La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Sin soltar a Joseph, Charlie dijo:
-�Sigue convenci�ndome. Cumple con tu deber.
-��No te basta con que Michel te mande a este viaje y que, al mismo tiempo, no le guste que lo hagas?
Charlie no contest�. Joseph dijo:
-��Quieres que te cite aquellas palabras de Shelley: �La tempestuosa belleza del terror?� �Debo recordarte las muchas promesas que rec�procamente nos hicimos, y que estamos dispuestos a Matar debido a que estamos dispuestos a morir?
-�Creo que las palabras, ahora, ya de nada sirven.
Charlie ten�a la cara oprimida contra el pecho de Joseph, a quien dijo:
-�Prometiste estar cerca de m�.
Charlie sinti� que Joseph aflojaba la presi�n de sus brazos y que, al contestarle, su voz se endurec�a:
-�Te esperar� en Austria. Esto te lo promete Michel. Y tambi�n yo.
Charlie se ech� hacia atr�s, y cogi� entre sus manos la cabeza de Joseph, tal como hab�a hecho en la Acr�polis, y estudi� cr�ticamente su rostro a la luz procedente de la plaza. Tuvo la impresi�n de que aquella cara se hab�a cerrado ante ella, como una puerta que no le permitiera entrar ni salir. Fr�a y excitada al mismo tiempo, Charlie anduvo hasta la cama y volvi� a sentarse en ella. Cuando habl�, la voz de Charlie mostraba una nueva confianza que la impresion�. Ten�a la vista fija en el brazalete, al que daba vueltas, en la penumbra del cuarto. Pregunt�:
-��Qu� quieres que haga? �T�, Joseph? �Charlie se queda y cumple la misi�n? �O Charlie coge el dinero y se larga? �Qu� pasa en tu personal libreto?
-�Sabes los peligros. Decide.
-�Tambi�n los sabes t�. Y mejor que yo. Los sab�as desde el principio.
-�Ya has escuchado todas las argumentaciones, expresadas por Marty y por m�.
Charlie abri� el cierre del brazalete, y se puso �ste en la palma de la mano. Dijo:
-�Salvamos vidas inocentes. En el supuesto de que yo transporte los explosivos. Ahora bien, tambi�n habr� personas, que desde luego son tontas de remate, que creer�n que se salvar�n m�s vidas por el medio de no transportar los explosivos. Estas personas est�n equivocadas, �verdad?
-�A la larga, y si todo se desarrolla bien, estar�n equivocadas.
Una vez m�s, Joseph daba la espalda a Charlie, y, a juzgar por todas las apariencias, volv�a a examinar el panorama que se divisaba desde la ventana.
En tono meditativo, y mientras se pon�a el brazalete en la otra mu�eca, Charlie dijo:
-�Si t� eres Michel, habl�ndome, es f�cil. Me has elevado al s�ptimo cielo, me has hecho besar la pistola, yo estoy muri�ndome de ganas de ir a las barricadas. Si no creemos esto, todos los esfuerzos que has hecho durante los �ltimos d�as han fracasado. Lo cual no es verdad. Este es el papel que me has confiado, y �sta es la manera en que me has convencido. Fin. Ir�.
Vio que Joseph mov�a despacio la cabeza, en sentido afirmativo. Charlie dijo:
-�Y si t� eres Joseph, habl�ndome, �qu� importa? Si dijera que no, jam�s volver�a a verte. Volver�a a la nada, con un pu�ado de oro.
Con sorpresa, Charlie advirti� que Joseph hab�a perdido todo inter�s en ella. Con los hombros alzados, Joseph exhal� un largo suspiro. Su cara sigui� orientada hacia la ventana y su mirada fija en el horizonte. Joseph volvi� a hablar, y Charlie pens�, al principio, que Joseph volv�a a hurtarse al empuje, a la fuerza, de sus palabras, de lo que Charlie le hab�a dicho. Pero, al cabo de unos momentos, Charlie se dio cuenta de que Joseph le explicaba las razones en cuyos m�ritos, en cuanto a �l hac�a referencia, no hab�a habido verdadera libertad de elecci�n para ninguno de los dos.
-�Me parece que a Michel le gustar�a esta ciudad. Hasta que comenz� la ocupaci�n alemana, sesenta mil jud�os viv�an con relativa felicidad, ah�, en lo alto de esta colina. Eran funcionarios de correos, hombres de negocios, banqueros. Sefarditas. Llegaron aqu� a trav�s de los balcanes, procedentes de Espa�a. Cuando los alemanes se fueron, no quedaba ni uno. Los que no fueron exterminados pasaron a Israel.
Charlie se tumb� en la cama. Joseph segu�a junto a la ventana contemplando c�mo se iban apagando las luces de la plaza. Charlie se preguntaba si Joseph ir�a a su lado, aunque ten�a el convencimiento de que no lo har�a. Oy� un gemido, cuando Joseph se tumb� en el div�n, con el cuerpo en posici�n paralela al de Charlie, aunque separado por la longitud de Yugoslavia. Charlie deseaba a Joseph m�s de lo que jam�s hubiera deseado a cualquier hombre. Y el miedo a ma�ana intensificaba este deseo.
Charlie pregunt�:
-��Tienes hermanos, Joseph?
-�Un hermano.
-��Y a qu� se dedica?
-�Muri� en la guerra del 67.
Charlie dijo:
-��La misma guerra que mand� a Michel a la otra orilla del Jord�n?
Charlie jam�s esperaba que Joseph diera respuestas veraces a sus preguntas, pero en este caso le constaba que hab�a dicho la verdad. Charlie pregunt�:
-��Y t� tambi�n participaste en esta guerra?
-�Eso creo.
-��Y en la guerra anterior? No s� el a�o.
-�Cincuenta y seis.
-��Si o no?
-�S�.
-��Y en la guerra siguiente? La del setenta y tres. -Probablemente.
-��Y por qu� luchaste?
De nuevo Charlie tuvo que esperar. Oy� a Joseph:
-�En la del 56 porque quer�a ser un h�roe, en la del 67 por la paz y en la del 73�
Hizo una pausa como si se esforzara en recordar, y, por fin dijo: -Por Israel.
-��Y ahora? �Por qu� luchas en esta ocasi�n?
Charlie pens�, porque hay lucha. Para salvar vidas. Porque me lo han pedido. Para que las gentes de los pueblecitos de Israel puedan bailar el dabke y escuchar las narraciones de los viajeros, junto al pozo.
-��Joseph?
-�Si, Charlie.
-��Y c�mo te causaron las heridas que te han dejado esas cicatrices tan atractivas?
En la oscuridad, las largas pausas de Joseph hab�an adquirido la fuerza narrativa de las historias contadas junto a la hoguera, en un campamento. Joseph dijo:
-�Las quemaduras me las hicieron mientras estaba sentado dentro de un tanque. Y las cicatrices de bala, al salir del tanque.
-��Qu� edad tenias, entonces?
-�Veinte o veinti�n a�os.
�A la edad de ocho a�os me alist� en el Ashbal -pens� Charlie-. A la edad de quince��
Dispuesta a mantener en marcha la conversaci�n, Charlie pregunt�:
-��Y qui�n era tu padre?
-�Un pionero. Uno de los primeros que se asent� en Israel.
-��De d�nde proced�a?
-�Polonia.
-��Cu�ndo fue?
-�En los a�os veinte. En la tercera aliyah, si es que sabes el significado de esta palabra.
Charlie no lo sabia, pero en aquellos momentos carec�a de importancia.
-��A qu� se dedicaba tu padre?
-�Obrero de la construcci�n. Era un trabajador manual. Convirti� unas dunas de arena en una ciudad a la que llam� Tel Aviv. Socialista, de los de car�cter pr�ctico. No respetaba mucho a Dios. No beb�a. Y jam�s fue propietario de algo que pudiera valorarse en m�s que unos pocos d�lares.
-��Te hubiera gustado ser as�?
Charlie pens� que Joseph no contestar�a esta pregunta. �Se ha dormido. No seas impertinente, Charlie.� Secamente, Joseph contest�:
-�Eleg� una m�s alta misi�n.
�O la misi�n te eligi� a ti -pens� Charlie-, que es lo que suele ocurrir cuando se nace en el cautiverio.� Y Charlie, sin poder explic�rselo, se durmi� muy de prisa.