La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
El marino y sus dos compaeros vieron entonces una cama en desorden, cuyas ropas hmedas y amarillentas probaban que no servan haca largo tiempo; en un rincn de la chimenea haba dos calderos cubiertos de orn, y una marmita boca abajo. Junto a la puerta haba un armario con algunos vestidos de marino, deteriorados por la humedad; en una mesa, un cubierto de estao y una Biblia, tambin enmohecida, y en un rincn algunos instrumentos: una pala, un azadn, un pico, dos escopetas de caza, una rota; en una tabla, formando estante, un barril de plvora intacto, otro de plomo y varias cajas de pistones; todo cubierto de una espesa capa de polvo, que quiz se haba acumulado durante largos aos.
-No hay nadie! -dijo el corresponsal. -Nadie! -exclam Pencroff.
-Hace tiempo que esta casa no est habitada -observ Harbert. -S, mucho tiempo-aadi el periodista.
-Seor Spilett -dijo Pencroff-, en vez de volver a bordo, creo que ser mejor pasar la noche en esta habitacin.
-Tiene razn, Pencroff -dijo Geden Spilett-; y si vuelve su propietario, no creo que pueda quejarse de que le hayamos ocupado el sitio.
-No volver -dijo el marino volviendo la cabeza.
-Cree usted que ha abandonado la isla? -pregunt el periodista.
-Si hubiera abandonado la isla, se habra llevado las armas y los instrumentos. Sabe la estimacin de estos objetos, que son los ltimos restos del naufragio. No, no -repiti el marino con acento de conviccin-, no ha dejado la isla. Si se hubiera salvado en una canoa hecha por l, todava con menos razn poda haber abandonado estos objetos de primera necesidad. No, sostengo que est en la isla.
-Vivo? -pregunt Harbert.
-Vivo o muerto; pero, si est muerto, supongo que no se habr enterrado a s mismo -dijo Pencroff-, y encontraremos al menos sus restos.
Se acord pasar la noche en la vivienda abandonada, la cual podra caldearse suficientemente por medio de la provisin de lea que se hallaba en un rincn. Cerrada la puerta, Pencroff, Harbert y Geden Spilett, sentados en un banco, hablaban poco, pero pensaban mucho. Hallbanse en esa disposicin de espritu en que hay motivo para suponerlo todo, como para esperarlo todo, y escuchaban todos los rumores que podan llegar del exterior. Si la puerta se hubiese abierto de repente y se hubiera presentado un hombre a su vista, no les habra sorprendido el espectculo a pesar de los indicios de abandono que vean en la vivienda, y estaban preparados para estrechar las manos de aquel hombre, las de aquel nufrago, las de aquel amigo desconocido a quien esperaban.
Pero no se oy ningn ruido, la puerta no se abri y as transcurrieron las horas.
Qu larga pareci la noche al marino y a sus dos compaeros! Slo Harbert haba dormido dos horas, porque a su edad el sueo es una necesidad. Los tres estaban impacientes por continuar su exploracin de la vspera y registrar el islote hasta en sus rincones ms secretos. Las consecuencias deducidas por Pencroff eran absolutamente justas y, puesto que la casa estaba abandonada y los tiles y las armas y municiones se encontraban en ella todava, era casi cierto que su husped haba sucumbido. Convena buscar sus restos y darles sepultura cristiana.
Amaneci. Pencroff y sus dos compaeros procedieron inmediatamente al examen de la vivienda.
Estaba edificada en una posicin escogida con mucho acierto, a espaldas de una pequea colina, abrigada por cinco o seis magnficos rboles; el hacha de los constructores haba arreglado una ancha glorieta, que permita a las miradas extenderse hasta el mar. Un pequeo prado rodeado de una empalizada medio arruinada conduca a la playa, a la izquierda de la cual se hallaba la desembocadura del arroyo.
La construccin era de tablas y poda verse fcilmente que procedan del casco o del puente de un buque. Era probable que hubiera sido arrojado a la costa un buque desamparado, y que por lo menos un hombre de la tripulacin se haba salvado, construyndose aquella morada con los restos del buque y con los tiles que haba tenido a su disposicin.
Se vio ms evidente todava cuando Geden Spilett, despus de haber dado vuelta a toda la habitacin, not en una tabla, probablemente una de las que formaban el piso del buque nufrago, estas letras medio borradas: BRTANA
-Britannia! -exclam Pencroff, que acudi a la voz del corresponsal-. Es un nombre comn a muchos buques y no podra decir si ste era ingls o norteamericano. -Poco importa, Pencroff.
-Poco importa -aadi el marino-, y el que ha sobrevivido a la tripulacin, si vive todava, ser salvado por nosotros cualquiera que sea el pas a que pertenezca. Pero antes de continuar nuestra exploracin volvamos al Buenaventura.
Se haba apoderado de Pencroff cierta inquietud respecto de su embarcacin. Si el islote estuviera habitado y algn habitante se hubiera apoderado de ella! Pero despus se encogi de hombros comprendiendo que era una suposicin inverosmil. De todos modos, no desagradaba al marino almorzar a bordo. El camino, trazado ya, no era largo, apenas una milla. Se pusieron en marcha, registrando con la mirada los bosques y las espesuras, a travs de los cuales vean centenares de cabras y cerdos.
Veinte minutos despus de haber salido de la casa, Pencroff y sus compaeros volvan a ver la costa oriental de la isla y el Buenaventura, cuya ancla morda profundamente la arena.
Pencroff no pudo contener un suspiro de satisfaccin. Al fin y al cabo aquel buque era su hijo, y los padres tienen derecho a inquietarse con frecuencia ms de lo justo. Subieron a bordo y almorzaron de forma que no tuvieran necesidad de comer hasta bien tarde; y, terminado el almuerzo, continuaron la expedicin suspendida con cuidado minucioso.
Era probable que el nico habitante del islote hubiese sucumbido. Pencroff y sus compaeros buscaban ms bien un muerto que un vivo, pero sus investigaciones fueron vanas. Durante la mitad del da registraron intilmente los bosques que cubran el islote. Haba que suponer que, si el nufrago haba muerto, no quedaba ningn vestigio de su cadver y que, sin duda, alguna fiera haba devorado hasta el ltimo hueso.
-Maana, al amanecer, nos haremos a la vela -dijo Pencroff a sus dos compaeros, que hacia las dos de la tarde se haban tendido a la sombra de un grupo de pinos para descansar unos instantes.
-Creo -aadi Harbert-que sin ningn escrpulo podemos llevarnos los utensilios que han pertenecido al nufrago.
-Yo tambin lo creo -dijo Geden Spilett-, y esas armas y utensilios completarn el material del Palacio de granito. Si no me engao, la reserva de plvora y de plomo es importante.
-S -repuso Pencroff-, pero no nos olvidemos de cazar dos parejas de esos cerdos, que no hay en la isla Lincoln.
-Ni tampoco debemos olvidar una coleccin de simientes -aadi Harbert-, que nos darn todas las legumbres del antiguo y nuevo continente.
-Entonces -dijo el periodista-, quiz sera conveniente que permanecisemos un da ms en la isla Tabor para recoger todo lo que pudiera sernos til.
-No, seor Spilett -dijo Pencroff-; me atrevo a suplicar a usted que marchemos maana mismo, al romper el alba. El viento me parece que muestra tendencia a saltar al oeste, y as, despus de haber tenido buen viento para venir, lo tendremos tambin para regresar.
-Pues no perdamos tiempo -dijo Harbert, levantndose.
-No perdamos tiempo -repiti Pencroff-. T, Harbert, recogers las simientes, que conoces mejor que nosotros, mientras el seor Spilett y yo cazaremos los cerdos, a pesar de no estar aqu Top. Espero que lograremos capturar alguno.
Harbert sali por el sendero que deba conducirle hacia la parte cultivada del islote, mientras el marino y el corresponsal entraban directamente en el bosque.
Vieron huir delante de ellos muchos ejemplares de la raza porcina, animales singularmente giles, que parecan dispuestos a no dejarse cazar; sin embargo, despus de media hora de persecucin, los cazadores haban logrado apoderarse de una pareja, que se haban metido en un matorral espeso, cuando a pocos centenares de pasos hacia el norte resonaron gritos mezclados de horribles rugidos, que nada tenan de humanos. Pencroff y Geden Spilett se levantaron y los cerdos aprovecharon aquel movimiento para huir, cuando ya el marino preparaba las cuerdas para atarlos.