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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-�Y si no de hecho, lo estaba, al menos, de coraz�n -dec�a.

Entretanto se enarbol� aquel pabell�n en la ventana central del Palacio de granito y los colonos le saludaron con tres hurras.

La estaci�n fr�a tocaba a su t�rmino, y parec�a que aquel segundo invierno iba a pasar sin incidente grave, cuando en la noche del 11 de agosto la meseta de la Gran Vista se vio amenazada de una devastaci�n completa.

Despu�s de un d�a de mucho trabajo, los colonos dorm�an profundamente, cuando, hacia las cuatro de la ma�ana, se despertaron sobresaltados al o�r los ladridos de Top. El perro no ladraba aquella vez cerca de la boca del pozo, sino en el umbral de la puerta y se echaba sobre ella como si quisiera derribarla. Jup tambi�n por su parte daba gritos agudos.

-��Qu� hay, Top? -exclam� Nab, que fue el primero que se despert�. El perro continuaba ladrando con furor. -�Qu� pasa? -pregunt� Ciro Smith.

Y todos, vestidos apresuradamente, se precipitaron hacia las ventanas de la habitaci�n y las abrieron.

Se present� ante sus ojos una capa de nieve, que apenas parec�a blanca en aquella oscur�sima noche. No vieron nada, pero oyeron singulares ladridos que resonaban en la oscuridad. La playa hab�a sido invadida por cierto n�mero de animales que las tinieblas imped�an distinguir.

-��Qu� es eso? -exclam� Pencroff. -Lobos, jaguares o monos -contest� Nab.

-��Diablos! �Pueden llegar a lo alto de la meseta? -dijo el corresponsal. -�Y nuestro corral? -exclam� Harbert-. �Y nuestra plantaci�n? -�Por d�nde han pasado? -pregunt� Pencroff.

-�Sin duda por el puentecillo de la playa que alguno de nosotros habr� olvidado levantar -contest� el ingeniero. -En efecto -dijo Spilett-; recuerdo que dej� echado el puente� -�Buena la ha hecho usted, se�or Spilett! -exclam� el marino.

-�Lo hecho, hecho est� -sentenci� Ciro Smith-. Ahora atendamos lo que hay que hacer.

Tales fueron las preguntas y respuestas que se cruzaron r�pidamente entre Ciro Smith y sus compa�eros. Era indudable que el puentecillo hab�a dado paso a aquellos animales que hab�an invadido la playa, y cualesquiera que fuesen, subiendo por la orilla izquierda del r�o de la Merced, pod�an llegar a la meseta de la Gran Vista; por consiguiente, era preciso ganarles en celeridad, y combatirlos si se ostinaban en pasar.

-��Pero qu� animales son �sos? -pregunt� Pencroff por segunda vez en el momento en que los ladridos resonaban con m�s fuerza.

Aquellos ladridos hicieron estremecer a Harbert, acord�ndose de haberlos o�do en su primera visita a las fuentes del arroyo Rojo.

-��Son culpeos, son zorras! -dijo.

-��Adelante! -exclam� el marino.

Y todos, arm�ndose de hachas, de carabinas y de rev�lveres, se precipitaron en la banasta del ascensor y bajaron a la playa.

Los culpeos son animales peligrosos, cuando hay muchos e irritados por el hambre; sin embargo, los colonos no vacilaron en arrojarse en medio de ellos, y sus primeros tiros de rev�lver, lanzando r�pidos rel�mpagos en la oscuridad, hicieron retroceder a los primeros asaltantes.

Lo que importaba era impedirles subir a la meseta de la Gran Vista, porque entonces las plantaciones y el corral habr�an quedado a merced suya e inevitablemente habr�an producido estragos inmensos, tal vez irreparables, sobre todo en lo que se refer�a al campo de trigo. Pero, como la invasi�n de la meseta no pod�a efectuarse sino por la orilla izquierda del r�o de la Merced, bastaba oponer a los culpeos una barrera insuperable en la estrecha porci�n de la orilla del r�o comprendida entre �ste y la muralla de granito.

As� lo comprendieron todos y por orden de Ciro Smith se apresuraron a dirigirse al sitio designado, mientras la bandada de culpeos se mov�a y saltaba en la oscuridad.

Ciro Smith, Gede�n Spilett, Harbert, Pencroff y Nab se colocaron de forma que presentaban una l�nea infranqueable. Top, abriendo sus formidables mand�bulas, preced�a a los colonos, e iba seguido de Jup, armado de un garrote nudoso, que bland�a como una maza.

La noche era muy oscura y no se ve�a a los agresores, sino los fogonazos de las descargas, cada una de las cuales hac�a indudablemente por lo menos una v�ctima. Las zorras deb�an ser m�s de ciento y sus ojos brillaban como carbones encendidos.

-��No hay que dejarlas pasar! -exclam� Pencroff.

-�No pasar�n -contest� el ingeniero.

Pero si no pasaron no fue por falta de tentativas. Las �ltimas filas empujaban a las primeras y hubo que sostener una lucha incesante a tiros de rev�lver y a hachazos. Muchos cad�veres de culpeos deb�an cubrir ya el suelo, pero la banda no parec�a disminuir, sino al contrario, se renovaba sin cesar por el puentecillo de la playa.

En breve los colonos tuvieron que luchar cuerpo a cuerpo y no dejaron de recibir algunas heridas, aunque ligeras por fortuna. Harbert, de un tiro, hab�a libertado a Nab, sobre cuya espalda acababa de caer un culpeo como hubiera podido hacerlo un tigre. Top peleaba con verdadero furor, saltando al cuello de las zorras y estrangul�ndolas. Jup, armado de su garrote, daba palos de ciego a todas partes, y en vano se le quer�a detener. Dotado sin duda de una vista que le permit�a penetrar en aquella oscuridad, estaba siempre en lo m�s duro del combate y lanzaba de cuando en cuando un silbido agudo, que era la se�al de alegr�a. En ciertos momentos se adelant� tanto, que al fogonazo de un tiro de rev�lver se le pudo ver rodeado de cinco o seis grandes culpeos, a los cuales hac�a frente con la mayor sangre fr�a.

La lucha deb�a concluir en ventaja para los colonos, aunque fuera al cabo de dos horas largas de resistencia. Los primeros resplandores del alba determinaron sin duda la retirada de los asaltantes, que huyeron hacia el norte, pasando el puentecillo, y Nab corri� inmediatamente a levantarlo.

Cuando la claridad ilumin� suficientemente el campo de batalla, los colonos pudieron contar unos cincuenta cad�veres esparcidos por la arena.

-��Y Jup? -exclam� Pencroff-. �D�nde est� Jup?

El orangut�n hab�a desaparecido. Nab le llam� y por primera vez Jup no respondi� al llamamiento de su amigo.

Todos se pusieron en busca de Jup, temiendo encontrarlo entre los muertos. Se examin� el sitio de los cad�veres, que manchaban la nieve con su sangre, y encontraron a Jup en medio de un verdadero mont�n de culpeos, cuyas mand�bulas y espinazos rotos manifestaban haber estado en contacto con el terrible garrote del intr�pido animal. El pobre Jup ten�a en la mano un pedazo de su estaca rota, pero, privado de su arma, hab�a sido derribado por el n�mero de enemigos y ten�a en su pecho profundas heridas.

-��Est� vivo! -exclam� Nab, que se hab�a inclinado sobre �l.

-�Lo salvaremos -repuso el marino-, lo cuidaremos como a uno de nosotros.

Parec�a que Jup lo hab�a entendido, porque reclin� su cabeza sobre el hombro de Pencroff, como para darle las gracias. El marino tambi�n estaba herido, pero sus heridas, lo mismo que las de sus compa�eros, eran insignificantes, porque gracias a sus armas de fuego casi siempre hab�an podido mantener la distancia conveniente entre ellos y sus agresores. Solamente el orangut�n ten�a heridas graves.

Nab y Pencroff lo llevaron hasta el ascensor sin que apenas saliera de sus labios m�s que un d�bil gemido; lo subieron con cuidado al Palacio de granito, donde fue instalado en uno de los colchones que se tomaron de una cama, y le lavaron las heridas. No parec�a que hubiesen alcanzado a ning�n �rgano vital, pero Jup estaba muy debilitado por la p�rdida de sangre, y la fiebre se declar� con bastante intensidad.

Le acostaron despu�s de haberle vendado las heridas y se le impuso una dieta, como una persona, seg�n dec�a Nab, haci�ndole beber algunas tazas de tisana refrigerante, cuyos ingredientes suministr� la oficina de farmacia vegetal del Palacio de granito.

Jup durmi� al principio con un sue�o agitado, pero poco a poco su respiraci�n se hizo m�s regular y se le dej� descansar tranquilamente. De cuando en cuando, Top, andando, por decir as�, de puntillas, iba a visitar a su amigo y parec�a aprobar los cuidados que ten�an con �l. Una mano de Jup pend�a fuera de la cama y Top la lam�a con aire de pesadumbre.

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