La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
El dormitorio de Becker se hallaba un poco m�s all�, en el mismo pasillo, y ten�a dos camas, lo cual era lo m�s que el hotel se acercaba a reconocer la posibilidad de que en el mundo hubiera personas no aparejadas. Becker yac�a en una de las camas y contemplaba la otra, separada de la suya por la mesilla con tel�fono. Faltaban diez minutos para la una y media, y la una y media era el momento se�alado. El conserje de guardia nocturna hab�a recibido su propina, prometiendo pasar la llamada. Becker estaba plenamente despierto, como a menudo le ocurr�a a aquella hora. Estaba habituado a pensar con gran rapidez y a dejar de pensar muy lentamente, a tenerlo todo en el primer plano de su mente y a olvidar lo que hab�a detr�s, o lo que no hab�a detr�s. El tel�fono son� a la hora convenida, y la voz de Kurtz salud� a Becker. Este se pregunt� d�nde diablos estar�a Kurtz. Oy� m�sica de altavoz al fondo, y aventur� correctamente que Kurtz se encontraba en un hotel. En Alemania, record�, ya que s�lo un hotel alem�n es capaz de establecer comunicaci�n con un hotel de Delfos. Kurtz hablaba en ingl�s, debido a que con ello llamaba menos la atenci�n, y lo hac�a en un tono tranquilo, para no alarmar a un posible escucha. Becker le dijo que s�, que todo se desarrollaba a pedir de boca. Las conversaciones se sosten�an en un buen ambiente, y no esperaba que se produjeran dificultades, por el momento. Becker se pregunt� por el �ltimo producto.
Y Kurtz, en el tono altisonante que sol�a emplear para lanzar al combate a sus tropas m�s rezagadas, repuso:
-�Contamos con colaboraciones de primer�simo orden. Cuando quieras ven a visitar el almac�n, y te aseguro que el producto no te defraudar�. Y tengo que decirte otra cosa.
Por norma general, Becker rara vez terminaba sus conversaciones telef�nicas con Kurtz, y lo mismo hac�a �ste en las conversaciones con el primero. Se daba la rara circunstancia de que cada uno de ellos hac�a lo posible para ser el primero en dejar de hablar con el otro. Sin embargo, en esta ocasi�n, Kurtz escuch� hasta el final, y lo mismo hizo Becker. Pero �ste, cuando colg� el tel�fono vio sus atractivas facciones reflejadas en el espejo, y las estuvo contemplando un rato, con notable desagrado. Instantes hubo en que le parecieron las luces de un buque pirata, y sinti� el morboso y avasallador deseo de apagarlas de una vez para siempre: o �Quien diablos eres? �Qu� es lo que sientes?� Becker se acerc� al espejo. �Siento lo mismo que sentir�a si estuviera contemplando a un amigo muerto y alentara esperanzas de que resucitara. Siento lo mismo que si estuviera buscando mis viejas esperanzas en otra persona, y lo hiciera sin el menor �xito. Siento que soy un actor, tal como lo eres t�, rode�ndome a m� mismo de versiones de mi propia identidad, debido a que, por razones ignoradas, el personaje original, se perdi� en el camino. Aunque, en realidad, nada siento, debido a que los sentimientos verdaderos son subversivos y atentan contra la disciplina militar. En consecuencia, no siento, sin embargo lucho, luego existo.�
En la ciudad, Becker caminaba con impaciencia, a largos pasos, mirando fijamente al frente, como si caminar le aburriera, y como si la distancia, como siempre, fuera demasiado corta. Era una ciudad que esperaba ser atacada, y durante m�s de veinte a�os Becker hab�a conocido muchas ciudades, demasiadas, en estas mismas circunstancias. Las gentes hab�an huido de las calles, a los o�dos no llegaban voces de ni�os. Derriba las casas. Dispara contra todo lo que se mueva. Los coches y camionetas que se ve�an hab�an sido abandonados por sus due�os, y s�lo Dios sabe cu�ndo dichos due�os volver�an a echar la vista encima a sus veh�culos. De vez en cuando, la r�pida mirada de Becker penetraba desliz�ndose en un portal abierto o en una calleja sin luces, pero el acto de observar era habitual en el, y no por ello menguaba la velocidad de su paso. Al llegar a un cruce, Becker alz� la cabeza para leer en la placa el nombre de la calle, pero una vez mas sigui� adelante a paso vivo, antes de penetrar muy deprisa en un solar en construcci�n. All� hab�a un minib�s, aparcado entre montones de ladrillos. Palos destinados a sostener alambres para tender la ropa a secar se inclinaban en los alrededores del minib�s, de manera que disimulaban la existencia de una antena de unos treinta pies. Del interior del mini-bus sal�a una m�sica suave. Se abri� la puerta del veh�culo, el ca��n de una pistola apunt� a la cara de Becker, como un ojo que le escrutara, la pistola desapareci�. Una voz respetuosa dijo:
-�Shalom.
Becker entr� en el minibus y cerr� la puerta. La m�sica no con-segu�a superar el irregular parloteo de un peque�o teletipo. David el operador de la casa de Atenas, estaba agazapado junto al aparato. Le acompa�aban dos de los chicos de Litvak. Limit�ndose a efectuar un movimiento de saludo con la cabeza, Becker se sent� en el banco con almohadillas, y comenz� a leer el mont�n de hojas de teletipo que hab�an sido arrancadas antes de su llegada.
Los muchachos le miraban con respeto. Becker ten�a la impresi�n de que aquellos chicos contaban vorazmente las cintas de sus medallas, y que probablemente sab�an sus actos de hero�smo mucho mejor que �l mismo.
El m�s audaz de los dos muchachos os� decir:
-�Es guapa la chica, Gadi.
Becker no le hizo caso. A veces, Becker subrayaba un p�rrafo, otras veces subrayaba una fecha. Cuando hubo terminado, entreg� los papeles a los muchachos, y les orden� que le formularan preguntas, hasta que qued� en la certeza de haberse aprendido bien cuanto deb�a aprenderse.
Al salir del minib�s, Becker se detuvo, en contra de su voluntad. junto a una ventana, y oy� las alegres y juveniles voces que hablaban de �l.
El m�s audaz de los dos muchachos dijo:
-�Gavron le reserva un cargo de director general. Si, dirigir a una nueva f�brica textil cerca de Haifa.
El otro repuso:
-�Excelente. En este caso lo que debemos hacer es retirarnos y dejar que Gavron nos convierta en millonarios.
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