a en todo momento imitar.

Con reverentes acentos, el muchacho dijo:

-�Marty le felicita.

Pero el gran Becker pareci� no o�rle.

Charlie condujo eternamente. Condujo con los brazos doloridos debido a agarrar con demasiada fuerza el volante, con el cuello dolorido debido a mantener las piernas demasiado r�gidas. Condujo con dolor en la barriga, causado por el mantenimiento de la misma posici�n. Estaba mareada de miedo. Luego, se sinti� todav�a peor cuando el motor produjo unos raros ruidos, y Charlie pens�: �Aver�a! Joseph le hab�a dicho: Si tienes una aver�a, abandona el autom�vil, lo dejas en la cuneta y haces auto-stop, pierde tu documentaci�n, coges el tren, y, sobre todo al�jate cuanto puedas del coche. Pero ahora que hab�a comenzado la aventura, Charlie estimaba que no pod�a comportarse de semejante manera. Ser�a lo mismo que abandonar el teatro en plena representaci�n. La m�sica la estaba dejando sorda. Cerr� la radio y el ruido de los motores de los camiones volvi� a dejarla sorda. Se sent�a en una sauna, se sinti� muerta de fr�o, cantaba. No hab�a avance, sino solo movimiento. Charlie conversaba animadamente con su padre muerto y con su maldita madre: �Bueno, el caso es, mam�, que conoc� a ese �rabe sencillamente encantador, maravillosamente bien educado, y terriblemente rico y culto, y todo fue una larga jodienda desde el alba hasta el ocaso, y luego volvimos a la carga��

Charlie conduc�a con la mente en blanco y sus pensamientos voluntariamente apagados. Se obligaba a permanecer en la superficie exterior de la experiencia. Oh, mira, un lago, oh, mira un villorrio, se limitaba Charlie a pensar, sin permitirse jam�s penetrar en el caos interior. Soy libre, estoy descansada, y hago un viaje maravilloso. Para almorzar comi� fruta y pan, que compr� en un kiosko de una gasolinera. Y un helado. Si, le cogi� la pasi�n de comer helados, como si de un antojo de embarazada se tratara. Fue un helado amarillento, aguado, yugoslavo, en cuyo envoltorio se ve�a a una muchacha con grandes senos. En una ocasi�n Charlie vio a un muchacho que hac�a auto-stop, y sinti� la avasalladora necesidad de hacer caso omiso de las instrucciones de Joseph, y coger al chico. El sentimiento de soledad que experimentaba Charlie se hizo de repente tan terrible que hubiera hecho cualquier cosa para gozar de la compa��a del muchacho. Si, se hubiera casado con �l en una de las capillitas que se alzaban en lo alto de peque�as monta�as peladas, le hubiera violado sobre el amarillento c�sped junto a la carretera. Pero en momento alguno reconoci� ante s� misma, durante los largos a�os y las infinitas millas de aquel viaje, que llevaba doscientas libras de explosivos rusos de alta calidad, divididos en porciones de media libra, ocultos en la tapicer�a, en los asientos, en la techumbre del autom�vil, ni que los modelos antiguos ofrec�an m�s oportunidades de esconder explosivos en ellos. Ni que se trataba de unos explosivos excelentes y nuevos, bien acondicionados, y que resist�an bien el fr�o y el calor, y que eran razonablemente pl�sticos en todas las temperaturas.

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