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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Cuando hab�a que subir o bajar por la escalera del Palacio de granito, nadie pod�a rivalizar con �l. Le emplearon los colonos en algunos trabajos: llevaba cargas de le�a y acarreaba piedras, extra�das del lecho del arroyo de la Glicerina.

-�Todav�a no es un alba�il, pero ya es un mico -dec�a, bromeando, Harbert, aludiendo al apodo de mico, que los alba�iles de los Estados Unidos dan a sus aprendices. Jam�s se hab�a aplicado un nombre con mayor justicia.

El corral ocup� un �rea de doscientos pies cuadrados, en la orilla sudeste del lago. Se le rode� de una empalizada y construyeron diferentes cobertizos para los animales que deb�an poblarlo, como chozas de ramajes divididas en departamentos, que en breve estuvieron concluidos y esperando a sus hu�spedes.

Los primeros fueron una pareja de tinam�es, que no tardaron en dar muchos polluelos. Tuvieron despu�s por compa�eros una media docena de patos habituados a las orillas del lago. Algunos pertenec�an a esa especie china cuyas alas se abren en forma de abanico y que por el brillo y viveza de los colores de su plumaje rivalizan con los faisanes dorados. Pocos d�as despu�s Harbert se apoder� de una pareja de gallin�ceas de cola redonda, formada de largas plumas, magn�ficos al�ctores, que no tardaron en domesticarse. En cuanto a los pel�canos, mart�n pescador, gallinas de agua y otras muchas aves, vinieron por s� mismas a habitar el corral, y toda aquella sociedad, despu�s de algunas disputas, arrullaban, piaban y cacareaban, acabando por entenderse y acrecent�ndose en una porci�n muy tranquilizadora para la futura alimentaci�n de la colonia.

Ciro Smith, queriendo completar su obra, estableci� un palomar en un �ngulo del corral, donde puso una docena de aquellas palomas que frecuentaban las altas rocas de la meseta. Aquellas aves se habituaron f�cilmente a volver todas las noches a su nueva morada y mostraron m�s propensi�n a domesticarse que las torcaces, sus cong�neres, que, por otra parte, no se reproducen sino en estado salvaje.

En fin, hab�a llegado el momento de utilizar para la confecci�n de ropa blanca la envoltura del aerostato, pues conservarla bajo aquella forma y arriesgarse a entrar en un globo hinchado con aire caliente para dejar la isla, atravesando un mar, por decirlo as�, ilimitado, no era cosa admisible sino para persona que hubiera carecido de todo, y Ciro Smith, hombre pr�ctico, no pod�a pensar en semejante cosa.

Hab�a que llevar la envoltura al Palacio de granito y los colonos se ocuparon en arreglar el carro de manera que fuese m�s ligero y manejable. Pero si no faltaba el veh�culo, el motor no se hab�a encontrado a�n. �No exist�a en aquella isla ning�n rumiante de especie ind�gena que pudiera reemplazar el caballo, el burro o el buey?

-�En verdad -dec�a Pencroff-nos ser�a muy �til una bestia de tiro, hasta que el se�or Smith nos construya un carro de vapor o una locomotora, porque sin duda tendremos un d�a un ferrocarril del Palacio de granito al puerto del Globo, con un ramal al monte Franklin.

Y el honrado marino, hablando as�, cre�a lo que dec�a. �Lo que es la imaginaci�n acompa�ada de la fe!

Mas para no exagerar, un simple cuadr�pedo, puesto en las varas del carro, habr�a sido bien acogido por Pencroff; y como la Providencia le proteg�a, no le hizo esperar mucho tiempo. El 23 de diciembre, los colonos oyeron a la vez los gritos de Nab y los ladridos de Top, repetidos con frecuencia y como a porf�a. Dejaron la ocupaci�n que ten�an en las Chimeneas y acudieron, temiendo alg�n accidente.

�Qu� vieron? Dos animales de gran tama�o, que se hab�an aventurado imprudentemente a entrar en la meseta, cuyos puentecillos no estaban cerrados. Parec�an dos caballos, o cuando menos dos asnos, macho y hembra, de formas finas, color bayo, piernas y cola blancas, con rayas de cebra negras en la cabeza, cuello y tronco. Andaban tranquilamente, sin manifestar ninguna inquietud, y miraban con curiosidad a los hombres, a los cuales todav�a no pod�an reconocer el car�cter de amos.

-��Son onagres! -exclam� Harbert-. Cuadr�pedos intermedios entre la cebra y el cuaga.

�Y por qu� no burros? -pregunt� Nab.

-�Porque no tienen las orejas largas y porque sus formas son m�s graciosas.

-�Burros o caballos -continu� Pencroff-, son motores, como dir�a el se�or Ciro Smith y, como tales, debemos capturarlos.

El marino, sin espantar a los animales, se meti� entre las hierbas y lleg�, ocult�ndose, hasta el puente del arroyo de la Glicerina, al cual hizo girar y as� quedaron presos los onagres.

�Convendr�a apoderarse de ellos por la violencia y someterlos por una domesticaci�n forzosa? No. Se convino en que durante algunos d�as se les dejar�a en libertad de ir y de venir por la meseta, donde la hierba era abundante. Inmediatamente el ingeniero construy� cerca del corral una cuadra, en la cual los onagres encontraron cama y refugio durante la noche.

As�, pues, aquella magn�fica pareja qued� enteramente libre en sus movimientos y los colonos tuvieron cuidado de no acercarse a ella para no espantarla. Muchas veces, sin embargo, los onagres dieron muestras de querer abandonar la meseta, demasiado estrecha para ellos, habituados al ancho espacio y a los bosques profundos. Entonces se les ve�a seguir el cintur�n de agua que les opon�a una barrera infranqueable, lanzar agudos rebuznos, galopar despu�s a trav�s de las hierbas, y, por �ltimo, m�s tranquilos, permanecer horas enteras mirando aquellos grandes bosques que les estaban cerrados para siempre.

Entretanto se hicieron arneses y tiros con fibras vegetales y algunos d�as despu�s de la captura de los onagres no s�lo el carro estaba preparado para engancharlos, sino que se hab�a abierto un camino recto,

o por mejor decir, una senda a trav�s del Far-West, desde el recodo del r�o de la Merced hasta el puerto del Globo. Pod�a, pues, conducirse hasta all� el carro y a finales de diciembre se prob� por primera vez a los onagres.

Pencroff hab�a ya domesticado bastante a aquellos animales para que fuesen a tomar el alimento de su mano y dejaban que se les acercaran los colonos; pero, una vez enganchados en el carro, se encabritaron y cost� trabajo contenerlos. Sin embargo, no deb�an tardar en acomodarse a aquel nuevo servicio, porque el onagre, menos rebelde que la cebra, sirve de bestia de tiro en las monta�as de Africa austral y aun se le ha podido aclimatar en Europa en zonas relativamente fr�as.

Aquel d�a toda la colonia, a excepci�n de Pencroff, que guiaba sus bestias, subi� en el carro y tom� el camino del puerto del Globo. Ya se comprender� que el traqueteo fue grande e inc�modo en aquel camino apenas abierto; pero el veh�culo lleg� sin dificultad y el mismo d�a se pusieron a acarrear la cubierta y los diversos aparatos del aerostato.

A las ocho de la noche, el carro, despu�s de haber cruzado el puente de la Merced, bajaba por la orilla izquierda del r�o y se deten�a en la playa. Los onagres fueron desenganchados y llevados a su cuadra, y Pencroff, antes de dormirse, lanz� un suspiro de satisfacci�n, que hizo resonar los ecos del Palacio de granito.

8. Se hacen ropa y aprovisionan la granja

La primera semana de enero fue dedicada a la confecci�n de la ropa blanca necesaria para la colonia. Las agujas encontradas en el caj�n funcionaron entre dedos vigorosos, si no delicados, y se puede afirmar que todo qued� cosido bien.

No falt� el hilo, gracias a la idea que tuvo Ciro de emplear el que hab�a servido para coser las bandas del aerostato, bandas que fueron descosidas con una paciencia admirable por Gede�n Spilett y Harbert, pues Pencroff hab�a renunciado a aquel trabajo que le crispaba los nervios. Pero cuando se trat� de coser, nadie pudo igualarlo, pues sabido es que los marinos tienen una notable aptitud para el oficio de sastre. Las telas de la cubierta del aerostato fueron desengrasadas despu�s con sosa y potasa, obtenidas por la incineraci�n de plantas, de tal suerte que el algod�n, desembarazado del barniz, recobr� su flexibilidad y elasticidad naturales; y sometido luego a la acci�n decolorante de la atm�sfera, adquiri� una blancura total.

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