La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Kurtz hizo una pausa y sigui�:
-�Cerca de Mehlem hay una casa propiedad de un agente de cambio y bolsa. Esta casa se llama �Haus Sommer�. Al final del sendero sur hay un granero transformado en aceptable vivienda. El sendero lleva a una carretera que va a desembocar en la autopista. Debajo de lo que pudi�ramos llamar dormitorio del granero hay un garaje, y en el garaje hay un Opel, registrado en Siegburg, con el ch�fer ya al volante.
En esta ocasi�n, con el consiguiente placer y diversi�n de Kurtz, Alexis pudo proseguir la historia. En voz baja, Alexis dijo:
-�Achmann. El publicista Achmann, de Dusseldorf. �C�mo es que nadie pens� en ese hombre? �Acaso somos tontos?
Dando la raz�n a su disc�pulo, Kurtz dijo:
-�Exactamente, Achmann. �Haus Sommer� es propiedad del doctor Achmann, de Dusseldorf, cuya distinguida familia es propietaria de una pr�spera industria de madera, algunos semanarios, y una importante cadena de tiendas de pornograf�a. A modo de distracci�n, Achmann tambi�n publica calendarios con rom�nticas im�genes de la campi�a alemana. El granero transformado pertenece a la hija de Achmann, llamada Inge, y ha sido el lugar en que han tenido lugar muy distinguidas reuniones a las que han asistido principalmente opulentos y desencantados exploradores del alma humana. En los d�as de que estamos hablando. Inge hab�a alquilado la casa a un amigo que la necesitaba; o sea, a un amiguito que ten�a una amiguita�
Alexis termin� magistralmente la frase de Kurtz:
-�Y as�, ad infinitum.
-�Si, ya que cuando se disipa el humo, aparece m�s humo. El fuego nunca deja de arder. Esta es la manera en que esa gente trabaja. Y siempre ha trabajado as�.
�Desde las cuevas del valle del. Jord�n -pens� Alexis excitado-. Con un ovillo de hilo conductor sobrante. Con bombas que se pueden fabricar en la cocina.�
Mientras Kurtz hablaba, la cara y la figura de Alexis hab�an experimentado un cambio, como una tranquilizaci�n, que Kurtz no dej� de advertir. Las arrugas de preocupaci�n y de humana debilidad que tanto le afectaban hab�an desaparecido. Estaba bien reclinado en la silla, hab�a cruzado c�modamente sus cortos brazos sobre el pecho, en su rostro bailaba una juvenil sonrisa, y su cabeza de tonalidades arenosas se hab�a inclinado al frente en armoniosa sumisi�n a la gran actuaci�n de su mentor.
Con un poco convincente intento de escepticismo, Alexis dijo:
-��Y puedo preguntar en qu� basa usted tan interesantes teor�as?
Kurtz fingi� meditar, a pesar de que la informaci�n que le hab�a dado Yanuka estaba tan fresca en su memoria como si en los presentes momentos todav�a estuviera sentado ante Yanuka, en la celda acolchada de Munich, sosteni�ndole la cabeza, mientras Yanuka hipaba y lloraba. Kurtz confes�:
-�Bueno, Pauclass="underline" la verdad es que tenemos la matr�cula del Opel y la fotocopia del contrato de alquiler del autom�vil, y tambi�n contamos con una declaraci�n firmada por uno de los participantes.
Y Kurtz, con la modesta esperanza de que tan endebles pistas pudieran pasar por una s�lida base, por el momento, prosigui� su relato:
-�El muchacho con la barba deja a la chica en el granero, y desaparece sin dejar rastro. La muchacha se pone su lindo vestidito azul, se coloca una peluca y se maquilla bien, pero lo que se dice bien, con la calculada intenci�n de agradar al cr�dulo y excesivamente cari�oso agregado laboral. La chica entra en el Opel y es transportada a la casa objeto del atentado por un segundo muchacho. Durante el trayecto, hacen un alto para disponer la bomba, o sea, armarla. �De acuerdo?
Muy interesado, Alexis pregunt�:
-��Y en cuanto a ese segundo muchacho? �La chica le conoce o es para ella un total enigma?
Neg�ndose en absoluto a explicar con m�s pormenores el papel de Yanuka, Kurtz no contest� la pregunta, limit�ndose a sonre�r, pero este evasivo comportamiento no result� ofensivo. Alexis, ahora, ansiaba saber todos los detalles, y no pod�a esperar que le llenasen el plato en cada instante. Adem�s, tampoco era deseable.
-�Cumplida la misi�n, el mismo conductor cambia las placas de la matr�cula y los papeles, y lleva a la guapa muchachita al spa de Bad Neuenahr, en Renania, lugar en el que la deja.
-��Y luego?
Kurtz habl� muy despacio, como si cada una de sus palabras constituyera un peligro para sus complejos planes:
-�Y all�, supongo, la chica conoce a un secreto admirador suyo, persona que quiz� la prepar� un poco para cumplir la misi�n del d�a. Por ejemplo, le ense�� la manera de armar la bomba. De preparar el mecanismo de relojer�a, de disponer el detonador� Tambi�n me atrever�a a suponer que este mismo admirador ya hab�a alquilado un dormitorio en alg�n hotel, y que, hall�ndose los dos bajo el est�mulo de su reciente logro, se entregaron a hacer el amor de manera muy apasionada. En la ma�ana siguiente, mientras la parejita duerme, descansando de sus agotadores placeres, estalla la bomba. Estalla m�s tarde de lo previsto, pero �qu� importa?
Alexis, en r�pido movimiento, se inclin� al frente y, llevado por su excitaci�n, pregunt� casi en tono acusatorio:
-��Y el hermano, Marty? �El gran luchador que ya ha dado muerte a tantos y tantos israel�es? �D�nde estaba, mientras ocurr�a todo lo que acaba de decir? Imagino que en Bad Neuenahr, divirti�ndose un poco con la guapa muchachita que puso la bomba, �verdad?
Las facciones de Kurtz hab�an quedado heladas en r�gida impasibilidad, impasibilidad que el entusiasmo del buen doctor parec�a intensificar. Con aparente satisfacci�n, Kurtz replic�:
-�El caso es que, est� donde est�, este hombre dirige una operaci�n eficiente, con compartimientos bien delimitados, bien delegada, y con excelente informaci�n. El chico de la barba ten�a la descripci�n de la chica, y nada m�s. Ni siquiera sab�a en qu� consist�a la operaci�n. La chica sab�a la matr�cula de la motocicleta. El conductor del autom�vil conoc�a la casa a la que iba, pero no conoc�a al chico de la barba. Aqu� hay una buena inteligencia en funcionamiento.
Despu�s de decir estas palabras, Kurtz caus� la impresi�n de haber quedado afectado por una ser�fica sordera, por lo que Alexis, tras formular unas cuantas infructuosas preguntas, sinti� la necesidad de pedir m�s whiskies. La verdad era que el doctor padec�a cierta escasez de ox�geno. Era como si, hasta el presente momento, el doctor Alexis hubiera vivido en un muy bajo nivel de existencia, y, en los �ltimos tiempos, en un baj�simo nivel. Pero ahora, de repente, el gran Schulmann le hab�a elevado a alturas en las que el buen doctor ni siquiera hab�a so�ado.
Con �nimo de provocar a Kurtz, Alexis le pregunt�:
-��Y supongo que ha venido aqu� para comunicar esta informaci�n a sus oficiales colegas alemanes?
Pero Kurtz se limit� a contestar con un largo y meditativo silencio, durante el cual caus� la impresi�n de medir y pesar a Alexis, con su vista y sus pensamientos. Luego, Kurtz efectu� aquel adem�n que Alexis tanto admiraba, el adem�n de tirar de la camisa hacia atr�s, levantar el antebrazo y mirar su reloj de pulsera. Y esto record� a Alexis, una vez m�s, que mientras su tiempo se consum�a aburridamente ante su propia vista, Kurtz parec�a tener ante s� todo el tiempo del mundo. Insistente, Alexis dijo:
-�Puede tener la seguridad de que los agentes de Colonia le quedar�n muy agradecidos. Mi excelente sucesor, �se acuerda de �l, Marty?, conseguir� un inmenso triunfo personal. Con la ayuda de los medios de difusi�n se convertir� en el m�s brillante y popular polic�a de Alemania Occidental. Y con raz�n, �verdad? Todo gracias a usted.
Con una ancha sonrisa, Kurtz reconoci� que as� ser�a. Tom� un sorbito de whisky y se sec� los labios con un viejo pa�uelo de color caqui. Luego apoy� la barbilla en la palma de una mano y emiti� un suspiro, como queriendo significar que no hab�a albergado la intenci�n de decir lo anterior, pero que, puesto que Alexis hab�a hecho menci�n de ello, lo hab�a hecho. Kurtz confes�:
-�La verdad es que Jerusal�n ha pensado mucho en este asunto, Paul. Y no estamos tan seguros como usted parece estarlo de que su sucesor sea ese tipo de caballero cuyo progreso en la vida nosotros estamos interesados en promover.