La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-�Charlie, tu tarea en concepto de nuevo recluta no consiste precisamente en discutir las �rdenes.
�Qui�n era aquel hombre? Charlie tuvo la impresi�n de que la m�scara de su interlocutor comenzaba a resbalar. Sigui� hablando:
-�Si de repente sospechas, dentro de la ficci�n, que has sido manipulada por ese hombre, que toda su adoraci�n hacia ti, su encanto, sus declaraciones de amor eterno�
Una vez m�s pareci� perder pie. �Ser�a solamente una falsa impresi�n de Charlie, estimulada por sus deseos, o acaso Charlie osaba suponer que, en la penumbra del cuarto, cierto sentimiento se hab�a apoderado de �l, sin que se diera cuenta, sentimiento que hubiera preferido contener?
La voz recobr� su fuerza:
-�S�lo quiero decir que, si en esta etapa, las escamas comienzan a caerte de los ojos, o te falla el valor, debes decirlo, como es l�gico y natural.
-�Yo s�lo he formulado una pregunta. �Por qu� no conduces t�, Michel?
Joseph dio bruscamente media vuelta sobre s� mismo, quedando de nuevo dando frente a la ventana, y Charlie tuvo la impresi�n de que aquel hombre ten�a qu� reprimir demasiadas reacciones, antes de contestar. Haciendo un esfuerzo para dominarse, Joseph contest�:
-�Michel te dice esto y nada m�s. Sea lo que fuere lo que haya en el interior del autom�vil� -Joseph pod�a ver el autom�vil aparcado abajo, en la plaza y vigilado por el minib�s. Mir�ndolo prosigui�-: Sea lo que fuera, dec�a, es de vital importancia para nuestra gran lucha y, al mismo tiempo, muy peligroso. Y aquella persona que fuese atrapada conduciendo este autom�vil a lo largo de dicho trayecto, tanto si el coche transporta propaganda subversiva o cualquier otra clase de material, como mensajes, por ejemplo, se tendr�a que enfrentar con una grav�sima acusaci�n penal. Y nada, ni las m�s fuertes influencias, ni las presiones diplom�ticas, ni los mejores abogados, podr�an evitar que esta persona lo pasara mal, muy mal. Si est�s pensando en tu propia piel, no te equivocas, porque te juegas la piel. -Y, con una voz en manera alguna parecida a la de Michel, a�adi�-: A fin de cuentas, tu vida es exclusivamente tuya. T� no eres uno de los nuestros.
Pero esta vacilaci�n dio a Charlie una seguridad de la que jam�s hab�a gozado hall�ndose en compa��a de Joseph. Charlie insisti�:
-�He preguntado que por qu� no conduce �l mismo, y todav�a no he obtenido la respuesta.
Una vez m�s, Joseph reaccion� con excesiva vehemencia:
-��Charlie! �Soy un activista palestino! Soy un conocido luchador en pro de mi causa. Viajo con pasaporte falso, lo cual puede descubrirse en cualquier instante. Pero t� eres una atractiva muchacha inglesa, con buen aspecto, sin antecedentes, de r�pido ingenio, encantadora, y, como es natural, no corres peligro alguno. �Creo que con esto tienes m�s que suficiente!
-�Pero hace unos instantes has dicho que hab�a peligro.
-��Tonter�as! Michel te asegura que no corres el menor riesgo. Para �l, quiz�. Para ti, ninguno. Y te digo: �Hazlo por m�. Hazlo y enorgull�cete de haberlo hecho. Hazlo por nuestro amor y por la revoluci�n. Hazlo por todo aquello que nos hemos jurado. Hazlo por mi gran hermano. �Acaso tus juramentos carecen de valor? �Quiz� s�lo has dicho hipocres�as occidentales, cuando te declarabas revolucionaria?� -Hizo una pausa y a�adi�-: Hazlo porque, si no lo haces, tu vida ser� todav�a m�s vac�a de lo que era cuando te conoc� en la playa.
Charlie le corrigi�:
-�En el teatro querr�s decir.
Apenas le hizo caso. Se qued� de pie, de espaldas a Charlie, fija la vista en el Mercedes. Volv�a a ser Joseph, una vez m�s, el Joseph de la pronunciaci�n medida y las frases cautelosas, el Joseph de la misi�n que salvar�a vidas inocentes. Dijo.
-�Bueno ah� est�s. Ante tu Rubic�n. �Sabes lo que es el Rubic�n? Puedes dejarlo, si quieres. Irte a casa, recibir alg�n dinero, olvidarte de la revoluci�n, de Palestina, de Michel, de todo.
-��O?
-�Conducir el autom�vil. Ser� el primer acto que efect�es en beneficio de la causa. Lo har�s sola. �Qu� eliges?
-��Y d�nde estar�s t�?
La calma de Joseph volv�a a ser, ahora, inalterable, y una vez m�s se refugi� en la personalidad de Micheclass="underline"
-�Mi esp�ritu estar� junto a ti, pero en nada podr� ayudarte. Nadie podr� ayudarte. Estar�s sola, llevando a cabo un acto delictivo en defensa de lo que el mundo denomina todav�a una pandilla de terroristas.
Despu�s de una pausa volvi� a hablar, pero en esta ocasi�n era Joseph:
-�Algunos de nuestros muchachos te escoltar�n, pero no podr�n ayudarte si algo sale mal, como no sea por el medio de informarnos de ello a Marty y a m�. Yugoslavia no es muy amiga de Israel.
Charlie guard� silencio, a la espera. Todos sus instintos de su-pervivencia le dec�an que esto era lo que deb�a hacer. Vio que Joseph volv�a a ponerse de cara a ella, y sostuvo la negra mirada de Joseph, sabedora que la cara de �ste no era claramente visible, y la suya s�. Charlie pens�: ��Contra qui�n luchas, Joseph? �Contra ti o contra m�? �A qu� se debe que eres el enemigo en ambos campos? Charlie record� a su interlocutor:
-�No hemos terminado la interpretaci�n de la escena. Yo os pregunto, y lo pregunto a los dos, qu� hay en el interior del autom�vil. Y si t� me pides que conduzca el autom�vil, sea quien sea el que me lo pida, t� o �l, �l o t�, necesito saber qu� hay en el autom�vil. Y necesito saberlo ahora.
Charlie pens� que tendr�a que esperar. Esperaba que tuviera que aguardar durante aquellos segundos con los que Joseph a menudo preced�a sus palabras, mientras Joseph analizaba las opciones y estructuraba sus meditadas frases de contestaci�n. Pero Charlie se equivocaba. Joseph, con su m�s impersonal voz, repuso:
-�Explosivos. Doscientas libras de pl�stico explosivo ruso, divididas en porciones de media libra. Es un material nuevo, bien acondicionado, capaz de aguantar temperaturas extremas, tanto de calor como de fr�o, y razonablemente pl�stico en cualquier temperatura.
Luchando para dominar sus sensaciones, Charlie repuso alegre-mente:
-��Vaya, me alegro de que est� bien acondicionado! �Y en qu� parte del autom�vil est� escondido?
-�En la tapicer�a, en el techo, en los asientos. Se trata de un modelo antiguo que facilita esconder cosas en �l.
-��Y en qu� se usar� el explosivo?
-�En nuestra lucha.
-��Y por qu� has tenido que venir a Grecia a buscar este material, cuando hubieras podido recogerlo en la propia Europa?
-�Mi hermano guarda cierta clase de secretos, y espera que yo los respete y obedezca. El c�rculo de personas en las que conf�a es muy peque�o, y no est� dispuesto a ampliarlo. Esencialmente, mi hermano no conf�a en los europeos ni en los �rabes. Lo que hacemos solos, �nicamente nosotros podemos traicionarlo.
En el mismo tono inocente y de suma tranquilidad, Charlie pregunt�:
-��Y, en este caso concreto, qu� forma reviste, exactamente, nuestra lucha?
Una vez m�s, contest� sin dudar:
-�Matar a los jud�os de la di�spora. De la misma forma que ellos han dispersado al pueblo de Palestina, nosotros les castigamos en su di�spora, y expresamos nuestros sufrimientos ante la vista y los o�dos del mundo.
Hizo una pausa, y, con menos seguridad, a�adi�:
-�Y por este medio tambi�n despertamos la conciencia del proletariado.
-�Bueno, pues me parece razonable.
-�Muchas gracias.
-�Y t� y Marty, hab�is pensado que ser�a una buena idea que yo transportara esos explosivos hasta Austria, para hacer un favor a los palestinos.
Charlie inhal� aire brevemente, se levant� y, muy despacio, se acerc� a la ventana. Dijo:
-��Quieres hacer el favor de abrazarme, Joseph? No, no intento seducirte. Es s�lo un instante. Me siento un tanto sola.
Un brazo se pos� sobre los hombros de Charlie, quien se estremeci� violentamente. Oprimiendo su cuerpo contra el de Joseph, se puso de cara a �l, y puso sus brazos alrededor de su cuerpo, que oprimi� contra el suyo, y Charlie, con la consiguiente alegr�a, advirti� que el cuerpo de Joseph se relajaba y respond�a a su presi�n. La mente de Charlie se centraba en todo g�nero de temas, al igual que la vista que de repente se encuentra ante un vasto e inesperado paisaje. Pero con m�s claridad que cualquier otra cosa, m�s all� del inmediato riesgo del viaje, Charlie comenz� a ver, por fin, la larga aventura que se extend�a ante ella, y, dentro de esta aventura, vio a los camaradas sin rostro del otro ej�rcito, el ej�rcito al que iba a alistarse. Charlie se pregunt�: ��Me dejar� con ellos, o me conservar� a su lado? No lo sabe. Se est� despertando y se est� durmiendo al mismo tiempo.� Los brazos de Joseph, oprimiendo todav�a el cuerpo de Charlie, daban a �sta renovado valor. Hasta el presente momento, e influenciada por la decidida actitud de castidad de Joseph, Charlie hab�a pensado, oscuramente, que su cuerpo dado a la promiscuidad no era apto para el de Joseph. Ahora, en m�ritos de razones que Charlie ignoraba, esta sensaci�n de desprecio hacia s� misma se hab�a desvanecido.