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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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A las doce del d�a el Buenaventura toc� con su roda en una playa de arena. Se ech� el ancla, se amainaron las velas y la tripulaci�n salt� a tierra.

No hab�a duda de que aqu�lla era la isla Tabor, pues, seg�n los mapas m�s modernos, no exist�a ninguna otra isla en aquella parte del Pac�fico entre Nueva Zelanda y la costa americana.

La embarcaci�n fue amarrada s�lidamente para que el reflujo no pudiera llev�rsela, y despu�s Pencroff y sus dos compa�eros, bien armados, subieron por la orilla dirigi�ndose a una especie de cono de doscientos cincuenta a trescientos pies de altura, que se levantaba a una media milla de distancia.

-�Desde la cima de esa colina -dijo Gede�n Spilett-podremos hacernos, sin duda, una idea exacta del islote, lo cual facilitar� nuestra investigaci�n.

-�Lo mismo -respondi� Harbert-que el se�or Ciro hizo en la isla Lincoln, subiendo al monte Franklin.

-�Exacto -contest� el corresponsal-, y es la mejor manera de proceder.

Hablando as�, los exploradores se adelantaban siguiendo el extremo de una pradera que terminaba al pie del mismo cerro. Bandadas de palomas silvestres y golondrinas de mar, semejantes a las de la isla Lincoln, hu�an. En el bosque, que limitaba la pradera a la izquierda, oyeron ruido en la maleza, y entrevieron el movimiento de las altas hierbas, que indicaba la fuga de varios animales, pero nada anunciaba que el islote estuviera habitado.

Al llegar al pie del cono, Pencroff, Harbert y Gede�n Spilett empezaron la ascensi�n, recorriendo con la vista todos los puntos del horizonte.

Llegaron por fin a la cima; estaban en un islote que no med�a m�s de seis millas en contorno, y cuyo per�metro, poco abundante en cabos o promontorios, poco festoneado de ensenadas o de puertos, presentaba la forma de un �valo prolongado. Todo alrededor del mar, absolutamente desierto, se extend�a hasta los l�mites del cielo. �No hab�a ni tierra ni vela a la vista!

Aquel islote, lleno de bosque en toda su superficie, no ofrec�a la diversidad de aspectos que la isla Lincoln, que era �rida y agreste en una parte y f�rtil y rica en otra. La isla Tabor era una masa uniforme de verdor, dominada por dos o tres colinas poco elevadas. Un arroyo, cuyo curso era oblicuo al �valo del islote, atravesaba una ancha

pradera y desembocaba en el mar por la costa occidental, formando una estrecha desembocadura.

-�Esta propiedad es bastante reducida -dijo Harbert. -S� -contest� Pencroff-, ser�a peque�a para nosotros.

-�Y adem�s -a�adi� el periodista-, parece inhabitada.

-�En efecto -repuso Harbert-, nada revela aqu� la presencia del hombre.

-�Bajemos -dijo Pencroff-y busquemos.

El marino y sus dos compa�eros volvieron a la orilla al sitio donde hab�an dejado al Buenaventura. Hab�an decidido dar a pie la vuelta al islote antes de aventurarse por el interior, de manera que ninguno de sus puntos escapase a sus investigaciones.

La playa era f�cil de seguir y s�lo en algunos sitios estaba cortada por gruesas rocas, a las cuales se pod�a dar la vuelta f�cilmente. Los exploradores descendieron hacia el sur haciendo huir numerosas bandadas de aves acu�ticas y grupos de focas que se arrojaban al mar al verlos de lejos.

-�Estos animales -observ� el corresponsal-no es la primera vez que ven hombres. Los temen, luego los conocen.

Una hora despu�s de su partida los tres hab�an llegado a la punta sur del islote, terminada por un cabo agudo, y sub�an hacia el norte siguiendo la costa occidental, igualmente formada de arena y rocas, con espesos bosques en segundo t�rmino.

En ninguna parte hab�a se�al de habitaci�n, ni huella de pies humanos en toda aquella parte del islote, que al cabo de cuatro horas de marcha qued� enteramente recorrida.

Era muy extra�o lo que suced�a, y deb�a creerse que la isla Tabor no estaba o no hab�a estado nunca habitada. Quiz� el documento ten�a muchos meses o acaso muchos a�os de fecha; era posible que el n�ufrago hubiera sido salvado o que hubiera muerto.

Pencroff, Gede�n Spilett y Harbert, formando hip�tesis m�s o menos plausibles, comieron r�pidamente a bordo del Buenaventura para poder continuar su excursi�n hasta la noche.

En efecto, a las cinco de la tarde penetraron en el bosque.

Muchos animales escaparon al verlos, y principalmente, casi pod�a decirse �nicamente, cabras y cerdos, que, seg�n se ve�a, pertenec�an a las especies europeas. Sin duda algunos balleneros los hab�an desembarcado en la isla, donde se hab�an multiplicado r�pidamente. Harbert prometi� apoderarse de una o dos parejas vivas para llevarlas a la isla Lincoln. No dudaba que en una �poca hab�an llegado hombres a visitar aquel islote. Esto pareci� m�s evidente todav�a cuando a trav�s del bosque vieron algunos senderos trazados, troncos de �rboles cortados por el hacha, y en todas partes se�al de trabajo humano; pero aquellos �rboles estaban podridos y hab�an sido derribados muchos a�os antes; los cortes hechos por el hacha estaban cubiertos de musgo, y las hierbas crec�an altas y espesas en los senderos, que era dif�cil reconocer.

-�Pero -observ� Gede�n Spilett-esto prueba no s�lo que han desembarcado en este islote, sino que le han habitado durante cierto tiempo. Ahora bien, �qui�nes eran esos hombres?, �cu�ntos? y �cu�ntos quedan?

-�El documento -dijo Harbert-no habla m�s que de un solo n�ufrago.

-�Pues bien, si est� todav�a en la isla -a�adi� Pencroff-, es indispensable que lo encontremos.

Continu� la exploraci�n. El marino y sus compa�eros siguieron el camino que cortaba en l�nea diagonal el islote y llegaron a costear el arroyo que se dirig�a hasta el mar.

Si los animales de origen europeo y si algunos trabajos debidos a la mano del hombre demostraban incontestablemente que hab�a estado alg�n tiempo habitada la isla, no lo probaban menos algunas muestras del reino vegetal. En ciertos sitios, en los claros del

bosque, era visible que se hab�a plantado la tierra con legumbres en una �poca probablemente bastante remota.

Fue grande la alegr�a de Harbert al reconocer varias plantas de patatas, de achicorias, de acederas, de zanahorias, de coles y nabos, plantas de las cuales bastaba recoger la simiente para enriquecer el suelo de la isla Lincoln.

-�Bueno, bueno -dijo Pencroff-. Esto vendr� perfectamente a Nab y tambi�n a nosotros. Si no encontramos al n�ufrago, al menos nuestro viaje no habr� sido in�til y Dios nos habr� recompensado.

-�Sin duda -repuso Gede�n Spilett-, pero, a juzgar por el estado en que se encuentran estas plantaciones, parece que hace mucho tiempo que estuvo habitado este islote.

-�En efecto -repuso Harbert-. Un habitante no habr�a descuidado tan importante cultivo.

-�S� -dijo Pencroff-, ese n�ufrago march� de aqu� Es de suponer� -�Habr� que admitir que el documento es antiguo? -Evidentemente. -�Y que aquella botella lleg� a la isla Lincoln despu�s de haber flotado durante alg�n tiempo en el mar?

-��Por qu� no? -dijo Pencroff-. La noche se nos echa encima -a�adi�-y creo que debemos suspender nuestras pesquisas.

-�Volvamos a bordo y ma�ana comenzaremos de nuevo -dijo el corresponsal.

Era lo m�s prudente, y el consejo iba a ser seguido, cuando Harbert, mostrando a sus compa�eros una casa escondida entre los �rboles, exclam�:

-��Una vivienda!

Inmediatamente los tres se dirigieron a la vivienda indicada y a la luz del crep�sculo pudieron ver que estaba construida de tablas cubiertas con una espesa tela embreada.

Pencroff empuj� la puerta, que estaba medio abierta, y entr� con paso r�pido�

La vivienda estaba vac�a.

14. Exploran Tabor y encuentran "un hombre salvaje"

Pencroff, Harbert y Gede�n Spilett se quedaron silenciosos en aquella oscuridad.

Pencroff ech� yescas y encendi� un mont�n de hojas secas. Aquella claridad alumbr� durante un instante una peque�a vivienda, que parec�a absolutamente abandonada. En el fondo hab�a una chimenea tosca con cenizas fr�as y un brazado de le�a seca. Pencroff arroj� en ella las hierbas inflamadas, la le�a ardi� y se produjo un vivo resplandor.

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