La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-��Y qui�n ha hecho este descubrimiento? -pregunt� al fin-. �T�, Harbert?
-�No, Pencroff. El autor del descubrimiento es el se�or Spilett.
-��Oh, se�or Spilett! -exclam� el marino abrazando al periodista, que jam�s hab�a sufrido un apret�n tan grande.
-��Un Pencroff -dijo Gede�n Spilett, recobrando su respiraci�n, un instante comprometida-. Una parte de esta gratitud se la debe a Harbert, que ha conocido la planta; a Ciro, que la ha preparado, y a Nab, que ha tenido el trabajo de guardamos el secreto.
-�Pues bien, amigos, yo les recompensar� alg�n d�a. Entretanto, soy todo vuestro en vida y muerte.
11. De nuevo el invierno. Discusi�n sobre el combustible
El invierno llegaba con el mes de junio, que es el diciembre de las zonas boreales, y la principal ocupaci�n de entonces fue la confecci�n de vestidos pesados y de abrigo.
Los muflones de la dehesa hab�an sido esquilados y la preciosa materia textil estaba dispuesta; no faltaba m�s que transformarla en tela.
Claro que Ciro Smith, no teniendo a su disposici�n cardas, ni peines, ni alisadores, ni estiradores, ni retorcedores, ni m�quinas de las llamadas mule jenny y self-acting para hilar la lana, ni telar para tejerla, ten�a que proceder de una manera m�s sencilla y que ahorrase el hilado y el tejido. Se propon�a utilizar la propiedad que tienen los filamentos de lana, cuando se los prensa en todos sentidos, se entrelazan unos con otros y constituyen por este cruzamiento esa tela que se llama fieltro.
Aquel fieltro pod�a, pues, obtenerse por un simple bataneo, operaci�n que, si disminuye la flexibilidad de la tela, aumenta notablemente sus propiedades conservadoras del calor. Ahora bien, precisamente la lana que daban los muflones se compon�a de vellones cortos, buena condici�n para la fabricaci�n del fieltro.
El ingeniero, ayudado por sus compa�eros, incluido Pencroff, que otra vez tuvo que abandonar su construcci�n naval, comenz� las operaciones preliminares que tuvieron por objeto quitar la sustancia oleosa y grasa impregnada en la lona, que se llama churre. El desgrasamiento se verific� en cubetas llenas de agua a 60� de temperatura y en las cuales se dej� sumergida la lana veinticuatro horas. Despu�s se hizo un lavado a fondo mediante ba�os de sosa, y luego, aquella lana, cuando estuvo suficientemente seca por la presi�n, se puso en estado de ser bataneada, es decir, de producir una tela s�lida, tosca y que no habr�a tenido ning�n valor en un centro industrial de Europa o de Am�rica, pero que deb�a ser precios�sima en los mercados de la isla Lincoln.
Este g�nero de pa�o ha debido ser conocido en �pocas remotas, y era, en efecto, la primera tela de lana fabricada por el procedimiento que iba a emplear Ciro Smith.
En lo que sus conocimientos de ingeniero le sirvieron m�s fue en la construcci�n de la m�quina destinada a batanear la lana, porque supo aprovecharse de la fuerza mec�nica, inutilizada hasta entonces, que pose�a el salto de agua de la playa para mover un bat�n.
Nada m�s rudimentario: un �rbol provisto de dientes que levantaban y dejaban caer alternativamente pilones verticales; cubos destinados a recibir la lana, en cuyo interior ca�an los pilones, y un fuerte armaz�n de madera, que conten�a y ligaba todo el sistema: as� era la m�quina y as� hab�a sido hasta el momento en que se tuvo la idea de reemplazar los pilones por cilindros compresores y someter la materia, no a un bataneo, sino a una laminaci�n.
La operaci�n, dirigida por Ciro Smith, tuvo �xito. La lana, previamente impregnada de una disoluci�n jabonosa destinada por una parte a facilitar su deslizamiento, uni�n, compresi�n y reblandecimiento, y por otra impedir su alteraci�n por el golpeteo, sali� del bat�n en forma de una �spera tela de fieltro. Las estr�as y asperezas del vell�n se hab�an enganchado y entrelazado las unas en las otras de tal modo, que formaban una tela igual, apta para hacer vestidos y mantas. No era ni merino, ni muselina, ni cachemira de Escocia, ni stof, ni reps, ni raso de China, ni Orleans, ni alpaca, ni pa�o, ni franela; era fieltro lincolniano, y la isla Lincoln contaba con una industria m�s.
Los colonos tuvieron buenos vestidos y buenas mantas y pudieron esperar sin temor el invierno de 1866 a 1867.
Los grandes fr�os comenzaron a hacerse sentir hacia el 20 de junio, y Pencroff, con gran pesar, tuvo que suspender la construcci�n del buque, que, por otra parte, terminar�a la pr�xima primavera.
La idea fija del marino era hacer un viaje de reconocimiento a la isla Tabor, aunque Ciro Smith no aprobaba aquel viaje, que no ten�a otro objeto que el de satisfacer una curiosidad, porque evidentemente no hab�a esperanza de hallar socorro alguno en aquella roca desierta y casi �rida. Un viaje de ciento cincuenta millas en un barco relativamente peque�o, por mares desconocidos, le preocupaba. Si la embarcaci�n, una vez en alta mar, no pod�a llegar a la isla Tabor, ni volver a Lincoln, �qu� ser�a de ellos en medio de aquel Pac�fico tan fecundo en siniestros?
Ciro Smith hablaba con frecuencia de este proyecto con Pencroff, y le sorprend�a la obstinaci�n del marino sobre este viaje, obstinaci�n que el mismo Pencroff no acertaba a explicarse.
-�Porque, en fin -le dijo un d�a el ingeniero-, debe observar, amigo m�o, que despu�s de haber hablado tan bien de la isla Lincoln y de haber manifestado tantas veces el dolor que experimentar�a si tuviese que abandonarla, es el primero en querer salir de ella.
-�Por pocos d�as, nada m�s -contest� Pencroff-; por pocos d�as, se�or Ciro, s�lo ir y volver despu�s de haber visto lo que hay en ese islote.
-�Pero no puede valer lo que vale la isla Lincoln. -Eso desde luego. -�Entonces, por qu� aventurarse? -Para saber lo que pasa en la isla Tabor.
-�Pero si no pasa nada, ni puede pasar. -�Qui�n sabe! -�Y si le sorprende una tempestad?
-�No hay que temerla en la buena estaci�n -repuso Pencroff-. Le pedir� permiso para hacer solo con Harbert ese viaje.
-�Amigo -repuso el ingeniero, poniendo la mano en el hombro del marino-, si le sucediera una desgracia a usted o a ese muchacho, a quien la casualidad nos ha dejado por hijo, �cree usted que podr�amos consolarnos?
-�Se�or Ciro -contest� Pencroff con inmutable confianza-, no le causaremos esa pena.
Ya volveremos a hablar del viaje, cuando llegue el momento. Creo que, cuando haya visto nuestro buque bien aparejado, bien acastillado y cuando observe c�mo se porta en el mar, cuando hayamos dado la vuelta a nuestra isla, porque la daremos, estoy seguro de que no tendr� inconveniente en dejarnos marchar. No puedo ocultarle que ese buque que ha ideado va a ser una obra maestra.
-�Diga al menos nuestro buque, Pencroff -repuso el ingeniero moment�neamente desarmado.
La conversaci�n concluy� as� para volver a empezar despu�s, sin que quedaran convencidos ni el marino ni el ingeniero.
Hacia finales de junio cayeron las primeras nieves. De antemano hab�an almacenado provisiones en la dehesa y no fue preciso visitarla diariamente, aunque s� una vez por semana.
Colocaron las trampas de nuevo y se hizo el ensayo de los instrumentos fabricados por Ciro Smith.
Las barbas de la ballena, encorvadas, aprisionadas en un estuche de hielo y cubiertas de una espesa capa de grasa, fueron colocadas en los l�mites del bosque, y en el sitio por donde pasaban continuamente los animales para ir al lago.
Con satisfacci�n del ingeniero, su invenci�n, imitadora de los pescadores aleutianos, tuvo un �xito completo. Una docena de zorras, algunos jabal�es y hasta un jaguar se dejaron enga�ar por el cebo y fueron encontrados muertos con el est�mago perforado por los fanones al extenderse.
Y aqu� debemos hablar de un ensayo que fue la primera tentativa hecha por los colonos para comunicarse con sus semejantes.
Gede�n Spilett hab�a pensado muchas veces en arrojar al mar una noticia metida en una botella que la corriente llevar�a quiz� a alguna costa habitada o en confiarla a las palomas. Pero �c�mo esperar que las palomas o botellas pudieran atravesar la distancia que separaba la isla de toda tierra habitada, no inferior a mil doscientas millas? Hubiera sido una locura.