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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Ciro Smith no haba caminado a ciegas en esta nueva tarea. Era entendido en construccin naval como en casi todas las cosas y haba hecho antes sobre el papel el croquis de la embarcacin. Por otra parte, estaba bien servido por Pencroff, que habiendo trabajado varios aos en un arsenal de Brooklyn, conoca la prctica del oficio. Por tanto, tras clculos severos y maduras reflexiones, pusieron las contracuadernas sobre la quilla.

Pencroff, como es de suponer, estaba entusiasmado con su nueva empresa y no hubiera querido abandonarla un solo instante.

Un acontecimiento tuvo el privilegio de separarlo, un da solo, de su taller de construccin: la segunda recoleccin del trigo, que tuvo lugar el 15 de abril. Haba tenido tan buen xito como la primera y dio la proporcin de granos anunciada de antemano.

-Sesenta y cinco litros, seor Ciro -dijo Peneroff despus de haber medido escrupulosamente sus riquezas.

-Cerca de dos fanegas -contest el ingeniero-, a trescientos treinta mil granos por fanega, hacen seiscientos sesenta mil granos.

-Pues bien, los sembraremos todos esta vez -dijo el marino-, menos una pequea reserva.

-S, Peneroff; y si la prxima cosecha da un rendimiento proporcional, tendremos trece mil litros.

-Y comeremos pan? -Comeremos pan. -Pero habr que hacer un molino.

-Lo construiremos.

El tercer campo de trigo fue incomparablemente ms extenso que los dos primeros, y la tierra, preparada con sumo cuidado, recibi la primera semilla. Pencroff volvi a sus tareas.

Entretanto Geden Spilett y Harbert cazaban por los alrededores, aventurndose bastante en los parajes todava desconocidos del Far-West y llevando siempre sus fusiles cargados con bala por si tenan algn mal encuentro. Era aqul un laberinto inextricable de rboles magnficos tan unidos entre s como si les hubiera faltado el espacio. La exploracin de aquellas masas de bosque era muy difcil y el periodista no se aventuraba nunca a esta operacin sin llevar consigo la brjula de bolsillo, porque el sol apenas penetraba por entre el tupido ramaje y hubiera sido difcil encontrar despus el camino.

La caza era ms rara en estos parajes donde no tena libertad de movimientos; sin embargo, mataron tres grandes herbvoros durante la ltima quincena de abril. Eran koalas, de los cuales haban visto ya los colonos una muestra al norte del lago, y se dejaron matar estpidamente entre las grandes ramas de los rboles donde se haban refugiado. Los cazadores llevaron las pieles al Palacio de granito y con ayuda del cido sulfrico fueron sometidas a una especie de curtido, que las hizo utilizables.

Un descubrimiento precioso, desde otro punto de vista, se hizo tambin durante una de estas excursiones, descubrimiento que fue debido a Geden Spilett.

Era el 30 de abril. Los dos cazadores se haban internado hacia el sudoeste del Far-West, cuando el corresponsal, que preceda a Harbert unos cincuenta pasos, lleg a una especie de glorieta en que los rboles estaban ms espaciados y dejaban penetrar algunos rayos del sol. Se sorprendi Spilett al notar el olor que exhalaban ciertos vegetales de tallos rectos, cilndricos y ramosos, que producan flores dispuestas en racimos de granos pequesimos. Arranc uno o dos de aquellos tallos y volvi al sitio donde estaba el joven, a quien dijo:

-Mira qu es esto, Harbert. -Dnde ha encontrado esa planta, seor Spilett?

-All, en un claro. Hay muchas.

-Seor Spilett -dijo Harbert-, es un hallazgo que le da derecho a la gratitud de Pencroff. -Es tabaco?

-S; si no de primera calidad, es tabaco al fin y al cabo.

-Qu contento se va a poner Pencroff! Pero no lo fumar todo, qu diantre!, nos dejar una buena parte.

-Una idea, seor Spilett -dijo Harbert-. No digamos nada a Pencroff. Prepararemos esas hojas y, cuando est curado y en las debidas condiciones, le presentaremos una pipa ya cargada.

-Conformes, Harbert, y ese da ya no tendr nada que desear en el mundo.

El periodista y el joven hicieron una buena provisin de la preciosa planta y volvieron al Palacio de granito, donde la introdujeron de contrabando, y con mucha precaucin, como si Pencroff fuera el ms rgido aduanero.

Se revel el secreto a Ciro Smith y a Nab, y el marino no sospech nada durante todo el tiempo, bastante largo, necesario para secar las hojas delgadas, picarlas y someterlas a cierta torrefaccin. La operacin exigi dos meses, pero todas aquellas manipulaciones pudieron hacerse a espaldas de Pencroff, que, ocupado en la construccin del buque, no suba al Palacio de granito nada ms que a las horas de la comida y del descanso.

Una vez, sin embargo, se interrumpi por necesidad su ocupacin favorita. Fue el 1. de mayo, el da sealado para una aventura de pesca, en la cual todos los colonos tuvieron que tomar parte.

Pocos das antes se haba observado en el mar, a unas dos o tres millas de distancia, un enorme animal, que nadaba en las aguas de la isla Lincoln. Era una ballena de grandsimo tamao, que verosmilmente deba pertenecer a la especie austral llamada ballena del Cabo.

-Qu fortuna si pudiramos apoderamos de ella! -exclam el marino-. Si tuviramos una embarcacin apropiada y un arpn en buen estado, yo sera el primero que dira: corramos all, porque ese animal vale la pena de ser capturado!

-En efecto, Peneroff -dijo Geden Spilett-, me alegrara verle manejar el arpn. Debe ser curioso.

-Muy curioso y no exento de peligro -dijo el ingeniero-; pero, dado que no tenemos medios para atacar a ese animal, es intil que nos ocupemos de l.

-Me sorprende -repuso el periodista-ver una ballena en esta latitud, para ella bastante elevada.

-Por qu, seor Spilett? -pregunt Harbert-. Estamos precisamente en esa parte del Pacfico que los pescadores ingleses y norteamericanos llaman campo de ballenas, y aqu, entre Nueva Zelanda y Amrica del Sur, se hallan la mayor cantidad de las ballenas del hemisferio austral.

Nada ms cierto -respondi Pencroff-, y lo que a m me admira es que no hayamos visto otras. De todos modos, ya que no podemos acercarnos a ellas, no importa que haya muchas o pocas.

Y Pencroff volvi a su obra, exhalando un suspiro de sentimiento, porque todo marino es pescador; y si el placer de la pesca est en razn directa del tamao del animal, puede juzgarse lo que experimentara un ballenero en presencia de una ballena.

Y si no se hubiera tratado ms que de este placer! Los colonos pensaban que semejante presa habra sido una fortuna para ellos, porque el aceite, la grasa y las barbas de la ballena podan servir para muchsimos usos.

Ahora bien, sucedi que la ballena que los colonos haban visto no quiso, al parecer, abandonar las aguas de la isla, y desde las ventanas del Palacio de granito y desde la meseta de la Gran Vista, Harbert y Geden Spilett, cuando no estaban de caza, y Nab, mientras vigilaba sus hornillos, no dejaban el anteojo de la mano observando todos los movimientos del animal. El cetceo, que se haba internado mucho en la baha de la Unin, la cruzaba rpidamente desde el cabo Mandbula hasta el cabo de la Garra, impulsado por su aleta caudal, poderossima, sobre la cual se apoyaba y se mova a saltos con una velocidad que a veces llegaba hasta doce millas por hora. Otras veces se acercaba tanto al islote, que se la poda distinguir completamente. Era, en efecto, una ballena de la especie austral enteramente negra, cuya cabeza es ms deprimida que la de las ballenas del norte.

Se vea lanzar por los orificios de la cabeza a gran altura una nube de vapor o de agua, pues, por extrao que parezca, los naturalistas y los balleneros no estn todava de acuerdo en este punto.

Es aire o es agua lo que arroja la ballena? Generalmente se admite que es vapor que, al condensarse repentinamente al contacto del aire fro, vuelve a caer en forma de lluvia.

La presencia de aquel mamfero marino llamaba poderosamente la atencin de los colonos; sobre todo Pencroff estaba nervioso y se distraa durante su trabajo, acabando por no poder resistir al deseo de poseer aquella ballena, como un nio que desea un objeto que est prohibido tocar. Por la noche soaba con ella en voz alta y, si hubiera tenido medios para atacarla, si la chalupa hubiera estado en situacin de mantenerse en el mar, no hubiera vacilado en perseguirla.

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