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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-��Es la voz de Harbert! -dijo el periodista.

-��Corramos! -exclam� Pencroff.

Inmediatamente el marino y Gede�n Spilett corrieron con toda la celeridad que les permit�an sus piernas hacia el sitio de donde sal�an los gritos.

Hicieron bien en apresurarse, porque al volver el recodo del sendero, cerca de un claro, vieron al joven derribado por un ser salvaje, sin duda un gigantesco mono, que trataba sin duda de jugarle una pasada.

Arrojarse sobre el monstruo, tirarlo al suelo, arrancar a Harbert de sus manos y mantener derribada en el suelo la fiera, fue asunto de un instante para Pencroff y Gedeon Spilett. El marino ten�a una fuerza herc�lea, el periodista era tambi�n muy robusto, y a pesar de la resistencia del monstruo qued� atado de manera que le fue imposible hacer ning�n movimiento.

-��Te ha hecho da�o, Harbert? -pregunt� Gede�n Spilett. -No, no.

-��Si te hubiera herido ese mono! -exclam� Pencroff. -�Pero si no es un mono! -contest� Harbert.

Al o�r estas palabras, Pencroff y Gede�n Spilett miraron al ser que yac�a en el suelo.

En efecto, no era un mono, era una criatura humana, un hombre. �Pero qu� hombre! Un salvaje en toda la horrible acepci�n de la palabra, y tanto m�s espantoso, cuanto que parec�a haber ca�do en el �ltimo grado de embrutecimiento.

Cabellera enmara�ada, barba inculta que le bajaba hasta el pecho, cuerpo casi desnudo, salvo un pedazo de manta rodeada a la cintura, ojos feroces, manos enormes, u�as desmesuradamente largas, color de caoba oscuro, pies endurecidos como si estuviesen hechos de cuerno: tal era la miserable criatura, a la cual, sin embargo, era preciso llamar hombre. Pero hab�a derecho para preguntar si en aquel cuerpo exist�a todav�a un alma racional o si era el vulgar instinto del bruto lo �nico que hab�a sobrevivido en �l.

-��Est� seguro de que esto es un hombre o de que lo haya sido? pregunt� Pencroff al periodista. -�Ah, no se puede dudar! -contest� �ste. -�Ser� el n�ufrago? -dijo Harbert.

-�S� -repuso Gede�n Spilett-, pero el desdichado no tiene nada de humano.

El corresponsal dec�a la verdad. Era evidente que, si alguna vez el n�ufrago hab�a sido un ser civilizado, el aislamiento lo hab�a convertido en salvaje y quiz� en una cosa peor, en un verdadero orangut�n, el hombre de los bosques. Roncos sonidos salieron de su garganta a trav�s de los dientes, que hab�an adquirido la agudeza de los animales carn�voros, hechos para masticar la carne cruda. La memoria deb�a haberle abandonado y tambi�n el arte de servirse de los instrumentos, de las armas y de la le�a para hacer fuego. Se ve�a que era robusto y flexible, pero que todas sus cualidades f�sicas se hab�an desarrollado en �l con detrimento de las cualidades morales.

Gede�n Spilett le habl�, pero, al parecer, no comprend�a, ni siquiera le escuchaba� Sin embargo, el corresponsal, mir�ndole bien fijamente en los ojos, crey� observar que no se hab�a extinguido en �l completamente la raz�n.

Entretanto el preso no se mov�a ni trataba de romper las ligaduras. �Estaba aturdido por la presencia de aquellos hombres, cuyo semejante hab�a sido? �Se hab�a despertado en alg�n rinc�n de su cerebro un recuerdo fugitivo que le enlazase con la humanidad? Si se hubiera visto libre, �habr�a intentado huir o se habr�a quedado? No se sabe, pero no se trat� la prueba y, despu�s de haber contemplado al infeliz con atenci�n, dijo Gede�n Spilett:

-�Quienquiera que sea y quienquiera que haya sido o pueda ser este hombre, nuestro deber es llevarlo con nosotros a la isla Lincoln.

-�S� -contest� Harbert-, y quiz� a fuerza de cuidados podremos despertar en �l alg�n destello de inteligencia.

-�El alma no muere -dijo el corresponsal-y ser�a una satisfacci�n para nosotros arrancar del embrutecimiento a esta criatura de Dios.

Pencroff movi� la cabeza con aire de duda.

-�En todo caso, hay que intentar la prueba -repuso el periodista-; la humanidad nos lo ordena.

Era su deber mostrarse civilizados y cristianos. Los tres comprendieron y sab�an que Ciro Smith aprobar�a su conducta.

-��Lo dejaremos atado? -pregunt� el marino. -Quiz� andar�a, si le desat�ramos los pies -dijo Harbert.

-�Probemos -repuso Pencroff.

Desataron las cuerdas que sujetaban los pies del preso, dej�ndole los brazos fuertemente atados. Se levant� por s� mismo y no dio muestras de querer huir. Sus ojos, secos, miraban de trav�s a los tres hombres que marchaban a su lado y nada denotaba que recordase haber sido ni ser su semejante. Un silbido continuo se escapaba de sus labios y su aspecto era feroz; pero no intent� poner resistencia.

Por consejo de Spilett, aquel desgraciado fue llevado a su casa. Quiz� la vista de los objetos que le pertenec�an har�a alguna impresi�n sobre �l; quiz� bastaba una chispa de memoria para reavivar su pensamiento oscurecido, para encender el fuego apagado de su alma.

La vivienda no estaba lejos y en unos minutos llegaron, pero el preso no conoci� nada y parec�a que hab�a perdido la memoria de todas las cosas.

�Qu� pod�a conjeturarse del grado de embrutecimiento en que hab�a ca�do aquel infeliz, sino que su prisi�n en el islote era ya antiqu�sima, y que despu�s de haber llegado a �l como ser racional, el aislamiento le hab�a reducido a semejante estado?

El periodista tuvo entonces la idea de encender fuego, creyendo que su vista le llamar�a la atenci�n, y en un momento ilumin� el hogar una de aquellas llamaradas que atraen hasta a los animales.

La vista de la llama pareci� al principio fijar la atenci�n del desdichado, pero en breve retrocedi� y se extingui� su mirada inconsciente.

Evidentemente no hab�a nada que hacer, al menos entonces, m�s que llevarlo a bordo del Buenaventura, lo cual se hizo y qued� bajo la vigilancia de Pencroff.

Harbert y Gede�n Spilett volvieron al islote para terminar sus operaciones, y pocas horas despu�s llegaron de nuevo a la playa llevando los utensilios y las armas, una colecci�n de simientes de legumbres, algunas piezas de caza y dos parejas de cerdos. Todo qued� embarcado y el Buenaventura estuvo dispuesto para levar ancla, cuando comenzara la marea a la ma�ana siguiente.

El preso qued� en la c�mara de proa y se mantuvo tranquilo, silencioso, sordo y mudo.

Pencroff le ofreci� comida, pero rechaz� la carne cocida que le fue presentada y que sin duda no le gustaba. En efecto, habi�ndole presentado el marino uno de los patos que Harbert hab�a matado, se arroj� sobre �l con avidez y lo devor�.

-��Cree usted que volver� a su estado racional? -pregunt� Pencroff moviendo la cabeza.

-�Quiz� -contest� el corresponsal-, no es imposible que nuestros cuidados lleguen a ejercer sobre �l una saludable reacci�n, porque si el aislamiento le ha puesto en este estado, no volver� a estar solo.

-�Hace sin duda mucho tiempo que el pobre hombre se encuentra en esta situaci�n -dijo Harbert.

-�Es posible -a�adi� Gede�n Spilett. -�Qu� edad tendr�? -pregunt� el joven.

-�Es dif�cil calcular -repuso el periodista-, porque es imposible ver bajo la espesa barba que le cubre la cara; pero no es joven y supongo que debe tener por lo menos cincuenta a�os.

-��Ha observado, se�or Spilett, cu�n profundamente hundidos tiene los ojos? -pregunt� el joven.

-�S�, Harbert, pero son m�s humanos de lo que pod�a creerse por el aspecto de su persona.

-�En fin, veremos -dijo Pencroff-. Tengo curiosidad de saber el juicio que dar� el se�or

Smith sobre nuestro salvaje. Ven�amos a buscar una nueva criatura humana y nos llevamos un monstruo. En fin, uno hace todo lo que puede.

As� pas� la noche y, si el prisionero durmi� o no, nadie lo sabe; pero en todo caso, aunque le quitaron las ataduras, no se movi�. Era como esas fieras que quedan aturdidas en los primeros momentos de su captura y se enfurecen despu�s.

Al despuntar el d�a, que era el 15 de octubre, se produjo el cambio de tiempo previsto por Pencroff: el viento soplaba del noroeste y favorec�a el regreso del Buenaventura, pero al mismo tiempo refrescaba y deb�a hacer m�s dif�cil la navegaci�n.

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