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La chica del tambor

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La chica del tambor
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A continuaci�n, los interrogadores sacaron un gran formulario y ayudaron a Yanuka a rellenarlo de pu�o y letra: �Aqu� el nombre, querido amigo; aqu� la fecha de nacimiento; aqu� los parientes m�s pr�ximos; eso, as�, aqu� tu profesi�n; bueno, claro, tu profesi�n ser� la de estudiante; s�, t�tulos, religi�n y lamentamos mucho darte tanto la lata, pero es obligatorio.� Yanuka fue notablemente veraz y preciso, a pesar de cierta inicial desgana. De todas maneras, esta muestra de deseos de cooperaci�n fue advertida con satisfacci�n por los miembros del Comit� Literario que se hallaba reunido en el piso inferior, a pesar de que la caligraf�a de Yanuka fue, en este caso, un tanto parvularia, por culpa de las drogas que le hab�an sido suministradas.

Al marcharse, los interrogadores dieron a Yanuka un folleto, impreso en ingl�s, en el que se hac�an constar sus derechos, y adem�s, los interrogadores le obsequiaron con una barrita de chocolate, d�ndole una palmadita en la espalda, y dirigi�ndole un amistoso gui�o. Y le llamaron por su nombre de pila, que era Salim. Durante una hora, desde la estancia contigua, los interrogadores observaron a Yanuka, mediante rayos infrarrojos, mientras el preso yac�a llorando y meneando la cabeza. Luego dieron la luz en la celda de Yanuka y entraron alegremente. Dijeron al preso:

-��Mira lo que te hemos tra�do! �Despierta, Salim, que ya es de d�a!

Se trataba de una carta dirigida a Yanuka con su nombre y ape llido. Llevaba el matasello de Beirut, hab�a sido enviada por indicaci�n de la Cruz Roja, y llevaba impresas con tamp�n las palabras �Aprobada por la censura de la prisi�n�. La carta era de su amada hermana

Fatmeh, quien hab�a dado a Yanuka el amuleto de oro que llevaba colgado del cuello. Schwili hab�a falsificado la carta, la se�orita Bach hab�a compilado los datos precisos para su contenido, y el camale�nico talento de Leon hab�a suministrado el justo tono del censurable afecto de Fatmeh. Los modelos en que se basaron fueron las cartas que Yanuka hab�a recibido de Fatmeh, mientras el primero se hallaba sometido a estrecha vigilancia. Fatmeh le dec�a que le amaba, y que albergaba esperanzas de que Yanuka se portara como un valiente, cuando le llegara el momento. Con la palabra �momento�, Fatmeh parec�a referirse al temido interrogatorio. Tambi�n le dec�a que hab�a decidido abandonar a su novio y dejar su trabajo, para volver a entregarse a su labor de ayuda a los desvalidos, debido a que no pod�a soportar hallarse tan lejos de su amada Palestina, mientras Yanuka se encontraba en tan desesperada situaci�n. Fatmeh admiraba a Yanuka y siempre le admirar�a, juraba Leon. Hasta la tumba y m�s all� de la tumba, Fatmeh admirar�a a su valeroso y heroico hermano, hab�a urdido Leon. Yanuka acept� la carta con fingida indiferencia, pero cuando los interrogadores volvieron a dejarle solo, Yanuka se qued� en postura piadosamente agazapada, con la cabeza noblemente vuelta a un lado y hacia arriba, en la postura del m�rtir que espera la espada, oprimiendo la carta de Fatmeh contra su mejilla.

Cuando los guardianes volvieron al cabo de una hora para barrer la celda, Yanuka les dijo, no sin cierta altivez, que necesitaba papel.

Bueno, pues fue lo mismo que si nada hubiera dicho. Oded se limit� a bostezar.

-��Exijo papel! �Exijo la presencia de los representantes de la Cruz Roja! �Exijo el derecho a escribir una carta a mi hermana Fatmeh, de acuerdo con las normas de la Convenci�n de Ginebra! �Si, se�or!

Estas palabras tambi�n fueron favorablemente recibidas en el piso inferior, ya que demostraban que la primera ofrenda del Comit� Literario hab�a merecido la aceptaci�n de Yanuka. Inmediatamente se transmiti� un mensaje a Atenas. Los guardianes se fueron de la celda con aire l�nguido, con la evidente finalidad de pedir instrucciones, y poco tardaron en reaparecer con papel de cartas de la Cruz Roja. Tambi�n entregaron a Yanuka una hoja impresa que llevaba el t�tulo �Consejo a los presos�, en el que se dec�a que s�lo se transmitir�an las cartas escritas en ingles, y que asimismo s�lo se transmitir�an las cartas que no contuvieran �mensajes encubiertos�. Pero no dieron pluma a Yanuka. Yanuka pidi� que le entregaran una pluma, suplic� que le dieran pluma, chill� y lloro, todo a c�mara lenta, pero los muchachos contestaron a gritos y muy secamente que la Convenci�n de Ginebra nada dec�a acerca de plumas. Media hora despu�s, los dos interrogadores volv�an a entrar diligentemente en la celda, rebosantes de justa indignaci�n, con una pluma suya que llevaba la inscripci�n: �Por la humanidad�

Escena tras escena, esta comedia dur� varias horas m�s, mientras Yanuka, en su debilitado estado, luchaba en vano para rechazar la ofrecida mano de la amistad. Su contestaci�n escrita a Fatmeh era cl�sica. Fue una incoherente carta de tres p�ginas, en la que se mezclaban los consejos con los sentimientos de piedad hacia s� mismo y con el anuncio de audaces actitudes, que proporcion� a Schwili la primera muestra �limpia� de la caligraf�a de Yanuka cuando �ste se hallaba en estado de tensi�n emotiva, y que proporcion� a Leon una excelente muestra primeriza del estilo de Yanuka, en prosa inglesa.

Yanuka escribi�: �Mi querida hermana: me estoy enfrentando con la mayor prueba de mi vida, en la cual la grandeza de tu esp�ritu me acompa�ar�.� Esta carta motiv� una comunicaci�n especial. Kurtz dijo a la se�orita Bach: �M�ndemelo todo. No quiero silencios. Si nada ocurre, d�game que nada ocurre.� Y Kurtz tambi�n se dirigi� a Leon, en t�rminos m�s severos: �Haz lo preciso para que la se�orita Bach comunique conmigo cada dos horas, a ser posible cada hora.�

La carta de Yanuka a Fatmeh fue la primera de toda una serie. A veces, las cartas de uno y otra se cruzaban. A veces, Fatmeh contestaba las preguntas de Yanuka tan pronto �ste se las formulaba, y le formulaba preguntas, a su vez.

Kurtz les hab�a dicho que comenzaran por el final. En este caso concreto, el final estaba muy lejos de ser chismorreos sin importancia. Hora tras hora los dos interrogadores hablaron con Yanuka, comport�ndose siempre con inflexible afabilidad, d�ndole �nimos, a juicio de Yanuka, con su mon�tona sinceridad suiza, reforzando su resistencia en vistas al d�a en que los inquisidores jud�os le arrastraran fuera de la celda para interrogarle. En primer lugar, los interrogadores pidieron a Yanuka su opini�n acerca de casi todos los temas que pod�an interesarle, halag�ndole con su respetuosa curiosidad y atenci�n. Con cierta timidez, los interrogadores suizos confesaron que la pol�tica jam�s hab�a sido tema de su principal inter�s. Por natural tendencia siempre hab�an puesto al ser humano por encima de las doctrinas pol�ticas. Uno de ellos cit� versos de Robert Burns - que por pura casualidad resultaba ser uno de los poetas favoritos de Yanuka. A veces, casi parec�a incluso que los interrogadores pidieran a Yanuka que los convirtiera a su propio credo, tal era el entusiasmo con que escuchaban las argumentaciones de Yanuka. Le preguntaron cu�les eran sus reacciones ante el mundo occidental, despu�s de haber vivido en �l cosa de un a�o o m�s. Primero la pregunta fue general y luego le preguntaron pa�s por pa�s, y escucharon encantados sus vulgares generalizaciones: el ego�smo franc�s, la codicia de los alemanes, la decadencia de los italianos�

-��E Inglaterra? -le preguntaron inocentemente.

�Inglaterra era el peor de todos los pa�ses!, afirm� Yanuka en tono decisorio. Inglaterra era decadente, estaba en quiebra, y desorientada. Inglaterra era el agente del imperialismo norteamericano. Inglaterra era todo lo malo que en el mundo pod�a haber, y su peor delito consist�a en haber entregado al pa�s a los sionistas. Yanuka deriv� hacia otro ataque contra Israel, y los interrogadores le dejaron hacerlo. En aquellas primeras sesiones, los interrogadores no quer�an que Yanuka tuviera la m�s leve sospecha de que sus viajes a Inglaterra les interesaban de muy especial manera. Le preguntaron por su infancia, por sus padres, por su hogar en Palestina, y observaron con satisfacci�n que ni siquiera una vez Yanuka hizo menci�n de su hermano mayor, y que, ahora, incluso ahora, el hermano mayor de Yanuka hab�a quedado totalmente borrado de la vida de �ste. Observaron que, a pesar de todo, Yanuka s�lo hablaba de asuntos que consideraba inofensivos para su causa.

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