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La chica del tambor

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La chica del tambor
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A continuaci�n, los dos suizos regresaron, sin los guardianes, aunque con un aspecto tremendamente grave, y aportando consigo el diario de Yanuka como si, a pesar de su peque�ez f�sica, el diario hubiera cambiado totalmente la situaci�n. Tambi�n llevaban consigo dos pasaportes, uno de ellos franc�s y el otro chipriota, que hab�an sido hallados bajo las tablas del suelo, en el piso de Yanuka. Y tambi�n llevaban el pasaporte liban�s con el que Yanuka viajaba en el momento en que fue secuestrado.

A continuaci�n, los suizos le explicaron el problema con el que se enfrentaban, aunque lo hicieron en unos t�rminos truculentos que no eran habituales en ellos, pero esta truculencia no constitu�a una amenaza, sino un aviso. Dijeron que, a petici�n de los israel�es, las autoridades de la Alemania Occidental hab�an efectuado un registro en el piso de Yanuka en Munich. Los alemanes hab�an encontrado el diario, los pasaportes y otros indicios abundantes que reflejaban los movimientos efectuados por Yanuka en el curso de los �ltimos meses, y que ahora se hab�a decidido investigar �con todo vigor�. En su argumentaci�n con el director de la c�rcel, los suizos hab�an insistido en que esta �ltima propuesta no era legal ni necesaria. Lo mejor era, dijeron, que los representantes de la Cruz Roja pusieran dichos documentos ante el detenido, para que �ste explicara el sentido de su contenido. Lo mejor era que la Cruz Roja, decentemente, invitara al detenido a explicarse, en vez de obligarle, a fin de dar un primer paso para preparar una declaraci�n -que, si el director de la c�rcel as� lo deseaba, pod�a ser manuscrita por el propio detenido- referente a su paradero en el curso de los �ltimos seis meses, haciendo menci�n de fechas y lugares, de las personas con las que se habla reunido, de los alojamientos que hab�a ocupado y de la documentaci�n con la que hab�a viajado. Si el honor militar obligaba a ser reticente, dijeron los suizos, el detenido pod�a alegarlo, en los puntos precisos. En los puntos en que no fuera dable aplicar dicha excepci�n, el detenido pod�a declarar, con lo cual ganar�a tiempo.

En este momento, los suizos se atrevieron a ofrecer a Yanuka, o a Salim, que era como ahora le llamaban, sus propios consejos. Le suplicaron que, ante todo, fuera veraz y preciso, y tal le dijeron mientras montaban una mesa, daban una manta a Yanuka, y le dejaban libres las manos. No digas nada que quieras mantener en secreto, pero esfu�rzate en que aquello que digas sea cierto. Re-cuerda que estamos obligados a conservar nuestro prestigio. Piensa en aquellos que alg�n d�a se encontrar�n en la misma situaci�n en que t� te encuentras ahora. P�rtate lo mejor posible, en beneficio de esa gente, lo cual ser� tambi�n en tu propio beneficio. La manera en que dijeron estas palabras suger�a que Yanuka ya se encontraba a mitad de camino del martirio. Las razones de ello parec�an carecer de importancia. Lo �nico que Yanuka sab�a era que el terror dominaba su alma.

Tal como los interrogadores sab�an desde un principio, la estratagema no era muy s�lida. Y hubo un momento, de notable duraci�n, por cierto, en que temieron que hab�an perdido la partida. Ello se manifest� en una larga y directa mirada que Yanuka les dirigi�, con la que caus� la impresi�n de abrir las cortinas del enga�o y ver con toda claridad a sus opresores. Pero la claridad jam�s hab�a sido la base de las relaciones entre una y otra parte, y tampoco lo fue ahora. En el instante en que Yanuka acept� la pluma que le ofrec�an, vieron en sus ojos una expresi�n con la que les suplicaba que siguieran enga��ndole.

En el d�a siguiente al de este drama, alrededor de la hora del almuerzo, en la vida normal y corriente, Kurtz lleg� procedente de Atenas, a fin de inspeccionar el trabajo de artesan�a de Schwili, y dar su personal aprobaci�n al diario, a los pasaportes y a los recibos, con ciertos ingeniosos a�adidos, que deb�an ser devueltos a sus puntos de origen.

Kurtz tambi�n asumi� la tarea de volver al principio. Pero, ante todos, c�modamente sentado en el piso inferior, Kurtz llam� a cuantos hab�an intervenido en la operaci�n, salvo a los guardianes, para que le informaran, a su estilo y aire, acerca de los progresos efectuados.

Kurtz, con las manos enfundadas en blancos guantes de algod�n, y sin que en �l se advirtieran los rastros de haber pasado la noche entera dedicado a interrogar a Charlie, examin� los documentos que le presentaron, escuch� las cintas magnetof�nicas en las grabaciones correspondientes a los momentos cruciales, y contempl� con admiraci�n en el ordenador de la se�orita Bach los datos referentes a la vida de Yanuka, d�a tras d�a, en los �ltimos tiempos, expresados con letras verdes en la pantalla de un televisor: �Escribe a Charlie desde el City Hotel de Z�rich, carta enviada desde el aeropuerto De Gaulle el dieciocho a las veinte horas� se re�ne con Charlie en el hotel Excelsior, Heathrow� llamada telef�nica a Charlie desde la estaci�n de ferrocarril de Munich�� Y en cada nota iba la expresi�n de la prueba: el recibo, la anotaci�n en el diario referente a cada encuentro� Se hac�a constar en qu� punto se daba una voluntaria laguna u oscuridad, debido a que en aquella reconstrucci�n nada era demasiado claro ni demasiado f�cil.

Despu�s de haber hecho todo lo anterior, cuando ya era de noche, Kurtz se quit� los blancos guantes, se puso el uniforme de oficial del ej�rcito israel�, con las insignias de coronel, y unas cuantas siniestras tiras indicativas de campa�as en las que hab�a participado, y, en t�rminos generales, redujo sus apariencias externas a las propias de un t�pico oficial del ej�rcito convertido en funcionario de prisiones. Subi� al piso de arriba, anduvo �gilmente de puntillas hasta la ventana de observaci�n, a trav�s de la cual observ� muy atentamente a Yanuka durante un rato. Luego mand� a Oded y a su compa�ero al piso inferior, d�ndoles estrictas instrucciones de que le dejaran a solas con Yanuka. Hablando ar�bigo con voz gris y burocr�tica, Kurtz comenz� formulando a Yanuka unas cuantas preguntas sencillas y aburridas acerca de asuntos menudos: de d�nde proced�a cierto detonador, cierto explosivo, cierto autom�vil o el lugar exacto en que Yanuka y la muchacha se hab�an reunido antes de que la chica pusiera la bomba de Godesberg.

Los detallados conocimientos que Kurtz pose�a, y que demostraba de forma tan carente de �nfasis, aterraron a Yanuka, quien reaccion� hablando a gritos a Kurtz y orden�ndole que hiciera el favor de callarse, por razones de seguridad. Esta reacci�n intrig� a Kurtz.

Con la pasmada estupidez propia de las personas que han pasado largo tiempo en la c�rcel, sea en calidad de celadores sea en calidad de presos, Kurtz protest�:

-��Y por qu� debo callarme? Si tu gran hermano no se ha callado, �qu� secretos tengo yo que mantener?

Kurtz formul� esta pregunta no a modo de revelaci�n, sino como una l�gica consecuencia de algo conocido por los dos. Mientras Yanuka miraba todav�a con expresi�n enloquecida a Kurtz, �ste le dijo unas cuantas cosas, referentes al propio Yanuka, que s�lo su hermano pod�a conocer. Nada m�gico hubo en esto. Despu�s de haber empleado semanas estudiando la vida cotidiana del muchacho, teniendo intervenido su tel�fono e interceptada su correspondencia - por no hablar ya del expediente en �l centrado desde los dos �ltimos a�os que se hallaba en Jerusal�n-, no constitu�a sorpresa alguna que Kurtz y su equipo estuvieran tan familiarizados como el propio Yanuka con detalles tales como los puntos francos a que sus cartas llegaban, el ingenioso sistema de una sola direcci�n por el que le llegaban las �rdenes, y el momento en que Yanuka qued� sin comunicaci�n con su estructura de mando. Lo que diferenciaba a Kurtz de sus antecesores consist�a en la indiferencia con que se refer�a a estos detalles, as� como su tambi�n evidente indiferencia ante las reacciones de Yanuka.

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