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La chica del tambor

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La chica del tambor
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Para presentar a los nuevos muchachotes, Kurtz comenz� diciendo:

-�La se�orita Bach es la encargada de la supervisi�n y quien sostiene los hilos en sus manos.

El hebreo de Kurtz, despu�s de treinta y cinco a�os de hablar este idioma, segu�a siendo famosamente horroroso. Kurtz prosigui�:

-�La se�orita Bach se encarga de ser la monitora de la materia prima, tal como llega a sus manos. Ella es quien redacta los boletines de comunicaci�n con el campo de operaciones. Ella suministra a Leon las directrices b�sicas de la actuaci�n de �ste. Ella se encarga de revisar las composiciones de Leon, y hace lo preciso para que dichas composiciones sean arm�nicas con el general plan de correspondencia.

En el caso de que los dos interrogadores hubieran sabido algo, con anterioridad, ahora sab�an mucho menos que algo. Pero mantuvieron la boca cerrada. Kurtz dijo:

-�La se�orita Bach, tan pronto ha dado su aprobaci�n a una composici�n, convoca una reuni�n con Leon y el se�or Schwili.

Hac�a m�s de cien a�os que nadie llamaba �se�or� a Schwili.

-�En esta reuni�n se llega a un acuerdo en lo tocante al papel, a la tinta, a las plumas, al estado emotivo y f�sico del autor de la escritura, seg�n las condiciones de la ficci�n. �Est�, �l o ella, pesimista u optimista? �Est�, �l o ella, irritado o no? Mediante la proyecci�n de cada uno de los aspectos, el equipo estudia la ficci�n en su integridad.

Poco a poco, los interrogadores, a pesar del empe�o de su jefe en expresar impl�citamente la informaci�n en vez de darla, comenzaron a discernir las l�neas generales del plan del que ellos formaban parte.

-�Cabe la posibilidad de que la se�orita Bach tambi�n tenga a su disposici�n una muestra original de escritura a mano, sea una carta, una tarjeta postal o una nota de un diario, que pueda servir de modelo. Tambi�n cabe la posibilidad de que la se�orita Bach no tenga tal muestra.

El antebrazo derecho de Kurtz hab�a subrayado ambas posibilidades mediante un en�rgico movimiento sobre la mesa.

-�Cuando todos estos procesos hayan sido seguidos, y �nicamente despu�s de que hayan sido seguidos, el se�or Schwili se encargar� de la falsificaci�n. Lo har� a la perfecci�n.

Kurtz advirti� en tono indicativo de que m�s les val�a a todos recordarlo bien:

-�El se�or Schwili no es s�lo un falsificador, sino tambi�n un artista. Terminado su trabajo, el se�or Schwili lo entregar� directamente a la se�orita Bach, a fin de proceder a una revisi�n, al problema de las huellas dactilares, a su conservaci�n. �Alguna pregunta?

Mientras esbozaban sus humildes sonrisas, los dos interrogadores aseguraron a Kurtz que no ten�an nada que preguntar. Mientras los interrogadores se iban, Kurtz les espet�:

-�Comiencen por el final. M�s adelante podr�n meterse con el principio, si es que hay tiempo para ello.

En otras reuniones se abord� el m�s complejo tema centrado en cu�l ser�a la mejor manera de persuadir a Yanuka de que deb�a colaborar con sus planes, y conseguirlo con muy poco tiempo. Una vez m�s fueron convocados los tan amados psiquiatras de Misha Gavron, se escuch� su parecer y fueron debidamente despedidos. Mayor �xito tuvo una conferencia sobre drogas alucin�genas y desintegrantes, y hubo una r�pida b�squeda de otros interrogadores que ya las hubieran utilizado con �xito. De esta manera se incorpor�, como siempre suced�a, al planteamiento a largo plazo un cierto ambiente de improvisaciones en el �ltimo instante, ambiente que Kurtz, m�s que nadie, amaba. Habiendo llegado a un acuerdo con respecto a todo lo anterior, Kurtz mand� a los interrogadores a Munich, antes del tiempo previsto, para preparar sus luces y sus efectos sonoros, as� como para instruir a los guardianes acerca del comportamiento a seguir. Los interrogadores llegaron con su aspecto de pareja de m�sicos, con un pesado equipaje y con trajes parecidos a los de Satchmo. El comit� de Schwili los sigui� dos d�as despu�s, y sus miembros se aposentaron discretamente en el apartamiento inferior, haci�ndose pasar por filat�licos profesionales que hab�an acudido a la ciudad en vistas a la gran subasta de sellos que en ella iba a celebrarse. A los vecinos esta historia les pareci� perfectamente veros�mil. Se dijeron: �Son jud�os, pero �qu� importa, en estos tiempos?� A modo de equipo llevaban, adem�s del sistema port�til de acumulaci�n de datos de la se�orita Bach, magnet�fonos, auriculares, paquetes de comida en lata, y a un muchacho muy delgado, llamado Samuel el Pianista, encargado de manejar el teletipo en comunicaci�n con el puesto de mando de Kurtz. Samuel llevaba un rev�lver Colt, de gran tama�o, debajo de su gruesa blusa acolchada, propia de monta�ero, y cuando Samuel transmit�a, todos o�an el sonido de los choques del rev�lver contra el borde de la mesa, pero, a pesar de ello, Samuel jam�s se desprend�a de su arma. Samuel pertenec�a a la misma clase de tipo que Daniel, el de la casa de Atenas, por sus modales parec�a su hermano gemelo.

La distribuci�n de las habitaciones era competencia de la se�orita Bach. Asign� a Leon, bas�ndose en lo muy silencioso que era, la habitaci�n de los ni�os. En las paredes de este cuarto se ve�an ciervos de h�medos ojazos comiendo pac�ficamente gigantescas margaritas. Samuel fue a parar a la cocina, con su natural salida al patio trasero, en donde Samuel mont� su antena y colg� de ella calcetines infantiles. Pero cuando Schwili vio la habitaci�n que le hab�an asignado -un cuarto en el que dormir y trabajar al mismo tiempo-, no pudo reprimir una espont�nea exclamaci�n de desdicha. Dijo:

-��La luz! �Santo Dios, qu� luz! �Ni una carta a la abuelita se puede falsificar con semejante luz!

Juntamente con Leon, rebosante de nerviosa creatividad, excitado ante aquella imprevista experiencia, la se�orita Bach, tan dotada de sentido pr�ctico, se dio cuenta inmediatamente de cu�l era la naturaleza del problema: Schwili necesitaba m�s luz del d�a para realizar su trabajo, pero tambi�n la necesitaba, despu�s de su largo encarcelamiento, para su alma. En un dos por tres, la se�orita Bach llam� al piso superior y comparecieron los chicos argentinos. Siguiendo las instrucciones de la se�orita Bach, se procedi� a un r�pido traslado de muebles, de un sitio a otro, igual que si se tratara de esos bloques de madera con que los ni�os juegan a arquitectos, y la mesa de trabajo de Schwili fue colocada junto a la ventana mirador de la sala de estar, desde la que se ve�a un panorama de hojas verdes y una buena porci�n de cielo. La propia se�orita Bach puso una cortina m�s, de redecilla, para que el se�or Schwili gozara de intimidad, y orden� a Leon que hiciera una extensi�n de hilo de conducci�n el�ctrica para la flamante l�mpara italiana de Schwili. Luego, obedeciendo a un movimiento de la cabeza de la se�orita Bach, todos dejaron en paz a Schwili, a pesar de que Leon le observaba a distancia, disimuladamente, desde la puerta.

Sentado ante la mugiente luz del sol, Schwili puso sobre la mesa sus preciosas tintas, plumas y papeles, situando cada cosa en su debido lugar, cual si ma�ana tuviera que pasar el gran examen final. Luego se quit� los gemelos de la camisa y se froto despacio las palmas de las manos para calentarlas, a pesar de que la temperatura era c�lida, incluso para un ex presidiario. Luego se quit� el sombrero. Despu�s tir� de sus dedos uno a uno, dando as� soltura a las articulaciones, produciendo salvas de menudos chasquidos. Luego se dispuso a esperar, tal como hab�a esperado en el curso de su vida adulta, en su integridad.

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