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La chica del tambor

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La chica del tambor
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Indignada, Charlie exclam�:

-��No puede ser! �Algo ha fallado!

Cogiendo la pistola, Joseph dijo:

-�Sencillamente, no has dado en el blanco.

-��Ser�an cartuchos de fogueo!

-�No, ni hablar.

-�Hice todo lo que me dijiste.

-�Para comenzar, digamos que no puedes disparar con una sola mano. Es rid�culo que una chica que pesa cincuenta kilos y que tiene mu�ecas como esp�rragos dispare con una sola mano.

-�En este caso, �por qu� no me dijiste c�mo deb�a disparar?

Joseph se dirig�a hacia el autom�vil, llevando a Charlie cogida del brazo. Dijo:

-�Si es Michel quien te ense�a a disparar, debes disparar como una disc�pula de Michel. Michel nada sabe de disparar con las dos manos. Ha seguido el ejemplo de su hermano. �0 es que quieres que te induzca a portarse de tal manera que ser�a lo mismo que si llevaras un cartel que dijera �Made in Israel�?

Irritada, y mientras cog�a el brazo de Joseph, Charlie insisti�: -�Y por qu� Michel dispara as�? �A qu� se debe que no sepadisparar correctamente? �Por qu� no le ense�aron a disparar?

-�Ya te lo he dicho. Su hermano le ense��.

-��Y por qu� su hermano no le ense�� a disparar bien?

Charlie realmente quer�a que le dieran respuesta a estas preguntas� Se sent�a humillada y estaba disponi�ndose a hacer una escena. Joseph pareci� darse cuenta de ello, por cuanto sonri� y, a su manera, se rindi�:

-�Michel dice que es voluntad de Dios que El Jalil dispare con una sola mano.

-��Por qu�?

Joseph mene� la cabeza, y de esta manera se neg� a contestar la pregunta. Regresaron al autom�vil.

-��El hermano se llama El Jalil?

-�S�.

-��T� dijiste que El Jalil es el nombre �rabe de Hebr�n?

Joseph qued� complacido al escuchar estas palabras, aunque extra�amente apesadumbrado. Puso en marcha el motor y repuso:

-�Es las dos caras. El Jalil es nuestro pueblecito, es mi hermano, es el amigo de Dios, es el profeta jud�o Abraham, a quien el Islam respeta, y que reposa en nuestra antigua mezquita.

-�Bueno, pues El Jalil.

Joseph dio su conformidad, secamente:

-�El Jalil. -Luego dijo-: Recu�rdalo bien. Debes tambi�n recordar las circunstancias en que Michel te lo dijo. S�, porque te ama. Porque ama a su hermano. Porque has besado la pistola de tu hermano y has pasado a pertenecer a la gente de su sangre.

Con Joseph al volante, comenzaron el descenso de la colina. Charlie ya no sab�a qui�n era ella, en el caso de que alguna vez lo hubiera sabida. El sonido de los disparos efectuados por ella misma a�n resonaba en sus o�dos. Sent�a en sus labios el sabor del ca��n, y cuando Joseph le indic� el Olimpo, lo �nico que Charlie vio fue un conjunto de manchas blancas y negras, como una lluvia at�mica. La preocupaci�n de Joseph era tan grande como la de Charlie, pero la finalidad de Joseph se encontraba una vez m�s ante ellos, y Joseph, mientras conduc�a, sigui� distra�damente su narraci�n, amontonando detalle sobre detalle. El Jalil otra vez. Los d�as que Michel y El Jalil pasaron juntos, antes de que �ste iniciara su lucha. Nottingham, el gran encuentro de sus almas. Su hermana Fatmeh y el gran amor que por ella sent�a. Habl� de sus hermanos muertos.

Llegaron a la carretera de la costa. El tr�nsito era mucho m�s r�pido y produc�a un sonido estruendoso. Las sucias playas con sus chozas medio derruidas, las torres de las f�bricas que parec�an prisiones,�

Charlie se esforz� en mantenerse despierta, en atenci�n a Joseph. Pero no pudo conseguirlo. Apoy� la cabeza en el hombro de Joseph, y durante cierto tiempo se hurt� a cuanto la rodeaba.

El hotel de Tesal�nica era un antiguo armatoste eduardiano, con c�pulas iluminadas, y cierto aire de pompa y circunstancia. La suite que ocuparon se encontraba en el �ltimo piso, y ten�a una alcoba para ni�os, un cuarto de ba�o ampl�simo, y muebles de los a�os veinte, con ara�azos, igual que en Inglaterra. Charlie encendi� las luces, pero Joseph le orden� que las apagara. Joseph hab�a ordenado que les subieran comida, pero ninguno de los dos la hab�a tocado. Hab�a una ventana mirador, y Joseph se encontraba en ella, dando la espalda a Charlie, dedicado a mirar la verde plaza, y los muelles iluminados por la luna, m�s all�. Charlie estaba sentada en la cama. Hasta el cuarto llegaba la popular m�sica callejera.

-�Bueno, Charlie�

En espera de que le dieran la explicaci�n que se merec�a, Charlie repuso, como un eco:

-�Bueno, Charlie�

-�Te has comprometido a librar mi guerra. Pero �qu� guerra? �Y c�mo se libra esta guerra? �D�nde? Te he hablado de la causa, te he hablado de acci�n. Tenemos fe, en consecuencia actuamos. Te he dicho que el terror es teatro, y que, a veces, es preciso coger al mundo por las orejas y ponerlo en pie, con el solo fin de que nos escuche.

Charlie se rebull� inquieta. Joseph prosigui�:

-�Reiteradamente, en mis cartas, en nuestras largas conversaciones, te he prometido llevarte al campo de acci�n. Pero lo he demorado. Hasta esta noche. Quiz� no conf�o en ti. 0 quiz� he llegado a amarte tanto que no quiero situarte en primera l�nea. T� no sabes a cu�l de las dos causas puede deberse, pero a veces te sientes ofendida por mis secretos, tal como tus cartas demuestran.

Charlie volvi� a pensar: �Las cartas, siempre las cartas.� Joseph dijo:

-�En t�rminos pr�cticos, �de qu� manera te conviertes en mi soldadito? Este es el tema de la conversaci�n de esta noche. Aqu�. En esta cama en la que est�s sentada. En la �ltima noche de nuestra luna de miel en Grecia. Quiz� en nuestra �ltima noche para siempre, ya que no puedes tener la seguridad de volver a verme.

Dio media vuelta para quedar frente a Charlie. Lo hizo despacio. Parec�a que Joseph hubiera puesto a su cuerpo los mismos cuidadosos frenos que pon�a a sus palabras. Observ�:

-�Lloras mucho. S�, imagino que esta noche lloras. Abrazada a m�. Dici�ndome que me amar�s eternamente. T� lloras, y mientras lloras te digo: �Ha llegado el momento.� Ma�ana tendr�s tu ocasi�n. Ma�ana por la ma�ana cumplir�s el juramento que hiciste por la pistola del gran El Jalil.

Despacio, casi majestuosamente, Joseph regres� a la ventana mirador y dijo:

-�Te ordeno, te pido, que lleves el Mercedes a Yugoslavia y que, siguiendo hacia el norte, llegues a Aastria. All�, otras personas se har�n cargo del autom�vil. Lo har�s t� sola. �De acuerdo? �Qu� dices?

En la superficie, Charlie nada sent�a, salvo ciertos deseos de comportarse con la misma aparente carencia de sentimientos con que se comportaba Joseph. No sent�a miedo, ni sensaci�n de peligro, ni sorpresa. Mediante un brusco acto de voluntad hab�a eliminado estos sentimientos. Es ahora -pens�-. Charlie, ahora te pones en funcionamiento. Todo consiste en conducir un autom�vil. �En marcha!� Charlie miraba fijamente a Joseph, firme la mand�bula, tal como sol�a mirar a la gente cuando ment�a. En un lev�simo tono de burla, Joseph dijo:

-�Bueno: �c�mo reaccionas ante la petici�n de Michel? -Le record�-: Ir�s sola. La distancia no es corta. Son unos mil doscientos kil�metros en territorio yugoslavo. No es poca cosa, por tratarse de una primera misi�n. �Qu� dices?

Charlie pregunt�:

-��De qu� se trata?

Charlie no pudo determinar si la actitud de Joseph fue deliberada al no comprender el sentido de su pregunta. Joseph dijo:

-�Dinero: Tu presentaci�n en el teatro de la realidad. Todo lo que Marty te prometi�.

Para Charlie, la mente de Joseph era algo tan cerrado como quiz� lo fuera para el propio Joseph, quien hab�a hablado en voz baja y como pidiendo excusas. Charlie dijo:

-�Yo quer�a decir, �qu� hay dentro del autom�vil?

Joseph observ� el habitual silencio previo a su contestaci�n, y, acto seguido, su voz habl� con autoridad:

-��Y qu� importa lo que haya en el autom�vil? Quiz� un mensaje militar. Papeles. �Imaginas que puedes saber todos los secretos de nuestro gran movimiento desde el primer d�a?

Hizo una pausa, pero Charlie no contest�. Joseph insisti�: -�Conducir�s el autom�vil o no? Esto es lo �nico importante. Charlie no quer�a la respuesta de Michel, sino que quer�a la de Joseph:

-��Y por qu� no conduce �l mismo?

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