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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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El ingeniero le observaba, espiaba los movimientos de su alma, si as puede decirse, y esperaba, dispuesto a apoderarse de ella.

Los colonos seguan con sincera emocin todas las fases de aquella curacin emprendida por Ciro Smith y le ayudaban en la obra humanitaria, habiendo llegado todos, a excepcin del incrdulo Pencroff, a participar de la esperanza y de la fe del ingeniero.

La calma del desconocido era profunda y mostraba cierta adhesin al ingeniero, a cuya influencia se someta visiblemente. Ciro Smith resolvi hacer con l una prueba, trasladndolo a otra parte y ponindolo en presencia de aquel ocano que sus ojos tenan la costumbre de contemplar en otro tiempo, y a la orilla de los bosques, que deban recordarle aqullos donde haba pasado tantos aos de su vida.

-Pero -dijo Geden Spilett-podemos esperar que puesto en libertad no se escapar? -Esa es la prueba que vamos a hacer -repuso el ingeniero.

-Bueno -dijo Pencroff-, cuando tenga este mozo espacio ante s y se vea libre, echar a correr..

-No lo creo -repuso Ciro Smith. -Probemos -dijo Geden Spilett. -Probemos -repiti el ingeniero.

Era el 20 de octubre; por consiguiente, haca nueve das que el nufrago de la isla Tabor se hallaba en el Palacio de granito. Haca calor y un hermoso sol enviaba sus rayos sobre la isla.

Ciro Smith y Pencroff fueron al cuarto que ocupaba el desconocido, a quien hallaron tendido junto a la ventana y mirando al cielo. -Venga, amigo mo -le dijo el ingeniero.

El desconocido se levant inmediatamente; fij sus ojos en Ciro Smith y le sigui, mientras el marino marchaba detrs de l, poco confiado en los resultados del experimento.

Al llegar a la puerta, Ciro Smith y Pencroff le hicieron montar en el ascensor, mientras Nab, Harbert y Geden Spilett esperaban al pie del Palacio de granito. Baj la banasta y en pocos instantes todos estuvieron en la playa.

Los colonos se alejaron un poco del desconocido dejndole cierta libertad.

Este dio algunos pasos adelantndose hacia el mar y sus miradas brillaron, pero no hizo ninguna tentativa para escaparse. Miraba las olas que se rompan en el islote y despus venan a morir sobre la arena.

-Aqu no se ve ms que el mar -observ Geden Spilett-y no le inspira el deseo de huir.

-Es verdad -aadi Ciro Smith-, vamos a la meseta, a la entrada del bosque. El experimento ser concluyente.

-Adems, no podr escaparse -observ Nab-, puesto que estn levantados los puentes. -Oh! -dijo Pencroff-, no es un hombre a quien puede servir de obstculo un arroyo como el de la Glicerina; pronto lo atravesar, si quiere, de un solo salto.

-Ya veremos -contest Ciro Smith, que no apartaba la vista de su enfermo.

Conducido hacia la desembocadura del ro de la Merced y subiendo todos a la orilla izquierda, llegaron a la meseta de la Gran Vista.

Al llegar al sitio donde se cruzaban los primeros rboles del bosque, cuyo follaje se agitaba blandamente al impulso de la brisa, el desconocido pareci aspirar con delicia aquel perfume penetrante que impregnaba la atmsfera y un largo suspiro se escap de su pecho.

Los colonos estaban detrs de l dispuestos a sujetarlo, si haca un movimiento para huir.

Y en efecto, el pobre hombre estuvo a punto de lanzarse al arroyo que le separaba del bosque, y sus piernas se aflojaron en un instante como un resorte, pero casi al mismo tiempo se repleg sobre s mismo, se contuvo y una lgrima corri por sus mejillas.

-Ah! -exclam Ciro Smith-, has vuelto a ser hombre, puesto que lloras.

16. Los remordimientos del "salvaje", a quien dejan libre

S, el desdichado haba llorado. Algn recuerdo haba atravesado su espritu y, segn la expresin de Ciro Smith, haba vuelto a ser hombre por medio de las lgrimas.

Los colonos le dejaron en la meseta un rato y se alejaron un poco para que pudiese llorar libremente, pero no pens aprovecharse de aquella libertad para huir, y Ciro Smith lo llev otra vez al Palacio de granito.

Dos das despus de esta escena, el desconocido pareci inclinarse poco a poco a participar de la vida comn. Era evidente que oa, que comprenda, pero tambin que se obstinaba en no hablar a los colonos, porque una tarde, Pencroff, escuchando a la puerta de su cuarto, oy que se escapaban estas palabras de sus labios: -No! Aqu yo! Jams!

El marino refiri estas palabras a sus compaeros.

-Aqu hay un doloroso misterio -dijo Ciro Smith.

El desconocido haba comenzado a utilizar los instrumentos de

labranza y trabajaba en la huerta.

Cuando se detena en su tarea, lo cual suceda con frecuencia, permaneca como concentrado en s mismo; y a instancias del ingeniero, los colonos respetaban el aislamiento que pareca querer conservar. Si uno de ellos se le acercaba, retroceda; se escapaban de su pecho sollozos continuos, como si hubiera querido romper a llorar.

Eran remordimientos? Poda creerse as, y Geden Spilett no pudo menos un da de hacer esta observacin:

-Si no habla, sin duda tendr cosas demasiado graves que decir. Haba que tener paciencia y esperar.

Algunos das despus, el 3 de noviembre, el desconocido, que trabajaba en la meseta, se detuvo, dej caer el azadn y otra vez corrieron lgrimas por sus

mejillas.

Una

especie

de

compasin irresistible condujo

al

ingeniero hacia

l

y,

tocndole

el

brazo

ligeramente, dijo:

-Amigo mo!

El desconocido trat de evitar las miradas de Ciro y, al quererle dar la mano, retrocedi.

-Amigo mo -dijo Ciro Smith, con voz ms firme-, mreme, lo quiero. El desconocido mir al ingeniero y pareci hallarse bajo su influencia como un magnetizado bajo el poder de su magnetizador. Quiso huir, pero entonces se produjo en su fisonoma una especie de transformacin. Sus miradas lanzaron relmpagos, acudieron palabras a sus labios; no poda contenerse Cruz los brazos y con voz sorda pregunt:

-Quines son ustedes?

-Nufragos como usted -contest el ingeniero, con profunda emocin-. Le hemos trado aqu entre sus semejantes. -Mis semejantes! No los tengo. -Est entre amigos.

-Amigos! Yo, amigos! -exclam el desconocido, ocultando la cabeza entre las manos-, No, jams, jams! Djeme, djeme!

En seguida huy hacia el lado de la meseta que dominaba el mar y all permaneci largo tiempo inmvil.

Ciro Smith se reuni con sus compaeros y les cont lo que acaba de suceder.

-S -dijo Geden Spilett-, hay un misterio en la vida de este hombre, ha vuelto a entrar en la humanidad por el camino de los remordimientos.

-No s qu clase de hombre hemos trado aqu -dijo el marino-. Tiene secretos

-Que respetaremos -interrumpi Ciro Smith-. Si ha cometido alguna falta, bastante cruelmente la ha expiado, y a nuestros ojos est absuelto.

Durante dos horas el desconocido permaneci solo en la playa bajo la influencia de los recuerdos que se le presentaban de su pasado, pasado funesto sin duda, y los colonos, sin perderlo de vista, no trataron de turbar su soledad.

Sin embargo, al cabo de dos horas pareci haber tomado una resolucin y fue a buscar a Ciro Smith. Tena los ojos enrojecidos por el llanto, pero ya no lloraba. Toda su fisonoma tena el sello de una humildad profunda. Pareca tmido, avergonzado, humillado y su mirada fija en el suelo.

-Seor! -dijo a Ciro Smith-, son ingleses?

-No -contest el ingeniero-, somos norteamericanos.

-Ah! -dijo el desconocido, y despus murmur estas palabras-: Lo prefiero.

-Y usted, amigo? -pregunt el ingeniero.

-Ingls -contest precipitadamente.

Y como si le hubiera pesado decir aquellas palabras, se fue a la playa, recorrindola desde la casa hasta la desembocadura del ro de la Merced, en un estado de agitacin.

Luego, habiendo pasado cerca de Harbert, se detuvo y con voz ahogada le pregunt:

-En qu mes estamos? -Noviembre -contest el muchacho. -Qu ao?

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