La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
ven�a, no como un perro que busca una pista, sino como un ser dotado de voluntad que persigue una idea.
Al cabo de siete u ocho minutos de marcha Top se detuvo. Los colonos hab�an llegado a una especie de claro rodeado de �rboles; miraron en torno suyo y no vieron nada, ni entre los arbustos ni entre los troncos de los �rboles.
-��Pero qu� es lo que has encontrado, Top? -dijo Ciro Smith. El perro ladr� con m�s fuerza saltando al pie de un gigantesco pino. De repente Pencroff exclam�: -�Muy bien! �Magn�fico! -�Qu� hay? -pregunt� Gede�n Spilett. -Busc�bamos un pecio en el mar o en la tierra� -�Y qu�?
-��Toma! Que es en el aire donde se encuentra.
Y el marino ense�� a sus compa�eros un enorme trozo de tela desgarrado y blancuzco, que colgaba de la cima de un pino y al cual pertenec�a el pedazo recogido por Top.
-��Pero eso no es un barco! -dijo Gede�n Spilett. -Perdone -repuso Pencroff. -�C�mo! �Ser�?
-�Es lo que queda de nuestro barco a�reo, de nuestro globo, que ha encallado en la copa de ese �rbol.
Pencroff no se enga�aba y lanz� un hurra sonoro, a�adiendo:
-�Aqu� tenemos tela de calidad para a�os; podremos hacer pa�uelos y camisas, �eh?
�Qu� le parece, se�or Spilett? �Qu� me dice usted de una isla donde los �rboles
producen camisas?
Era un acontecimiento afortunado para los colonos de la isla Lincoln que el globo aerost�tico, despu�s de haber dado su �ltimo salto en los aires, hubiera vuelto a caer en la isla. Los colonos pod�an conservarlo, si quer�an intentar una nueva evasi�n por los aires, o emplear fructuosamente aquellos centenares de varas de tela de algod�n de excelente calidad, despu�s de quitarle el barniz. Como es de suponer, todos participaron de la alegr�a de Pencroff.
Pero era preciso bajar del �rbol aquella tela para ponerla en lugar seguro y no cost� poco esta maniobra� Nab, Harbert y el marino tuvieron que hacer prodigios para desenredar el enorme globo deshinchado. La operaci�n dur� dos horas, pero luego estaban depositados en tierra no s�lo la cubierta de tela con su v�lvula, sus resortes y su guarnici�n de cobre, sino tambi�n la red, es decir, un inmenso c�mulo de cuerdas gruesas y delgadas, el c�rculo de retenci�n y el �ncora. La envoltura, prescindiendo del desgarr�n, se hallaba en buen estado, y s�lo su ap�ndice inferior hab�a sufrido deterioro.
Era una fortuna que ca�a del cielo a los colonos.
-�De todos modos, se�or Ciro -dijo el marino-, si alguna vez nos decidimos a salir de esta isla, supongo que no ser� en globo, �no es verdad? Estos buques del aire no van donde uno quiere, y eso lo sabemos por experiencia. Si quiere hacerme caso, es mejor construir una buena embarcaci�n de unas veinte toneladas, y me permitir� usted cortar de esta tela una vela de trinquete y un foque. Lo dem�s servir� para ropa interior.
-�Ya veremos, Pencroff -contest� Ciro Smith-, ya veremos. -Entretanto hay que poner todo esto en sitio seguro -dijo Nab. No pod�a pensarse en trasladar al Palacio de granito aquella carga de tela y cuerdas, cuyo peso era muy grande; y hasta que se contara con un veh�culo que pudiera acarrearla, conven�a no dejar por mucho tiempo aquellas riquezas a merced del hurac�n. Los colonos, reuniendo sus esfuerzos, consiguieron arrastrarlo hasta la orilla, donde
hab�an descubierto una vasta cavidad abierta en una roca y resguardada del mar, de la lluvia y del viento, gracias a su orientaci�n.
-�Nos hac�a falta un armario y ya lo tenemos -dijo Pencroff-; pero como no se puede echar la llave, ser� prudente ocultar la puerta todo lo posible. No lo digo por los ladrones de dos pies, sino por los de cuatro patas.
A las seis de la tarde todo estaba almacenado; y despu�s de haber dado a la cala el nombre, harto justificado, de "puesto del globo", tomaron el camino del cabo de la Garra. Pencroff y el ingeniero hablaron de los diversos proyectos que conven�a poner en ejecuci�n lo m�s pronto posible. Era preciso, ante todo, echar un puente sobre el r�o de la Merced para establecer una comunicaci�n f�cil con el sur de la isla; despu�s volver�an con el carrito a buscar el globo, porque la canoa no habr�a podido transportarlo; hecho esto, se construir�a una chalupa; Pencroff la aparejar�a como balandra y con ella se emprender�an viajes de circunnavegaci�n alrededor de la isla; despu�s�, etc.
Entretanto ca�a la noche, y el cielo estaba ya oscuro cuando los colonos llegaron a la punta del Pecio y al sitio mismo donde hab�an descubierto el precioso caj�n. Pero ni all� ni en ninguna parte hab�a nada que indicase que hubiera habido naufragio de ninguna especie y fue preciso atenerse a las conclusiones formuladas anteriormente por Ciro Smith.
Desde la punta del Pecio al Palacio de granito hab�a una distancia de cuatro millas, que fueron pronto recorridas; pero eran ya m�s de las doce de la noche cuando los colonos, despu�s de haber seguido el litoral hasta la desembocadura del r�o de la Merced, llegaron al primer recodo formado por el r�o. El lecho ten�a una anchura de ochenta pies, que no era f�cil atravesar, pero Pencroff se hab�a encargado de vencer la dificultad y puso manos a la obra.
Los colonos estaban extenuados, como puede suponerse; la etapa hab�a sido larga, y el incidente del globo no hab�a contribuido en manera alguna a descansar piernas y brazos. Deseaban hallarse cuanto antes en el Palacio de granito para cenar y dormir; y, si el puente hubiera estado construido, en un cuarto de hora se habr�an hallado en su domicilio.
La noche era muy oscura. Pencroff se prepar� a cumplir su promesa haciendo una especie de balsa que promet�a facilitar el paso del r�o de la Merced. Nab y �l, armados de hachas, eligieron dos �rboles cercanos al agua y comenzaron a atacarlos por su base.
Ciro Smith y Gede�n Spilett, sentados a la orilla del r�o, esperaban a que llegase el momento de ayudar a sus compa�eros, mientras Harbert iba y ven�a sin apartarse demasiado de ellos. De improviso, el joven, que se hab�a adelantado r�o arriba, volvi� corriendo y dijo:
-��Qu� es aquello que baja a la deriva?
Pencroff interrumpi� su trabajo y vio un objeto que se mov�a confusamente en la sombra. -�Una canoa! -exclam�.
Todos se acercaron y vieron con extrema sorpresa una embarcaci�n que bajaba siguiendo la corriente del agua.
-��Al de la canoa! -grit� el marino por un movimiento espont�neo, resto de costumbre profesional, sin pensar que tal vez habr�a sido preferible guardar silencio. Nadie contest�.
La canoa segu�a bajando y, al llegar a diez pasos, el marino exclam�: -� Si es nuestra piragua! Ha roto la amarra y ha seguido la corriente. Confesemos que no puede llegar en mejor ocasi�n. -�Nuestra piragua? -murmur� el ingeniero.
Pencroff ten�a raz�n. Era la piragua, cuya amarra se hab�a roto y volv�a sola de las fuentes del r�o de la Merced. Era, pues, importante apoderarse de ella, antes que fuese arrastrada por la r�pida corriente del r�o m�s all� de su desembocadura. Esto es lo que hicieron diestramente Nab y Pencroff con un palo largo.
La piragua se detuvo en la orilla; el ingeniero salt� a ella, tom� la amarra y se cercior� con el tacto de que realmente se hab�a desgarrado y roto por su frote contra las rocas.
-�Eso -dijo el corresponsal-, eso s� que verdaderamente puede llamarse una circunstancia�
-��Extra�a! -a�adi� Ciro Smith.
Extra�a o no, era circunstancia feliz. Harbert, Spilett, Nab y Pencroff se embarcaron. No dudaban de que la amarra se hab�a desgarrado; pero lo m�s admirable del caso era que la piragua hubiese llegado precisamente en el momento en que los colonos se hallaban all� para detenerla, pues un cuarto de hora despu�s habr�a ido a perderse en el mar.
Si hubiera sido en �poca de los genios, el incidente habr�a dado derecho a pensar que la isla estaba habitada por un ser sobrenatural que pon�a su poder al servicio de los n�ufragos.
Unos cuantos golpes de remo llevaron a los colonos a la desembocadura del r�o de la Merced. Sacaron a la playa la canoa, acerc�ndola a las Chimeneas, y todos se dirigieron hacia la escalera del Palacio de granito.