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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Aquella ma�ana se procedi� a dar sepultura a los muertos, que fueron arrastrados hasta el bosque del Far-West y all� enterrados.

Aquel ataque, que hubiera podido tener consecuencias tan grandes, fue una lecci�n para los colonos, y desde entonces no se acostaron nunca sin que uno hubiera pasado a examinar si todos los puentes estaban alzados y si era o no posible alguna invasi�n.

Jup, despu�s de haber inspirado serios temores durante algunos d�as, reaccion� contra el mal. Su constituci�n triunf�, disminuy� la fiebre poco a poco y Gede�n Spilett, que entend�a algo de medicina, le declar� en breve fuera de peligro. El 16 de agosto Jup empez� a comer; Nab le hac�a unos platitos azucarados, que el enfermo saboreaba con fruici�n, porque era algo goloso, y Nab no hab�a hecho nunca nada para corregirlo.

-��Qu� quiere usted? -dec�a a Gede�n Spilett, que alguna vez le reconven�a mimar al orangut�n-, el pobre Jup no tiene m�s placer que el de la boca y me alegro mucho de poder mostrar as� la gratitud por sus servicios.

Diez d�as despu�s, el 21 de agosto, maese Jup se levant� de la cama. Sus heridas estaban cicatrizadas, y todos comprendieron que no tardar�a en recobrar su vigor y flexibilidad habituales. Como todos los convalecientes, se vio acometido de un hambre devoradora y el periodista le dej� comer cuanto quiso, porque se fiaba de ese instinto que con frecuencia falta a los seres racionales y que deb�a preservar al orangut�n de todo exceso. Nab estaba encantado de ver c�mo volv�a el apetito a su disc�pulo.

-�Come -le dec�a-, come, amigo Jup, y no te prives de nada. Has vertido tu sangre por nosotros y lo menos que puedo hacer es ayudarte a reparar tus p�rdidas.

En fin, el 25 de agosto, se oy� la voz de Nab que llamaba a sus compa�eros. -�Se�or Ciro, se�or Gede�n, se�or Harbert, Pencroff, vengan! Los colonos, reunidos en el sal�n, se levantaron y acudieron hacia donde Nab les llamaba, es decir, al cuarto de Jup. -�Qu� hay? -pregunt� el periodista.

-�Vean ustedes -contest� Nab, lanzando una sonora carcajada. Maese Jup fumaba tranquila y seriamente sentado como un turco en el umbral del Palacio de granito.

-��Mi pipa! -exclam� Pencroff-. �Se ha apoderado de mi pipa! �Ah, valiente Jup, te la regalo! Fuma, amigo m�o, funja.

Y Jup lanzaba gravemente espesas bocanadas de humo de tabaco, lo cual parec�a proporcionarle un gozo exquisito.

Ciro Smith no se mostr� tan admirado del incidente, y cit� varios ejemplos de monos domesticados que se hab�an acostumbrado a fumar.

Pero desde aquel d�a maese Jup fue propietario de una pipa, la del marino, que permaneci� suspendida en su cuarto cerca de la provisi�n de tabaco. El mismo la cargaba y la encend�a con una brasa y, cuando fumaba, parec�a el m�s dichoso de los cuadr�manos. Ya se comprender� que aquella comunidad de gustos no hizo m�s que estrechar entre Jup y Pencroff los lazos de amistad que un�an al mono y al honrado marino.

-�Quiz� es un hombre -dec�a algunas veces Pencroff-. Nab, �te extra�ar�as si un d�a se pusiera a hablamos?

-�No -contest� Nab-. Me extra�a lo contrario, que no hable, porque realmente no le falta m�s que la palabra.

-�Me gustar�a -dijo el marino-que el d�a menos pensado me dijese: "�Vamos a cambiar de pipa, Pencroff? "

-�S� -contest� Nab-. �Qu� desgracia que sea mudo de nacimiento!

Con el mes de septiembre termin� completamente el invierno y los colonos volvieron con m�s ardor a sus trabajos.

La construcci�n del barco adelant� r�pidamente. Ten�a ya toda la tablaz�n de forro y se pusieron las cuadernas interiores para unir todas las partes del casco, haci�ndolas flexibles por medio del vapor de agua, que se prestaba a todas las exigencias del g�libo.

Como no faltaba madera, Pencroff propuso al ingeniero que se forrara interiormente el casco con hiladas de tablones a lo largo, que asegurar�a la solidez de la embarcaci�n.

Ciro Smith, no sabiendo lo que pod�a acontecer en el futuro, aprob� la idea del marino de hacer el buque lo m�s s�lido posible. El forro y el puente quedaron concluidos el 15 de septiembre. Para calafatear las costuras se hizo estopa con cierta hierba marina seca, que fue introducida a golpes de mazo entre los tablones del casco, de los forros del puente; despu�s se cubrieron aquellas costuras con brea hirviendo, suministrada abundantemente por los pinos del bosque.

La distribuci�n de las diversas partes de la embarcaci�n fue sencilla. Primero se echaron por lastre grandes trozos de granito dispuestos en un lecho de cal, cuyo peso podr�a ser doce mil libras. Por encima de aquel lastre se puso un sollado, cuyo interior se dividi� en dos c�maras a lo largo de las cuales se extend�an dos bancos, que serv�an de arcones. El pie del m�stil deb�a apuntalar el tabique que separaba las dos c�maras, a las cuales se llegaba por dos escotillas abiertas sobre el puente y provistas de sus portezuelas.

No cost� ning�n trabajo a Pencroff encontrar un �rbol apropiado para m�stil. Escogi� un abeto joven y recto, sin nudos, que no tuvo que hacer m�s que labrar en la planta y redondear por la cabeza. La guarnici�n de hierro del m�stil, del tim�n y del casco hab�a

sido burda, pero s�lidamente fabricada en la fragua de las Chimeneas. En fin, vergas, tablones, botavara, relingas, remos, etc., todo estaba terminado en la primera semana de octubre, y se acord� que se har�a la prueba del barco en las inmediaciones de la isla, para reconocer qu� tal se portaba en la mar y hasta qu� punto pod�a tenerse confianza en

�l.

Durante aquel tiempo no se hab�an descuidado las obras necesarias. Se hab�an aumentado las construcciones de la dehesa, porque el reba�o de muflones y el de cabras contaba un cierto n�mero de corderitos y cabritos, que hab�a que alojar y alimentar. No hab�an dejado de visitar los bancos de ostras, ni el conejal, ni los yacimientos de hulla y de hierro, ni algunas partes hasta entonces inexploradas de los bosques del Far-West, que eran muy abundantes en caza.

Tambi�n se descubrieron ciertas plantas ind�genas, que, si no ten�an una utilidad inmediata, contribuyeron a variar los comestibles vegetales del Palacio de granito. Eran varias especies de ficoideas, unas semejantes a las del Cabo, con hojas carnosas comestibles, y otras que produc�an granos que conten�an una especie de harina.

El 10 de octubre se bot� al mar el buque, con gran satisfacci�n de Pencroff, y la operaci�n sali� perfecta. La nave, completamente aparejada, habiendo sido empujada sobre maderos cil�ndricos hasta la orilla del r�o, fue recogida por la marea ascendente y flot� con aplauso de los colonos, y particularmente de Pencroff, que no manifest� ninguna modestia en aquella ocasi�n. Por otra parte, su vanidad deb�a sobrevivir al t�rmino de su obra, puesto que, despu�s de haber construido el barco, estaba destinado a mandarlo. En efecto, todos le dieron un�nimemente el grado de capit�n.

Para complacer al capit�n Pencroff hubo que poner nombre a la embarcaci�n y, despu�s de haber discutido muchas proposiciones, se reunieron los votos en el nombre de Buenaventura, que era el del honrado marino.

Cuando el Buenaventura fue levantado por la marea ascendente, se pudo ver que se manten�a muy bien en sus l�neas de agua y que deb�a navegar muy bien con todos los aires.

Por lo dem�s, iba a hacerse el ensayo de su aptitud ese d�a con una excursi�n a lo largo de la costa. El tiempo era hermoso, la brisa fresca, el mar f�cil, sobre todo el litoral del sur, porque el viento hac�a una hora que soplaba del nordeste.

-��A bordo, a bordo! -grit� el capit�n Pencroff.

Pero hab�a que almorzar antes de salir, y parec�a conveniente llevar provisiones a bordo, para el caso de que la excursi�n se prolongara hasta la noche.

Ciro Smith estaba tambi�n impaciente por probar la embarcaci�n, cuyos planos hab�a hecho, aunque aconsejado por el marino, pero con frecuentes modificaciones; no ten�a la misma confianza que Pencroff, y como �ste ya no hablaba de la isla Tabor, el ingeniero supon�a que el marino hab�a renunciado a su proyecto.

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