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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Nada era m�s f�cil de ejecutar que este proyecto, y he aqu� c�mo pensaba el ingeniero llevarlo a cabo.

La meseta estaba defendida en sus tres lados por tres corrientes de agua, artificiales o naturales: Al noroeste, por la orilla del lago Grant, desde el �ngulo del conducto antiguo de desag�e hasta el corte hecho en la orilla este del lago, para dejar salir las aguas. Al norte, desde esta sangr�a hasta el mar, por la nueva corriente de agua que se hab�a abierto en el lecho, en la meseta y en la playa, en la pared anterior y en la posterior de la cascada; bastaba ahondar este lecho de la corriente para hacer el paso impracticable a los animales. En la parte este, por el mar mismo, desde la desembocadura de dicho arroyo hasta el r�o de la Merced. Al sur, en fin, desde esta desembocadura hasta el recodo del r�o donde deb�a establecerse el puente.

Quedaba, pues, la parte occidental de la meseta comprendida entre el recodo y el �ngulo sur del lago, en una distancia menor de una milla, que estaba abierta a toda invasi�n. Pero nada m�s f�cil que abrir un foso ancho y profundo, que podr�a llenarse con las aguas del lago y cuyo sobrante fuera a desaguar por una segunda cascada al lecho del r�o de la Merced. El nivel del lago se bajar�a un poco, sin duda, por aquella nueva sangr�a, pero Ciro Smith hab�a reconocido que el caudal del arroyo Tojo era bastante grande para permitir la ejecuci�n de su proyecto.

-�As�, pues -a�adi� el ingeniero-, la meseta de la Gran Vista ser� una verdadera isla rodeada de aguas por todas partes y no comunicada con el resto de nuestros dominios sino por el puente de la Merced, los dos puentecillos ya establecidos en la parte anterior y en la posterior de la cascada, y otros dos que habr� que construir, el uno en el foso que me propongo abrir, y el otro en la orilla izquierda del r�o de la Merced. Ahora bien, si hacemos el puente y estos puentecillos para que puedan levantarse a voluntad, la meseta de la Gran Vista quedar� al abrigo de toda sorpresa.

Ciro Smith, para hacerse comprender mejor, hab�a dibujado un plano de la meseta, con lo cual su proyecto qued� inmediatamente entendido. Todos lo aprobaron sin vacilar, y Pencroff, blandiendo el hacha de carpintero, exclam�:

-��El puente ante todo!

Era la obra m�s urgente. Se eligieron varios �rboles, que fueron cortados, despojados de sus ramas, serrados en tablas y convertidos en vigas y traviesas. Aquel puente fijo en la parte que se apoyaba en la orilla derecha del r�o de la Merced deb�a ser movible en la parte que se uniese a la izquierda, de manera que pudiera levantarse por medio de contrapesos, como ciertos puentes de esclusa.

La tarea, como se comprende, dio mucho trabajo y, aunque h�bilmente dirigida, exigi� bastante tiempo, porque el r�o de la Merced ten�a en aquel paraje unos ochenta pies de anchura. Hubo que meter pilotes en el cauce del r�o, para mantener la tablaz�n fija del puente y establecer los medios de operar sobre las cabezas de las estacas, formar los arcos y permitir al puente sostener grandes pesos.

Por fortuna, no faltaban instrumentos para trabajar la madera, ni hierro para consolidarla, ni la destreza de un hombre que entend�a maravillosamente esta clase de obras, ni el celo de sus compa�eros, que hac�a siete meses trabajaban a sus �rdenes y hab�an adquirido gran habilidad manual. Debemos a�adir que Gede�n Spilett no era el m�s torpe y rivalizaba en destreza con el marino, "que no hubiera esperado tanto de un simple periodista".

La construcci�n del puente de la Merced dur� tres semanas. Se almorzaba en el sitio de las obras, pues el tiempo era magn�fico, y se volv�a s�lo a cenar al Palacio de granito.

Durante aquel per�odo se pudo observar que maese Jup se aclimataba f�cilmente y se familiarizaba con sus nuevos amos, a quienes miraba siempre con aire de curiosidad.

Sin embargo, como medida de precauci�n, Pencroff no le dejaba a�n libertad completa de movimientos, queriendo, y con raz�n, esperar a que se hubiera cerrado la meseta y evitando toda probabilidad de fuga. Top y Jup eran buenos amigos y jugaban siempre juntos, si bien Jup se mostraba m�s grave y formal que el perro.

El 20 de noviembre qued� terminado el puente. Su parte m�vil, equilibrada por contrapesos, oscilaba f�cilmente y no se necesitaba m�s que un ligero esfuerzo para levantarla. Entre su charnela y la �ltima traviesa en que se apoyaba, cuando se cerraba, hab�a un intermedio de veinte pies, que era suficientemente ancho para que los animales no pudiesen atravesarlo.

Decidieron ir a buscar la cubierta del aerostato, pues los colonos ten�an prisa para ponerla al seguro; sin embargo, para trasladarla hab�a que llevar un carro hasta el puerto del Globo, y, por consiguiente, hacer un camino a trav�s de los espesos bosques del Far-West, lo cual exig�a mucho tiempo. Nab y Pencroff comenzaron haciendo un reconocimiento sobre el puerto y, observando que el "stock de tela" no hab�a sufrido ning�n deterioro en la gruta donde estaba almacenado, se decidi� continuar las obras relativas a la meseta de la Gran Vista.

-�Esto -dijo Pencroff-nos permitir� establecer nuestro corral en mejores condiciones, puesto que no tendremos que temer ni la visita de las zorras ni la agresi�n de otros animales da�inos.

-�Sin contar -a�adi� Nab- que podemos roturar la meseta y trasplantar las plantas silvestres que nos convengan.

-�Y preparar nuestro segundo campo de trigo -exclam� el marino con aire triunfal.

En efecto, el primer campo de trigo, sembrado con un solo grano, hab�a prosperado admirablemente, gracias a los cuidados de Pencroff, y producido las diez espigas anunciadas por el ingeniero, cada espiga con ochenta granos. As�, pues, la colonia se encontraba poseedora de ochocientos granos en seis meses, lo cual promet�a una doble cosecha cada a�o.

Aquellos ochocientos granos, menos cincuenta que se reservaron por prudencia, deb�an ser sembrados en un nuevo campo, y con no menos cuidado que el grano �nico.

Prepararon la sementera y la rodearon de una empalizada alta y aguda, que los cuadr�pedos dif�cilmente hubieran franqueado. En cuanto a los p�jaros, se pusieron maniqu�es espantosos y petardos chillones, debidos a la imaginaci�n fant�stica de Pencroff, que bastaron para ahuyentarlos. Depositados los setecientos cincuenta granos en peque�os surcos bien regulares, la naturaleza deb�a hacer lo dem�s.

El 21 de noviembre, Ciro Smith comenz� a trazar el foso que deb�a cerrar la meseta por el oeste, desde el �ngulo sur del lago Grant hasta el recodo de la Merced. Hab�a dos o tres pies de tierra vegetal y por debajo estaba el granito; fue necesario, por tanto,

fabricar de nuevo la nitroglicerina, que produjo su efecto acostumbrado. En menos de quince d�as se abri� en el duro suelo de la meseta un foso de doce pies de ancho y seis de profundidad. Hicieron una nueva sangr�a por el mismo m�todo en las rocas que limitaban el lago y las aguas se precipitaron en aquel nuevo lecho, formando un riachuelo, al cual se le dio el nombre de arroyo de la Glicerina, y que vino a ser afluente del r�o de la Merced. Y, como hab�a anunciado el ingeniero, baj� el nivel del lago, pero de una manera casi imperceptible; en fin, para completar el aislamiento, se ensanch� considerablemente el lecho del arroyo de la playa y se contuvieron las arenas por medio de una doble empalizada.

Con la primera quincena de diciembre concluyeron definitivamente estas obras, y la meseta de la Gran Vista, es decir, una especie de pent�gono irregular con un per�metro de cuatro millas, poco m�s o menos, rodeado de un cintur�n de agua, qued� absolutamente al abrigo de toda agresi�n.

Durante aquel mes de diciembre el calor fue muy fuerte; sin embargo, los colonos no quisieron suspender la ejecuci�n de sus proyectos y, como era urgente organizar el corral, comenzaron los trabajos.

Es in�til decir que, desde que se cerr� completamente la meseta, maese Jup fue puesto en libertad. Ya no abandonaba a sus amos ni manifestaba deseos de escaparse: era un animal manso, fuerte y de una agilidad sorprendente.

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