La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Pero lo que los colonos no pod�an hacer lo hizo por ellos la casualidad, y el 3 de mayo los gritos de Nab, apostado en la ventana de su cocina, anunciaron que la ballena hab�a encallado en la playa de la isla. Harbert y Gede�n Spilett, que iban a marchar de caza, abandonaron sus fusiles, Pencroff arroj� su hacha, Ciro Smith y Nab se unieron a sus compa�eros y todos se dirigieron hacia el lugar donde el animal hab�a encallado.
Era en la playa de la punta del Pecio, a tres millas del Palacio de granito y durante la marea alta. Probablemente el cet�ceo no podr�a desprenderse con facilidad del sitio en que estaba. En todo caso era necesario apresurarse para cortarle la retirada. Acudieron con picos y venablos, pasaron el puente del r�o de la Merced, bajaron por la orilla derecha, ganaron la playa y en menos de veinte minutos se hallaron junto al enorme animal, por encima del cual revoloteaba una nube de p�jaros.
-��Qu� monstruo! -exclam� Nab.
Y la expresi�n era justa, porque era una ballena austral de ochenta pies de longitud, un gigante de la especie, que no deb�a pesar menos de ciento cincuenta mil libras.
Entretanto el monstruo encallado no se mov�a ni trataba de ponerse de nuevo a flote, mientras la marea estaba alta.
Los colonos tuvieron la explicaci�n de la inmovilidad, cuando, al llegar la baja marea, pudieron dar vuelta a todo su cuerpo.
Estaba muerta, un arp�n sal�a de su costado izquierdo.
-�Hay, pues, balleneros en nuestras aguas -dijo inmediatamente Gede�n Spilett. -�Porqu�? -pregunt� el marino. -Porque aqu� tenemos ese arp�n�
-�No, se�or Spilett, eso no prueba nada -contest� Pencroff-. Se han visto ballenas andar millares de millas con un arp�n en el costado y, si �sta hubiera sido herida al norte del Atl�ntico y hubiera venido a morir al sur del Pac�fico, nada habr�a de extra�o.
-�Sin embargo� -dijo Gede�n Spilett, a quien la afirmaci�n de Pencroff no satisfizo.
-�Eso es muy posible -intervino Ciro Smith-, pero examinemos el arp�n. Quiz�, seg�n la costumbre general, los balleneros han grabado en este arma el nombre de su buque.
En efecto, Pencroff, despu�s de arrancar el arp�n que el animal llevaba en el costado, ley� esta inscripci�n: MARIA STELLA -VINEYARD.
-��El buque de Vineyard! �Un buque de mi pa�s! -exclam�-. El Maria Stella. �Hermoso ballenero! Lo conozco muy bien. �Ah, amigos, un buque de Vineyard, un ballenero de Vineyard!
Y el marino, blandiendo el arp�n, repet�a con emoci�n aquel nombre tan querido, el nombre de su pa�s natal.
Como no pod�a esperarse que el Maria Stella reclamara el animal que hab�a herido con su arp�n, se convino proceder al despedazamiento de la ballena antes que llegara a la descomposici�n. Las aves de rapi�a, que espiaban desde algunos d�as aquella rica presa, quer�an sin m�s tomar posesi�n de ella y hubo que ahuyentarlas a tiros.
Aquella ballena era una hembra, cuyos pechos dieron gran cantidad de leche, que, conforme a la opini�n del naturalista Dieffembach, pod�a pasar por leche de vaca; y en efecto, no se diferencia de ella por el sabor, ni por el color, ni por la densidad.
Pencroff hab�a servido en otro tiempo en un buque ballenero, por lo que pudo dirigir met�dicamente la operaci�n del descuartizamiento, operaci�n bastante desagradable, que dur� tres d�as, pero ante la cual ninguno de los colonos retrocedi�, ni siquiera Gede�n Spilett, que, seg�n dec�a el marino, concluir�a por hacerse un excelente n�ufrago.
El tocino cortado en lonjas paralelas de dos pies y medio de espesor, y dividido despu�s en pedazos que pod�an pesar mil libras cada uno, fue derretido en grandes vasos de barro, que se llevaron al sitio mismo de la operaci�n, porque no se quer�a tener aquel mal olor en las inmediaciones de la meseta de la Gran Vista. En aquella fusi�n perdi� la grasa una tercera parte de su peso, pero hab�a much�sima; la lengua sola dio seis mil libras de aceite y el labio inferior cuatro mil. Adem�s de esta grasa, que deb�a asegurar por largo tiempo la provisi�n de estearina y de glicerina, estaban las barbas, que sin duda tendr�an su empleo especial, aunque no se usaban paraguas ni cors�s en el Palacio de granito. La parte superior de la boca del cet�ceo estaba, en efecto, provista en los dos lados de ochocientas l�minas c�rneas muy el�sticas, de contextura fibrosa y afiladas en sus bordes como dos grandes peines, cuyos dientes, de seis pies de largo, sirven para retener los millares de animalillos, pececillos y moluscos de que se alimenta la ballena.
Terminada la operaci�n con gran satisfacci�n de los colonos, se abandonaron los restos del animal a las aves de rapi�a, que deb�an hacer desaparecer hasta sus �ltimos vestigios, y los colonos volvieron a sus tareas ordinarias en el Palacio de granito.
Sin embargo, antes de volver al taller de construcci�n, Ciro Smith tuvo la idea de fabricar ciertas m�quinas que excitaron la curiosidad de sus compa�eros. Tom� una docena de barbas de ballena y las cort� en seis partes iguales, aguz�ndolas por sus extremos.
-��Y para qu� servir� eso, se�or Ciro? -pregunt� Harbert, cuando vio la operaci�n terminada.
Para matar lobos, zorras y hasta jaguares. -�Ahora?
-�No, este invierno, cuando estemos rodeados de hielo y nieve. -No comprendo -repuso Harbert.
-�Vas a comprenderlo, hijo m�o -a�adi� el ingeniero-. Este aparato no es invenci�n m�a, sino que lo emplean con frecuencia los cazadores de las islas Aleutianas, en la Am�rica rusa. Cuando vengan los hielos, estas barbas que ven las encorvar�, las regar� con agua hasta que est�n cubiertas de una capa de hielo que mantendr� su curvatura, y luego las sembrar� sobre las nieves tras haberlas disimulado un poco bajo otra capa de grasa. Ahora bien, �qu� suceder� si un animal hambriento viene a tragarse uno de esos cebos? Que el calor de su est�mago fundir� el hielo y, extendi�ndose el fan�n, romper� sus intestinos con sus extremos aguzados.
-��Eso s� que es ingenioso! -dijo Pencroff. -Y sobre todo, nos ahorrar� p�lvora y balas -a�adi� Ciro Smith. -Eso vale m�s que las trampas -dijo Nab. -Esperemos, pues, el invierno.
-�Esperemos el invierno.
Entretanto adelantaba la construcci�n del buque y a finales de mes estaba medio forrado. Pod�a verse que sus formas ser�an excelentes para mantenerse bien en el mar.
Pencroff trabajaba con un ardor sin igual, y s�lo su naturaleza robusta pod�a resistir tanto trabajo. Sus compa�eros le preparaban en secreto una recompensa a sus trabajos y el 31 de mayo deb�a experimentar una de las mayores alegr�as de su vida.
Aquel d�a, al terminar la comida, en el momento en que se iba a levantar de la mesa, sinti� que se apoyaba una mano sobre su hombro. Era la mano de Gede�n Spilett, que le
dijo:
-�Un instante, amigo Pencroff. No se va la gente sin m�s. �Y los postres? �Se olvida usted de los postres?
-�Gracias, se�or Spilett -contest� el marino-, vuelvo al trabajo. -Pero una taza de caf�, amigo m�o. -No, gracias.
-�Entonces, una pipa.
Pencroff se hab�a levantado y su cara, ancha y franca, se puso p�lida cuando vio al corresponsal que le presentaba una pipa cargada, mientras Harbert le ofrec�a una brasa.
El marino quiso articular una palabra, pero no pudo. Asiendo la pipa se la llev� a los labios; despu�s, aplicando la brasa, aspir� una tras otra cinco o seis bocanadas. Una nube azul y perfumada se extendi� por el cuarto y de las profundidades de aquella nube sali� una voz delirante que repet�a:
-��Tabaco, verdadero tabaco!
-�S�, Pencroff -dijo Ciro Smith-, y buen tabaco.
-��Divina Providencia! �Autor sagrado de todas las cosas! -exclam� el marino-. Ya no falta absolutamente nada en nuestra isla. Y Pencroff fumaba y fumaba sin cansarse.