La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Kurtz fingi� meditar. Su cejo parec�a decir: �y qu� podemos hacer para evitarlo? Sigui�:
-�Sin embargo, se nos ocurri� que ten�amos una alternativa, y que quiz� pudi�ramos estudiar con usted esta alternativa y saber cu�les son sus reacciones. Nos dijimos que tal vez el buen doctor Alexis nos har�a el favor de transmitir nuestra informaci�n a Colonia, en representaci�n de nosotros. De una forma privada. No oficial todav�a, si es que comprende lo que pretendo decir. Sobre la base de su propia iniciativa personal y de su sabia direcci�n. Si; esto es algo que nos hemos estado preguntando. Nos dijimos que acaso fuera conveniente ir a ver a Paul, y decirle: �Mire, Pauclass="underline" sabemos que usted es amigo de Israel. Tome esto y util�celo, saque provecho de ello. Considere que es un regalo que le hacemos, y mant�nganos al margen del asunto.� Nos preguntamos a santo de qu� �bamos a ayudar la promoci�n de un hombre que no nos gusta. �Por qu� no promover al hombre m�s adecuado? �Por qu� no tratar con amigos, lo cual siempre ha sido nuestro principio? �Promoverlos? �Recompensar su lealtad?
Alexis fingi� no comprender estas palabras. Se hab�a puesto un tanto rojo, y en su negativa hab�a una nota un tanto hist�rica:
-��Pero, Marty, tenga en cuenta que yo carezco de fuentes de informaci�n! �No intervengo en las operaciones, s�lo soy un bur�crata! �Acaso puedo coger el tel�fono y decir: �Colonia, aqu� Alexis; os aconsejo que vay�is inmediatamente a "Haus Sommer", deteng�is a la hija de Achmann, y os llev�is a todos sus amigos para interrogarlos�? �Es que soy un mago, un alquimista, que de las piedras saca informaciones tan maravillosas como esta? �Acaso en Jerusal�n piensan, de repente, que un coordinador se ha transformado en mago?
La manera en que Alexis se pon�a a s� mismo en rid�culo llego a ser pesada y cada vez m�s irreaclass="underline"
-��Es que tengo que exigir que detengan a todos los motoristas con barba y aspecto italiano? Se reir�an de m�.
Alexis se hab�a quedado sin argumentaciones, por lo que Kurtz le ayud� a salir del trance, lo cual era precisamente lo que Alexis quer�a, ya que se encontraba en el estado de �nimo propio del ni�o que critica a sus mayores con la sola finalidad de que sus mayores le abracen. Kurtz dijo:
-�Nadie pide detenciones, Paul. No, todav�a no. Por lo menos nosotros no las queremos. Nadie quiere que se desvele nada, por lo menos en Jerusal�n.
Con brusca sequedad, Alexis pregunt�:
-�Entonces, �qu� desean?
En tono amable, Kurtz repuso:
-�Justicia. -Pero la implacable sonrisa de Kurtz transmit�a otro mensaje. Dijo-: Justicia, un poco de paciencia, un poco de valent�a, mucha creatividad y mucha inventiva por parte de la persona que lleve el juego por nuestra cuenta. Quisiera hacerle una pregunta, Paul.
De repente, Kurtz acerc� mucho m�s su gran cabeza a Alexis, y puso su recia mano sobre el antebrazo de �ste. Dijo:
-�Suponga, Paul, suponga que un confidente extremadamente secreto, extremadamente an�nimo, al que yo imagino como un importante �rabe que est� aqu�, en Alemania, un �rabe del centro moderado, que ama a Alemania, que la admira y que posee informaci�n referente a ciertas operaciones terroristas que no merecen su aprobaci�n; supongamos adem�s que este �rabe haya visto al gran Alexis en la televisi�n, hace poco tiempo. Por ejemplo, supongamos que esta persona estuviera sentada en su habitaci�n de cualquier hotel, en Bonn o en Dusseldorf, y estando all� se le ocurri� poner en funcionamiento la televisi�n, s�lo para distraerse, y apareci� el gran doctor Alexis, abogado, polic�a� Pero, al mismo tiempo, el doctor Alexis era un hombre de buen humor, flexible, pragm�tico, y un humanista de los pies a la cabeza� En resumen: todo un hombre. �De acuerdo?
Alexis, con la mente medio sorda por el volumen de las palabras de Kurtz, dijo:
-�Supongamos.
Kurtz sigui�:
-�Y ese �rabe, Paul, ha hecho lo preciso para hablar con usted. No quiere hablar con nadie, salvo con usted. Confi� en usted desde el primer momento, se neg� a tener tratos con otros representantes alemanes, fuesen ministros o polic�as o miembros del servicio de informaci�n. Busc� su nombre en el list�n telef�nico y le llam� a su casa. O a su oficina. Como usted guste, ya que la historia es suya. Y se reuni� con usted aqu�, en este hotel. Esta noche. Y se bebi� un par de whiskies en su compa��a. Permiti� que fuese usted quien los pagara. Y mientras tomaban esas copas le revel� ciertos hechos: Si, los revel� al gran Alexis, y a nadie m�s estaba dispuesto a revelarlos. �Ve usted ciertas ventajas, en lo que le digo, para un hombre injustamente privado de la debida culminaci�n de su carrera?
M�s tarde, cuando Alexis volvi� a vivir esta escena, lo cual hizo en muchas ocasiones, y en estados de humor diferentes, tales como el de pasmo, orgullo y horror totalmente an�rquico, lleg� a considerar que el discurso que Kurtz pronunci� a continuaci�n no era m�s que una indirecta justificaci�n de lo que pretend�a. Kurtz dijo en tono de amarga queja:
-�En nuestros d�as, los terroristas son cada vez m�s eficaces. Misha Gavron me chilla inclinado sobre su escritorio: ��Ponga un agente, Schulmann!�, y yo le contesto: �S�, mi general.� Y a�ado: �Encontrar� un agente, le adiestrar�, le ense�ar� a no dejar pistas, a conseguir que le hagan caso en los lugares que sea preciso� S�, mi general, har� todo lo que usted quiera; ense�ar� al agente a infiltrarse en la oposici�n si es preciso. Ahora bien: este agente, una vez infiltrado, que ser� lo preciso, ser� invitado a demostrar su lealtad por el enemigo, le invitaran a que asesine a un guarda jurado de un banco o a un soldado norteamericano, o a que ponga una bomba en un restaurante, o a que entregue una maletita a alguien. Es decir, lo neutralizar�n. �Es esto lo que usted quiere que haga, mi general? �Quiere que ponga un agente y que espere sentado viendo c�mo el agente mata a los nuestros, por orden del enemigo?�
Una vez m�s, Kurtz dirigi� a Alexis la amarga sonrisa del hombre que, en cierto tiempo, estuvo a merced de irrazonables superiores. Kurtz dijo:
-�Las organizaciones terroristas no llevan personal auxiliar, Paul. Esto es lo que le dije a Gavron. Los terroristas no tienen secretarias, mecan�grafas, empleados encargados de cifrar y descifrar claves, no tienen ni una sola persona que no sea capaz, de una forma natural, de ser agentes en primera l�nea de fuego. Para conseguir la infiltraci�n en las organizaciones terroristas es preciso una operaci�n muy especial. Dije a Gavron: �Tal como ahora est�n las cosas, si usted quiere infiltrarse en una organizaci�n terrorista, lo primero que tiene que hacer es crear su propia organizaci�n terrorista.� �Usted cree que Gavron me escuch�, Paul?
Alexis ya no pod�a contener su fascinaci�n. Se inclin� hacia adelante, iluminados sus ojos por el peligroso encanto de la pregunta que le hab�a dirigido a Kurtz, y, en un susurro, le pregunt�:
-��Y ha hecho esto? �Aqu�, en Alemania?
Kurtz, como era frecuente en �l, no contest� directamente. Sus ojos eslavos parec�an mirar m�s all� de Alexis, parec�an mirar su pr�xima meta, a lo largo de su sinuosa y solitaria senda.
En el tono propio del que elige una remota opci�n entre las muchas que se ofrecen a una mente prol�fica, Kurtz dijo:
-�Supongo que yo le informar� de un accidente, Paul. Si, de un accidente que ha de ocurrir dentro de cuatro d�as, digamos.
El concierto del barman hab�a terminado, y, ahora, el hombre se dedicaba a cerrar ruidosamente el bar, a modo de preludio de su partida, camino de la cama. A propuesta de Kurtz, se trasladaron al vest�bulo del hotel, donde se sentaron el uno al lado del otro, juntas las cabezas, como pasajeros sentados en la cubierta de un buque barrida por el viento. Dos veces, durante la conversaci�n, Kurtz consult� su viejo reloj de acero, y se excus� presurosamente, para efectuar una llamada telef�nica. M�s tarde, cuando, llevado por pura y simple curiosidad, Alexis investig� estas llamadas telef�nicas, supo que Kurtz hab�a hablado con un hotel de Delfos, Grecia, durante doce minutos, y que hab�a pagado la llamada con dinero contante y sonante, y que tambi�n hab�a llamado a un n�mero de tel�fono de Jerusal�n, n�mero que no pudo ser identificado. Hacia las tres de la madrugada o m�s aparecieron varios obreros, con aspecto oriental, y con delgados monos de trabajo, empujando un aspirador verde, gigantesco, con aspecto de ca��n de la Krupp. Pero Kurtz y Alexis siguieron hablando, a pesar del ruido que los obreros armaban. En realidad, hac�a ya un buen rato que hab�a amanecido cuando los dos hombres salieron del hotel, y se estrecharon la mano, como quien sella un pacto. Pero Kurtz tuvo muy buen cuidado de no dar las gracias con excesiva generosidad a su nuevo recluta, debido a que el doctor Alexis, como muy sab�a Kurtz, era una persona que se retra�a cuando se le trataba con excesiva gratitud.