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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Cuando los colonos, asomados a sus ventanas, observaban aquellas masas de agua que se estrellaban a su vista, no pod�an menos de admirar el magn�fico espect�culo de aquel furor imponente del oc�ano. Las olas chocaban y saltaban en espuma resplandeciente; la playa desaparec�a bajo aquella inundaci�n rabiosa y el macizo de granito parec�a levantarse del fondo del mismo mar, cuyas olas se elevaban a una altura de m�s de cien pies.

Durante aquellas tempestades era peligroso aventurarse por los caminos de la isla, porque era frecuente la rotura y ca�da de �rboles; sin embargo, los colonos no dejaron pasar una semana sin ir a visitar la dehesa.

Afortunadamente, aquel recinto, abrigado por el contrafuerte sudeste del monte Franklin, no padeci� demasiado por la violencia del hurac�n, que perdon� los �rboles, los cobertizos y la empalizada; pero el corral, establecido en la meseta de la Gran Vista, y por consecuencia expuesto directamente a los golpes de viento del este, sufri� deterioros de mucha consideraci�n. El palomar qued� destechado dos veces y la barrera qued� destruida. Todo aquello exig�a ser repuesto de una manera s�lida, porque se ve�a claramente que la isla Lincoln estaba situada en uno de los parajes peores del Pac�fico. Parec�a que formaba el punto central de los vastos ciclones, que la azotaban como la cuerda de un trompo de m�sica. Pero aqu� el trompo estaba inm�vil y la cuerda giraba.

Durante la primera semana de agosto se apacigu� poco a poco el hurac�n y la atm�sfera recobr� la calma, que parec�a haber perdido para siempre. Baj� la temperatura, el fr�o volvi� a ser muy intenso y la columna termom�trica descendi� a 80 Fahrenheit bajo cero (22� cent�grados bajo cero).

El 3 de agosto se hizo una excursi�n proyectada desde algunos d�as a la parte sudeste de la isla, hacia el pantano de los Tadornes. Los cazadores deseaban atacar la caza acu�tica que establec�a all� sus cuarteles de invierno: patos silvestres, cercetas y otras aves pululaban en aquellos parajes.

En esta expedici�n no solamente tomaron parte Gede�n Spilett y Harbert, sino tambi�n Pencroff y Nab. S�lo Ciro Smith, pretextando un trabajo, se qued� en el Palacio de granito.

Los cazadores tomaron el camino del puerto del Globo para ir al pantano, despu�s de haber prometido regresar por la tarde; Top y Jup les acompa�aban. Cuando pasaron el puente del r�o de la Merced, el ingeniero lo levant� y se volvi� a casa con el pensamiento de llevar a cabo el proyecto, para el cual hab�a querido quedarse solo.

Su proyecto consist�a en explorar minuciosamente el pozo interior, cuya boca se abr�a al nivel del corredor del Palacio de granito y que comunicaba con el mar, puesto que en otro tiempo hab�a dado paso a las aguas del lago.

�Por qu� Top daba vueltas alrededor de aquel orificio? �Por qu� lanzaba tan extra�os ladridos, cuando se acercaba a aquel pozo, estimulado por cierta especie de alarma? �Por qu� Jup acompa�aba a Top en esa especie de ansiedad? �Ten�a aquel pozo otra ramificaci�n adem�s de la comunicaci�n vertical con el mar? �Se ramificaba de alg�n modo hacia otras partes de la isla? Esto era lo que Ciro Smith deseaba saber y, para saberlo, quer�a empezar por estar solo. Hab�a resuelto intentar la exploraci�n del pozo durante una ausencia de sus compa�eros y se le presentaba la ocasi�n de hacerlo.

Era f�cil bajar hasta el fondo del pozo empleando la escalera de cuerda, que ya no se usaba desde la instalaci�n del ascensor, y cuya longitud era suficiente. Esto hizo el ingeniero: arrastr� la escalera de cuerda hasta la boca del pozo, cuyo di�metro med�a unos seis pies, y la dej� desarrollarse, despu�s de haber atado s�lidamente su extremo

superior. Luego encendi� una linterna, tom� su rev�lver, se colg� un machete al cintur�n y comenz� a bajar los primeros tramos.

Por todas partes la pared estaba lisa; algunas puntas de roca sal�an de trecho en trecho y por medio de ellas hubiera sido realmente posible a un ser �gil subir hasta la boca del pozo.

Esta fue la observaci�n que hizo el ingeniero; pero, recorriendo con cuidado con la linterna aquellos salientes, no encontr� ninguna se�al, ninguna rozadura que pudiera inducir a creer que hubiesen servido para escalar.

Baj� m�s, alumbrando con su linterna todos los puntos de la pared. No vio nada sospechoso.

Cuando lleg� a los �ltimos tramos, sinti� debajo de s� la superficie del agua, que estaba entonces perfectamente tranquila. Ni a su nivel ni en ninguna otra parte del pozo se abr�a corredor alguno lateral que pudiera ramificarse por el interior de la masa de granito. El muro que Ciro Smith golpe� con el pu�o del machete sonaba lleno. Era un granito compacto, a trav�s del cual ning�n ser viviente hab�a podido abrirse camino. Para llegar al fondo del pozo y subir despu�s hasta la boca, era absolutamente necesario pasar por aquel canal, siempre sumergido, que le pon�a en comunicaci�n con el mar a trav�s del subsuelo pedregoso de la playa, y esto no era posible sino para animales marinos. En cuanto a la cuesti�n del sitio adonde iba a parar aquel canal, el punto del litoral o de la profundidad bajo las olas donde terminase, era imposible resolver.

Ciro Smith, terminada su exploraci�n, volvi� a subir, retir� la escalera, tap� de nuevo el brocal y se dirigi�, pensativo, al sal�n del Palacio de granito, diciendo entre s�:

"�Nada he visto y sin embargo aqu� hay algo! "

12. Jup lucha como uno m�s. Prueba del barco construido

Aquella tarde volvieron los cazadores, que hab�an hecho muy buena caza, y ven�an cargados, es decir, con la carga que pod�an buenamente llevar cuatro hombres. Top tra�a una ristra de cercetas alrededor del cuello, y Jup, un cintur�n de gallinetas de agua alrededor de su cuerpo.

-�Aqu� tenemos, amo -exclam� Nab-, entretenimiento para alg�n tiempo: conservas, pasteles, agradable reserva, pero alguien me tiene que ayudar. �Cuento contigo, Pencroff?

-�No, Nab -contest� el marino-; el aparejo del barco me reclama y por ahora tendr�s que pasarte sin mi ayuda. -�Y usted, se�or Harbert?

-�Yo ma�ana tengo que ir a la dehesa -contest� el joven. -Entonces me ayudar� el se�or Spilett.

-�Por complacerte, Nab -repuso el periodista-; pero te prevengo que, si me descubres tus recetas, las voy a publicar.

-�Como usted guste, se�or Spilett -respondi� Nab-; como usted guste.

Y as� fue como al d�a siguiente Gede�n Spilett se convirti� en ayudante de cocina de Nab y qued� instalado en su laboratorio culinario. Pero antes el ingeniero le hab�a manifestado el resultado de la expedici�n del pozo realizada la v�spera y sobre este punto el corresponsal fue de la misma opini�n de Ciro: "que, aunque nada hab�a encontrado, quedaba, sin embargo, un secreto".

Los fr�os continuaron todav�a durante una semana, y los colonos abandonaron el Palacio de granito s�lo para cuidar el corral. La vivienda estaba perfumada con los olores que exhalaban las sabias manipulaciones de Nab y del corresponsal, pero no todo el producto de la caza del pantano se transform� en conserva. Aquel fr�o intenso conservaba perfectamente la carne: se comieron patos silvestres y otras carnes frescas y se declararon superiores a todos los animales acu�ticos del mundo conocido.

Durante aquella semana, Pencroff, ayudado por Harbert, que manejaba h�bilmente la aguja del velero, trabaj� con tal ardor, que quedaron terminadas las velas de la embarcaci�n.

La cordeler�a de c��amo no faltaba gracias al aparejo que se hab�a encontrado con la cubierta del globo. Los cables, las cuerdas de la red, todo aquello formaba un excelente material, del cual sac� el marino muy buen partido. Las velas fueron guarnecidas de fuertes relingas y a�n quedaba para fabricar las drizas, los obenques, las escotas, etc. En cuanto a los motones, por consejo de Pencroff y mediante el torno que se hab�a instalado, fabric� Ciro Smith los necesarios. Se acab� el aparejo mucho antes que estuviera concluido el barco.

Pencroff hizo tambi�n una bandera azul, roja y blanca, cuyos colores hab�an sido suministrados por ciertas plantas tint�reas muy abundantes en la isla; pero a las treinta estrellas, que representaban los Estados de la Uni�n, que resplandecen en el pabell�n norteamericano, el marino a�adi� una m�s, la estrella de la isla Lincoln, porque ya consideraba su isla como unida a la gran Rep�blica.

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