La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
As� quedaron preparadas algunas camisas, calzoncillos y calcetas, �stas hechas, naturalmente, no con agujas, sino de tela cosida. �Qu� placer para los colonos ponerse al fin aquella ropa blanca (lienzo tosco, pero no pod�an ser exigentes), y acostarse entre s�banas que convirtieron los camastros del Palacio de granito en verdaderos lechos!
Por aquella �poca hicieron tambi�n calzado de cuero de foca, que vino a reemplazar muy oportunamente los zapatos y las botas llevadas de Am�rica; y puede afirmarse que aquel nuevo calzado fue largo y ancho y no apret� los pies de los colonos.
A principios del a�o 1866 los calores fueron persistentes, pero no se suspendi� la caza en los bosques. Agut�es, sa�nos, cabiayes, canguros, caza de pelo y de pluma hormigueaban verdaderamente y Gede�n Spilett y Harbert eran tiradores demasiado diestros para perder un solo disparo.
Ciro Smith les recomendaba continuamente que economizaran las municiones y adopt� varias medidas para reemplazar la p�lvora y el plomo encontrado en el caj�n, que quer�a reservar para el futuro, porque, en efecto, no se sab�a ad�nde el azar podr�a arrojarles un d�a en el caso de que abandonaran sus dominios. Era preciso prevenir todas las necesidades de lo desconocido, ahorrar municiones y, para ellos, sustituirlas con otra sustancia que pudiera renovarse f�cilmente.
Para reemplazar el plomo, del cual Ciro Smith no hab�a encontrado vestigios en la isla, emple� sin desventaja granos de hierro, que era f�cil fabricar. Aquellos granos eran mucho menos pesados que los de plomo, pero los hizo m�s gruesos, y aunque cada carga pesaba menos, la destreza de los cazadores supl�a la falta. En cuanto a la p�lvora, Ciro Smith hubiera podido hacerla, puesto que dispon�a de salitre, azufre y carb�n; pero esta preparaci�n exige cuidados muy grandes e instrumentos especiales y sin ellos es dif�cil producirla de buena calidad
El ingeniero prefiri� fabricar piroxilo, es decir, algod�n fulminante, sustancia para la cual el algod�n no es indispensable, porque no entra sino como celulosa. Ahora bien, la celulosa no es m�s que el tejido elemental de los vegetales y se encuentra casi en estado de pureza no s�lo en el algod�n, sino en las fibras textiles del c��amo y del lino, en el papel, en el trapo viejo, en la m�dula del sa�co, etc. Precisamente los sa�cos abundan en la isla, hacia la desembocadura del arroyo Rojo, y los colonos empleaban a manera de caf� las bayas de aquellos arbustos, pertenecientes a la familia de las caprifoli�ceas.
As�, pues, aquella m�dula de sa�co, es decir, la celulosa, era f�cil de recoger, y en cuanto a la otra sustancia necesaria para la fabricaci�n del piroxilo, como no era m�s que �cido az�tico fumante, Ciro Smith, que pose�a �cido sulf�rico, hab�a podido producir f�cilmente el az�tico, atacando con aqu�l el salitre que le proporcionaba la naturaleza. Resolvi�, pues, fabricar y emplear piroxilo, a pesar de los inconvenientes que ten�a, como son una gran desigualdad de efecto, una excesiva inflamabilidad, puesto que se inflama a ciento setenta grados en vez de doscientos cuarenta, y en fin, una deflagraci�n demasiado instant�nea, que puede deteriorar las armas de fuego. En cambio, las ventajas del piroxilo consist�an en que no se alteraba por la humedad, que no manchaba el ca��n de los fusiles y que su fuerza propulsiva era cu�druple a la de la p�lvora ordinaria.
Para hacer el piroxilo basta sumergir durante un cuarto de hora la celulosa en �cido az�tico fumante, despu�s lavarla en agua abundante y luego secarla, cosa sencill�sima.
Ciro Smith s�lo dispon�a de �cido az�tico ordinario y no fumante o monohidratado, es decir, el �cido que emite vapores blancuzcos al contacto con el aire h�medo; pero sustituyendo a este �ltimo el �cido az�tico ordinario mezclado en la proporci�n de tres vol�menes por cinco con �cido sulf�rico concentrado, deb�a obtener un resultado id�ntico y lo obtuvo. As�, pues, los cazadores de la isla pudieron disponer en breve de una sustancia perfectamente preparada y que, empleada con discreci�n, dio excelentes resultados.
Hacia aquella �poca los colonos roturaron tres acres de la meseta de la Gran Vista y el resto se conserv� en estado de pradera para el mantenimiento de los onagres.
Se hicieron varias excursiones a los bosques de Jacamar y del Far-West, y de ellos se llev� a la meseta una colecci�n completa de vegetales silvestres, como espinacas, berros, r�banos, que deb�an modificarse en breve por medio de un cultivo inteligente, y templar el r�gimen de alimentaci�n azoada a que hasta entonces hab�an estado sometidos los colonos de la isla Lincoln.
Tambi�n se acarrearon notables cantidades de le�a y carb�n, y cada excursi�n era al mismo tiempo un medio de mejorar los caminos, cuya calzada se iba aplanando y apisonando poco a poco bajo las ruedas del carro.
El cotillo daba siempre su contingente de conejos a la despensa del Palacio de granito. Como estaba situado un poco m�s fuera del punto donde comenzaba el arroyo de la Glicerina, sus hu�spedes no pod�an penetrar en la meseta reservada ni destrozar, por consiguiente, las nuevas plantaciones.
En cuanto al banco de ostras de las rocas de la playa, cuyos productos se renovaban frecuentemente, suministraba todos los d�as excelentes moluscos.
Adem�s. la pesca, en las aguas del lago, en el r�o de la Merced, no tard� en ser fruct�fera, porque Pencroff hab�a instalado sedales de fondo armados de anzuelos de hierro, en los cuales se prend�an con frecuencia hermosas truchas y ciertos peces muy sabrosos, cuyos vientres argentados estaban sembrados de manchitas amarillas. As� Nab, encargado de la parte culinaria, pod�a variar agradablemente el men� de cada comida. No faltaba m�s que el pan en la mesa de los colonos, y ya hemos dicho que era una privaci�n que sent�an mucho.
Tambi�n se dedicaron a la caza de las tortugas marinas, que frecuentaban las playas del cabo Mand�bula. En aquel paraje la playa estaba erizada de peque�os mont�culos, que conten�an huevos perfectamente esf�ricos, de c�scara blanca y dura, y cuya alb�mina tiene la propiedad de no coagularse como la de los huevos de ave. El sol se encarga de abrirlos y su n�mero era naturalmente considerable, pues cada tortuga puede poner anualmente hasta doscientos cincuenta huevos.
-�Este es un verdadero campo de huevos -observ� Gede�n Spilett-; no hay m�s que agacharse y recogerlos.
Pero no se contentaron los colonos con el producto, sino que dieron tambi�n caza a los productores, caza que permiti� llevar al Palacio de granito una docena de aquellos quelonios, verdaderamente muy estimables desde el punto de vista alimenticio. La sopa de tortuga con hierbas arom�ticas y algunas cruc�feras vali� muchos elogios a Nab.
No debemos pasar por alto una circunstancia afortunada, que permiti� hacer para el invierno reserva de provisiones. Varias bancadas de salmones se aventuraron por el r�o de la
Merced, remontando su curso por espacio de varias millas. Era la �poca en que las hembras buscan los sitios a prop�sito para depositar sus huevos; preced�an a los machos y hac�an ruido al entrar en el agua dulce. Un millar de aquellos peces, que med�an dos pies y medio de longitud, entr� en el r�o y con s�lo colocar algunas presas los colonos pudieron recoger varios centenares que fueron salados y reservados para el tiempo en que el fr�o, helando la corriente del r�o, hiciese imposible la pesca.
Por entonces el inteligent�simo Jup fue ascendido a la categor�a de ayuda de c�mara. Se le visti� con una chaqueta, un calz�n corto de tela blanca y un delantal cuyos bolsillos eran su encanto porque met�a en ellos las manos y no consent�a que nadie se los registrase. El diestro orangut�n hab�a sido admirablemente amaestrado por Nab y parec�a que el negro y el mono se comprend�an a la perfecci�n.
Jup adem�s sent�a por Nab una verdadera simpat�a, y Nab le pagaba con la misma moneda. A no ser que necesitaran sus servicios para acarrear le�a o para subir a la cima de cualquier �rbol, Jup pasaba la mayor parte de su tiempo en la cocina tratando de imitar a Nab en todo lo que le ve�a hacer. El maestro hac�a gala de una gran pericia y extremado celo para instruir a su disc�pulo. El disc�pulo desplegaba una inteligencia notable para aprovechar las lecciones que le daba su maestro.