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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Tendi el arco, silb la flecha llevando consigo la cuerda, y fue a parar entre los dos ltimos tramos de la escalera. La operacin haba tenido el resultado deseado.

Inmediatamente Harbert se apoder del otro extremo de la cuerda, pero, en el momento en que daba el tirn para hacer caer la escalera, un brazo, pasando entre el muro y la puerta, la asi y la introdujo toda entera dentro del Palacio de granito.

-Triple mendigo! -exclam el marino-, si una bala puede hacer tu felicidad, no esperars mucho.

-Qu es eso? -pregunt Nab. -Cmo! No lo has visto?

-No.

-Pues un mono, un macaco, un sapaj, un orangutn, un babino, un gorila, un simio! Nuestra morada ha sido invadida por monos que han trepado por la escala durante nuestra ausencia.

Y en aquel momento, como para dar razn al marino, tres o cuatro cuadrumanos se asomaron a las ventanas, despus de haber abierto los postigos, y saludaron con mil gestos y contorsiones a los verdaderos propietarios de la casa.

-Ya saba yo que era una broma -exclam Pencroff-, pero un bromista pagar por todos.

El marino se ech a la cara el fusil, apunt a uno de los monos y dispar. Todos desaparecieron, menos uno, que, mortalmente herido, fue precipitado sobre la playa.

Aquel mono de gran tamao perteneca al primer orden de los cuadrumanos, sin duda alguna. Ya fuese un chimpanc, un orangutn, un gorila o un gibn, deba ser clasificado entre esos antropomorfos, llamados as a causa de su semejanza con los individuos de la raza humana. Por lo dems, Harbert declar que era un orangutn, y el joven era un experto en zoologa.

-Magnfico animal! -exclam Nab.

-Todo lo magnfico que t quieras -contest Pencroff-, pero no veo cmo vamos a entrar en nuestra casa.

-Harbert es buen tirador -dijo el corresponsal-y tiene arco. Que repita

-Bah!, esos monos son muy ladinos -exclam Pencroff-; no volvern a asomarse a las ventanas y no podremos matarlos. Cuando pienso en los estragos que pueden hacer en la habitacin, en el almacn

-Paciencia! -respondi Ciro Smith-. Esos animales no pueden tenernos largo tiempo en jaque.

-No dir yo tanto hasta que los vea en tierra -replic el marino-. Ante todo, sabe usted, seor Ciro, cuntas docenas de esos bromistas hay all arriba?

Habra sido difcil responder a Pencroff. En cuanto a repetir la tentativa del joven era casi imposible, porque el extremo inferior de la escalera haba sido retirado al interior y, cuando el joven tir otra vez la cuerda, sta se rompi y la escalera no cay.

La situacin era realmente embarazosa. Pencroff no cesaba de gruir y, aunque el caso tena cierto lado cmico, l, por su parte, no le encontraba gracia. Era evidente que los colonos acabaran por recobrar su domicilio y arrojar de l a los intrusos, pero cundo y cmo? Esto es lo que no habran podido decir.

Pasaron dos horas, durante las cuales los monos evitaron asomarse a las ventanas y a la puerta, continuaban all, y por tres o cuatro veces se vio atravesar, ya un hocico, ya una pata, que fueron saludados a tiros.

-Ocultmonos -dijo el ingeniero-. Tal vez los monos crean que nos hemos marchado y se dejarn ver. Spilett y Harbert se quedarn detrs de las rocas y dispararn sobre todo lo que se presente.

Las rdenes del ingeniero fueron ejecutadas y, mientras el periodista y Harbert, los ms hbiles tiradores de la colonia, se apostaban mirando las ventanas, pero fuera de la vista de los monos, Nab, Pencroff y Ciro Smith subieron a la meseta superior y entraron en el bosque para matar alguna cosa, pues la hora del almuerzo haba llegado y no tenan vveres de ninguna especie. Al cabo de media hora volvieron los cazadores con algunas palomas torcaces, que asaron. No se haba vuelto a ver ningn mono.

Geden Spilett y Harbert acudieron a tomar parte en el almuerzo, mientras Top haca centinela bajo la ventana y, cuando almorzaron, volvieron a su puesto.

Dos horas despus la situacin no se haba modificado. Los cuadrumanos no daban seales de vida, como si hubiesen desaparecido, aunque lo ms probable era que, asustados por la muerte de uno de ellos y espantados por las detonaciones de las armas, estuviesen escondidos en algn rincn de los cuartos del Palacio de granito o tal vez en el mismo almacn; y cuando los colonos pensaban en las riquezas que aquel almacn contena, la paciencia, tan recomendada por el ingeniero, degeneraba en violenta irritacin, irritacin que, francamente hablando, no dejaba de ser justificada.

-Esto es estpido -dijo al fin el periodista-; es justo que concluya.

-Y, sin embargo, lo primero es hacer salir de ah a esos tunantes exclam Pencroff-. Ya los echaremos, aunque sean veinte; hay que combatirlos cuerpo a cuerpo. No habr ningn medio de llegar hasta ellos?

-S, hay uno -contest el ingeniero, al cual acababa de ocurrrsele una idea.

-Uno? -dijo Pencroff-. Ese es bueno a falta de otro. Pero cul es?

-Bajaremos al Palacio de granito por el antiguo desage del lago contest el ingeniero.

-Ah, mil diablos! -exclam el marino-. Y no haber pensado yo en eso antes!

Era el nico medio de penetrar en el Palacio de granito para combatir de cerca a los monos y expulsarlos. El orificio del desage estaba cerrado con un muro de piedras cimentadas por argamasa, que habra que romper, pero despus podra recomponerse. Por fortuna Ciro Smith no haba efectuado todava su proyecto de disimular aquella entrada sumergindola bajo las aguas del lago, porque en tal caso la operacin hubiera exigido ms tiempo.

Eran ya ms de las doce de la maana, cuando los colonos, bien armados y provistos de picos y azadones, salieron de las Chimeneas, pasaron bajo las ventanas del Palacio de granito, despus de haber mandado a Top que continuase en su puesto, y se prepararon a subir por la orilla izquierda del ro de la Merced hasta la meseta de la Gran Vista. No haban andado cincuenta pasos en esta direccin, cuando oyeron los ladridos furiosos del perro. Eran un llamamiento desesperado.

Se detuvieron. -Corramos! -dijo Pencroff.

Todos bajaron velozmente a la playa. Al llegar al ngulo de la muralla, vieron que la situacin haba cambiado. En efecto, los monos, sobrecogidos de un repentino pnico, excitados por alguna causa desconocida, trataban de huir. Dos o tres corran y saltaban de una ventana a otra con la agilidad de clowns. No trataban ni de echar la escalera, por la cual les hubiese sido fcil bajar, porque en su espanto sin duda haban olvidado aquel medio de salir de la casa. En breve cinco

o seis estuvieron en posicin de servir de blanco a los fusiles y los colonos apuntaron y dispararon. Unos, heridos o muertos, cayeron en el interior de la casa lanzando agudos gritos; otros, precipitados al exterior, se estrellaron en su cada, y pocos instantes despus poda suponerse que no haba un cuadrumano vivo en el Palacio de granito.

-Hurra! -exclam Pencroff-, hurra, hurra! -No tantos hurras -dijo Geden Spilett. -Por qu? Todos han muerto -contest el marino. -Es verdad, pero eso no nos da los medios de entrar en nuestra casa.

-Vamos al desage -propuso Pencroff.

-Es lo ms acertado -dijo el ingeniero-. Sin embargo, hubiera sido preferible

En aquel momento, y como respondiendo a la observacin que iba a hacer Ciro Smith, se vio resbalar la escala sobre el umbral de la puerta, despus desenrollarse y extenderse hasta el suelo.

-Ah, mil pipas! Esa s que es buena! -exclam el marino mirando a Ciro Smith. -S que lo es -murmur el ingeniero, y se lanz el primero a la escalera. -Cuidado, seor Ciro -dijo Pencroff-, puede haber todava algn macaco. -All lo veremos -respondi el ingeniero sin detenerse.

Todos sus compaeros lo siguieron y en un minuto llegaron al umbral de la puerta del Palacio de granito. Registraron todo, pero nada haba en los cuartos ni en el almacn, el cual haba sido respetado por la tropa de cuadrumanos.

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