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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-��Pobre abandonado! -murmur� el ingeniero.

Ciro Smith le observaba atentamente. A juzgar por la apariencia, aquel miserable no ten�a nada de humano y, sin embargo, Ciro Smith, lo mismo que Gede�n Spilett, sorprendi� en su mirada un vislumbre de inteligencia.

Se decidi� que el abandonado, o mejor dicho, el desconocido, porque as� lo designaron despu�s sus nuevos compa�eros, habitase en un cuarto del Palacio de granito, de donde no podr�an escaparse. Se dej� conducir sin dificultad y pod�a esperarse que, bien cuidado, se lograr�a hacer de �l un compa�ero m�s de los colonos de la isla Lincoln.

Ciro Smith, durante el almuerzo que Nab hab�a preparado, pues el corresponsal, Harbert y Pencroff ten�an apetito, se hizo contar todos los pormenores e incidentes que

hab�an se�alado el viaje de exploraci�n al islote. Estuvo de acuerdo con sus amigos sobre la conjetura que el desconocido deb�a ser ingl�s o norteamericano, pues as� lo hac�a suponer el nombre de Britannia; por otra parte, a trav�s de aquella barba inculta y de la maleza enmara�ada que le serv�a de cabellera, el ingeniero hab�a cre�do distinguir los rasgos caracter�sticos del anglosaj�n.

-�Pero, hasta ahora -dijo Gede�n Spilett, dirigi�ndose a Harbert-, no nos has dicho c�mo encontraste a este salvaje, y no sabemos m�s que te habr�a estrangulado, si por casualidad no hubi�ramos podido llegar a tiempo de socorrerte.

-�A fe m�a -contest� Harbert-, que no s� realmente lo que pas�. Creo que estaba distra�do recogiendo unas plantas, cuando o� el ruido de algo que ca�a de un �rbol muy alto. Apenas tuve tiempo de volverme, y este desdichado, que estaba sin duda escondido en un �rbol, se precipit� sobre m� en menos tiempo del que he tardado en decirlo, y sin ustedes, se�or Spilett y Pencroff�

-��Hijo m�o! -dijo Ciro Smith-, has corrido un verdadero peligro; pero, de lo contrario, este pobre hombre se habr�a ocultado y no tendr�amos un compa�ero m�s.

-��Espera usted, Ciro, conseguir hacer de �l un hombre? -pregunt� el periodista.

-�S� -contest� el ingeniero.

Terminado el almuerzo, Ciro Smith y sus compa�eros salieron del Palacio de granito y volvieron a la playa. Descargaron el Buenaventura, y el ingeniero, habiendo examinado las armas y dem�s objetos, no vio nada que pudiera inducirle a establecer la identidad del desconocido.

La captura de los cerdos, hecha en el islote, fue considerada como beneficiosa para la isla Lincoln. Aquellos animales fueron conducidos a los establos, donde deb�an aclimatarse f�cilmente.

Tambi�n fueron bien recibidos los paquetes de pistones y los dos toneles de p�lvora y plomo, convini�ndose en establecer un polvor�n, ya en el Palacio de granito, ya en la caverna superior, donde no hab�a ninguna explosi�n que temer. Sin embargo, deb�a continuarse el empleo del piroxilo, porque esta sustancia daba excelentes resultados y no hab�a ninguna raz�n para reemplazarla con la p�lvora ordinaria.

Terminada la descarga de la embarcaci�n, dijo Pencroff:

-�Se�or Ciro, creo que ser�a conveniente poner nuestro Buenaventura en lugar seguro.

-��No est� bien en la desembocadura del r�o de la Merced? -pregunt� Ciro Smith.

-�No, se�or Ciro -repuso el marino-; la mitad del tiempo tiene que estar encallado en la arena y eso le perjudica. Es una excelente embarcaci�n y se ha portado admirablemente durante la borrasca que nos asalt� con tanta violencia al regreso.

-��No podr�amos tenerla a flote en el r�o mismo?

-�Sin duda, se�or Ciro, que podr�amos; pero esta desembocadura no presenta ning�n abrigo y con los vientos del este creo que el Buenaventura sufrir�a mucho con el viento del mar.

-��Y d�nde querr�a ponerlo, Pencroff?

-�En el puerto del Globo -contest� el marino-. Esa peque�a ensenada protegida por las rocas me parece el mejor puerto. -�No cree que est� un poco lejos?

-��Bah! Est� s�lo a tres millas del Palacio de granito y podemos ir all� por un camino bien recto.

-�Haga lo que le parezca Pencroff, y lleve su Buenaventura a ese puerto -contest� el ingeniero-; sin embargo, yo preferir�a que nuestra vigilancia pudiera ser m�s inmediata. Cuando tengamos ocasi�n, ser� preciso que le proporcionemos un puertecito.

-��Magn�fico! -exclam� Pencroff-. Un puerto con faro, un muelle y una d�rsena para carenar. Con usted, se�or Ciro, todo es f�cil.

-�S�, valiente Pencroff -repuso el ingeniero-; pero con la condici�n de que me ayude, porque usted hace las tres cuartas partes de las obras que aqu� ejecutamos.

Harbert y el marino se reembarcaron en el Buenaventura, levaron ancla, izaron la vela y el viento de mar les condujo r�pidamente al cabo de la Garra. Dos horas despu�s el barco descansaba en las aguas tranquilas del puerto del Globo.

Durante los primeros d�as que el desconocido pas� en el Palacio de granito, �hab�a dado muestras de que su naturaleza se hubiera modificado? �Brillaba ya en el fondo de aquel esp�ritu oscurecido un resplandor m�s intenso? El alma, en fin, �volver�a a ocupar aquel cuerpo? S� y hasta tal punto, que Ciro Smith y el corresponsal se preguntaron si pod�a ser cierto que la raz�n del infortunado le hubiera abandonado.

Al principio, habituado al aire libre y a la libertad sin l�mites de que gozaba en la isla Tabor, hab�a manifestado cierto furor sordo y dado lugar a que se temiera que se tirara por una ventana del Palacio de granito; pero poco a poco se calm� y se le pudo dejar la libertad de movimientos.

Hab�a, pues, mucho que esperar. Olvidando sus instintos de carn�voro, aceptaba un alimento menos bestial que el empleado en el islote, y la carne cocida no le causaba la repugnancia que hab�a manifestado a bordo del Buenaventura.

Ciro Smith se hab�a aprovechado de un momento en que dorm�a para cortarle la cabellera y la barba incultas, que formaban como una especie de melena y le daban un aspecto tan salvaje.

Tambi�n le hab�a vestido convenientemente, despu�s de haberle quitado el pedazo de tela que le cubr�a. Gracias a estos cuidados, el desconocido recobr� el rostro humano y hasta pareci� que sus miradas eran m�s suaves y menos feroces. Cuando la inteligencia lo iluminara en otro tiempo, el rostro de aquel hombre no debi� carecer de belleza.

Cada d�a Ciro Smith pasaba algunas horas en su compa��a. Se pon�a a trabajar a su lado y se ocupaba en diversas cosas, de manera que fijara su atenci�n. Pod�a bastar un rel�mpago para encender el fuego de aquella alma, un recuerdo que atravesara su cerebro para establecer en �l la raz�n. Esto se hab�a visto durante la tempestad a bordo del Buenaventura.

El ingeniero hablaba siempre en voz alta, de manera que sus ideas penetrasen a la vez por los �rganos del o�do y de la vista hasta el fondo de aquella inteligencia entenebrecida. Un compa�ero, algunas veces todos, se un�an a �l en esta tarea. Hablaban con frecuencia de cosas que ten�an relaci�n con el mar y que deb�an interesar m�s a un marino. De cuando en cuando el desconocido prestaba una vaga atenci�n y los colonos llegaron en breve a persuadirse de que, al menos en parte, les entend�a. Otras veces la expresi�n de su rostro era profundamente dolorosa, prueba de que sufr�a interiormente, porque su fisonom�a no hubiera podido enga�arlos hasta tal punto, pero no hablaba, aunque en diversas ocasiones pudo creerse que iba a escaparse alguna palabra de sus labios. El pobre hombre estaba tranquilo y triste, �pero era tan s�lo aparente su tranquilidad? Su tristeza, �era la consecuencia tan s�lo de su secuestro? No pod�a afirmarse nada. No viendo m�s que ciertos objetos y en un campo limitado, en contacto con los colonos, a los cuales deb�a habituarse, no teniendo ning�n deseo que satisfacer; mejor alimentado, mejor vestido, no era extra�o que su naturaleza se modificase poco a poco. �Pero se hab�a penetrado de una vida nueva, o bien, para emplear una palabra que pod�a aplic�rsele justamente, no hab�a hecho m�s que domesticarse como un animal respecto de su amo? Esta era una importante cuesti�n que Ciro Smith deseaba resolver lo m�s pronto posible. Sin embargo, no quer�a precipitar la curaci�n de su enfermo, porque para �l el desconocido era un enfermo. �Llegar�a a entrar en convalecencia?

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