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La chica del tambor

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La chica del tambor
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El dormitorio de Becker se hallaba un poco ms all, en el mismo pasillo, y tena dos camas, lo cual era lo ms que el hotel se acercaba a reconocer la posibilidad de que en el mundo hubiera personas no aparejadas. Becker yaca en una de las camas y contemplaba la otra, separada de la suya por la mesilla con telfono. Faltaban diez minutos para la una y media, y la una y media era el momento sealado. El conserje de guardia nocturna haba recibido su propina, prometiendo pasar la llamada. Becker estaba plenamente despierto, como a menudo le ocurra a aquella hora. Estaba habituado a pensar con gran rapidez y a dejar de pensar muy lentamente, a tenerlo todo en el primer plano de su mente y a olvidar lo que haba detrs, o lo que no haba detrs. El telfono son a la hora convenida, y la voz de Kurtz salud a Becker. Este se pregunt dnde diablos estara Kurtz. Oy msica de altavoz al fondo, y aventur correctamente que Kurtz se encontraba en un hotel. En Alemania, record, ya que slo un hotel alemn es capaz de establecer comunicacin con un hotel de Delfos. Kurtz hablaba en ingls, debido a que con ello llamaba menos la atencin, y lo haca en un tono tranquilo, para no alarmar a un posible escucha. Becker le dijo que s, que todo se desarrollaba a pedir de boca. Las conversaciones se sostenan en un buen ambiente, y no esperaba que se produjeran dificultades, por el momento. Becker se pregunt por el ltimo producto.

Y Kurtz, en el tono altisonante que sola emplear para lanzar al combate a sus tropas ms rezagadas, repuso:

-Contamos con colaboraciones de primersimo orden. Cuando quieras ven a visitar el almacn, y te aseguro que el producto no te defraudar. Y tengo que decirte otra cosa.

Por norma general, Becker rara vez terminaba sus conversaciones telefnicas con Kurtz, y lo mismo haca ste en las conversaciones con el primero. Se daba la rara circunstancia de que cada uno de ellos haca lo posible para ser el primero en dejar de hablar con el otro. Sin embargo, en esta ocasin, Kurtz escuch hasta el final, y lo mismo hizo Becker. Pero ste, cuando colg el telfono vio sus atractivas facciones reflejadas en el espejo, y las estuvo contemplando un rato, con notable desagrado. Instantes hubo en que le parecieron las luces de un buque pirata, y sinti el morboso y avasallador deseo de apagarlas de una vez para siempre: o Quien diablos eres? Qu es lo que sientes? Becker se acerc al espejo. Siento lo mismo que sentira si estuviera contemplando a un amigo muerto y alentara esperanzas de que resucitara. Siento lo mismo que si estuviera buscando mis viejas esperanzas en otra persona, y lo hiciera sin el menor xito. Siento que soy un actor, tal como lo eres t, rodendome a m mismo de versiones de mi propia identidad, debido a que, por razones ignoradas, el personaje original, se perdi en el camino. Aunque, en realidad, nada siento, debido a que los sentimientos verdaderos son subversivos y atentan contra la disciplina militar. En consecuencia, no siento, sin embargo lucho, luego existo.

En la ciudad, Becker caminaba con impaciencia, a largos pasos, mirando fijamente al frente, como si caminar le aburriera, y como si la distancia, como siempre, fuera demasiado corta. Era una ciudad que esperaba ser atacada, y durante ms de veinte aos Becker haba conocido muchas ciudades, demasiadas, en estas mismas circunstancias. Las gentes haban huido de las calles, a los odos no llegaban voces de nios. Derriba las casas. Dispara contra todo lo que se mueva. Los coches y camionetas que se vean haban sido abandonados por sus dueos, y slo Dios sabe cundo dichos dueos volveran a echar la vista encima a sus vehculos. De vez en cuando, la rpida mirada de Becker penetraba deslizndose en un portal abierto o en una calleja sin luces, pero el acto de observar era habitual en el, y no por ello menguaba la velocidad de su paso. Al llegar a un cruce, Becker alz la cabeza para leer en la placa el nombre de la calle, pero una vez mas sigui adelante a paso vivo, antes de penetrar muy deprisa en un solar en construccin. All haba un minibs, aparcado entre montones de ladrillos. Palos destinados a sostener alambres para tender la ropa a secar se inclinaban en los alrededores del minibs, de manera que disimulaban la existencia de una antena de unos treinta pies. Del interior del mini-bus sala una msica suave. Se abri la puerta del vehculo, el can de una pistola apunt a la cara de Becker, como un ojo que le escrutara, la pistola desapareci. Una voz respetuosa dijo:

-Shalom.

Becker entr en el minibus y cerr la puerta. La msica no con-segua superar el irregular parloteo de un pequeo teletipo. David el operador de la casa de Atenas, estaba agazapado junto al aparato. Le acompaaban dos de los chicos de Litvak. Limitndose a efectuar un movimiento de saludo con la cabeza, Becker se sent en el banco con almohadillas, y comenz a leer el montn de hojas de teletipo que haban sido arrancadas antes de su llegada.

Los muchachos le miraban con respeto. Becker tena la impresin de que aquellos chicos contaban vorazmente las cintas de sus medallas, y que probablemente saban sus actos de herosmo mucho mejor que l mismo.

El ms audaz de los dos muchachos os decir:

-Es guapa la chica, Gadi.

Becker no le hizo caso. A veces, Becker subrayaba un prrafo, otras veces subrayaba una fecha. Cuando hubo terminado, entreg los papeles a los muchachos, y les orden que le formularan preguntas, hasta que qued en la certeza de haberse aprendido bien cuanto deba aprenderse.

Al salir del minibs, Becker se detuvo, en contra de su voluntad. junto a una ventana, y oy las alegres y juveniles voces que hablaban de l.

El ms audaz de los dos muchachos dijo:

-Gavron le reserva un cargo de director general. Si, dirigir a una nueva fbrica textil cerca de Haifa.

El otro repuso:

-Excelente. En este caso lo que debemos hacer es retirarnos y dejar que Gavron nos convierta en millonarios.

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