La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
El ingeniero le observaba, espiaba los movimientos de su alma, si as� puede decirse, y esperaba, dispuesto a apoderarse de ella.
Los colonos segu�an con sincera emoci�n todas las fases de aquella curaci�n emprendida por Ciro Smith y le ayudaban en la obra humanitaria, habiendo llegado todos, a excepci�n del incr�dulo Pencroff, a participar de la esperanza y de la fe del ingeniero.
La calma del desconocido era profunda y mostraba cierta adhesi�n al ingeniero, a cuya influencia se somet�a visiblemente. Ciro Smith resolvi� hacer con �l una prueba, traslad�ndolo a otra parte y poni�ndolo en presencia de aquel oc�ano que sus ojos ten�an la costumbre de contemplar en otro tiempo, y a la orilla de los bosques, que deb�an recordarle aqu�llos donde hab�a pasado tantos a�os de su vida.
-�Pero -dijo Gede�n Spilett-�podemos esperar que puesto en libertad no se escapar�? -Esa es la prueba que vamos a hacer -repuso el ingeniero.
-�Bueno -dijo Pencroff-, cuando tenga este mozo espacio ante s� y se vea libre, echar� a correr..
-�No lo creo -repuso Ciro Smith. -Probemos -dijo Gede�n Spilett. -Probemos -repiti� el ingeniero.
Era el 20 de octubre; por consiguiente, hac�a nueve d�as que el n�ufrago de la isla Tabor se hallaba en el Palacio de granito. Hac�a calor y un hermoso sol enviaba sus rayos sobre la isla.
Ciro Smith y Pencroff fueron al cuarto que ocupaba el desconocido, a quien hallaron tendido junto a la ventana y mirando al cielo. -Venga, amigo m�o -le dijo el ingeniero.
El desconocido se levant� inmediatamente; fij� sus ojos en Ciro Smith y le sigui�, mientras el marino marchaba detr�s de �l, poco confiado en los resultados del experimento.
Al llegar a la puerta, Ciro Smith y Pencroff le hicieron montar en el ascensor, mientras Nab, Harbert y Gede�n Spilett esperaban al pie del Palacio de granito. Baj� la banasta y en pocos instantes todos estuvieron en la playa.
Los colonos se alejaron un poco del desconocido dej�ndole cierta libertad.
Este dio algunos pasos adelant�ndose hacia el mar y sus miradas brillaron, pero no hizo ninguna tentativa para escaparse. Miraba las olas que se romp�an en el islote y despu�s ven�an a morir sobre la arena.
-�Aqu� no se ve m�s que el mar -observ� Gede�n Spilett-y no le inspira el deseo de huir.
-�Es verdad -a�adi� Ciro Smith-, vamos a la meseta, a la entrada del bosque. El experimento ser� concluyente.
-�Adem�s, no podr� escaparse -observ� Nab-, puesto que est�n levantados los puentes. -�Oh! -dijo Pencroff-, no es un hombre a quien puede servir de obst�culo un arroyo como el de la Glicerina; pronto lo atravesar�, si quiere, de un solo salto.
-�Ya veremos -contest� Ciro Smith, que no apartaba la vista de su enfermo.
Conducido hacia la desembocadura del r�o de la Merced y subiendo todos a la orilla izquierda, llegaron a la meseta de la Gran Vista.
Al llegar al sitio donde se cruzaban los primeros �rboles del bosque, cuyo follaje se agitaba blandamente al impulso de la brisa, el desconocido pareci� aspirar con delicia aquel perfume penetrante que impregnaba la atm�sfera y un largo suspiro se escap� de su pecho.
Los colonos estaban detr�s de �l dispuestos a sujetarlo, si hac�a un movimiento para huir.
Y en efecto, el pobre hombre estuvo a punto de lanzarse al arroyo que le separaba del bosque, y sus piernas se aflojaron en un instante como un resorte�, pero casi al mismo tiempo se repleg� sobre s� mismo, se contuvo y una l�grima corri� por sus mejillas.
-��Ah! -exclam� Ciro Smith-, has vuelto a ser hombre, puesto que lloras.
16. Los remordimientos del "salvaje", a quien dejan libre
S�, el desdichado hab�a llorado. Alg�n recuerdo hab�a atravesado su esp�ritu y, seg�n la expresi�n de Ciro Smith, hab�a vuelto a ser hombre por medio de las l�grimas.
Los colonos le dejaron en la meseta un rato y se alejaron un poco para que pudiese llorar libremente, pero no pens� aprovecharse de aquella libertad para huir, y Ciro Smith lo llev� otra vez al Palacio de granito.
Dos d�as despu�s de esta escena, el desconocido pareci� inclinarse poco a poco a participar de la vida com�n. Era evidente que o�a, que comprend�a, pero tambi�n que se obstinaba en no hablar a los colonos, porque una tarde, Pencroff, escuchando a la puerta de su cuarto, oy� que se escapaban estas palabras de sus labios: -�No! �Aqu� yo! �Jam�s!
El marino refiri� estas palabras a sus compa�eros.
-�Aqu� hay un doloroso misterio -dijo Ciro Smith.
El desconocido hab�a comenzado a utilizar los instrumentos de
labranza y trabajaba en la huerta.
Cuando se deten�a en su tarea, lo cual suced�a con frecuencia, permanec�a como concentrado en s� mismo; y a instancias del ingeniero, los colonos respetaban el aislamiento que parec�a querer conservar. Si uno de ellos se le acercaba, retroced�a; se escapaban de su pecho sollozos continuos, como si hubiera querido romper a llorar.
�Eran remordimientos? Pod�a creerse as�, y Gede�n Spilett no pudo menos un d�a de hacer esta observaci�n:
-�Si no habla, sin duda tendr� cosas demasiado graves que decir. Hab�a que tener paciencia y esperar.
Algunos d�as despu�s, el 3 de noviembre, el desconocido, que trabajaba en la meseta, se detuvo, dej� caer el azad�n y otra vez corrieron l�grimas por sus
mejillas.
Una
especie
de
compasi�n irresistible condujo
al
ingeniero hacia
�l
y,
toc�ndole
el
brazo
ligeramente, dijo:
-��Amigo m�o!
El desconocido trat� de evitar las miradas de Ciro y, al quererle dar la mano, retrocedi�.
-�Amigo m�o -dijo Ciro Smith, con voz m�s firme-, m�reme, lo quiero. El desconocido mir� al ingeniero y pareci� hallarse bajo su influencia como un magnetizado bajo el poder de su magnetizador. Quiso huir, pero entonces se produjo en su fisonom�a una especie de transformaci�n. Sus miradas lanzaron rel�mpagos, acudieron palabras a sus labios; no pod�a contenerse� Cruz� los brazos y con voz sorda pregunt�:
-��Qui�nes son ustedes?
-�N�ufragos como usted -contest� el ingeniero, con profunda emoci�n-. Le hemos tra�do aqu� entre sus semejantes. -�Mis semejantes!� No los tengo. -Est� entre amigos.
-��Amigos! �Yo, amigos! -exclam� el desconocido, ocultando la cabeza entre las manos�-, �No, jam�s�, jam�s�! �D�jeme�, d�jeme!
En seguida huy� hacia el lado de la meseta que dominaba el mar y all� permaneci� largo tiempo inm�vil.
Ciro Smith se reuni� con sus compa�eros y les cont� lo que acaba de suceder.
-�S� -dijo Gede�n Spilett-, hay un misterio en la vida de este hombre, ha vuelto a entrar en la humanidad por el camino de los remordimientos.
-�No s� qu� clase de hombre hemos tra�do aqu� -dijo el marino-. Tiene secretos�
-�Que respetaremos -interrumpi� Ciro Smith-. Si ha cometido alguna falta, bastante cruelmente la ha expiado, y a nuestros ojos est� absuelto.
Durante dos horas el desconocido permaneci� solo en la playa bajo la influencia de los recuerdos que se le presentaban de su pasado, pasado funesto sin duda, y los colonos, sin perderlo de vista, no trataron de turbar su soledad.
Sin embargo, al cabo de dos horas pareci� haber tomado una resoluci�n y fue a buscar a Ciro Smith. Ten�a los ojos enrojecidos por el llanto, pero ya no lloraba. Toda su fisonom�a ten�a el sello de una humildad profunda. Parec�a t�mido, avergonzado, humillado y su mirada fija en el suelo.
-��Se�or! -dijo a Ciro Smith-, �son ingleses?
-�No -contest� el ingeniero-, somos norteamericanos.
-��Ah! -dijo el desconocido, y despu�s murmur� estas palabras-: Lo prefiero.
-��Y usted, amigo? -pregunt� el ingeniero.
-�Ingl�s -contest� precipitadamente.
Y como si le hubiera pesado decir aquellas palabras, se fue a la playa, recorri�ndola desde la casa hasta la desembocadura del r�o de la Merced, en un estado de agitaci�n.
Luego, habiendo pasado cerca de Harbert, se detuvo y con voz ahogada le pregunt�:
-��En qu� mes estamos? -Noviembre -contest� el muchacho. -�Qu� a�o?