Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
1 ... 63 64 65 66 67 68 69 70 71 ... 142
Перейти на страницу:

J�zguese, pues, la satisfacci�n que experimentaron los colonos cuando, al sentarse un d�a a comer, apareci� maese Jup con la servilleta en el brazo y vino a servirles la mesa.

Diestro y atento, desempe�� su servicio perfectamente, cambiando los platos, llevando las fuentes, echando las bebidas, todo con una seriedad que divirti� extraordinariamente a los colonos y que entusiasm� a Pencroff.

-��Jup, sopa! -�Jup, un poco de agut�! -�Jup, un plato!

-��Jup, valiente Jup, honrado Jup!

No se o�an m�s que estas exclamaciones, y Jup, sin desconcertarse, respond�a a todo, lo vigilaba todo e inclin� su cabeza inteligente, cuando Pencroff, recordando sus bromas del primer d�a, le dijo:

-�Decididamente, Jup, ser� preciso doblarte el salario.

Es in�til decir que el orangut�n se hab�a aclimatado completamente en el Palacio de granito y acompa�aba con frecuencia a sus amos al bosque sin manifestar jam�s ning�n deseo de huir. Era digno de ver c�mo caminaba del modo m�s divertido con un bast�n que Pencroff le hab�a hecho y que llevaba al hombro a manera de fusil. Si hab�a necesidad de tomar alg�n fruto en la cima de un �rbol, Jup sub�a en un abrir y cerrar de

ojos; si la rueda del carro se atascaba en un bache, Jup la sacaba del atolladero con un vigoroso empuje de sus hombros.

-��Qu� mozo! -exclamaba con frecuencia Pencroff-. Si fuese tan malo como bueno, no habr�a medio de someterlo.

A finales de enero los colonos empezaron grandes obras en la parte central de la isla. Se hab�a decidido que hacia las fuentes del arroyo Rojo y al pie del monte Franklin se establecer�a un prado destinado a los rumiantes, cuya presencia hubiera sido inc�moda en el Palacio de granito, especialmente los carneros silvestres o muflones, que deb�an suministrar la lana destinada a confeccionar vestidos de invierno.

Todas las ma�anas la colonia, algunas veces completa, pero m�s frecuentemente representada tan s�lo por Ciro Smith, Harbert y Pencroff, se trasladaba a las fuentes del arroyo Rojo, excursi�n que, gracias a los onagres, no era m�s que un paseo de cinco millas bajo una b�veda de verdor por aquel camino nuevamente trazado, que tom� el nombre de "camino de la Dehesa".

Escogieron un buen espacio al pie de la misma ladera meridional de la monta�a. Era un prado plantado de �rboles y situado al pie de un contrafuerte, que lo cerraba por un lado. Un riachuelo que nac�a en la ladera, despu�s de haberlo regado diagonalmente, iba a perderse en el arroyo Rojo. La hierba era fresca y los �rboles, que crec�an ac� y all�, permit�an al aire circular libremente en su superficie. Bastaba, pues, rodear dicho prado con una empalizada circular, que en cada extremo viniera a apoyarse en el contrafuerte y bastante elevada para que no pudiesen saltarla ni aun los animales m�s �giles. Aquel recinto podr�a contener un centenar de animales de cuernos, muflones, y las cr�as que �stos pudieran dar en adelante.

El ingeniero traz� el per�metro de la dehesa y en seguida se procedi� a cortar los �rboles necesarios para la construcci�n de la empalizada; pero, como la apertura del camino hab�a necesitado ya el sacrificio de cierto n�mero de troncos, un centenar de estacas fueron s�lidamente implantadas en el suelo.

En la parte anterior de la empalizada se dej� una entrada bastante ancha, que se cerraba con una puerta de doble hoja hecha de fuertes tablas, que deb�an consolidarse por medio de contrafuertes exteriores.

La construcci�n de la dehesa exigi� tres semanas, porque, adem�s de los trabajos de la empalizada, Ciro Smith levant� vastos cobertizos y establos, bajo los cuales pod�an refugiarse los rumiantes. Adem�s, fue necesario construirlos s�lidos, porque los muflones son animales robustos y se pod�a temer la violencia de sus primeros movimientos. Las estacas, puntiagudas por su extremo superior y endurecidas al fuego, se unieron por medio de traviesas aseguradas por pernios y de trecho en trecho varios puntales manten�an la solidez del conjunto.

Terminadas las obras de la dehesa, se trat� de dar una batida por el monte Franklin y por los sitios frecuentados por los rumiantes.

Se realiz� la operaci�n el 7 de febrero en un hermoso d�a de verano y en ella tomaron parte todos los individuos de la colonia. En aquella ocasi�n los dos onagres, bien amaestrados y montados por Gede�n Spilett y Harbert, prestaron grandes servicios.

La maniobra consist�a �nicamente en atraer a la dehesa los muflones y las cabras silvestres, estrechando poco a poco el cerco alrededor de ellos.

Ciro Smith, Pencroff, Nab y Jup se apostaron en diversos puntos del bosque, mientras los dos jinetes y Top galopaban por un radio de media milla alrededor de la dehesa.

Los muflones abundaban en aquella parte de la isla. Aquellos animales del tama�o de gamos, con los cuernos m�s fuertes que los del carnero y de lana gris mezclada con largos pelos, se parec�an mucho a los argal�s.

Fue muy duro aquel d�a de caza. �Cu�ntas idas y venidas, cu�ntas carreras, cu�ntos gritos! De un centenar de muflones que se descubrieron, m�s de dos terceras partes se les escaparon a los ojeadores; pero al fin unos treinta de aquellos rumiantes y unas diez cabras silvestres, empujados poco a poco hacia la dehesa, cuya puerta abierta parec�a ofrecerles una salida, se metieron en ella y pudieron quedar aprisionados.

El resultado fue satisfactorio y los colonos no tuvieron de qu� quejarse. La mayor parte de aquellos muflones eran hembras y algunas no deb�an tardar en parir, por lo cual no hab�a duda de que el reba�o prosperar�a, y que no solamente la lana, sino tambi�n las pieles abundar�an al cabo de cierto tiempo.

Aquella noche los cazadores volvieron extenuados al Palacio de granito. Sin embargo, al d�a siguiente no dejaron de volver a visitar la dehesa. Los prisioneros hab�an tratado de romper la empalizada, pero no hab�an podido lograrlo y no tardaron en quedarse tranquilos.

Durante aquel mes de febrero no ocurri� ning�n acontecimiento notable. Prosiguieron con m�todo las tareas cotidianas y, al mismo tiempo que se mejoraban los caminos de la dehesa y del puerto del Globo, se comenz� otro tercero, que partiendo de la empalizada se dirig�a hacia la costa occidental. La parte todav�a desconocida de la isla Lincoln era la de aquellos grandes bosques que cubr�an la pen�nsula Serpentina, donde se refugiaban las fieras de las cuales Gede�n Spilett contaba en breve purgar sus dominios.

Antes de que volviese la estaci�n fr�a, se dedicaron los cuidados m�s asiduos al cultivo de las plantas silvestres, que hab�an sido trasplantadas del bosque a la meseta de la Gran Vista. Harbert no volv�a de una excursi�n sin llevar algunos vegetales �tiles; ejemplares de la familia de las achicori�ceas, cuyo grano pod�a dar con la presi�n un aceite excelente; una acedera com�n, cuyas propiedades antiescorb�ticas no eran de despreciar; algunos de esos preciosos tub�rculos cultivados en Am�rica meridional, esas plantas de las cuales se conocen hoy doscientas especies. La huerta, muy bien conservada, regada y defendida contra las aves, estaba dividida en cuadros, donde crec�an dragos, lechugas, acederas, r�banos, jaramagos y otras cruc�feras. La tierra en aquella meseta era prodigiosamente fecunda y se podr�a esperar que dar�a cosechas abundantes.

No faltaban tampoco bebidas diversas, y los m�s delicados no hubieran podido quejarse, siempre que no exigieran vino. Al t� de Oswego, que suministraban los monardos d�dimos, y al licor fermentado, extra�do de las ra�ces del drago, Ciro Smith hab�a a�adido una cerveza, que fabric� con los reto�os de la Abies nigra, que, despu�s de haber cocido y fermentado, produjeron esa bebida agradable y particularmente higi�nica, llamada por los angloamericanos spring berr, es decir, cerveza de abeto.

Hacia finales del verano el corral pose�a una hermosa pareja de avutardas, que pertenec�an a la especie hubara, caracterizada por una manteleta de plumas; una docena de gallin�ceas, cuya mand�bula superior se prolongaba de cada lado por medio de un ap�ndice membranoso, y magn�ficos gallos, de cresta, car�ncula y epidermis negras, semejantes a los de Mozambique, que se paseaban orgullosos por la orilla del lago.

1 ... 63 64 65 66 67 68 69 70 71 ... 142
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)