La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-Pobre abandonado! -murmur el ingeniero.
Ciro Smith le observaba atentamente. A juzgar por la apariencia, aquel miserable no tena nada de humano y, sin embargo, Ciro Smith, lo mismo que Geden Spilett, sorprendi en su mirada un vislumbre de inteligencia.
Se decidi que el abandonado, o mejor dicho, el desconocido, porque as lo designaron despus sus nuevos compaeros, habitase en un cuarto del Palacio de granito, de donde no podran escaparse. Se dej conducir sin dificultad y poda esperarse que, bien cuidado, se lograra hacer de l un compaero ms de los colonos de la isla Lincoln.
Ciro Smith, durante el almuerzo que Nab haba preparado, pues el corresponsal, Harbert y Pencroff tenan apetito, se hizo contar todos los pormenores e incidentes que
haban sealado el viaje de exploracin al islote. Estuvo de acuerdo con sus amigos sobre la conjetura que el desconocido deba ser ingls o norteamericano, pues as lo haca suponer el nombre de Britannia; por otra parte, a travs de aquella barba inculta y de la maleza enmaraada que le serva de cabellera, el ingeniero haba credo distinguir los rasgos caractersticos del anglosajn.
-Pero, hasta ahora -dijo Geden Spilett, dirigindose a Harbert-, no nos has dicho cmo encontraste a este salvaje, y no sabemos ms que te habra estrangulado, si por casualidad no hubiramos podido llegar a tiempo de socorrerte.
-A fe ma -contest Harbert-, que no s realmente lo que pas. Creo que estaba distrado recogiendo unas plantas, cuando o el ruido de algo que caa de un rbol muy alto. Apenas tuve tiempo de volverme, y este desdichado, que estaba sin duda escondido en un rbol, se precipit sobre m en menos tiempo del que he tardado en decirlo, y sin ustedes, seor Spilett y Pencroff
-Hijo mo! -dijo Ciro Smith-, has corrido un verdadero peligro; pero, de lo contrario, este pobre hombre se habra ocultado y no tendramos un compaero ms.
-Espera usted, Ciro, conseguir hacer de l un hombre? -pregunt el periodista.
-S -contest el ingeniero.
Terminado el almuerzo, Ciro Smith y sus compaeros salieron del Palacio de granito y volvieron a la playa. Descargaron el Buenaventura, y el ingeniero, habiendo examinado las armas y dems objetos, no vio nada que pudiera inducirle a establecer la identidad del desconocido.
La captura de los cerdos, hecha en el islote, fue considerada como beneficiosa para la isla Lincoln. Aquellos animales fueron conducidos a los establos, donde deban aclimatarse fcilmente.
Tambin fueron bien recibidos los paquetes de pistones y los dos toneles de plvora y plomo, convinindose en establecer un polvorn, ya en el Palacio de granito, ya en la caverna superior, donde no haba ninguna explosin que temer. Sin embargo, deba continuarse el empleo del piroxilo, porque esta sustancia daba excelentes resultados y no haba ninguna razn para reemplazarla con la plvora ordinaria.
Terminada la descarga de la embarcacin, dijo Pencroff:
-Seor Ciro, creo que sera conveniente poner nuestro Buenaventura en lugar seguro.
-No est bien en la desembocadura del ro de la Merced? -pregunt Ciro Smith.
-No, seor Ciro -repuso el marino-; la mitad del tiempo tiene que estar encallado en la arena y eso le perjudica. Es una excelente embarcacin y se ha portado admirablemente durante la borrasca que nos asalt con tanta violencia al regreso.
-No podramos tenerla a flote en el ro mismo?
-Sin duda, seor Ciro, que podramos; pero esta desembocadura no presenta ningn abrigo y con los vientos del este creo que el Buenaventura sufrira mucho con el viento del mar.
-Y dnde querra ponerlo, Pencroff?
-En el puerto del Globo -contest el marino-. Esa pequea ensenada protegida por las rocas me parece el mejor puerto. -No cree que est un poco lejos?
-Bah! Est slo a tres millas del Palacio de granito y podemos ir all por un camino bien recto.
-Haga lo que le parezca Pencroff, y lleve su Buenaventura a ese puerto -contest el ingeniero-; sin embargo, yo preferira que nuestra vigilancia pudiera ser ms inmediata. Cuando tengamos ocasin, ser preciso que le proporcionemos un puertecito.
-Magnfico! -exclam Pencroff-. Un puerto con faro, un muelle y una drsena para carenar. Con usted, seor Ciro, todo es fcil.
-S, valiente Pencroff -repuso el ingeniero-; pero con la condicin de que me ayude, porque usted hace las tres cuartas partes de las obras que aqu ejecutamos.
Harbert y el marino se reembarcaron en el Buenaventura, levaron ancla, izaron la vela y el viento de mar les condujo rpidamente al cabo de la Garra. Dos horas despus el barco descansaba en las aguas tranquilas del puerto del Globo.
Durante los primeros das que el desconocido pas en el Palacio de granito, haba dado muestras de que su naturaleza se hubiera modificado? Brillaba ya en el fondo de aquel espritu oscurecido un resplandor ms intenso? El alma, en fin, volvera a ocupar aquel cuerpo? S y hasta tal punto, que Ciro Smith y el corresponsal se preguntaron si poda ser cierto que la razn del infortunado le hubiera abandonado.
Al principio, habituado al aire libre y a la libertad sin lmites de que gozaba en la isla Tabor, haba manifestado cierto furor sordo y dado lugar a que se temiera que se tirara por una ventana del Palacio de granito; pero poco a poco se calm y se le pudo dejar la libertad de movimientos.
Haba, pues, mucho que esperar. Olvidando sus instintos de carnvoro, aceptaba un alimento menos bestial que el empleado en el islote, y la carne cocida no le causaba la repugnancia que haba manifestado a bordo del Buenaventura.
Ciro Smith se haba aprovechado de un momento en que dorma para cortarle la cabellera y la barba incultas, que formaban como una especie de melena y le daban un aspecto tan salvaje.
Tambin le haba vestido convenientemente, despus de haberle quitado el pedazo de tela que le cubra. Gracias a estos cuidados, el desconocido recobr el rostro humano y hasta pareci que sus miradas eran ms suaves y menos feroces. Cuando la inteligencia lo iluminara en otro tiempo, el rostro de aquel hombre no debi carecer de belleza.
Cada da Ciro Smith pasaba algunas horas en su compaa. Se pona a trabajar a su lado y se ocupaba en diversas cosas, de manera que fijara su atencin. Poda bastar un relmpago para encender el fuego de aquella alma, un recuerdo que atravesara su cerebro para establecer en l la razn. Esto se haba visto durante la tempestad a bordo del Buenaventura.
El ingeniero hablaba siempre en voz alta, de manera que sus ideas penetrasen a la vez por los rganos del odo y de la vista hasta el fondo de aquella inteligencia entenebrecida. Un compaero, algunas veces todos, se unan a l en esta tarea. Hablaban con frecuencia de cosas que tenan relacin con el mar y que deban interesar ms a un marino. De cuando en cuando el desconocido prestaba una vaga atencin y los colonos llegaron en breve a persuadirse de que, al menos en parte, les entenda. Otras veces la expresin de su rostro era profundamente dolorosa, prueba de que sufra interiormente, porque su fisonoma no hubiera podido engaarlos hasta tal punto, pero no hablaba, aunque en diversas ocasiones pudo creerse que iba a escaparse alguna palabra de sus labios. El pobre hombre estaba tranquilo y triste, pero era tan slo aparente su tranquilidad? Su tristeza, era la consecuencia tan slo de su secuestro? No poda afirmarse nada. No viendo ms que ciertos objetos y en un campo limitado, en contacto con los colonos, a los cuales deba habituarse, no teniendo ningn deseo que satisfacer; mejor alimentado, mejor vestido, no era extrao que su naturaleza se modificase poco a poco. Pero se haba penetrado de una vida nueva, o bien, para emplear una palabra que poda aplicrsele justamente, no haba hecho ms que domesticarse como un animal respecto de su amo? Esta era una importante cuestin que Ciro Smith deseaba resolver lo ms pronto posible. Sin embargo, no quera precipitar la curacin de su enfermo, porque para l el desconocido era un enfermo. Llegara a entrar en convalecencia?