La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
A las cinco de la ma�ana se lev� el ancla. Pencroff tom� un rizo en su vela mayor y puso la proa al este-nordeste para cinglar directamente hacia la isla Lincoln.
El primer d�a de la traves�a no ocurri� ning�n incidente. El preso continu� tranquilo en la c�mara de proa y, como hab�a sido marino, parec�a que las agitaciones del mar produc�an en �l una especie de reacci�n saludable. �Recordaba alguna cosa de su antiguo oficio? En todo caso parec�a tranquilo y admirado m�s bien que abatido.
Al d�a siguiente, 16 de octubre, el viento refresc� much�simo, subiendo a�n m�s al norte, y por consiguiente en una direcci�n menos favorable a la marcha del Buenaventura, que saltaba sobre las olas. Pencroff lleg� a tener que aguantar todo lo posible y, aunque no dec�a nada, comenz� a alarmarse por el estado del mar, que se romp�a con estr�pito y formando espuma sobre la proa de la embarcaci�n. Ciertamente, si el viento no cambiaba, tardar�an en llegar a la isla Lincoln mucho m�s tiempo del que hab�an empleado para ir a Tabor.
En efecto, el 18 por la ma�ana hac�a cuarenta y ocho horas que el Buenaventura sali� de la isla Tabor y nada indicaba que estuviese en las aguas de la isla. Era imposible, adem�s, calcular el camino recorrido, ni atenerse a la estimaci�n, porque la direcci�n y la celeridad hab�an sido muy irregulares.
Veinticuatro horas despu�s no hab�a todav�a ninguna tierra a la vista. El viento estaba de proa y la mar p�sima. Fue preciso manejar con rapidez las velas de la embarcaci�n, acometida grandemente por golpes de mar; hubo que tomar rizos y cambiar muchas veces las amarras corriendo peque�as bordadas. El 18 una ola barri� la cubierta del Buenaventura y, si sus pasajeros no hubieran tomado antes la precauci�n de atarse al puente, aquella ola los hubiera llevado.
En aquella ocasi�n Pencroff y sus compa�eros, que estaban muy ocupados en desprenderse del oleaje, recibieron un auxilio inesperado del preso, el cual se lanz� por la escotilla como dominado por su instinto de marino, rompi� los tablones de la borda con un golpe vigoroso de relinga para dar m�s pronta salida al agua que llenaba el puente y, una vez hecho esto y desembarazada la embarcaci�n, volvi� a su c�mara sin haber pronunciado una palabra.
Pencroff, Gede�n Spilett y Harbert, absolutamente estupefactos, le hab�an dejado moverse.
Sin embargo, la situaci�n era mala y el marino ten�a raz�n para creerse extraviado en aquel inmenso mar.
La noche del d�a 18 al 19 fue oscura y fr�a; sin embargo, hacia las once se calm�, disminuy� el oleaje y el Buenaventura, menos sacudido, adquiri� mayor velocidad. Por lo dem�s, se hab�a portado maravillosamente en el mar.
Ni Pencroff, ni Gede�n Spilett, ni Harbert pensaron en dormir ni una hora siquiera. Velaban con cuidado, porque o la isla Lincoln no pod�a estar lejos, y deb�an verla al d�a siguiente al despuntar el d�a, o el Buenaventura, arrastrado por algunas corrientes, hab�a derivado a sotavento y era casi imposible rectificar su direcci�n.
Pencroff, lleno de zozobra, no desesperaba, sin embargo, porque ten�a un alma bien templada, y sentado al tim�n se esforzaba obstinadamente en penetrar las espesas tinieblas que lo rodeaban.
Hacia las dos de la ma�ana se levant� de repente y grit�:
-��Una hoguera, una hoguera!
En efecto, un vivo resplandor aparec�a a veinte millas hacia el nordeste.
All� estaba la isla Lincoln, y aquel resplandor tan vivo, que sin duda era una hoguera encendida por Ciro Smith, les mostraba el rumbo que deb�an seguir. Pencroff, que se hab�a inclinado demasiado al norte, modific� su direcci�n y puso la proa hacia aquel fuego que brillaba por encima del horizonte como una estrella de primera magnitud.
15. El "salvaje" se aclimata y parece recobrarla raz�n
Al d�a siguiente, 20 de octubre, a las siete de la ma�ana, despu�s de cuatro d�as de viaje, el Buenaventura ancl� en la playa, en la desembocadura del r�o de la Merced.
Ciro Smith y Nab, alarmados por aquel mal tiempo y por la prolongada ausencia de sus compa�eros, subieron al amanecer a la meseta de la Gran Vista, desde la cual, por fin, hab�an divisado la embarcaci�n.
-��Bendito sea Dios, ah� est�n! -exclam� Ciro Smith.
En cuanto a Nab, en su j�bilo, se hab�a puesto a bailar y a dar vueltas, palmoteando y gritando: -�Oh, amo m�o!
Pantomima m�s pat�tica que el mejor discurso.
La primera idea del ingeniero, al contar las personas que hab�a sobre el puente del
Buenaventura, fue que Pencroff no hab�a encontrado al n�ufrago de la isla Tabor o que aquel desgraciado se hab�a negado a dejar la isla y a cambiar su prisi�n por otra.
En efecto, Pencroff, Gede�n Spilett y Harbert ven�an solos en el Buenaventura en el momento en que la embarcaci�n lleg� a la costa. El ingeniero y Nab la esperaban en la playa y, antes que los pasajeros hubiesen saltado a tierra, Ciro Smith les dijo:
-�Hemos estado muy intranquilos por su tardanza, amigos m�os. �Les ha sucedido
algo?
-�No -contest� Gede�n Spilett-, al contrario, todo ha ido bien. Ya se lo contaremos.
-�Sin embargo -repuso el ingeniero-, veo que no han encontrado nada, puesto que no viene nadie m�s que ustedes tres.
-�Perdone, se�or Ciro -repuso el marino-, somos cuatro. -�Encontraron al n�ufrago?
-�S�.
-��Y le han tra�do?
-�S�.
�Vivo? -S�.
-��D�nde est�? �Qui�n es?
-�Es -contest� el corresponsal-, o mejor dicho, era un hombre. Esto es, Ciro, todo lo que podemos decir.
El ingeniero fue puesto al corriente de lo que hab�a pasado durante el viaje, refiri�ndole en qu� condiciones se hab�an hecho las pesquisas, c�mo estaba abandonada la �nica vivienda del islote, y c�mo, en fin, se hab�a hecho la captura del n�ufrago, que parec�a no pertenecer ya a la especie humana.
-�Hasta tal punto -a�adi� Pencroff-que no s� si hemos hecho bien en traerlo.
-��Han hecho bien, Pencroff! -respondi� el ingeniero.
-��Ese desgraciado ha perdido la raz�n!
-�De acuerdo -dijo Ciro Smith-, pero hace pocos meses ese desdichado era un hombre como usted y como yo. �Y qui�n sabe lo que llegar�a a ser el �ltimo que sobreviviese de nosotros despu�s de una larga soledad en esta isla! Desgraciado el que est� solo, amigos m�os, porque el aislamiento destruye la raz�n; por eso han encontrado a este pobre ser en un estado semejante.
-�Pero, se�or Ciro -pregunt� Harbert-, �qu� le induce a creer que el embrutecimiento de este infeliz no se remonta m�s que a unos meses?
-�En qu� el documento que encontramos hab�a sido escrito recientemente -contest� el ingeniero-y no lo ha podido escribir m�s que el n�ufrago.
-�A menos que haya sido redactado por alg�n compa�ero de este hombre, que haya muerto despu�s -observ� Gede�n Spilett.
-�Es imposible, querido Spilett,
-��Por qu�? -pregunt� el corresponsal.
-�Porque el documento hubiera hablado de dos n�ufragos y no habla m�s que de uno -contest� el ingeniero.
Harbert refiri� en pocas palabras los incidentes de la traves�a e insisti� sobre el hecho curioso de una especie de resurrecci�n pasajera que se hab�a observado en el esp�ritu del preso cuando por breves instantes hab�a pasado a ser marino en lo m�s fuerte de la tormenta.
-�Bien, Harbert -intervino el ingeniero-, tienes raz�n en dar grande importancia a ese hecho. Este infortunado no debe ser incurable y quiz� la desesperaci�n le ha llevado al estado en que se halla. Aqu� se encuentra entre semejantes y, puesto que todav�a tiene alma, nosotros salvaremos esa alma.
El n�ufrago de la isla Tabor, con gran compasi�n del ingeniero y admiraci�n de Nab, fue sacado de la c�mara que ocupaba en la proa del Buenaventura y, una vez en tierra, manifest� deseos de huir.
Pero Ciro Smith, acerc�ndose, le puso la mano en el hombro con adem�n lleno de autoridad y le mir� con amabilidad infinita. Inmediatamente el desdichado, sufriendo una especie de dominaci�n instant�nea, se calm�, baj� los ojos, abati� la cabeza y no opuso resistencia.