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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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A las cinco de la maana se lev el ancla. Pencroff tom un rizo en su vela mayor y puso la proa al este-nordeste para cinglar directamente hacia la isla Lincoln.

El primer da de la travesa no ocurri ningn incidente. El preso continu tranquilo en la cmara de proa y, como haba sido marino, pareca que las agitaciones del mar producan en l una especie de reaccin saludable. Recordaba alguna cosa de su antiguo oficio? En todo caso pareca tranquilo y admirado ms bien que abatido.

Al da siguiente, 16 de octubre, el viento refresc muchsimo, subiendo an ms al norte, y por consiguiente en una direccin menos favorable a la marcha del Buenaventura, que saltaba sobre las olas. Pencroff lleg a tener que aguantar todo lo posible y, aunque no deca nada, comenz a alarmarse por el estado del mar, que se rompa con estrpito y formando espuma sobre la proa de la embarcacin. Ciertamente, si el viento no cambiaba, tardaran en llegar a la isla Lincoln mucho ms tiempo del que haban empleado para ir a Tabor.

En efecto, el 18 por la maana haca cuarenta y ocho horas que el Buenaventura sali de la isla Tabor y nada indicaba que estuviese en las aguas de la isla. Era imposible, adems, calcular el camino recorrido, ni atenerse a la estimacin, porque la direccin y la celeridad haban sido muy irregulares.

Veinticuatro horas despus no haba todava ninguna tierra a la vista. El viento estaba de proa y la mar psima. Fue preciso manejar con rapidez las velas de la embarcacin, acometida grandemente por golpes de mar; hubo que tomar rizos y cambiar muchas veces las amarras corriendo pequeas bordadas. El 18 una ola barri la cubierta del Buenaventura y, si sus pasajeros no hubieran tomado antes la precaucin de atarse al puente, aquella ola los hubiera llevado.

En aquella ocasin Pencroff y sus compaeros, que estaban muy ocupados en desprenderse del oleaje, recibieron un auxilio inesperado del preso, el cual se lanz por la escotilla como dominado por su instinto de marino, rompi los tablones de la borda con un golpe vigoroso de relinga para dar ms pronta salida al agua que llenaba el puente y, una vez hecho esto y desembarazada la embarcacin, volvi a su cmara sin haber pronunciado una palabra.

Pencroff, Geden Spilett y Harbert, absolutamente estupefactos, le haban dejado moverse.

Sin embargo, la situacin era mala y el marino tena razn para creerse extraviado en aquel inmenso mar.

La noche del da 18 al 19 fue oscura y fra; sin embargo, hacia las once se calm, disminuy el oleaje y el Buenaventura, menos sacudido, adquiri mayor velocidad. Por lo dems, se haba portado maravillosamente en el mar.

Ni Pencroff, ni Geden Spilett, ni Harbert pensaron en dormir ni una hora siquiera. Velaban con cuidado, porque o la isla Lincoln no poda estar lejos, y deban verla al da siguiente al despuntar el da, o el Buenaventura, arrastrado por algunas corrientes, haba derivado a sotavento y era casi imposible rectificar su direccin.

Pencroff, lleno de zozobra, no desesperaba, sin embargo, porque tena un alma bien templada, y sentado al timn se esforzaba obstinadamente en penetrar las espesas tinieblas que lo rodeaban.

Hacia las dos de la maana se levant de repente y grit:

-Una hoguera, una hoguera!

En efecto, un vivo resplandor apareca a veinte millas hacia el nordeste.

All estaba la isla Lincoln, y aquel resplandor tan vivo, que sin duda era una hoguera encendida por Ciro Smith, les mostraba el rumbo que deban seguir. Pencroff, que se haba inclinado demasiado al norte, modific su direccin y puso la proa hacia aquel fuego que brillaba por encima del horizonte como una estrella de primera magnitud.

15. El "salvaje" se aclimata y parece recobrarla razn

Al da siguiente, 20 de octubre, a las siete de la maana, despus de cuatro das de viaje, el Buenaventura ancl en la playa, en la desembocadura del ro de la Merced.

Ciro Smith y Nab, alarmados por aquel mal tiempo y por la prolongada ausencia de sus compaeros, subieron al amanecer a la meseta de la Gran Vista, desde la cual, por fin, haban divisado la embarcacin.

-Bendito sea Dios, ah estn! -exclam Ciro Smith.

En cuanto a Nab, en su jbilo, se haba puesto a bailar y a dar vueltas, palmoteando y gritando: -Oh, amo mo!

Pantomima ms pattica que el mejor discurso.

La primera idea del ingeniero, al contar las personas que haba sobre el puente del

Buenaventura, fue que Pencroff no haba encontrado al nufrago de la isla Tabor o que aquel desgraciado se haba negado a dejar la isla y a cambiar su prisin por otra.

En efecto, Pencroff, Geden Spilett y Harbert venan solos en el Buenaventura en el momento en que la embarcacin lleg a la costa. El ingeniero y Nab la esperaban en la playa y, antes que los pasajeros hubiesen saltado a tierra, Ciro Smith les dijo:

-Hemos estado muy intranquilos por su tardanza, amigos mos. Les ha sucedido

algo?

-No -contest Geden Spilett-, al contrario, todo ha ido bien. Ya se lo contaremos.

-Sin embargo -repuso el ingeniero-, veo que no han encontrado nada, puesto que no viene nadie ms que ustedes tres.

-Perdone, seor Ciro -repuso el marino-, somos cuatro. -Encontraron al nufrago?

-S.

-Y le han trado?

-S.

Vivo? -S.

-Dnde est? Quin es?

-Es -contest el corresponsal-, o mejor dicho, era un hombre. Esto es, Ciro, todo lo que podemos decir.

El ingeniero fue puesto al corriente de lo que haba pasado durante el viaje, refirindole en qu condiciones se haban hecho las pesquisas, cmo estaba abandonada la nica vivienda del islote, y cmo, en fin, se haba hecho la captura del nufrago, que pareca no pertenecer ya a la especie humana.

-Hasta tal punto -aadi Pencroff-que no s si hemos hecho bien en traerlo.

-Han hecho bien, Pencroff! -respondi el ingeniero.

-Ese desgraciado ha perdido la razn!

-De acuerdo -dijo Ciro Smith-, pero hace pocos meses ese desdichado era un hombre como usted y como yo. Y quin sabe lo que llegara a ser el ltimo que sobreviviese de nosotros despus de una larga soledad en esta isla! Desgraciado el que est solo, amigos mos, porque el aislamiento destruye la razn; por eso han encontrado a este pobre ser en un estado semejante.

-Pero, seor Ciro -pregunt Harbert-, qu le induce a creer que el embrutecimiento de este infeliz no se remonta ms que a unos meses?

-En qu el documento que encontramos haba sido escrito recientemente -contest el ingeniero-y no lo ha podido escribir ms que el nufrago.

-A menos que haya sido redactado por algn compaero de este hombre, que haya muerto despus -observ Geden Spilett.

-Es imposible, querido Spilett,

-Por qu? -pregunt el corresponsal.

-Porque el documento hubiera hablado de dos nufragos y no habla ms que de uno -contest el ingeniero.

Harbert refiri en pocas palabras los incidentes de la travesa e insisti sobre el hecho curioso de una especie de resurreccin pasajera que se haba observado en el espritu del preso cuando por breves instantes haba pasado a ser marino en lo ms fuerte de la tormenta.

-Bien, Harbert -intervino el ingeniero-, tienes razn en dar grande importancia a ese hecho. Este infortunado no debe ser incurable y quiz la desesperacin le ha llevado al estado en que se halla. Aqu se encuentra entre semejantes y, puesto que todava tiene alma, nosotros salvaremos esa alma.

El nufrago de la isla Tabor, con gran compasin del ingeniero y admiracin de Nab, fue sacado de la cmara que ocupaba en la proa del Buenaventura y, una vez en tierra, manifest deseos de huir.

Pero Ciro Smith, acercndose, le puso la mano en el hombro con ademn lleno de autoridad y le mir con amabilidad infinita. Inmediatamente el desdichado, sufriendo una especie de dominacin instantnea, se calm, baj los ojos, abati la cabeza y no opuso resistencia.

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