La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
A continuacin, los dos suizos regresaron, sin los guardianes, aunque con un aspecto tremendamente grave, y aportando consigo el diario de Yanuka como si, a pesar de su pequeez fsica, el diario hubiera cambiado totalmente la situacin. Tambin llevaban consigo dos pasaportes, uno de ellos francs y el otro chipriota, que haban sido hallados bajo las tablas del suelo, en el piso de Yanuka. Y tambin llevaban el pasaporte libans con el que Yanuka viajaba en el momento en que fue secuestrado.
A continuacin, los suizos le explicaron el problema con el que se enfrentaban, aunque lo hicieron en unos trminos truculentos que no eran habituales en ellos, pero esta truculencia no constitua una amenaza, sino un aviso. Dijeron que, a peticin de los israeles, las autoridades de la Alemania Occidental haban efectuado un registro en el piso de Yanuka en Munich. Los alemanes haban encontrado el diario, los pasaportes y otros indicios abundantes que reflejaban los movimientos efectuados por Yanuka en el curso de los ltimos meses, y que ahora se haba decidido investigar con todo vigor. En su argumentacin con el director de la crcel, los suizos haban insistido en que esta ltima propuesta no era legal ni necesaria. Lo mejor era, dijeron, que los representantes de la Cruz Roja pusieran dichos documentos ante el detenido, para que ste explicara el sentido de su contenido. Lo mejor era que la Cruz Roja, decentemente, invitara al detenido a explicarse, en vez de obligarle, a fin de dar un primer paso para preparar una declaracin -que, si el director de la crcel as lo deseaba, poda ser manuscrita por el propio detenido- referente a su paradero en el curso de los ltimos seis meses, haciendo mencin de fechas y lugares, de las personas con las que se habla reunido, de los alojamientos que haba ocupado y de la documentacin con la que haba viajado. Si el honor militar obligaba a ser reticente, dijeron los suizos, el detenido poda alegarlo, en los puntos precisos. En los puntos en que no fuera dable aplicar dicha excepcin, el detenido poda declarar, con lo cual ganara tiempo.
En este momento, los suizos se atrevieron a ofrecer a Yanuka, o a Salim, que era como ahora le llamaban, sus propios consejos. Le suplicaron que, ante todo, fuera veraz y preciso, y tal le dijeron mientras montaban una mesa, daban una manta a Yanuka, y le dejaban libres las manos. No digas nada que quieras mantener en secreto, pero esfurzate en que aquello que digas sea cierto. Re-cuerda que estamos obligados a conservar nuestro prestigio. Piensa en aquellos que algn da se encontrarn en la misma situacin en que t te encuentras ahora. Prtate lo mejor posible, en beneficio de esa gente, lo cual ser tambin en tu propio beneficio. La manera en que dijeron estas palabras sugera que Yanuka ya se encontraba a mitad de camino del martirio. Las razones de ello parecan carecer de importancia. Lo nico que Yanuka saba era que el terror dominaba su alma.
Tal como los interrogadores saban desde un principio, la estratagema no era muy slida. Y hubo un momento, de notable duracin, por cierto, en que temieron que haban perdido la partida. Ello se manifest en una larga y directa mirada que Yanuka les dirigi, con la que caus la impresin de abrir las cortinas del engao y ver con toda claridad a sus opresores. Pero la claridad jams haba sido la base de las relaciones entre una y otra parte, y tampoco lo fue ahora. En el instante en que Yanuka acept la pluma que le ofrecan, vieron en sus ojos una expresin con la que les suplicaba que siguieran engandole.
En el da siguiente al de este drama, alrededor de la hora del almuerzo, en la vida normal y corriente, Kurtz lleg procedente de Atenas, a fin de inspeccionar el trabajo de artesana de Schwili, y dar su personal aprobacin al diario, a los pasaportes y a los recibos, con ciertos ingeniosos aadidos, que deban ser devueltos a sus puntos de origen.
Kurtz tambin asumi la tarea de volver al principio. Pero, ante todos, cmodamente sentado en el piso inferior, Kurtz llam a cuantos haban intervenido en la operacin, salvo a los guardianes, para que le informaran, a su estilo y aire, acerca de los progresos efectuados.
Kurtz, con las manos enfundadas en blancos guantes de algodn, y sin que en l se advirtieran los rastros de haber pasado la noche entera dedicado a interrogar a Charlie, examin los documentos que le presentaron, escuch las cintas magnetofnicas en las grabaciones correspondientes a los momentos cruciales, y contempl con admiracin en el ordenador de la seorita Bach los datos referentes a la vida de Yanuka, da tras da, en los ltimos tiempos, expresados con letras verdes en la pantalla de un televisor: Escribe a Charlie desde el City Hotel de Zrich, carta enviada desde el aeropuerto De Gaulle el dieciocho a las veinte horas se rene con Charlie en el hotel Excelsior, Heathrow llamada telefnica a Charlie desde la estacin de ferrocarril de Munich Y en cada nota iba la expresin de la prueba: el recibo, la anotacin en el diario referente a cada encuentro Se haca constar en qu punto se daba una voluntaria laguna u oscuridad, debido a que en aquella reconstruccin nada era demasiado claro ni demasiado fcil.
Despus de haber hecho todo lo anterior, cuando ya era de noche, Kurtz se quit los blancos guantes, se puso el uniforme de oficial del ejrcito israel, con las insignias de coronel, y unas cuantas siniestras tiras indicativas de campaas en las que haba participado, y, en trminos generales, redujo sus apariencias externas a las propias de un tpico oficial del ejrcito convertido en funcionario de prisiones. Subi al piso de arriba, anduvo gilmente de puntillas hasta la ventana de observacin, a travs de la cual observ muy atentamente a Yanuka durante un rato. Luego mand a Oded y a su compaero al piso inferior, dndoles estrictas instrucciones de que le dejaran a solas con Yanuka. Hablando arbigo con voz gris y burocrtica, Kurtz comenz formulando a Yanuka unas cuantas preguntas sencillas y aburridas acerca de asuntos menudos: de dnde proceda cierto detonador, cierto explosivo, cierto automvil o el lugar exacto en que Yanuka y la muchacha se haban reunido antes de que la chica pusiera la bomba de Godesberg.
Los detallados conocimientos que Kurtz posea, y que demostraba de forma tan carente de nfasis, aterraron a Yanuka, quien reaccion hablando a gritos a Kurtz y ordenndole que hiciera el favor de callarse, por razones de seguridad. Esta reaccin intrig a Kurtz.
Con la pasmada estupidez propia de las personas que han pasado largo tiempo en la crcel, sea en calidad de celadores sea en calidad de presos, Kurtz protest:
-Y por qu debo callarme? Si tu gran hermano no se ha callado, qu secretos tengo yo que mantener?
Kurtz formul esta pregunta no a modo de revelacin, sino como una lgica consecuencia de algo conocido por los dos. Mientras Yanuka miraba todava con expresin enloquecida a Kurtz, ste le dijo unas cuantas cosas, referentes al propio Yanuka, que slo su hermano poda conocer. Nada mgico hubo en esto. Despus de haber empleado semanas estudiando la vida cotidiana del muchacho, teniendo intervenido su telfono e interceptada su correspondencia - por no hablar ya del expediente en l centrado desde los dos ltimos aos que se hallaba en Jerusaln-, no constitua sorpresa alguna que Kurtz y su equipo estuvieran tan familiarizados como el propio Yanuka con detalles tales como los puntos francos a que sus cartas llegaban, el ingenioso sistema de una sola direccin por el que le llegaban las rdenes, y el momento en que Yanuka qued sin comunicacin con su estructura de mando. Lo que diferenciaba a Kurtz de sus antecesores consista en la indiferencia con que se refera a estos detalles, as como su tambin evidente indiferencia ante las reacciones de Yanuka.