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La chica del tambor

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La chica del tambor
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-��No!

-�Te llaman a escena. Debes ir all�. Debes decidir.

-��Deja ya de apremiarme! Se lo doy a Millie para que me lo guarde. Millie es otra actriz que me sustituye de vez en cuando. Sabe improvisar.

La idea de Charlie no pareci� gustar ni pizca a Joseph.

-�Pero t� no conf�as en ella.

Charlie se hallaba pr�xima a la desesperaci�n. Dijo: -Lo escondo en el retrete. Detr�s de la cisterna.

-��No te parece demasiado f�cil?

-�Lo pongo en la papelera y lo cubro con papeles.

-�Cabe la posibilidad de que entre alguien y vac�e la papelera. Medita.

-��Joseph, d�jame en paz de una maldita vez! �Si! �Lo pongo detr�s de los botes de maquillaje! �Eso! En una de las estanter�as altas, a las que nadie ha quitado el polvo en no s� cu�ntos a�os.

-�Excelente. Lo pones en el fondo de la estanter�a y vas corriendo a escena. Tard�amente. Te dicen: �Charlie, Charlie, �d�nde estabas?� Y se levanta el tel�n. �No es as�?

-�Si, de acuerdo.

Y, acto seguido, Charlie solt� un gran suspiro.

Joseph pregunt�:

-��Y qu� sientes ahora? �Acerca del brazalete y de quien te lo ha regalado?

-�Bueno, pues me siento aterrada.

-��Y por qu� est�s aterrada?

-�Pues porque no puedo aceptarlo. Es valioso, representa dinero.

-�Pero lo has aceptado. Has firmado el recibo y has ocultado la joya.

-�S�lo hasta el final de la representaci�n.

-��Y qu� har�s luego?

-�Lo devolver�.

Relaj�ndose un poco, Joseph exhal� un suspiro de alivio, como si Charlie, por fin, hubiera demostrado la tesis propuesta por �l. Dijo:

-�Y entretanto, �qu� sientes?

-�Me siento pasmada. Hecha trizas. �Qu� quieres que sienta?

-�El se encuentra a pocos metros de ti, Charlie, con la mirada apasionadamente fija en ti. El asiste por tercera vez consecutiva a tu interpretaci�n de la obra. Te ha mandado orqu�deas y una joya, y te ha dicho dos veces que te ama. En una ocasi�n te ha dicho solamente que te ama, y en la otra te ha dicho que te ama infinitamente. Y es un hombre apuesto. Mucho m�s apuesto que yo.

Llevada por la irritaci�n, Charlie hizo caso omiso, por el momento, de la constante intensificaci�n de la autoridad de Joseph, al describir al admirador en cuesti�n. Sinti�ndose atrapada y, al mismo tiempo, un poco tonta, Charlie repuso:

-�Me dejo llevar por mis impulsos.

La propia Charlie apostill� secamente:

-�Lo cual no significa que el individuo en cuesti�n haya ganado la partida.

Cuidadosamente, como si no quisiera perturbar a Charlie, Joseph puso en marcha el autom�vil. La luz del d�a hab�a muerto, y el tr�nsito hab�a disminuido hasta convertirse en intermitentes filas de rezagados. Estaban siguiendo la costa del golfo de Corinto. Por el agua plomiza del mar, una fila de sucios petroleros avanzaban hacia el oeste, como si fueran magn�ticamente atra�dos por el sol, ya puesto. Por encima de ellos, una cadena monta�osa destacaba en oscuro a la luz del �ltimo ocaso. La carretera se bifurc�, y comenzaron el largo ascenso, curva tras curva, hacia el cielo vac�o.

Joseph dijo:

-��Recuerdas cu�nto te aplaud�? �Recuerdas que me puse en pie y estuve en pie para aplaudirte, cuantas veces se alz� el tel�n?

�S�, Joseph, me acuerdo.� Pero Charlie no ten�a la suficiente confianza en s� misma para decirlo en voz alta. Joseph dijo:

-�Bueno: en este caso tambi�n te acuerdas del brazalete.

Si., se acordaba. Un ejercicio de imaginaci�n destinado �nicamente a �l, un regalo de correspondencia a su apuesto y desconocido benefactor. Terminada la obra, Charlie salud� cuantas veces fue preciso, y tan pronto qued� libre fue corriendo a su camerino, sac� el brazalete de su escondrijo, se quit� el maquillaje a toda velocidad, y se visti� de calle para ir a su encuentro, al encuentro de aquel hombre.

Pero, despu�s de haberse plegado a la versi�n que Joseph hab�a dado de los hechos, hasta el presente momento, Charlie se retrajo bruscamente de seguir haci�ndolo, en el instante en que cierto sentido de la correcci�n acudi� en su ayuda. Dijo:

-�Oye, un momento, por favor. �Y por qu� el caballero en cuesti�n no viene a mi encuentro? Es �l quien tiene la iniciativa. �Por qu� no me quedo yo en mi camerino, esperando tranquilamente a que el caballero aparezca, en vez de internarme en la selva, en su busca?

-�Quiz� el caballero carezca de la intrepidez precisa. Te admira y te teme� �Por qu� no ha de ser as�? A fin de cuentas, t� le has dejado totalmente trastabillado.

-�Bueno, pero �por qu� no me quedo esperando, aunque s�lo sea un ratito, a ver qu�

pasa?

-�Charlie, �qu� intentas expresar? �Qu� es lo que mentalmente le dices al se�or en cuesti�n?

En tono remilgado, Charlie repuso:

-�Pues le digo: �Ll�vese esto; yo no puedo aceptarlo.�

-�Muy bien. En este caso te arriesgas a que el se�or en cuesti�n se desvanezca en la noche, para no reaparecer jam�s, dej�ndote con este valioso obsequio que tu sinceramente no quieres aceptar.

De mala gana, Charlie accedi� a ir al encuentro del caballero. Joseph le pregunt�:

-�Pero �d�nde esperas encontrarle? �En qu� lugar le buscas, primeramente?

La carretera estaba desierta, pero Joseph conduc�a despacio a fin de que el pasado reconstruido no quedara excesivamente influido por el presente.

Antes de haber pensado seriamente la respuesta, Charlie contest�:

-�Pues hubiera salido por la puerta trasera y me hubiera plantado en la delantera, a fin de encontrarle en el vest�bulo.

-��Y por qu� no ir a su encuentro en el mismo teatro?

-�Pues porque hubiera tenido que abrirme paso por entre la muchedumbre. Y �l ya hubiera salido mucho antes de que yo pudiese alcanzarle.

Joseph medit� esta respuesta y dijo:

-�En este caso, necesitas el impermeable.

Una vez m�s, Joseph estaba en lo cierto. Charlie hab�a olvidado que, en aquella noche, llov�a en Nottingham, y que cay� chaparr�n tras chaparr�n, durante toda la representaci�n. Charlie volvi� a comenzar la historia. Despu�s de haberse cambiado las ropas a velocidad de rayo, se puso encima su nuevo impermeable -el largo impermeable franc�s comprado en unas liquidaciones-, se abroch� el cintur�n, y sali� velozmente a la calle, bajo la lluvia, recorri� la calleja, dobl� la esquina, y se situ� en la parte delantera del teatro.

Joseph la interrumpi�:

-�Y encontraste a casi todo el p�blico, o por lo menos la mitad, atestado bajo la marquesina, esperando que escampara. �Por qu� sonr�es?

-�Necesito llevar el pa�uelo amarillo en la cabeza, ya sabes, el pa�uelo Jaeger que llevaba en el anuncio de la televisi�n.

-�En este caso tambi�n debemos advertir que, incluso a pesar de tus prisas para desembarazarte del se�or en cuesti�n, no te olvidas de tu pa�uelo de cabeza. Bueno: el caso es que Charlie, con su pa�uelo de cabeza y su impermeable, sale corriendo bajo la lluvia, en busca de su enamorado. Llega a la atestada marquesina. �Va, quiz�, gritando: ��Michel, Michel!�? �Si? Precioso. Sin embargo, Charlie grita en vano. Michel no est�. Entonces, �qu� hacemos?

-�Oye, �escribiste esto, Joseph?

-�Da igual, no te preocupes por esto.

-��Y regreso a mi camerino?

-��Y no se te ocurre mirar la sala?

-�Bueno, s�, de acuerdo.

-��Y por d�nde entras?

-�Por la entrada de platea, que es donde t� estabas sentado.

-�Yo no, Michel. Vas a esta entrada, empujas la puerta, y, �viva!, la puerta se abre, debido a que el se�or Lemon no la ha cerrado todav�a. Entras en la vac�a platea, caminas despacio a lo largo del pasillo.

En voz baja, Charlie dijo:

-�Y all� est� el tipo. �Dios, qu� cachondo es esto!

S�, pero da juego.

-��Y tanto!

-�S�, debido a que Michel est� todav�a en la misma butaca, en el centro de la primera fila. Con la vista fija en el tel�n, como si por el simple medio de mirar pudiera conseguir que el tel�n se levantara y le permitiera la visi�n de su Joan, del esp�ritu de su libertad, a la que ama infinitamente.

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