La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Aquella noche determinaron los detalles de la nueva expedici�n. Pareci� conveniente que Pencroff y Harbert, que conoc�an la maniobra de la embarcaci�n, fuesen los �nicos que emprendieran el viaje. Saliendo de la isla a la ma�ana siguiente, 11 de octubre, podr�an llegar el 13 a Tabor, porque con el viento que reinaba no se necesitaban m�s que cuarenta y ocho horas para aquella traves�a de ciento cincuenta millas. Contando con que estuvieran un d�a en la isla y con tres o cuatro para volver, pod�a calcularse que el 17 estar�an de regreso en la isla Lincoln. El tiempo era bueno, el bar�metro sub�a sin sacudidas, el viento parec�a fijo, y todas las probabilidades estaban en favor de aquella honrada gente a la cual un deber de humanidad.impulsaba lejos de su isla.
Se acord� que Ciro Smith, Nab y Gede�n Spilett se quedar�an en el Palacio de granito, pero hubo una reclamaci�n, y Gede�n Spilett, que no olvidaba su oficio de corresponsal del "New York Herald", declar� que ir�a a nado antes que perder ocasi�n semejante, por lo cual hubo que ceder a que formara parte de la expedici�n.
Emplearon la noche en trasladar a bordo del Buenaventura algunos objetos de cama, utensilios, armas, municiones, una br�jula, v�veres para ocho d�as, y, hecho el cargamento, volvieron los colonos al Palacio de granito.
Al d�a siguiente, a las cinco de la ma�ana, se despidieron emocionados por una y otra parte, y Pencroff, largando velas, se dirigi� hacia el cabo de la Garra, que deb�a doblar para tomar directamente despu�s el rumbo sudoeste.
El Buenaventura estaba ya a un cuarto de milla de la costa, cuando sus pasajeros vieron en la altura del Palacio de granito dos hombres que les hac�an se�as de despedida. Eran Ciro Smith y Nab.
-��Nuestros amigos! -exclam� Gede�n Spilett-. Es nuestra primera separaci�n desde hace quince meses.
Pencroff, el periodista y Harbert respondieron a aquellas �ltimas se�ales, y en breve el Palacio de granito desapareci� a la vista detr�s de las rocas del cabo.
En las primeras horas del d�a el Buenaventura permaneci� constantemente a la vista de la costa meridional de la isla Lincoln, que en breve apareci� bajo la forma de una canastilla verde, de la cual sobresal�a el monte Franklin. Las alturas, aminoradas por la distancia, le daban un aspecto poco a prop�sito para atraer a los buques a sus ensenadas.
A la una de la tarde los navegantes pasaron m�s all� del promontorio del Reptil, pero ya a diez millas en el mar. Desde aquella distancia no era posible distinguir nada de la costa occidental, que se extend�a hasta las estribaciones del monte Franklin, y tres horas despu�s todo lo que pertenec�a a la isla Lincoln hab�a desaparecido del horizonte.
El Buenaventura marchaba perfectamente. Se elevaba con facilidad sobre las olas y corr�a con rapidez. Pencroff hab�a aparejado su vela de flecha y, con viento en popa, marchaba siguiendo una direcci�n rectil�nea, seg�n marcaba la br�jula.
De cuando en cuando Harbert le relevaba en el tim�n, y la mano del joven era tan segura que el marino no ten�a que reconvenirlo por una sola gui�ada.
Gede�n Spilett hablaba con uno y otro y, si era el caso, ayudaba a la maniobra. El capit�n Pencroff estaba absolutamente satisfecho de su tripulaci�n y hablaba de gratificarla nada menos que con un cuartillo de vino por brigada.
Por la noche, la luna, que no deb�a entrar hasta el 16 en su primer cuarto, se dibuj� en el crep�sculo para extinguirse en breve; la noche fue oscura, pero muy estrellada, anunciando un hermoso d�a.
Pencroff, por prudencia, amain� la vela de flecha, no queriendo exponerse a ser sorprendido por alg�n exceso de brisa con la tela en el tope del m�stil. Era quiz� demasiada precauci�n para una noche tranquila, pero Pencroff era un marino prudente y nadie hubiera podido en esta ocasi�n censurarlo.
El periodista durmi� una parte de la noche, mientras Pencroff y Harbert se relevaban de dos en dos horas al tim�n. El marino se fiaba del muchacho como de s� mismo, y su confianza estaba justificada por la inteligencia y serenidad del joven. Pencroff le daba el rumbo como un comandante a su timonel, y Harbert no dejaba el Buenaventura desviarse ni una l�nea.
La noche pas� bien y el d�a 12 de octubre transcurri� bajo las mismas condiciones. Se mantuvo la direcci�n sudoeste durante todo el d�a; y si el Buenaventura no sufr�a el empuje de alguna corriente desconocida, deb�a arribar sin desviarse a la isla Tabor.
En cuanto al mar recorrido por la embarcaci�n, estaba absolutamente desierto. A veces una grande ave, albatros o rabihorcado, pasaba a tiro de fusil, y Gede�n Spilett se preguntaba interiormente si ser�a una de aquellas aves la que hab�a llevado al "New York Herald" la cr�nica que le hab�a confiado. Aquellas aves eran los �nicos seres que al parecer frecuentaban la parte del oc�ano comprendido entre la isla Tabor y la Lincoln.
-�Sin embargo -observ� Harbert-, estamos en la �poca en que los balleneros se dirigen ordinariamente hacia la parte meridional del Pac�fico. No creo que haya un mar m�s desierto que �ste.
-�No lo est� tanto -contest� Pencroff.
-��Por qu� lo dice? -pregunt� el corresponsal.
-��No somos nadie nosotros? �Es que considera usted nuestro barco un pecio y nuestras personas monos?
Y Pencroff se ech� a re�r celebrando su propio chiste.
Por la tarde, seg�n la estimaci�n, se pod�a pensar que el Buenaventura hab�a recorrido una distancia de ciento veinte millas desde su salida de la isla Lincoln, es decir, desde treinta y seis horas antes, lo que daba una celeridad de tres millas y un tercio por hora. La brisa era d�bil y mostraba tendencia a calmarse; sin embargo, se pod�a esperar que al d�a siguiente, al amanecer, si la estimaci�n era justa y la direcci�n buena, estar�a el buque a la vista de la isla Tabor.
Por consiguiente, ni Gede�n Spilett, ni Harbert, ni Pencroff durmieron aquella noche, que fue la del 12 al 13 de octubre. Esperando la luz del d�a no pod�an dominar su emoci�n. �Era tan incierta la empresa que hab�an acometido! �Estaban cerca de la isla Tabor? �Se hallaba �sta habitada todav�a por el n�ufrago a cuyo socorro iban? �Qui�n era aquel hombre? Su presencia, �no introducir�a ninguna perturbaci�n en la peque�a colonia, tan unida hasta entonces? �Consentir�a adem�s de cambiar su prisi�n por otra? Todas estas preguntas, que sin duda iban a ser contestadas a la ma�ana siguiente, los ten�an despiertos y, al amanecer los primeros albores del d�a, fijaron sucesivamente sus miradas en todos los puntos del oeste del horizonte.
-��Tierra! -grit� Pencroff, hacia las seis de la ma�ana.
Y como no cab�a que Pencroff se enga�ara, era evidente que la tierra estaba all�. Grande fue, por consiguiente, la alegr�a de la peque�a tripulaci�n del Buenaventura, al
considerar que antes de pocas horas se encontrar�an sobre la costa de la isla.
La isla Tabor, especie de costa baja que apenas sobresal�a de las aguas, no distaba m�s que quince millas. La proa del Buenaventura, que estaba un poco hacia el sur de la isla, fue puesta sobre ella, y a medida que el sol sub�a en el oriente se iba destacando alguna eminencia.
-�Es un islote mucho menos importante que la isla Lincoln -observ� Harbert-, y tambi�n probablemente como ella debido a alguna emersi�n submarina.
A las once de la ma�ana el Buenaventura no estaba m�s que a dos millas, y Pencroff, buscando un paraje para tomar tierra, marchaba con prudencia por aquellas aguas desconocidas.
Se ve�a entonces todo el conjunto del islote, sobre el cual se destacaban grupos de �rboles de goma muy verdes, y otros mayores de la misma naturaleza que los que crec�an en la isla Lincoln.
Pero, �cosa extra�a!, ni la menor humareda que indicase que el islote estaba habitado; ni aparec�a se�al alguna sobre ning�n punto del litoral.
Y, sin embargo, el documento era expl�cito: hab�a un n�ufrago, y este n�ufrago esperaba la llegada de socorro.
El Buenaventura se aventur� entre los pasos caprichosos que los arrecifes dejaban entre s� y cuyas sinuosidades observaba Pencroff con la mayor atenci�n. Harbert iba al tim�n, y Pencroff, apostado hacia adelante, examinaba las aguas preparado para amainar la vela, cuya driza ten�a en la mano. Gede�n Spilett, con el anteojo, recorr�a toda la playa sin ver nada que le llamase la atenci�n.