La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Pero en aquel momento Top ladr� y Nab, que buscaba el primer tramo, dio un grito.
La escalera hab�a desaparecido.
6. La jugada de los orangutanes
Ciro Smith se hab�a detenido sin decir una palabra. Sus compa�eros buscaron en la oscuridad, por el suelo y por las paredes de granito, por si la escalera se hab�a desprendido o el viento la hab�a sacado de su lugar�, pero la escalera hab�a desaparecido. Reconocer si una r�faga de aire la hab�a levantado hasta la cornisa, era imposible en aquella profunda oscuridad.
-�Si es broma -exclam� Pencroff-, me parece de muy mal g�nero. Llegar uno a su casa y no encontrar escalera para subir a su cuarto no es cosa de risa para quien est� cansado.
Nab tambi�n se quejaba.
-�Sin embargo, no hace viento -observ� Harbert.
-�Comienzo a convencerme de que pasan cosas singulares en la isla Lincoln -dijo Pencroff.
-��Singulares! -repiti� Gede�n Spilett-. No, Pencroff, nada m�s naturaclass="underline" alguien ha venido durante nuestra ausencia, ha tomado posesi�n de la casa y ha retirado la escalera. -�Alguien! -exclam� el marino-. �Qui�n?
-�El cazador del grano de plomo -contest� el corresponsal-. �De qu� nos servir� si no pudiera explicar nuestra desdichada aventura?
-�Pues bien -dijo Pencroff, soltando un temo, pues la impaciencia se iba apoderando de �l-, si hay alguien all� arriba, voy a hablarle y ser� mejor que conteste.
Y con voz de trueno, el marino lanz� un �Ah! "prolongado que fue repetido con fuerza por el eco.
Los colonos escucharon con atenci�n y creyeron o�r a la altura del Palacio de granito una especie de risa mal contenida, cuyo origen no era posible conocer. Pero ninguna voz respondi� al marino, el cual volvi� a llamar tan vigorosa como in�tilmente.
Realmente lo que suced�a era m�s que suficiente para dejar estupefactos a los hombres m�s indiferentes del mundo, y los colonos no pod�an ser indiferentes en aquella ocasi�n. En la situaci�n en que se hallaban, todo incidente era grave, y en verdad que desde que hab�an llegado a la isla, hac�a siete meses, ninguno se hab�a presentado con car�cter tan sorprendente.
De todos modos, olvidando su cansancio y dominados por la singularidad del suceso, permanec�an al pie del Palacio de granito, no sabiendo qu� pensar ni qu� hacer, interrog�ndose sin poderse responder satisfactoriamente y formando hip�tesis sobre hip�tesis a cual m�s inadmisibles. Nab se quejaba de no poder volver a entrar en la cocina, sobre todo porque las provisiones del viaje estaban agotadas y no hab�a medio de renovarlas en aquel momento.
-�Amigos -dijo Ciro Smith-, no tenemos m�s remedio que esperar el d�a y haremos lo que las circunstancias nos aconsejen. Y, para esperar, vamos a las Chimeneas, donde estaremos al abrigo de la intemperie, y si no podemos cenar, al menos podremos dormir.
-�Pero �qui�n es el sinverg�enza que nos ha jugado esa mala pasada? pregunt� otra vez Pencroff, que no pod�a resignarse con lo sucedido.
Cualquiera que fuese el sinverg�enza, lo �nico que hab�a que hacer, como hab�a dicho el ingeniero, era refugiarse en las Chimeneas y esperar el d�a. Sin embargo, se dio orden a Top de quedarse bajo las ventanas del Palacio de granito, y, cuando Top recib�a una orden, la ejecutaba sin hacer la menor observaci�n. El excelente perro permaneci�, pues, al pie del muro, mientras su amo y sus compa�eros se refugiaban en las rocas.
Decir que los colonos, a pesar de su cansancio, durmieron bien sobre la arena de las Chimeneas, ser�a alterar la verdad. No s�lo sent�an ansiedad por saber la importancia del nuevo incidente, ya fuese resultado de una casualidad, cuyas causas naturales aparecer�an al llegar el d�a, ya, por el contrario, fuese obra de un ser humano, sino que tambi�n ten�an una cama demasiado dura, comparada con aquellas a que estaban acostumbrados. De todos modos, de una u otra suerte, su casa estaba ocupada en aquel momento y no pod�an entrar en ella.
Ahora bien, el Palacio de granito era m�s que su morada, era su dep�sito y su tesoro. All� estaba todo el material de la colonia, armas, instrumentos, �tiles, municiones, reservas de v�veres, etc.; y si todo esto era saqueado, los colonos tendr�an que volver a sus trabajos de arreglo, de fabricaci�n de armas y de instrumentos. As�, cediendo a la inquietud, unos y otros sal�an a cada instante para ver si Top hac�a bien el centinela. S�lo Ciro Smith esperaba con su paciencia habitual, aunque su raz�n tenaz se exasperaba al verse frente a un hecho absolutamente inexplicable y se indignaba pensando que en torno suyo, y tal vez sobre su cabeza, se ejerc�a una influencia a la cual no pod�a dar un nombre.
Gede�n Spilett era de la misma opini�n y ambos conversaron muchas veces, aunque a media voz, acerca de las circunstancias incomprensibles que desafiaban su perspicacia y su experiencia. Hab�a seguramente un misterio en aquella isla, �c�mo penetrarlo?
Harbert tampoco sab�a qu� pensar y hubiera interrogado de buena gana a Ciro Smith.
En cuanto a Nab, concluy� pensando que todo aquello no era de su incumbencia, sino de la de su amo; y si no hubiera temido ofender a sus compa�eros, habr�a dormido aquella noche tan bien como si hubiese reposado sobre la cama del Palacio de granito. El que estaba furioso era Pencroff, y con raz�n.
-�Es una broma -dec�a-, una broma que nos han jugado. Pero a m� no me gustan bromas tan pesadas, y pobre del bromista, si cae en mis manos.
Cuando aparecieron las primeras claridades del alba, los colonos, convenientemente armados, bajaron a la playa y se situaron en la l�nea de los arrecifes. El Palacio de granito, expuesto directamente al sol levante, no deb�a tardar en estar alumbrado por las luces del alba, y, en efecto, hacia las cinco, las ventanas, cuyos postigos estaban cerrados, aparecieron a trav�s de sus cortinas de follaje.
Por aquella parte todo estaba en orden, pero un grito se escap� del pecho de los colonos, cuando vieron abierta de par en par la puerta que hab�an dejado cerrada al marcharse. Alguien se hab�a introducido en el Palacio de granito, no hab�a duda.
La escalera superior, ordinariamente tendida desde la cornisa de la puerta, estaba en su lugar; pero la escalera inferior hab�a sido retirada y levantada hasta el umbral de la puerta. Era evidente que los intrusos hab�an logrado ponerse al abrigo de toda sorpresa.
En cuanto a reconocer su especie y su n�mero, no era posible, pues ninguno de ellos se mostraba por ninguna parte.
Pencroff llam� de nuevo. No obtuvo respuesta.
-��Miserables! -exclam� el marino-. �Duermen tranquilamente, como si estuvieran en su casa! �Piratas, bandidos, corsarios, hijos de John Bull!
Cuando Pencroff, que era norteamericano, llamaba a alguno hijo de John Bull, hab�a llegado al l�mite del insulto.
En aquel momento se ilumin� el Palacio de granito bajo los rayos del sol; pero en el interior, como en el exterior, todo estaba mudo y en calma.
Los colonos se preguntaban si el Palacio de granito estaba ocupado o no; sin embargo, la posici�n de la escalera lo demostraba suficientemente, y hasta era seguro que los ocupantes, cualesquiera que fuesen, no hab�an podido huir. Pero �c�mo llegar hasta
ellos?
Harbert tuvo entonces la idea de atar una cuerda a una flecha y lanzar �sta de manera que fuese a parar entre los primeros barrotes de la escalera, que pend�a del umbral de la puerta. Entonces, mediante la cuerda, podr�a desarrollarse la escalera hasta llegar a tierra y restablecer la comunicaci�n con el Palacio de granito. No hab�a otro medio mejor, y con un poco de destreza la idea de Harbert pod�a tener buen �xito. Por fortuna ten�an arcos y flechas en un corredor de las Chimeneas, donde se hallaban tambi�n algunas docenas de brazas de una cuerda ligera de hibisco. Pencroff desarroll� la cuerda y at� a un extremo una flecha bien emplumada. Despu�s Harbert, colocando la flecha en su arco, apunt� con cuidado a la extremidad colgante de la escalera.
Ciro Smith, Gede�n Spilett, Pencroff y Nab se hab�an retirado hacia atr�s para observar mejor lo que pasaba en las ventanas del Palacio de granito; el periodista se hab�a echado la carabina a la cara y apuntaba a la puerta.