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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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El 30 de junio se captur� un albatros herido en la pata por un tiro de Harbert. Era una ave de la familia de esas grandes voladoras, cuyas alas extendidas miden diez pies de envergadura y que pueden atravesar mares tan amplios como el Pac�fico.

Harbert hubiera querido conservar aquella ave, cuya herida se cur� r�pidamente, a la cual quer�a domesticar; pero Gede�n Spilett le hizo comprender que no pod�a desaprovecharse aquella ocasi�n de intentar una correspondencia mediante aquel correo con las tierras del Pac�fico; y Harbert tuvo que ceder, porque, si el albatros hab�a venido de alguna regi�n habitada, volver�a a ella cuando se viese libre.

Tal vez en el fondo Gede�n Spilett, en cuyo �nimo dominaba el esp�ritu de cronista, deseaba con ansia lanzar un interesante art�culo respecto de las aventuras de los colonos en la isla Lincoln. �Qu� triunfo para el corresponsal del "New York Herald" y para el n�mero que publicase la cr�nica, si por ventura llegaba a manos de su director, el ilustre John Benett!

Gede�n Spilett redact� una noticia sucinta, que fue metida en un saco de tela fuerte engomada. A la noticia acompa�aba una s�plica, para que el que la encontrase la remitiera inmediatamente a las oficinas del "New York Herald". Aquel saquillo fue atado al cuello del albatros y no a una de sus patas, porque estas aves tienen la costumbre de descansar en la superficie del agua; y despu�s se dio libertad a aquel r�pido correo del aire. Los colonos lo vieron desaparecer entre las brumas del oeste.

-��Ad�nde ir�? -pregunt� Pencroff.

-�Hacia Nueva Zelanda -contest� Harbert.

-��Buen viaje! -exclam� el marino, que por su parte no esperaba grandes resultados de aquella correspondencia.

Con el invierno continuaron las tareas del interior del Palacio de granito: reparaciones de vestidos, confecciones diversas, entre otras las velas de la embarcaci�n, que se cortaron del inagotable dep�sito del aerostato.

Durante el mes de julio los fr�os fueron intensos, pero no se economizaron ni le�a ni carb�n. Ciro Smith hab�a instalado otra chimenea en el sal�n y all� pasaban las largas noches del invierno. Hablaban durante el trabajo, se le�a cuando las manos estaban ociosas y el tiempo transcurr�a con provecho para todos.

Era un verdadero gozo para los colonos, cuando desde aquella sala bien alumbrada por buj�as, bien calentada por el carb�n de piedra, despu�s de una comida reconfortante, el caf� de sa�co humeando en la taza y las pipas desprendiendo un humo odor�fero, o�an la tempestad mugir fuera. Habr�an experimentado un bienestar completo si �ste pudiera existir para los colonos que estaban lejos de sus semejantes y sin comunicaci�n posible con ellos. Hablaban siempre de su patria, de los amigos que hab�an dejado en ella y de la grandeza de la Rep�blica Norteamericana, cuya influencia no pod�a menos de acrecentarse. Ciro Smith, que hab�a desempe�ado un papel importante en los asuntos de la Uni�n, interesaba a sus oyentes con sus relatos, sus puntos de vista y sus pron�sticos.

Un d�a Gede�n Spilett le dijo: -Pero en fin, querido Ciro, todo este movimiento industrial y comercial que usted predice continuar� en progresi�n constante. �No corre peligro

de verse detenido tarde o temprano? -�Detenido? �Por qu�?

-�Por falta de carb�n, que puede llamarse el m�s precioso de los minerales.

-�Es el m�s precioso -contest� el ingeniero-, y parece que la naturaleza lo ha querido demostrar as� haciendo el diamante, que en �ltimo an�lisis no es m�s que carb�n puro cristalizado.

-��Quiere usted decir, se�or Ciro -repuso Pencroff-, que se quemar�n diamantes a guisa de hulla en las calderas? -No, amigo m�o -contest� Ciro Smith.

-�Sin embargo, insisto en lo que he dicho -a�adi� Gede�n Spilett-. �Negar� usted que un d�a se habr� extinguido completamente la provisi�n de carb�n?

-�Los yacimientos de hulla son todav�a muy considerables, y los cien mil obreros, que arrancan anualmente cien millones de quintales m�tricos de mineral, est�n muy lejos de agotar tan pronto los dep�sitos.

-�Considerando la proporci�n creciente del consumo de carb�n de piedra -repuso Gede�n Spilett-, se puede presumir que esos cien mil obreros ser�n pronto doscientos mil y que se duplicar� la extracci�n.

-�Pero despu�s de los yacimientos de Europa, con el auxilio de nuevas m�quinas podr�n explorarse m�s a fondo. Las minas de Am�rica y de Australia suministrar�n por largo tiempo todav�a lo necesario para el consumo de la industria.

-��Por cu�nto tiempo? -pregunt� el periodista.

-�Al menos por doscientos cincuenta o trescientos a�os.

-�Eso nos debe tranquilizar -intervino Pencroff-, pero es alarmante para nuestros bisnietos.

-�Ya se inventar� otra cosa -dijo Harbert.

-�Esperemos -contest� Spilett-, porque sin carb�n no hay m�quinas, y sin m�quinas no hay trenes, ni vapores, ni f�bricas, ni nada de lo que exige el progreso de la vida moderna.

-�Pero �qu� se inventar�? -pregunt� Pencroff-. �Lo imagina usted, se�or Ciro? -Algo, amigo m�o. -�Y qu� se quemar� en vez de carb�n? -�Agua! -respondi� Ciro Smith.

-��Agua! -exclam� Pencroff-. �Agua para calentar las calderas de los vapores y de las locomotoras, agua para calentar el agua!

-�S�, amigo m�o -repuso Ciro Smith-; agua descompuesta sin duda por la electricidad y que llegar� a ser entonces una fuerza poderosa y manejable. Todos los grandes descubrimientos, por una ley inexplicable, parece que se encadenan y se completan en el momento oportuno. S�, amigos m�os, creo que el agua se usar� un d�a como combustible, que el hidr�geno y el ox�geno que la constituyen, utilizados aislada y simult�neamente, producir�n una fuente de calor y de luz inagotable y de una intensidad mucho mayor que la de la hulla. Un d�a el pa�ol de los vapores y el t�nder de las locomotoras en vez de carb�n se cargar�n de esos dos gases comprimidos, que arder�n en los hornos con un enorme poder calor�fico. No hay que temer, pues, mientras esta tierra est� habitada, suministrar� elementos para satisfacer las necesidades de sus habitantes, los cuales no carecer�n jam�s de luz ni de calor, como tampoco de las producciones de los reinos vegetal, mineral y animal. Creo que, cuando est�n agotados los yacimientos de hulla, se producir� el calor con agua. El agua es el carb�n del porvenir.

-�Quisiera ver eso -dijo el marino.

-�Has madrugado mucho, Pencroff -contest� Nab, que intervino con estas palabras en la conversaci�n.

Sin embargo, no fueron las palabras de Nab las que terminaron la conversaci�n, sino los ladridos de Top, que estallaron de nuevo con aquella entonaci�n extra�a que ya en otra ocasi�n hab�a preocupado al ingeniero. Al mismo tiempo Top dio vueltas de nuevo alrededor de la boca del pozo que hab�a en el extremo del corredor interior.

-��Qu� es lo que tiene Top, por qu� ladra as�? -pregunt� Pencroff.

-��Y por qu� gru�ir� Jup de esa manera? -a�adi� Harbert.

En efecto, el orangut�n, uni�ndose al perro, daba se�ales inequ�vocas de agitaci�n, y los dos animales parec�an estar m�s alarmados que irritados.

-�Es evidente -dijo Gede�n Spilett-que ese pozo est� en comunicaci�n con el mar, y que hasta su interior viene, sin duda, a respirar alg�n animal marino.

-�As� parece -a�adi� Peneroff-, no tiene otra explicaci�n� �Vamos, silencio, Top! -dijo el marino, volvi�ndose hacia el perro-; y t�, Jup, ret�rate a tu cuarto.

El perro y el mono se callaron. Jup volvi� a acostarse, pero Top se qued� en el sal�n y continu� lanzando gru�idos durante toda la noche.

No se volvi� a tratar del incidente, pero el ingeniero conserv� el ce�o fruncido.

Durante el resto del mes de julio hubo alternativas de nieve y de fr�o. La temperatura no descendi� tanto como en el invierno anterior, pues el m�ximum no pas� de 80 Fahrenheit (13� 33' cent�grados bajo cero). Pero si aquel invierno fue menos fr�o, en cambio fue m�s agitado por las tempestades y el vendaval; hubo tambi�n violentos

asaltos del mar, que comprometieron m�s de una vez las Chimeneas. Parec�a que unas corrientes originadas por una conmoci�n submarina levantaban aquellas olas monstruosas, precipit�ndolas contra la muralla del Palacio de granito.

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