La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-Y si no de hecho, lo estaba, al menos, de corazn -deca.
Entretanto se enarbol aquel pabelln en la ventana central del Palacio de granito y los colonos le saludaron con tres hurras.
La estacin fra tocaba a su trmino, y pareca que aquel segundo invierno iba a pasar sin incidente grave, cuando en la noche del 11 de agosto la meseta de la Gran Vista se vio amenazada de una devastacin completa.
Despus de un da de mucho trabajo, los colonos dorman profundamente, cuando, hacia las cuatro de la maana, se despertaron sobresaltados al or los ladridos de Top. El perro no ladraba aquella vez cerca de la boca del pozo, sino en el umbral de la puerta y se echaba sobre ella como si quisiera derribarla. Jup tambin por su parte daba gritos agudos.
-Qu hay, Top? -exclam Nab, que fue el primero que se despert. El perro continuaba ladrando con furor. -Qu pasa? -pregunt Ciro Smith.
Y todos, vestidos apresuradamente, se precipitaron hacia las ventanas de la habitacin y las abrieron.
Se present ante sus ojos una capa de nieve, que apenas pareca blanca en aquella oscursima noche. No vieron nada, pero oyeron singulares ladridos que resonaban en la oscuridad. La playa haba sido invadida por cierto nmero de animales que las tinieblas impedan distinguir.
-Qu es eso? -exclam Pencroff. -Lobos, jaguares o monos -contest Nab.
-Diablos! Pueden llegar a lo alto de la meseta? -dijo el corresponsal. -Y nuestro corral? -exclam Harbert-. Y nuestra plantacin? -Por dnde han pasado? -pregunt Pencroff.
-Sin duda por el puentecillo de la playa que alguno de nosotros habr olvidado levantar -contest el ingeniero. -En efecto -dijo Spilett-; recuerdo que dej echado el puente -Buena la ha hecho usted, seor Spilett! -exclam el marino.
-Lo hecho, hecho est -sentenci Ciro Smith-. Ahora atendamos lo que hay que hacer.
Tales fueron las preguntas y respuestas que se cruzaron rpidamente entre Ciro Smith y sus compaeros. Era indudable que el puentecillo haba dado paso a aquellos animales que haban invadido la playa, y cualesquiera que fuesen, subiendo por la orilla izquierda del ro de la Merced, podan llegar a la meseta de la Gran Vista; por consiguiente, era preciso ganarles en celeridad, y combatirlos si se ostinaban en pasar.
-Pero qu animales son sos? -pregunt Pencroff por segunda vez en el momento en que los ladridos resonaban con ms fuerza.
Aquellos ladridos hicieron estremecer a Harbert, acordndose de haberlos odo en su primera visita a las fuentes del arroyo Rojo.
-Son culpeos, son zorras! -dijo.
-Adelante! -exclam el marino.
Y todos, armndose de hachas, de carabinas y de revlveres, se precipitaron en la banasta del ascensor y bajaron a la playa.
Los culpeos son animales peligrosos, cuando hay muchos e irritados por el hambre; sin embargo, los colonos no vacilaron en arrojarse en medio de ellos, y sus primeros tiros de revlver, lanzando rpidos relmpagos en la oscuridad, hicieron retroceder a los primeros asaltantes.
Lo que importaba era impedirles subir a la meseta de la Gran Vista, porque entonces las plantaciones y el corral habran quedado a merced suya e inevitablemente habran producido estragos inmensos, tal vez irreparables, sobre todo en lo que se refera al campo de trigo. Pero, como la invasin de la meseta no poda efectuarse sino por la orilla izquierda del ro de la Merced, bastaba oponer a los culpeos una barrera insuperable en la estrecha porcin de la orilla del ro comprendida entre ste y la muralla de granito.
As lo comprendieron todos y por orden de Ciro Smith se apresuraron a dirigirse al sitio designado, mientras la bandada de culpeos se mova y saltaba en la oscuridad.
Ciro Smith, Geden Spilett, Harbert, Pencroff y Nab se colocaron de forma que presentaban una lnea infranqueable. Top, abriendo sus formidables mandbulas, preceda a los colonos, e iba seguido de Jup, armado de un garrote nudoso, que blanda como una maza.
La noche era muy oscura y no se vea a los agresores, sino los fogonazos de las descargas, cada una de las cuales haca indudablemente por lo menos una vctima. Las zorras deban ser ms de ciento y sus ojos brillaban como carbones encendidos.
-No hay que dejarlas pasar! -exclam Pencroff.
-No pasarn -contest el ingeniero.
Pero si no pasaron no fue por falta de tentativas. Las ltimas filas empujaban a las primeras y hubo que sostener una lucha incesante a tiros de revlver y a hachazos. Muchos cadveres de culpeos deban cubrir ya el suelo, pero la banda no pareca disminuir, sino al contrario, se renovaba sin cesar por el puentecillo de la playa.
En breve los colonos tuvieron que luchar cuerpo a cuerpo y no dejaron de recibir algunas heridas, aunque ligeras por fortuna. Harbert, de un tiro, haba libertado a Nab, sobre cuya espalda acababa de caer un culpeo como hubiera podido hacerlo un tigre. Top peleaba con verdadero furor, saltando al cuello de las zorras y estrangulndolas. Jup, armado de su garrote, daba palos de ciego a todas partes, y en vano se le quera detener. Dotado sin duda de una vista que le permita penetrar en aquella oscuridad, estaba siempre en lo ms duro del combate y lanzaba de cuando en cuando un silbido agudo, que era la seal de alegra. En ciertos momentos se adelant tanto, que al fogonazo de un tiro de revlver se le pudo ver rodeado de cinco o seis grandes culpeos, a los cuales haca frente con la mayor sangre fra.
La lucha deba concluir en ventaja para los colonos, aunque fuera al cabo de dos horas largas de resistencia. Los primeros resplandores del alba determinaron sin duda la retirada de los asaltantes, que huyeron hacia el norte, pasando el puentecillo, y Nab corri inmediatamente a levantarlo.
Cuando la claridad ilumin suficientemente el campo de batalla, los colonos pudieron contar unos cincuenta cadveres esparcidos por la arena.
-Y Jup? -exclam Pencroff-. Dnde est Jup?
El orangutn haba desaparecido. Nab le llam y por primera vez Jup no respondi al llamamiento de su amigo.
Todos se pusieron en busca de Jup, temiendo encontrarlo entre los muertos. Se examin el sitio de los cadveres, que manchaban la nieve con su sangre, y encontraron a Jup en medio de un verdadero montn de culpeos, cuyas mandbulas y espinazos rotos manifestaban haber estado en contacto con el terrible garrote del intrpido animal. El pobre Jup tena en la mano un pedazo de su estaca rota, pero, privado de su arma, haba sido derribado por el nmero de enemigos y tena en su pecho profundas heridas.
-Est vivo! -exclam Nab, que se haba inclinado sobre l.
-Lo salvaremos -repuso el marino-, lo cuidaremos como a uno de nosotros.
Pareca que Jup lo haba entendido, porque reclin su cabeza sobre el hombro de Pencroff, como para darle las gracias. El marino tambin estaba herido, pero sus heridas, lo mismo que las de sus compaeros, eran insignificantes, porque gracias a sus armas de fuego casi siempre haban podido mantener la distancia conveniente entre ellos y sus agresores. Solamente el orangutn tena heridas graves.
Nab y Pencroff lo llevaron hasta el ascensor sin que apenas saliera de sus labios ms que un dbil gemido; lo subieron con cuidado al Palacio de granito, donde fue instalado en uno de los colchones que se tomaron de una cama, y le lavaron las heridas. No pareca que hubiesen alcanzado a ningn rgano vital, pero Jup estaba muy debilitado por la prdida de sangre, y la fiebre se declar con bastante intensidad.
Le acostaron despus de haberle vendado las heridas y se le impuso una dieta, como una persona, segn deca Nab, hacindole beber algunas tazas de tisana refrigerante, cuyos ingredientes suministr la oficina de farmacia vegetal del Palacio de granito.
Jup durmi al principio con un sueo agitado, pero poco a poco su respiracin se hizo ms regular y se le dej descansar tranquilamente. De cuando en cuando, Top, andando, por decir as, de puntillas, iba a visitar a su amigo y pareca aprobar los cuidados que tenan con l. Una mano de Jup penda fuera de la cama y Top la lama con aire de pesadumbre.