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La chica del tambor

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La chica del tambor
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Alzando la voz, Charlie prosigui�:

-�Quiero decir, �qui�n diablos somos en este caso concreto? Lo quiero saber s�lo a t�tulo informativo. �Qui�nes somos? �Lo entiendes? �Qui�nes?

-�Sabes muy bien qui�nes somos, Charlie. Somos dos enamorados gozando de nuestra luna de miel en Grecia.

-�Pues yo pensaba que est�bamos en un motel de Nottingham.

-�Estamos interpretando los dos papeles al mismo tiempo. Pensaba que lo hab�as comprendido. Estamos construyendo el pasado y el presente.

-�Debido a que tenemos muy poco tiempo a nuestra disposici�n.

-�Digamos que se debe a que hay vidas humanas en peligro.

Charlie tom� otro trago de vodka, y observ� que ten�a la mano firme como una roca, ya que as� se le pon�a la mano cuando Charlie se malhumoraba seriamente. Charlie corrigi� a Joseph:

-�Vidas jud�as, querr�s decir.

-��Es que son diferentes de las otras vidas?

-��Pues s�, si, se�or! �Santo cielo! Quiero decir que Kissinger puede bombardear a los camboyanos hasta hartarse, y nadie pesta�ea siquiera. Los Israel�es pueden despedazar palestinos a placer. Pero si alguien mata a un par de conejos en Frankfurt o cualquier otro sitio, ello es un desastre internacional de primera divisi�n especial, �no es as�?

Charlie ten�a la vista fija en un punto situado m�s all� del cuerpo de Joseph, como si contemplara a un invisible enemigo, pero a pesar de este enfoque visual, Charlie pudo ver que Joseph daba un firme paso hacia ella, y, durante un feliz instante, Charlie pens� que Joseph se dispon�a a dejarla sin opciones, de una vez para siempre. Pero, contrariamente, Joseph pas� junto a la muchacha, lleg� al balc�n y abri� las puertas, quiz� debido a que quisiera que el zumbido del tr�nsito ahogara la voz de Charlie.

Fija la vista en el exterior, sin el m�s leve matiz de emoci�n en la voz, Joseph dijo: -Todo son desastres. Preg�ntame lo que sienten los habitantes de Kiryat Shmonah, cuando los palestinos los bombardean. Pregunta a los habitantes de los kibbutz qu� sienten cuando oyen el silbido de los cohetes Katiuska, cuando llegan de cuarenta en cuarenta, mientras esconden a sus hijos en refugios, dici�ndoles que s�lo se trata de un juego.

Joseph hizo una pausa y emiti� un suspiro de aburrimiento, como si ya hubiera o�do demasiadas veces sus propias argumentaciones. En tono m�s pr�ctico, Joseph a�adi�:

-�De todas maneras, la pr�xima vez que utilices esta argumentaci�n, recuerda que Kissinger es jud�o. Esto es tambi�n impontante en el un tanto primitivo arsenal argumentativo de Michel.

Charlie se llev� los nudillos a la boca y descubri� que estaba llorando. Joseph se acerc� y se sent� a su lado, en la cama, y Charlie esper� que le pusiera el brazo alrededor de los hombros, o que le ofreciera sabias razones una vez m�s, o, sencillamente, que la poseyera, que era lo que m�s hubiera gustado a Charlie. Pero Joseph no hizo ninguna de estas cosas. Se limit� a dejarla llorar, hasta que, poco a poco, Charlie tuvo la falsa impresi�n de que Joseph hab�a acoplado su humor al de ella, y que los dos lloraban juntos. Con mucha mayor eficacia que las palabras, el silencio de Joseph causaba la impresi�n de mitigar lo que los dos ten�an que hacer. Durante largo tiempo, durante lo que pareci� siglos, estuvieron los dos as�, sentados el uno al lado del otro, hasta que Charlie permiti� que su sensaci�n de ahogo se desvaneciera en un suspiro de agotamiento. Pero no por ello Joseph se movi�, ni hacia ella, ni alej�ndose de ella.

Desesperada y cogiendo una vez m�s la mano de Joseph, Charlie dijo: -Joseph, �qui�n diablos eres? �Qu� sientes en el interior de este laber�ntico amasijo de alambre de espino?

Charlie levant� la cabeza y comenz� a prestar atenci�n a los sonidos producidos por otros seres en las habitaciones vecinas. Oy� los suplicantes vagidos de un ni�o insomne. Oy� una estridente discusi�n conyugal. Y tambi�n oy� el sonido de pasos en el balc�n. Volvi� la vista y vio a Rachel, vestida con mono de deporte, de tela de rizo, armada con una bolsa para el tocador y un termo, y de esta guisa penetraba en el dormitorio.

Charlie yac�a despierta, tan agotada que no pod�a conciliar el sue�o. Nottingham jam�s fue as�. Del cuarto contiguo llegaba el apagado sonido de una voz que hablaba por tel�fono, y a Charlie le pareci� reconocer aquella voz. Charlie yac�a en brazos de Michel. Charlie yac�a en brazos de Joseph. Charlie a�oraba a Al. Charlie se encontraba en Nottingham con el amor de su vida. Charlie se encontraba a salvo en su propia cama en Camden, y tambi�n se hallaba a�n en el cuarto que su maldita madre todav�a llamaba el cuarto de los ni�os. Charlie yac�a tal como hab�a yacido el d�a en que su caballo la derrib�, contemplando la pel�cula de su vida y explorando su mente tal como hab�a explorado dubitativamente su propio cuerpo, miembro a miembro, para saber si hab�a padecido lesiones. A kil�metros de distancia, al otro lado de la cama, Rachel le�a una obra de Thomas Hardy, en edici�n de bolsillo, a la luz de una menuda lamparilla.

Charlie pregunt�:

-��A qui�n tiene, Rachel? �Qui�n le zurce los calcetines y le limpia las pipas?

-�Mejor ser� que se lo preguntes a �l, querida.

-��Eres t�?

-�Dar�a mal resultado. A la larga dar�a mal resultado, �no crees?

Medio adormilada, Charlie intentaba descifrar el enigma de aquel hombre. Dijo:

-��Ha sido un luchador, no es cierto?

Muy satisfecha, Rachel repuso:

-�El mejor. Y todav�a lo es.

-��Y c�mo encontraba las ocasiones de luchar?

Sin dejar de estar inmersa en la lectura de su libro, Rachel con-test�:

-�Los dem�s se las proporcionaban.

Charlie decidi� formular una pregunta audaz:

-��Tuvo esposa, en otros tiempos? �Qu� fue de ella? Rachel repuso:

-�Lo siento mucho. Mil perdones, querida.

Haciendo caso omiso de la chasqueante contestaci�n, Charlie musit�: -�Y esta esposa se tir� por la ventana o la empujaron? Da igual. Pobre t�a, seguramente ten�a que comportarse como seis camaleones, s�lo para ir en autob�s con �l. Charlie se qued� inm�vil durante un rato. Luego pregunt�:

-��Y c�mo te metiste en este l�o, Rachel?

Con la consiguiente sorpresa de Charlie, Rachel dej� el libro apoyado en su estomago y contest� la pregunta. Dijo que sus padres eran jud�os ortodoxos de Pomerania. Despu�s de la guerra se trasladaron a Macclesfield y ganaron mucho dinero en la industria textil. Tranquilamente, Rachel dijo:

-�Si, con sucursales en toda Europa, y un lujoso piso en Jerusal�n.

Hab�an querido que Rachel estudiara en Oxford y que luego pasara a trabajar en la empresa familiar, pero Rachel prefiri� estudiar la Biblia y la historia de los jud�os, en la Universidad Hebrea.

Cuando Charlie insisti� para que Rachel le contara el paso siguiente, la muchacha se limit� a contestar:

-�Sencillamente, ocurri�.

Charlie quiso saber el c�mo y el porqu�:

-��Qui�n te inici�, qu� te dijeron?

Rachel no quiso decirle el c�mo ni el qui�n, aunque s� el porqu�. Dijo que conoc�a bien Europa y conoc�a asimismo el antisemitismo. Y quer�a demostrar a aquellos engre�dos sabra, peque�os h�roes de guerra, que conoci� en la universidad, que ella pod�a luchar por Israel tan bien como un muchacho.

Arriesg�ndose m�s, Charlie pregunt�: -�Y Rose?

-�Rose era una muchacha complicada -repuso Rachel, como si ella no lo fuera. Rose hab�a pertenecido a las juventudes sionistas en la Rep�blica de Sud�frica, y hab�a ido a Israel sin saber exactamente si acaso no le hubiera valido m�s quedarse en Sud�frica y luchar contra el apartheid.

Rachel explic�:

-�Y Rose lucha con tanto m�s empe�o por cuanto no sabe todav�a qu� hubiera debido hacer.

Y, a continuaci�n, con un en�rgico movimiento que indicaba que la conversaci�n hab�a terminado, volvi� a sumirse en la lectura de Mayor of Casterbridge.

�Un empacho de ideales -pens� Charlie-. Y hace dos d�as yo no ten�a ideal alguno.� Se pregunt� si acaso ahora ten�a alg�n ideal. Pens� que se lo volver�a a preguntar ma�ana por la ma�ana. Durante un rato, adormilada, imagin� leer los siguientes titulares: �FAMOSA IMAGINATIVA ENCUENTRA LA REALIDAD�, �JUANA DE ARCO QUEMA A UN ACTIVISTA PALESTINO�. �Bueno, Charlie; pues s�: buenas noches.�

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