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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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vena, no como un perro que busca una pista, sino como un ser dotado de voluntad que persigue una idea.

Al cabo de siete u ocho minutos de marcha Top se detuvo. Los colonos haban llegado a una especie de claro rodeado de rboles; miraron en torno suyo y no vieron nada, ni entre los arbustos ni entre los troncos de los rboles.

-Pero qu es lo que has encontrado, Top? -dijo Ciro Smith. El perro ladr con ms fuerza saltando al pie de un gigantesco pino. De repente Pencroff exclam: -Muy bien! Magnfico! -Qu hay? -pregunt Geden Spilett. -Buscbamos un pecio en el mar o en la tierra -Y qu?

-Toma! Que es en el aire donde se encuentra.

Y el marino ense a sus compaeros un enorme trozo de tela desgarrado y blancuzco, que colgaba de la cima de un pino y al cual perteneca el pedazo recogido por Top.

-Pero eso no es un barco! -dijo Geden Spilett. -Perdone -repuso Pencroff. -Cmo! Ser?

-Es lo que queda de nuestro barco areo, de nuestro globo, que ha encallado en la copa de ese rbol.

Pencroff no se engaaba y lanz un hurra sonoro, aadiendo:

-Aqu tenemos tela de calidad para aos; podremos hacer pauelos y camisas, eh?

Qu le parece, seor Spilett? Qu me dice usted de una isla donde los rboles

producen camisas?

Era un acontecimiento afortunado para los colonos de la isla Lincoln que el globo aerosttico, despus de haber dado su ltimo salto en los aires, hubiera vuelto a caer en la isla. Los colonos podan conservarlo, si queran intentar una nueva evasin por los aires, o emplear fructuosamente aquellos centenares de varas de tela de algodn de excelente calidad, despus de quitarle el barniz. Como es de suponer, todos participaron de la alegra de Pencroff.

Pero era preciso bajar del rbol aquella tela para ponerla en lugar seguro y no cost poco esta maniobra Nab, Harbert y el marino tuvieron que hacer prodigios para desenredar el enorme globo deshinchado. La operacin dur dos horas, pero luego estaban depositados en tierra no slo la cubierta de tela con su vlvula, sus resortes y su guarnicin de cobre, sino tambin la red, es decir, un inmenso cmulo de cuerdas gruesas y delgadas, el crculo de retencin y el ncora. La envoltura, prescindiendo del desgarrn, se hallaba en buen estado, y slo su apndice inferior haba sufrido deterioro.

Era una fortuna que caa del cielo a los colonos.

-De todos modos, seor Ciro -dijo el marino-, si alguna vez nos decidimos a salir de esta isla, supongo que no ser en globo, no es verdad? Estos buques del aire no van donde uno quiere, y eso lo sabemos por experiencia. Si quiere hacerme caso, es mejor construir una buena embarcacin de unas veinte toneladas, y me permitir usted cortar de esta tela una vela de trinquete y un foque. Lo dems servir para ropa interior.

-Ya veremos, Pencroff -contest Ciro Smith-, ya veremos. -Entretanto hay que poner todo esto en sitio seguro -dijo Nab. No poda pensarse en trasladar al Palacio de granito aquella carga de tela y cuerdas, cuyo peso era muy grande; y hasta que se contara con un vehculo que pudiera acarrearla, convena no dejar por mucho tiempo aquellas riquezas a merced del huracn. Los colonos, reuniendo sus esfuerzos, consiguieron arrastrarlo hasta la orilla, donde

haban descubierto una vasta cavidad abierta en una roca y resguardada del mar, de la lluvia y del viento, gracias a su orientacin.

-Nos haca falta un armario y ya lo tenemos -dijo Pencroff-; pero como no se puede echar la llave, ser prudente ocultar la puerta todo lo posible. No lo digo por los ladrones de dos pies, sino por los de cuatro patas.

A las seis de la tarde todo estaba almacenado; y despus de haber dado a la cala el nombre, harto justificado, de "puesto del globo", tomaron el camino del cabo de la Garra. Pencroff y el ingeniero hablaron de los diversos proyectos que convena poner en ejecucin lo ms pronto posible. Era preciso, ante todo, echar un puente sobre el ro de la Merced para establecer una comunicacin fcil con el sur de la isla; despus volveran con el carrito a buscar el globo, porque la canoa no habra podido transportarlo; hecho esto, se construira una chalupa; Pencroff la aparejara como balandra y con ella se emprenderan viajes de circunnavegacin alrededor de la isla; despus, etc.

Entretanto caa la noche, y el cielo estaba ya oscuro cuando los colonos llegaron a la punta del Pecio y al sitio mismo donde haban descubierto el precioso cajn. Pero ni all ni en ninguna parte haba nada que indicase que hubiera habido naufragio de ninguna especie y fue preciso atenerse a las conclusiones formuladas anteriormente por Ciro Smith.

Desde la punta del Pecio al Palacio de granito haba una distancia de cuatro millas, que fueron pronto recorridas; pero eran ya ms de las doce de la noche cuando los colonos, despus de haber seguido el litoral hasta la desembocadura del ro de la Merced, llegaron al primer recodo formado por el ro. El lecho tena una anchura de ochenta pies, que no era fcil atravesar, pero Pencroff se haba encargado de vencer la dificultad y puso manos a la obra.

Los colonos estaban extenuados, como puede suponerse; la etapa haba sido larga, y el incidente del globo no haba contribuido en manera alguna a descansar piernas y brazos. Deseaban hallarse cuanto antes en el Palacio de granito para cenar y dormir; y, si el puente hubiera estado construido, en un cuarto de hora se habran hallado en su domicilio.

La noche era muy oscura. Pencroff se prepar a cumplir su promesa haciendo una especie de balsa que prometa facilitar el paso del ro de la Merced. Nab y l, armados de hachas, eligieron dos rboles cercanos al agua y comenzaron a atacarlos por su base.

Ciro Smith y Geden Spilett, sentados a la orilla del ro, esperaban a que llegase el momento de ayudar a sus compaeros, mientras Harbert iba y vena sin apartarse demasiado de ellos. De improviso, el joven, que se haba adelantado ro arriba, volvi corriendo y dijo:

-Qu es aquello que baja a la deriva?

Pencroff interrumpi su trabajo y vio un objeto que se mova confusamente en la sombra. -Una canoa! -exclam.

Todos se acercaron y vieron con extrema sorpresa una embarcacin que bajaba siguiendo la corriente del agua.

-Al de la canoa! -grit el marino por un movimiento espontneo, resto de costumbre profesional, sin pensar que tal vez habra sido preferible guardar silencio. Nadie contest.

La canoa segua bajando y, al llegar a diez pasos, el marino exclam: - Si es nuestra piragua! Ha roto la amarra y ha seguido la corriente. Confesemos que no puede llegar en mejor ocasin. -Nuestra piragua? -murmur el ingeniero.

Pencroff tena razn. Era la piragua, cuya amarra se haba roto y volva sola de las fuentes del ro de la Merced. Era, pues, importante apoderarse de ella, antes que fuese arrastrada por la rpida corriente del ro ms all de su desembocadura. Esto es lo que hicieron diestramente Nab y Pencroff con un palo largo.

La piragua se detuvo en la orilla; el ingeniero salt a ella, tom la amarra y se cercior con el tacto de que realmente se haba desgarrado y roto por su frote contra las rocas.

-Eso -dijo el corresponsal-, eso s que verdaderamente puede llamarse una circunstancia

-Extraa! -aadi Ciro Smith.

Extraa o no, era circunstancia feliz. Harbert, Spilett, Nab y Pencroff se embarcaron. No dudaban de que la amarra se haba desgarrado; pero lo ms admirable del caso era que la piragua hubiese llegado precisamente en el momento en que los colonos se hallaban all para detenerla, pues un cuarto de hora despus habra ido a perderse en el mar.

Si hubiera sido en poca de los genios, el incidente habra dado derecho a pensar que la isla estaba habitada por un ser sobrenatural que pona su poder al servicio de los nufragos.

Unos cuantos golpes de remo llevaron a los colonos a la desembocadura del ro de la Merced. Sacaron a la playa la canoa, acercndola a las Chimeneas, y todos se dirigieron hacia la escalera del Palacio de granito.

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