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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-�1866.

-��Doce a�os, doce a�os! -exclam�. En seguida se retir�.

Harbert refiri� a los colonos las preguntas del desconocido y las respuestas que hab�a dado.

-�Este infeliz -observ� Gede�n Spilett-hab�a perdido la cuenta de los meses y de los a�os.

-�S� -a�adi� Harbert-, hace doce a�os que estaba en el islote, cuando lo encontramos.

-��Doce a�os! -exclam� Ciro Smith-. �Doce a�os de aislamiento, despu�s de una existencia maldita, quiz�, pueden muy bien alterar la raz�n de un hombre!

-�Me inclino a creer -dijo Pencroff-que este hombre no ha llegado a la isla Tabor como n�ufrago, sino que, a consecuencia de alg�n crimen, le han abandonado all�.

-�Quiz� tiene raz�n, Pencroff -dijo el corresponsal-; y si su conjetura es verdadera, es posible que los que le han dejado en la isla vuelvan a buscarlo alg�n d�a.

-�Pero no lo encontrar�n -dijo Harbert.

-�Entonces -replic� Pencroff-, ser�a necesario que volvi�ramos�

-�Amigos -dijo Ciro Smith-, no trataremos de esta cuesti�n antes de saber a qu� atenemos. Creo que ese desgraciado ha sufrido mucho, que ha expiado duramente sus faltas, cualesquiera que sean, y que le ahoga la necesidad de tener una expansi�n con nosotros. No le excitemos a que nos cuente su historia; �l nos la dir� y, cuando la hayamos sabido, veremos el partido que convendr� tomar. Por otra parte, s�lo �l puede decimos si ha conservado m�s que la esperanza, si tiene la certeza de volver un d�a a su patria, pero lo dudo.

-��Porqu�? -pregunt� el periodista.

-�Porque en el caso de que hubiera estado seguro de su libertad en un tiempo determinado, habr�a esperado la llegada de ese plazo y no habr�a arrojado ese documento al mar. No, es probable que estuviese condenado a morir en aquel islote sin ver jam�s de nuevo a sus semejantes.

-�Pero hay una cosa que no me puedo explicar -observ� el marino.

-��Cu�l?

-�Si hace doce a�os que ese hombre fue abandonado en la isla Tabor, puede suponerse que, cuando le hemos encontrado, hac�a tambi�n mucho tiempo que se hallaba en estado salvaje.

-�Es probable -respondi� Ciro Smith.

-�Por consiguiente, har�a muchos a�os que habr�a escrito ese documento. -Sin duda� y no obstante el documento parec�a escrito recientemente.

-�Por otra parte, �c�mo admitir que la botella que lo conten�a haya tardado tantos a�os en venir desde la isla Tabor a la Lincoln?

-�Eso no es absolutamente imposible -contest� el periodista-. �No pod�a hallarse hace mucho tiempo en las aguas de la isla?

-�No -contest� Pencroff-, porque flotaba todav�a. No puede suponerse que despu�s de haber permanecido mucho tiempo en la playa, hubiera podido ser recogida por el mar, porque en la costa del sur todas son rocas e indudablemente se hubiera roto.

-�En efecto -dijo Ciro Smith, qued�ndose luego pensativo.

-�Adem�s -a�adi� el marino-, si el documento hubiera tenido muchos a�os de fecha y de estar metido en la botella, lo habr�amos encontrado averiado por la humedad; pero no era as� y se hallaba en perfecto estado de conservaci�n.

La observaci�n del marino era just�sima: hab�a un hecho incomprensible, porque el documento parec�a escrito recientemente, cuando los colonos lo encontraron en la botella. Adem�s, daba la situaci�n de la isla Tabor en latitud y longitud con exactitud completa, lo cual implicaba en su autor conocimientos bastante perfectos en hidrograf�a, que un simple marino no pod�a tener.

-�Hay aqu� sin duda hechos inexplicables -dijo el ingeniero-, pero no obliguemos a nuestro compa�ero a que hable. Cuando quiera hacerlo, estaremos dispuestos a o�rlo.

En los d�as que siguieron, el desconocido no pronunci� una sola palabra, ni sali� una sola vez del recinto de la meseta. Labraba la tierra sin perder un instante, sin tomar un segundo de descanso, pero siempre separado de los dem�s. A las horas de las comidas no sub�a al Palacio de granito, aunque muchas veces le hab�an invitado, y se contentaba con comer legumbres crudas. Cuando llegaba la noche, no entraba en el cuarto que le hab�an se�alado, sino que permanec�a en la meseta bajo alg�n �rbol o, cuando el tiempo estaba malo, en el hueco de alguna roca. As� viv�a, como en el tiempo en que no ten�a m�s abrigo que los bosques de la isla Tabor, y habiendo sido vana toda insistencia para inducirlo a modificar su vida, los colonos esperaron pacientemente. Pero llegaba el momento en que imperiosamente, y como movido por la conciencia, se iban a escapar de sus labios terribles revelaciones.

El 10 de noviembre, hacia las once de la noche, en el momento en que empezaba a oscurecer, el desconocido se present� entre los colonos, que estaban reunidos en el comedor. Sus ojos brillaban con fulgor extra�o y toda su persona hab�a recobrado el aspecto feroz de los malos d�as.

Ciro Smith y sus compa�eros se quedaron estupefactos al ver que sus dientes chocaban como con el fr�o de una terciana, bajo el imperio de una terrible emoci�n. �Qu� tendr�a el desconocido? �Le era insoportable la vista de sus semejantes? �Le cansaba aquella existencia entre gente honrada? �Estaba pose�do de la nostalgia del embrutecimiento? As� debieron pensar los colonos, cuando le oyeron expresarse con frases incoherentes:

-��Por qu� estoy aqu�?� �Con qu� derecho me han arrancado de mi islote?� �Acaso puede haber un v�nculo entre ustedes y yo?� �Saben qui�n soy yo�, lo que he hecho�, por qu� estaba all� solo?� �Y qui�n les ha dicho que no me abandonaron�, que no estaba condenado a morir en aquella isla?� �Conocen mi vida pasada?� �Saben si he robado, si he asesinado�, si soy un miserable�, un ser maldito�, bueno s�lo para vivir como una fiera�, lejos de todos?� D�ganme�, �lo saben?

Los colonos escucharon sin interrumpir al desgraciado, al cual se le escapaba aquella semiconfesi�n. Ciro Smith quiso entonces calmarlo acerc�ndose a �l, pero el desconocido retrocedi� exclamando:

-��No, no! Una palabra nada m�s� �Soy libre? -Es libre -contest� el ingeniero.

-��Adi�s, pues! -exclam�, y huy� como un gamo.

Nab, Pencroff y Harbert corrieron inmediatamente hacia la entrada del bosque�, pero volvieron solos.

-�Hay que dejarle hacer lo que quiera -dijo Ciro Smith. -Ya no volver� -repuso Pencroff.

-�Volver� -dijo el ingeniero.

Desde entonces pasaron muchos d�as, pero Ciro Smith, como si tuviese una especie de presentimiento, persisti� invariablemente en la idea de que el desgraciado volver�a tarde o temprano.

-�Esa es la �ltima rebeli�n de su ruda naturaleza -dijo-. El remordimiento le ha tocado y un nuevo aislamiento le espantar�a.

Entretanto, continuaron los trabajos tanto en la meseta de la Gran Vista como en la dehesa, donde Ciro Smith ten�a la intenci�n de edificar una alquer�a. Huelga decir que las simientes recogidas por Harbert en la isla Tabor fueron sembradas con gran cuidado en la tierra preparada al efecto. La meseta form� entonces una inmensa huerta bien distribuida, bien conservada y que no dejaba ociosos los brazos de los colonos. Siempre hab�a algo que hacer. A medida que las legumbres se hab�an multiplicado, hab�a sido necesario ensanchar los cuadros, que tend�an a hacerse verdaderos campos, y reemplazar las praderas. Pero el forraje abundaba en las dem�s partes de la isla y los onagros no deb�an temer que les faltase alimento. M�s val�a, por otra parte, transformar en huerta la meseta de la Gran Vista, defendida por su profundo cintur�n de r�os, y sacar fuera los prados que no ten�an necesidad de ser protegidos contra las depredaciones de los cuadr�manos y de los cuadr�pedos.

El 15 de noviembre se hizo la tercera cosecha. El campo de trigo se hab�a aumentado extraordinariamente en superficie desde que se hab�a sembrado el primer grano hac�a dieciocho meses. La segunda cosecha, de seiscientos mil granos, produjo esa vez m�s de quinientos millones de granos. La colonia era rica en trigo, porque bastaba sembrar algunos celemines para asegurar la cosecha anual y poder alimentar hombres y bestias.

Se hizo la recolecci�n y se dedic� la �ltima quincena del mes de noviembre a las tareas de panificaci�n.

En efecto, se ten�a grano, pero no harina, y hab�a que instalar un molino. Ciro Smith hubiera podido utilizar la segunda cascada que ca�a sobre el r�o de la Merced para establecer su motor, pues la primera estaba ocupada en mover los mazos del bat�n; pero despu�s de una madura discusi�n se decidi� que se estableciera un sencillo molino de viento en las alturas de la Gran Vista. La construcci�n de este molino no ofrec�a m�s dificultades que la del otro, y por otra parte era seguro que no faltar�a el viento en aquella meseta expuesta a las brisas del mar.

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