La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
El gran personaje que todos estaban esperando lleg� puntualmente por v�a a�rea a Munich, aquella misma tarde, procedente de Chipre. No hubo c�maras con flash que celebrasen su llegada, debido a que llego en camilla, asistido por un enfermero y por un m�dico. El m�dico era realmente un m�dico, aunque su pasaporte era falso. En cuanto a Yanuka digamos que era un hombre de negocios ingl�s procedente de Nicosia, urgentemente trasladado a Munich para que le hicieran una operaci�n quir�rgica de coraz�n. Esto quedaba demostrado por un amplio e impresionante expediente de documentos m�dicos, a los que las autoridades del aeropuerto alem�n no prestaron la menor atenci�n. Les bast� con dirigir una r�pida mirada, r�pida y desagradable, a la ex�nime cara del paciente para saber que no necesitaban ulterior informaci�n. Una ambulancia llev� a los reci�n llegados, a toda prisa, hacia el hospital de la ciudad, pero en cierto punto la ambulancia se meti� en una calleja lateral, como si hubiera ocurrido lo peor, y penetr� en el patio cubierto de un empresario de pompas f�nebres, dispuesto a hacer favores. En la ciudad ol�mpica se pudo ver c�mo los dos fot�grafos argentinos y sus amigos transportaban a mano una gran cesta, como las que se emplean para la colada, y con el letrero �Vidrio delicado�, desde su viejo minib�s al ascensor del servicio, y los vecinos dijeron que, sin la menor duda, los fot�grafos argentinos a�ad�an otro elemento extravagante a su ya voluminoso equipo t�cnico. Se hicieron divertidos comentarios acerca de si los vecinos del piso interior, los filat�licos profesionales, se quejar�an de los gustos musicales de los fot�grafos argentinos. S�, porque los jud�os se quejaban siempre de todo. Entretanto, en el piso superior desempaquetaron su preciosa carga y, con la ayuda del m�dico, se cercioraron de que nada se hab�a quebrado durante el viaje. Minutos despu�s dejaban a Yanuka en el suelo de la habitaci�n acolchada, con aspecto de confesionario, en donde se esperaba que Yanuka recobrara los sentidos en cuesti�n de media hora, aun cuando siempre cab�a la posibilidad de que la caperuza que imped�a el paso de la luz y que le hab�an atado a la cabeza retrasara un poco el proceso de recobrar la conciencia. Poco despu�s, el m�dico se iba. Este m�dico era un hombre concienzudo y, temeroso del futuro de Yanuka, hab�a pedido a Kurtz todo g�nero de garant�as de que no le obligara a transgredir sus principios �ticos profesionales.
Y, efectivamente, antes de que transcurrieran cuarenta minutos, vieron que Yanuka tiraba de las cadenas con que le hab�an atado. Primero tir� con las mu�ecas y luego con las rodillas, y luego con las cuatro articulaciones al mismo tiempo, igual que una cris�lida intentando romper su envoltorio, y as� lo hizo hasta el momento en que, probablemente, Yanuka cay� en la cuenta de que se encontraba boca abajo. S�, ya que hizo una pausa y pareci� recapacitar. A continuaci�n, Yanuka emiti� un exploratorio gemido. Despu�s de lo cual, y sin previo aviso, se arm� la de Dios es Cristo, ya que Yanuka, soltando rugientes y angustiados sollozos, uno tras otro, comenz� a retorcerse y a estremecerse violentamente, a intentar revolcarse, y todo lo hizo con tal vigor que los presentes se alegraron doblemente de tenerle encadenado. Despu�s de haber observado la actuaci�n de Yanuka durante un rato, los interrogadores se retiraron, dejando la situaci�n al cuidado de los guardianes hasta el momento en que la tormenta hubiera pasado. Lo m�s probable era que a Yanuka le hubieran hinchado la cabeza de historias referentes a la brutalidad de los interrogadores israel�es. Probablemente, Yanuka, en el estado de desorientaci�n en que se hallaba, quer�a que los interrogadores se comportaran de acuerdo con su fama y convirtieran en realidad los terrores que experimentaba.
Pero los guardianes se negaron a complacerle. Hab�an recibido �rdenes de actuar como silenciosos cancerberos, de mantener distancias y de no hacerle da�o. Y obedec�an al pie de la letra estas instrucciones, a pesar de lo mucho que les costaba, especialmente a Oded, el ani�ado. Desde el instante de la ignominiosa llegada de Yanuka al apartamiento, los j�venes ojos de Oded quedaron oscurecidos por el odio. D�a tras d�a, a medida que los d�as pasaron, Oded parec�a m�s y m�s enfermo y m�s gris, y en el sexto d�a, Oded ten�a los hombros r�gidos, debido �nicamente a la tensi�n de tener bajo su mismo techo a Yanuka vivo.
Por fin, Yanuka caus� la impresi�n de volver a dormirse, y los interrogadores decidieron que hab�a llegado el momento de comenzar a trabajar. En consecuencia, produjeron los sonidos propios del tr�nsito matutino, encendieron una muy intensa luz blanca, y sirvieron el desayuno a Yanuka, a pesar de que todav�a no era medianoche. Ordenaron a gritos a los guardianes que desataran a Yanuka y le permitieran comer como un ser humano, y no como un perro. Luego, los propios interrogadores desataron sol�citamente la caperuza que llevaba
Yanuka, debido a que deseaban que la primera noci�n que de ellos tuviera Yanuka fuera la de sus amables caras, en modo alguno jud�as, mir�ndole con ojos de paternal preocupaci�n.
Uno de los interrogadores dijo a los guardias, en ingl�s y con voz serena:
-�Jam�s vuelvan a ponerle esas cosas.
Y el interrogador, despu�s de emitir un simb�lico suspiro, arroj� caperuza y cadenas a un rinc�n del cuarto.
Los guardianes se retiraron, y Oded lo hizo con particularmente teatral desgana. Yanuka accedi� a tomarse una taza de caf�, mientras sus dos nuevos amigos le miraban. Los interrogadores sab�an que ten�a una sed tremenda, ya que hab�an pedido al doctor, antes de que se fuera, que la provocara, por lo que el caf� seguramente le supo maravillosamente, a pesar de los aditivos que pudiera contener. Los interrogadores tambi�n sab�an que la mente de Yanuka se hallaba en un estado de enso�ada fragmentaci�n, y, en consecuencia, indefenso en lo tocante a ciertas zonas importantes, por ejemplo cuando la comprensi�n constitu�a una oferta. Despu�s de varias visitas llevadas a cabo de esta manera, algunas de ellas con el intervalo de pocos minutos, los interrogadores estimaron que hab�a llegado el momento de dar el salto definitivo y presentarse a s� mismos. En t�rminos generales, su plan era el m�s viejo en esta clase de juegos, pero hab�an incorporado varias ingeniosas variaciones.
En ingl�s dijeron que eran observadores de la Cruz Roja. Eran ciudadanos suizos, pero resid�an aqu�, en la c�rcel. Sin embargo, no pod�an decir en qu� c�rcel, ni en qu� lugar se encontraba la c�rcel, aun cuando dieron claras pistas de que pod�a hallarse en Israel. Mostraron impresionantes cartillas en pl�stico y con huellas dactilares, con sus retratos fotogr�ficos y cruces rojas impresas en l�neas onduladas, para dificultar las falsificaciones, como se hace en los billetes de banco. Explicaron que su misi�n consist�a en procurar que los israel�es observaran las normas referentes a los prisioneros de guerra acordadas en la Convenci�n de Ginebra, aun cuando, dijeron, bien sab�a Dios que la tarea era dif�cil, y asimismo en dar a Yanuka medios para comunicar con el mundo exterior, dentro de los l�mites establecidos por los reglamentos de las prisiones. Estaban ejerciendo presiones para que cambiaran su r�gimen de incomunicaci�n y le pusieran en el bloque asignado a los prisioneros �rabes, pero que les constaba que las sesiones de �rigurosos interrogatorios� pod�an comenzar en cualquier instante, y que, por el momento, los israel�es proyectaban mantenerle en estado de total incomunicaci�n. Explicaron que, a veces, los israel�es se perd�an en el laberinto de sus propias obsesiones, y se olvidaban en absoluto de mantener su imagen p�blica. Pronunciaron la palabra �interrogatorios� con desagrado, como si quisieran que existiera otra mejor para expresar aquel hecho. En este momento, Oded regres�, cumpliendo as� las instrucciones previamente recibidas, y fingi� ocuparse de la instalaci�n sanitaria de la celda. En el mismo instante en que Oded lleg�, los interrogadores dejaron de hablar y no volvieron a hacerlo hasta que Oded se hubo ido.