La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Tendi� el arco, silb� la flecha llevando consigo la cuerda, y fue a parar entre los dos �ltimos tramos de la escalera. La operaci�n hab�a tenido el resultado deseado.
Inmediatamente Harbert se apoder� del otro extremo de la cuerda, pero, en el momento en que daba el tir�n para hacer caer la escalera, un brazo, pasando entre el muro y la puerta, la asi� y la introdujo toda entera dentro del Palacio de granito.
-��Triple mendigo! -exclam� el marino-, si una bala puede hacer tu felicidad, no esperar�s mucho.
-��Qu� es eso? -pregunt� Nab. -�C�mo! �No lo has visto?
-�No.
-��Pues un mono, un macaco, un sapaj�, un orangut�n, un babino, un gorila, un simio! Nuestra morada ha sido invadida por monos que han trepado por la escala durante nuestra ausencia.
Y en aquel momento, como para dar raz�n al marino, tres o cuatro cuadrumanos se asomaron a las ventanas, despu�s de haber abierto los postigos, y saludaron con mil gestos y contorsiones a los verdaderos propietarios de la casa.
-�Ya sab�a yo que era una broma -exclam� Pencroff-, pero un bromista pagar� por todos.
El marino se ech� a la cara el fusil, apunt� a uno de los monos y dispar�. Todos desaparecieron, menos uno, que, mortalmente herido, fue precipitado sobre la playa.
Aquel mono de gran tama�o pertenec�a al primer orden de los cuadrumanos, sin duda alguna. Ya fuese un chimpanc�, un orangut�n, un gorila o un gib�n, deb�a ser clasificado entre esos antropomorfos, llamados as� a causa de su semejanza con los individuos de la raza humana. Por lo dem�s, Harbert declar� que era un orangut�n, y el joven era un experto en zoolog�a.
-��Magn�fico animal! -exclam� Nab.
-�Todo lo magn�fico que t� quieras -contest� Pencroff-, pero no veo c�mo vamos a entrar en nuestra casa.
-�Harbert es buen tirador -dijo el corresponsal-y tiene arco. Que repita�
-��Bah!, esos monos son muy ladinos -exclam� Pencroff-; no volver�n a asomarse a las ventanas y no podremos matarlos. Cuando pienso en los estragos que pueden hacer en la habitaci�n, en el almac�n�
-��Paciencia! -respondi� Ciro Smith-. Esos animales no pueden tenernos largo tiempo en jaque.
-�No dir� yo tanto hasta que los vea en tierra -replic� el marino-. Ante todo, �sabe usted, se�or Ciro, cu�ntas docenas de esos bromistas hay all� arriba?
Habr�a sido dif�cil responder a Pencroff. En cuanto a repetir la tentativa del joven era casi imposible, porque el extremo inferior de la escalera hab�a sido retirado al interior y, cuando el joven tir� otra vez la cuerda, �sta se rompi� y la escalera no cay�.
La situaci�n era realmente embarazosa. Pencroff no cesaba de gru�ir y, aunque el caso ten�a cierto lado c�mico, �l, por su parte, no le encontraba gracia. Era evidente que los colonos acabar�an por recobrar su domicilio y arrojar de �l a los intrusos, �pero cu�ndo y c�mo? Esto es lo que no habr�an podido decir.
Pasaron dos horas, durante las cuales los monos evitaron asomarse a las ventanas y a la puerta, continuaban all�, y por tres o cuatro veces se vio atravesar, ya un hocico, ya una pata, que fueron saludados a tiros.
-�Ocult�monos -dijo el ingeniero-. Tal vez los monos crean que nos hemos marchado y se dejar�n ver. Spilett y Harbert se quedar�n detr�s de las rocas y disparar�n sobre todo lo que se presente.
Las �rdenes del ingeniero fueron ejecutadas y, mientras el periodista y Harbert, los m�s h�biles tiradores de la colonia, se apostaban mirando las ventanas, pero fuera de la vista de los monos, Nab, Pencroff y Ciro Smith subieron a la meseta superior y entraron en el bosque para matar alguna cosa, pues la hora del almuerzo hab�a llegado y no ten�an v�veres de ninguna especie. Al cabo de media hora volvieron los cazadores con algunas palomas torcaces, que asaron. No se hab�a vuelto a ver ning�n mono.
Gede�n Spilett y Harbert acudieron a tomar parte en el almuerzo, mientras Top hac�a centinela bajo la ventana y, cuando almorzaron, volvieron a su puesto.
Dos horas despu�s la situaci�n no se hab�a modificado. Los cuadrumanos no daban se�ales de vida, como si hubiesen desaparecido, aunque lo m�s probable era que, asustados por la muerte de uno de ellos y espantados por las detonaciones de las armas, estuviesen escondidos en alg�n rinc�n de los cuartos del Palacio de granito o tal vez en el mismo almac�n; y cuando los colonos pensaban en las riquezas que aquel almac�n conten�a, la paciencia, tan recomendada por el ingeniero, degeneraba en violenta irritaci�n, irritaci�n que, francamente hablando, no dejaba de ser justificada.
-�Esto es est�pido -dijo al fin el periodista-; es justo que concluya.
-�Y, sin embargo, lo primero es hacer salir de ah� a esos tunantes exclam� Pencroff-. Ya los echaremos, aunque sean veinte; hay que combatirlos cuerpo a cuerpo. �No habr� ning�n medio de llegar hasta ellos?
-�S�, hay uno -contest� el ingeniero, al cual acababa de ocurr�rsele una idea.
-��Uno? -dijo Pencroff-. Ese es bueno a falta de otro. Pero �cu�l es?
-�Bajaremos al Palacio de granito por el antiguo desag�e del lago contest� el ingeniero.
-��Ah, mil diablos! -exclam� el marino-. �Y no haber pensado yo en eso antes!
Era el �nico medio de penetrar en el Palacio de granito para combatir de cerca a los monos y expulsarlos. El orificio del desag�e estaba cerrado con un muro de piedras cimentadas por argamasa, que habr�a que romper, pero despu�s podr�a recomponerse. Por fortuna Ciro Smith no hab�a efectuado todav�a su proyecto de disimular aquella entrada sumergi�ndola bajo las aguas del lago, porque en tal caso la operaci�n hubiera exigido m�s tiempo.
Eran ya m�s de las doce de la ma�ana, cuando los colonos, bien armados y provistos de picos y azadones, salieron de las Chimeneas, pasaron bajo las ventanas del Palacio de granito, despu�s de haber mandado a Top que continuase en su puesto, y se prepararon a subir por la orilla izquierda del r�o de la Merced hasta la meseta de la Gran Vista. No hab�an andado cincuenta pasos en esta direcci�n, cuando oyeron los ladridos furiosos del perro. Eran un llamamiento desesperado.
Se detuvieron. -�Corramos! -dijo Pencroff.
Todos bajaron velozmente a la playa. Al llegar al �ngulo de la muralla, vieron que la situaci�n hab�a cambiado. En efecto, los monos, sobrecogidos de un repentino p�nico, excitados por alguna causa desconocida, trataban de huir. Dos o tres corr�an y saltaban de una ventana a otra con la agilidad de clowns. No trataban ni de echar la escalera, por la cual les hubiese sido f�cil bajar, porque en su espanto sin duda hab�an olvidado aquel medio de salir de la casa. En breve cinco
o seis estuvieron en posici�n de servir de blanco a los fusiles y los colonos apuntaron y dispararon. Unos, heridos o muertos, cayeron en el interior de la casa lanzando agudos gritos; otros, precipitados al exterior, se estrellaron en su ca�da, y pocos instantes despu�s pod�a suponerse que no hab�a un cuadrumano vivo en el Palacio de granito.
-��Hurra! -exclam� Pencroff-, �hurra, hurra! -No tantos hurras -dijo Gede�n Spilett. -�Por qu�? Todos han muerto -contest� el marino. -Es verdad, pero eso no nos da los medios de entrar en nuestra casa.
-�Vamos al desag�e -propuso Pencroff.
-�Es lo m�s acertado -dijo el ingeniero-. Sin embargo, hubiera sido preferible�
En aquel momento, y como respondiendo a la observaci�n que iba a hacer Ciro Smith, se vio resbalar la escala sobre el umbral de la puerta, despu�s desenrollarse y extenderse hasta el suelo.
-��Ah, mil pipas! �Esa s� que es buena! -exclam� el marino mirando a Ciro Smith. -S� que lo es -murmur� el ingeniero, y se lanz� el primero a la escalera. -Cuidado, se�or Ciro -dijo Pencroff-, puede haber todav�a alg�n macaco. -All� lo veremos -respondi� el ingeniero sin detenerse.
Todos sus compa�eros lo siguieron y en un minuto llegaron al umbral de la puerta del Palacio de granito. Registraron todo, pero nada hab�a en los cuartos ni en el almac�n, el cual hab�a sido respetado por la tropa de cuadrumanos.