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La isla misteriosa
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No le gustaba que dos o tres compaeros se aventurasen en alta mar con aquel barco, que, en resumidas cuentas, era muy pequeo y no cargaba ms de quince toneladas.

A las diez y media todos estaban a bordo, incluso Jup y Top. Nab y Harbert levantaron el ancla que morda la arena cerca de la desembocadura del ro de la Merced; se iz la cangreja; el pabelln lincoiniano onde en el tope del mstil y el Buenaventura, dirigido por Pencroff, se hizo a la mar.

Para salir de la baha de la Unin fue preciso primero caminar viento en popa, y se pudo observar que, con este aire, la celeridad de la embarcacin era satisfactoria.

Despus de haber doblado la punta del Pecio y el cabo de la Garra, Pencroff debi mantenerse lo ms cerca posible, para seguir la costa meridional de la isla, y, despus de haber recorrido algunas bordadas, observ que el Buenaventura poda marchar a cinco

cuartos de viento, y que se sostena muy bien contra la corriente. Viraba perfectamente a barlovento, teniendo golpe, como dicen los marinos, y aun ganando al virar.

Los pasajeros del Buenaventura estaban entusiasmados. Tenan una buena embarcacin, que podra prestarles grandes servicios, y con aquel tiempo el paseo fue delicioso.

Pencroff sali a alta mar a tres o cuatro millas de la costa a travs del puerto del Globo. La isla apareci entonces en todo su desarrollo, bajo un aspecto nuevo por el panorama variado de su litoral desde el cabo de la Garra hasta el promontorio del Reptil, en primer trmino los bosques, en que las conferas sobresalan entre el follaje tierno de los dems rboles que apenas empezaban a echar brotes, y aquel monte Franklin que dominaba el conjunto y cuya cima estaba coronada de nieve.

-Qu magnfico espectculo! -exclam Harbert.

-S, nuestra isla es bonita y buena -aadi Pencroff-, y la amo como amaba a mi pobre madre. Nos ha recibido pobres y careciendo de todo, y qu falta ahora a estos cinco hijos que le han cado del cielo?

-Nada -contest Nab-; nada, capitn.

Y los dos honrados colonos lanzaron tres formidables hurras en honor de la isla. Entretanto, Geden Spilett, apoyado en el mstil, dibujaba el panorama que se presentaba a sus ojos. Ciro Smith miraba en silencio.

-Y bien, seor Ciro -pregunt Pencroff-, qu dice usted de nuestro barco?

-Parece que se porta bien -contest el ingeniero.

-Bueno! Cree ahora que podr emprender un viaje de alguna duracin?

-Qu viaje, Pencroff?

-El de la isla Tabor, por ejemplo.

-Amigo -repuso Ciro Smith-, creo que en un caso urgente no habra que vacilar en fiarse del Buenaventura, hasta para una travesa larga; pero ya sabe que le vera partir con disgusto para la isla Tabor, pues nada le obliga a ir.

-Me gusta conocer a mis vecinos -repuso Pencroff, que se obstinaba en llevar a cabo su idea-. La isla Tabor es nuestra vecina, no tenemos otra. La cortesa exige que se vaya al menos una vez a hacer una visita.

-Caramba! -exclam Geden Spilett-. Nuestro amigo Pencroff, esclavo de las conveniencias sociales!

-No soy esclavo de nada -repuso el marino, a quien la oposicin del ingeniero le incomodaba un poco, pero que no quera disgustarlo.

-Piense, Pencroff -contest Ciro Smith-, que no puede ir solo a la isla Tabor.

-Un compaero me basta.

-Bueno -repuso el ingeniero-. Quiere usted correr el riesgo de privar a la isla Lincoln de dos colonos de cinco que tiene?

-Tiene seis -repuso Pencroff-; olvida a Jup. -Tiene siete -aadi Nab-, porque Top vale como cualquier otro. -Por otra parte, no hay riesgo, seor Ciro -agreg el marino. -Es posible, Pencroff, pero repito que es exponerse sin necesidad.

El terco marino no contest y vari de conversacin, decidido, sin embargo, a volver sobre ella en ocasin oportuna.

No sospechaba que iba a ser ayudado por un incidente, que cambiara en obra de humanidad lo que no era sino un capricho discutible. Despus de haberse mantenido en alta mar, el Buenaventura se acerc a la costa, dirigindose hacia el puerto del Globo. Era importante examinar los pasos que haba entre los bancos de arena y arrecifes, para ponerles balizas en caso de necesidad, pues aquella ensenada deba ser el puerto donde se amarrase el barco. Estaban a media milla de la costa que haba sido preciso bordear

para ganar espacio contra el viento; la velocidad del Buenaventura era entonces muy moderada, porque la brisa, detenida en parte por la tierra alta, apenas hinchaba sus velas, y el mar, terso como un espejo, no se rizaba sino al soplo de rachas que pasaban caprichosamente.

Harbert, que estaba a proa para indicar el camino que haban de seguir entre los arrecifes y los bancos de arena, exclam: -Orza, Pencroff, orza!

-Qu pasa? -pregunt el marino, levantndose-. Una roca?

-No Espera -dijo Harbert-. No veo bien Orza ms Bueno Llega un poco

Diciendo esto, Harbert, echado a lo largo de la barca, meta la mano rpidamente en el agua y se levantaba despus, diciendo: -Una botella!

En efecto, tena en la mano una botella cerrada que acababa de coger a pocos cables de la costa.

Ciro Smith tom la botella y sin decir una palabra quit el tapn y sac un papel hmedo, en el cual se lean estas palabras: Naufragado Isla Tabor: 153 longitud oeste; 37 11 ' latitud sur.

13. Van a la isla Tabor a salvar a un nufrago

-Un nufrago! -exclam Pencroff-. Un nufrago abandonado a pocos centenares de millas de nosotros en la isla Tabor! Seor Ciro, ya no se opondr a mi proyecto de viaje!

-No, Pencroff -contest el ingeniero-. Marchar lo ms pronto posible.

-Maana?

-Maana.

El ingeniero tena en la mano el papel que haba sacado de la botella. Medit unos instantes y despus, volviendo a tomar la palabra, dijo:

-De este documento, amigos, y hasta de la forma en que est redactado, debemos deducir, en primer lugar, que el nufrago de la isla Tabor es un hombre que tiene conocimientos bastante adelantados en marina, puesto que da la latitud y longitud de la isla conforme a las que nosotros hemos encontrado y hasta con la aproximacin de minutos; en segundo lugar, que es ingls o norteamericano, puesto que el documento est escrito en lengua inglesa.

-Eso es lgico -contest Geden Spilett-, y la presencia de ese nufrago explica la llegada de la caja a las playas de la isla. En cuanto a este ltimo, quienquiera que sea, es una fortuna que Pencroff haya tenido la idea de construir el buque y probarlo hoy mismo, porque si se hubiera retrasado un da, esta botella podra haberse roto contra los arrecifes.

-En efecto -dijo Harbert-, es una circunstancia feliz que el Buenaventura haya pasado por aqu precisamente cuando flotaba la botella.

-Y eso no le parece a usted muy extraordinario? -pregunt Ciro Smith a Pencroff.

-Me parece una casualidad y nada ms -contest el marino-. Es que usted encuentra algo extraordinario en eso, seor Ciro? Esta botella por fuerza tena que ir a alguna parte, por qu no aqu y s a otro sitio?

-Quiz tiene usted razn, Pencroff -repuso el ingeniero-, sin embargo

-Pero -observ Harbert-nada prueba que esta botella flote desde hace mucho tiempo por el mar.

-Nada -contest Geden Spilett-, y el documento parece haber sido escrito recientemente. Qu piensa usted, Ciro? -Es difcil de averiguar; por otra parte, lo sabremos ms tarde contest el ingeniero.

Durante esta conversacin, Pencroff no haba estado inactivo; haba virado de bordo, y el Buenaventura, desplegando todas sus velas, corra rpidamente hacia el cabo de la Garra. Todos pensaban en aquel nufrago de la isla Tabor. Haba tiempo para salvarlo? Gran acontecimiento en la vida de los colonos! Ellos mismos eran nufragos; sin embargo, era lamentable que otro no estuviera tan favorecido de la fortuna y su deber era socorrer al desgraciado.

Dobl el cabo de la Garra y el Buenaventura ancl hacia las cuatro de la tarde en la desembocadura del ro de la Merced.

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